Rosario parece una ciudad para estar afuera. Más de un millón de habitantes y 11,7 metros cuadrados de espacio verde para cada uno de ellos. Unos 12 kilómetros de costa de uso público aportan 135,6 hectáreas de toda esa masa vegetal.

Desde 1902 y animado por las aspiraciones higienistas de finales del siglo XIX, el Parque de la Independencia oficia de pulmón central del cuerpo urbano. Desde entonces, el verde rosarino no hizo más que pluralizarse. Los nombres del afuera en Rosario han cambiado a lo largo del siglo XX: espacios libres, espacios verdes, espacios recreativos, espacios públicos. La década de 1990 agregó los términos polifuncional y ambiente a las retóricas gubernamentales del afuera. Sin embargo, el afuera no sólo es verde, también es cultural. En 1998 se dio a conocer la voluntad gubernamental de aunar “La ciudad del Río” a “la ciudad de la creación” cultural. Incluso se creó una retórica para caminar ese afuera cultural, bajo la premisa “Cambiá el aire”. Desde 2010, el Circuito Recreativo orienta los pasos de miles de rosarinos, usualmente en sentido sur-norte, escenificando las caminatas con las mansiones de Bulevar Oroño, la margen oeste del Paraná y una seguidilla de monumentos verticales a la especulación inmobiliaria. Con todo, el paisaje también es humano y las rondas de materos se intercalan con los arbustos que ve el caminante en las partes verdes del Circuito.

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A pesar de la popularidad del verde rosarino, en especial el aledaño al curso de agua dulce, el afuera es también la calle y la vereda. Imaginada por la planificación urbana funcionalista como arteria de circulación, históricamente la vía pública ha oficiado también como un espacio para el encuentro cotidiano con otros y esto es más cierto cuanto más nos alejamos de la primera ronda de bulevares.

Fuerza centrífuga

En Rosario, una suerte de fuerza centrífuga fortalece los encuentros callejeros a medida que se alejan del centro. Las veredas son el lugar del encuentro cotidiano por antonomasia. Mientras más barriales y periféricos, los saludos casuales y al paso, las escobas barriendo, los “picaditos” y las reposeras por la tarde se hacen más corrientes. Ni el flagelo de la violencia y la inseguridad ha sabido destronarlos del todo.

Fue necesaria una mutación viral, una pandemia y una cuarentena para privar a los rosarinos de la posibilidad del afuera. Con sus bemoles (limitaciones de accesibilidad relativa, problemas de equipamiento, subalternización de algunos de sus usuarios, etc.), los parques, plazas, balnearios y las calles han sido siempre una opción. Decimos “opción” porque, a pesar de ser predominantemente agorafílica, la población de Rosario cuenta con quienes prefieren los beneficios de la comodidad del hogar. La condición actual puso en suspenso el factor electivo. De ser posible, la salida –del hogar, del aeropuerto, del hotel de varados, del hospital– se vuelve administrada. El binomio egreso-ingreso se dispensa a cuentagotas en la tercera ciudad más poblada del país. El encuentro con los otros con los que no se convive se clausura espacialmente. Mientras tanto, los rosarinos y las rosarinas intentan habitar un nuevo adentro, repleto de nuevos recaudos y un uso más intensivo de los dispositivos de comunicación a distancia. En el medio, la ciudad adquiere una nueva configuración socioespacial: disminuye, suspende o cambia los ritmos de la práctica social espacializada, ahora en condiciones de confinamiento.

Pesadilla de dos pensadores

En la década de 1960, el afuera urbano como espacio de encuentro halló a dos enérgicos defensores. La primera, la estadounidense Jane Jacobs, realizaba en 1961[1] un encendido elogio de las aceras. Bregaba por un tipo de vida urbana diversificada que, mediante la vinculación experiencial genuina de los habitantes entre sí y con el espacio urbano, permitiera cierto margen de agencia, apropiación y movilidad. Contra el imperio del automóvil y la circulación, reivindicaba la importancia de las calles, las veredas y los espacios verdes como lugares de relación e interacción social. Contra el diseño abstracto del urbanismo, rescataba las apropiaciones cotidianas de los habitantes. Contra el individualismo fomentado por el liberalismo, reivindicaba las redes de apoyo mutuo entre núcleos familiares. Finalmente, contra los dispositivos securitarios, defendía una seguridad espacial basada en el vínculo, el conocimiento y la confianza entre vecinos. La amenaza del covid-19 contradice cada propuesta jacobsiana: el espacio público fue despojado de la interacción y la apropiación, el individualismo dijo presente en un “sálvese quien pueda” y la seguridad comunitaria se trocó por su opuesto, la denuncia vecinal.

Por su parte, en 1968, el francés Henri Lefebvre hablaba de un derecho a la ciudad, “a los lugares de encuentros y cambios, a los ritmos de vida y empleos del tiempo que permiten el uso pleno y entero de (…) momentos y lugares”.[2] Al igual que en el caso de su colega norteamericana, esta noción se encontraría hoy en día en las antípodas de las recomendaciones de la OMS y el DNU emitido por el Poder Ejecutivo argentino. Pero los diálogos imaginarios que establecemos entre el filósofo galo con el coronavirus y las gestiones de su riesgo no acaban ahí. El concepto de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio suele ser relativizado con el argumento de que la existencia de internet –con sus virtudes reticulares a distancia– posibilita interacciones sociales a pesar del confinamiento. Podemos incluso pensar en un espacio hipermedial en el que nos conectamos socialmente a pesar de la imposibilidad de cohabitar un espacio físico. Para Lefebvre, todo espacio era social y “las relaciones sociales poseen una existencia social en tanto que tienen una existencia espacial; se proyectan sobre el espacio, se inscriben en él y, en ese curso, lo producen”.[3] Bajo la lente lefebvriana, una radical transformación espacial como esta (la prohibición de la circulación y el contacto) no puede menos que transfigurar la existencia misma de lo social, quizás a perpetuidad.

En la década de 1960, momento en el que ambos autores se encontraban escribiendo, las ciudades representaban la forma inevitable del futuro de la humanidad. El globo sería colonizado por islas de concreto. A ojos de los dos pensadores, en ese marco, la prioridad era la consecución de urbes más justas, diversas, libres y posibilitadoras. Hoy en día las ciudades, por su carácter aglomerado y aglutinante, se volvieron el foco del contagio y el blanco de las principales políticas de gestión del covid-19. Más allá de los obvios tintes distópicos, la monofuncionalidad lecorbusierana de las calles denunciada por Jacobs y Lefebvre parece haber obtenido una victoria póstuma. El virus monta un escenario que, a pesar de no beneficiar a la circulación deseada por el funcionalismo urbano, barre de lleno con las apuestas programáticas de la norteamericana y el francés. Las arterias, aunque con poca presión, tienen una sola función: ir del punto A al punto B y sólo si es necesario. Los espacios públicos como formas de encuentro se obliteraron y la vida social del espacio urbano se replegó dentro de los hogares, cuando los hay. Necesariamente, las agendas para una mejor vida urbana deben adaptarse a este desafío.

Post-Rosario

Abusando una última vez del recurso referencial a Lefebvre, la ciudad, el sustrato material de Rosario, permanece sin grandes alteraciones. Sin embargo, lo urbano, la vida social que habita y recorre la trama, ha sufrido un fuerte cercenamiento en su albedrío peatonal, laboral, educativo. En muchos casos, esa limitación se anexa a la penuria económica, la suspensión de trámites importantes, la desarticulación de la cotidianidad, la contemporización con una flexibilidad de lo necesario y el padecimiento subjetivo. Desde afuera, la carcasa física no presenta diferencias significativas con la que era el 19 de marzo a las 23:59. Las marcas en el suelo, que dictan la distancia adecuada en las colas de los bancos y supermercados, no causan mayores inconvenientes en las veredas. Los centros de aislamiento montados en el Hipódromo y la ex Rural implican una alteración espacial y temporal similar a la representada por el Encuentro y Fiesta de Colectividades o los recitales en el Anfiteatro Humberto de Nito. Sin embargo, dentro de los habitáculos, la vida se repliega y reformula. Sobre todo, porque lo urbano lefebvriano, en tanto combinatoria de vínculos sociales con sustrato material y distintas formas de relaciones proxémicas, pierde terreno. En ese sentido y de la mano de los llamados nuevos materialismos, podemos pensar no solo la carencia del sustrato material de la ciudad sino del sustrato material corporal. Habitar –hasta perder– el propio cuerpo o cohabitar con otros –los mismos– cuerpos todo el tiempo en un lugar confinado, sentencia la muerte de lo social urbano. Asimismo, las relaciones espaciales (cercanía, lejanía, movimiento, vecindad, habitación, migración) pierden la dinámica que las hace animadoras de las ciudades. Los trazos del texto urbano que los peatones escriben sin poder leer, los andares de la ciudad[4], paran de escribirse. Sin su necesaria reactualización, quedan abandonados a la intemperie y la amenaza de la borradura. Se pierde una parte de la cotidianidad. Pese a la comunicación distanciada, los cuerpos inmóviles habitan sus casas pero no la ciudad. Quizás, estemos a las puertas de lo social post-urbano, que implica una sustracción de los sustratos corporales y espaciales del espacio público.

Salidas administradas

Retornemos a las salidas administradas que abonan el afán funcionalista por la actividad peatonal rectilínea de A hacia B. Aunque más escasas que en los tiempos pre-pandémicos, las relaciones socioespaciales entre los cuerpos que abandonan –no sin resguardo– el hogar, no son homogéneas en toda la ciudad. Por lo menos diferenciemos entre el centro y un barrio[5]. La inevitable mayor concentración de personas dentro del ángulo delimitado por la primera ronda de bulevares, plantea el problema de la proximidad entre los cuerpos y, sobre todo, sus mucosas faciales. Los peligros y los fantasmas de la cercanía corporal convierten a los cuerpos céntricos en cyborgs[6], seres híbridos que anexan apéndices a sus superficies dérmicas. A los icónicos barbijos, cuya obligatoriedad se dispuso el 17 de abril, se suman los probadamente inútiles guantes, las gafas o dispositivos cubre-ojos, el alcohol en gel o spray y posturas que a veces parecen desafiar lo “humano” (cuerpos encorvados hacia adelante, ensimismados y mirando de reojo). En cambio, el espacio urbano barrial, usualmente menos edificado en altura y, por ende, con menor concentración poblacional por manzana, presenta menores peligros de proxemia corporal.

Obviamente, existen otras espacialidades de lo periférico: los gigantes bloques de FONAVI y los llamados asentamientos irregulares plantean sus propios problemas de la proxemia en el afuera y el adentro.

En el barrio, por su parte, es menos común ver al reglamentario barbijo acompañado del resto del arsenal de muchos de los cyborgs céntricos. En cuanto a las salidas de compras, la lógica barrial les otorga más protagonismo a los comercios de proximidad. El trato con el almacenero permite algunas salvedades y excepciones a la excepcionalidad del afuera administrado. Asimismo, la menor presencia de grandes cadenas de supermercados y casas centrales de los bancos, hace menos frecuentes las largas colas que atiborran las pequeñas veredas

Otro apéndice, en este caso mecánico y automotor también presenta matices en sus usos en la salida administrada. Por un lado, la circulación de vehículos sigue siendo sorprendentemente alta en el centro, al menos durante el día. Punto para Le Corbusier. Aunque más descomprimida, la carga y descarga de mercaderías y caudales sigue normal en los supermercados. En el barrio, la presencia de autos es menor, aunque la noche invita a realizar alguna que otra picada o willy de moto en alguna despoblada calle. Ambos casos espaciales mantienen una similitud en la presencia abundante de cadetes de delivery montados en sus ciclomotores y en la aventura de no contagiarse merced a su actividad económica. También en los choferes del transporte público, que mantienen su tarea conectiva con mayor frecuencia que al comienzo de la cuarentena.

Adentro

Puertas adentro también hay diferencias. La convivencia vertical que disponen los edificios céntricos fomenta interacciones socioespaciales diferentes a las más horizontales vecindades barriales. El uso del ascensor es evitado por algunas personas y quizás sobreutilizado por otras (nuevamente, delíverys). Mientras más nuevo el edificio, usualmente más finas las paredes y más acústicamente conectados los departamentos.

Mientras escasos controles policiales patrullan las calles nocturnas, adentro el control son los otros, los vecinos, sus miradas y oídos. A veces, a las notas que se dejan en ascensores y palieres invitando a los trabajadores de la salud a retirarse del consorcio, se agregan denuncias a “quienes no viven acá” o “van y vienen”. De todas maneras, el anonimato y la ignorancia de los aledaños suele primar en las relaciones interdepartamentales del edificio. Los cuerpos y sus sonidos son más potentes cuando apuntan al balcón o la ventana. El eco creado en los pulmones de manzana gracias a las atalayas de hormigón que los rodean, amplifica los aplausos de las 21 a los médicos y personal de salud, que siguen exhibiendo cierta potencia en el centro, a pesar de un entendible “efecto cansancio”. En el barrio, en cambio, la forma habitacional dominante separa casas de una o dos plantas mediante tapiales de dos a tres metros. Además de los mencionados FONAVI, los escasos edificios, sobre todo frente a las avenidas, completan la escena. La convivencia horizontal evita los cruces obligados, dejando el saludo a la distancia a la preferencia del vecino que sale a barrer la vereda de las hojas secas del otoño. El conocimiento interpersonal suele ser mayor, pero con resultados dispares en el péndulo de Jacobs. A veces prima la solidaridad (por ejemplo, un vecino acercándole la compra del supermercado a un adulto mayor que vive solo). Sin embargo, la denuncia también existe. Los bajos tapiales exponen fácilmente las reuniones festivas en los patios y parrilleros. En la configuración urbana extensiva de la periferia, los aplausos, si bien existen, no reverberan tanto como en la proximidad del skyline vertical.

¿Lo urbano intramuros?

Las actividades que ordenan la vida, urbana o no, funcionan calendáricamente. Los ciclos, las etapas, los períodos. Las posibilidades de elección preescolar, escolar, universitaria, laboral, doméstica, litúrgica, físico-deportiva y recreativa funcionan como un reloj circadiano intersubjetivo y aumentado. A lo calendárico, se yuxtapone lo rítmico: hay formas, cadencias y tiempos para el desarrollo y la consecución de las etapas. Posiblemente sea esta la dimensión fundamental del dislocamiento urbano intramuros. La cuarentena se solapó con el inicio de muchos ciclos anuales. En el caso de la educación, el imperativo de las Carteras a cargo es seguir. El comienzo no se posterga, sólo se retira del espacio físico de la institución y evita el ida y vuelta que también hace a lo urbano. Otras actividades, como los trabajos cuentapropistas, se vieron severamente dañados o directamente truncados.

El imperativo rítmico de continuidad de las actividades con distanciamiento social, olvida la inscripción espacial que le da existencia social al quehacer urbanita. Acudir a un sitio específico, distinto del propio hogar, para realizar una práctica de reproducción sociocultural es de cardinal importancia porque dota a los espacios-tiempos de cualidades diferenciadas, opera transiciones y otorga contextos a los días. Las calles de la ciudad se desagotaron de los transeúntes que pasean, pero también de los que iban a hacer alguna tarea específica. Los servicios de telefonía e internet se saturaron para intentar reemplazar esa conexión peatonal: ir a yoga, a pilates, a lo de un amigo, a la reunión de cátedra ahora es conectarse. Hacer todas estas tareas en y desde el interior del hogar desdibuja las relaciones espaciales diferenciales y relacionales que produce la práctica social. Por un lado, los hogares, los dispositivos y los servicios de internet son lugares de lo privado, se pagan, y no dejan de ser un privilegio de clase. En este contexto, los distintos regímenes de propiedad generan nuevas manifestaciones de la desigualdad siempre velada por el discurso liberal-iluminista pre-pandémico. Por otro lado, se pierde el sentido del espacio público: abierto, visible, accesible, irrestricto y formador de comunidad, al menos en su versión idílica. En este caso, la “insoportable levedad del ser” radica en que no se sabe bien dónde se es. Estamos tratando de meter a la ciudad en casa y no entra. En ese sentido “un mundo en que quepan todos los mundos” sigue siendo un mundo, no un apartamento. Pensadores como Jacobs y Lefebvre advertían sobre los peligros de la monofuncionalidad espacial, una sola función para cada espacio urbano. Sin embargo, la situación de cuarentena muestra la gravedad de lo diametralmente opuesto, es decir, todas las funciones en el mismo espacio. El oxímoron de la hiper-multifuncionalidad espacial está poniendo en tensión las prácticas socioespaciales como las conocemos. La ciudad intramuros vino para quedarse más tiempo del que podemos anticipar. La reconfiguración del adentro y el afuera nos obliga a pensar en tiempo real y tratar de hacer a este mundo lo más habitable posible. Se trabaja sobre la marcha, se dictamina a remolque. El hiperpresente y la aparente provisionalidad interminable nos marea. Sin embargo, es la arena que nos toca disputar y el tiempo que nos convoca. Nos debemos el debate de los efectos subjetivos e intersubjetivos del distanciamiento social en las ciudades donde nos distanciamos en el hacinamiento y, cual motor roto, queremos seguir funcionando sin poder movernos. Por ahora, el afuera y sus encuentros, esperan nuestro retorno. Y nosotros, la salida.

 

[1] Jacobs, J. (2011) [1961] Muerte y vida de las grandes ciudades. Madrid: Capitán Swing.
[2] Lefebvre, H. (1978) [1968] El derecho a la ciudad. Barcelona: Península, p. 167.
[3] Lefebvre, H. (2013) [1974] La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing, p. 182.
[4] De Certeau, M. (2000) [1980] La invención de lo cotidiano. 1 Artes del hacer. México: Universidad Iberoamericana.
[5] Para hablar de lo barrial, nos servimos de observaciones realizadas en la zona sur de Rosario durante la cuarentena.
[6] Haraway, D. (1991) Ciencia, cyborgs y mujeres. Valencia: Universidad de Valencia.
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Sobre el autor:

Acerca de Sebastián Godoy

Nació en Rosario. Es profesor de Enseñanza Media y Superior en Historia por la Facultad de Humanidades y Artes (FHyA, UNR) y especialista docente de Nivel Superior en Educación y TIC por el Ministerio de Educación de la Nación. Se encuentra en la etapa final del doctorado en Historia con una Beca de Conicet. Es […]

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