En el Día de la Bandera, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo flamear los trapos del amor, la libertad y el goce. En la hora que duró la presentación de su libro Sinceramente se creó un microclima amoroso donde se habló, entre otras cosas, de volver a ser felices. Pero también de la necesidad de salir de la esclavitud y de romper cadenas con el Fondo Monetario Internacional.

Confesó que hoy su líbido está puesta en su nieta Elenita, que ella ya es una abuela; pero no dudó en lanzar que “hubiera sido la amante de Belgrano”. Sí, sí, lo que para quienes aún la odian sería necrofilia, en ella es una espontaneidad vibrante: desbocarse es de yegua. Ponerse en primer plano como mujer apasionada y, sobre todo, deseante. Una matriz que no se le perdona a ninguna mujer. Porque en definitiva, las elegidas por el consenso tradicional son esas “hadas virginales” a quienes –como también dijo Cristina– no se le adjudican amores ni relaciones. “Claro, como los ángeles, ellas parece que no tienen sexo”, dijo.

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“Después de lo de Néstor me adjudicaron muchos romances. Primero pensé que era algo misógino, en contra de las mujeres, pero luego me di cuenta de que hay mujeres a las que no les pasa. Son más jóvenes, tienen 45 años, son divorciadas. Pero claro, no son del campo popular y nacional”, lanzó.

Al interior, el salón Metropolitano estaba colmado y en las afueras, en el Parque Scalabrini Ortiz –donde dos pantallas permitían seguir el evento– también estaba repleto.

Cristina no pisaba la ciudad desde hacía cuatro años. La última vez que había venido fue precisamente un 20 de junio, recuerdo al que volvió más de una vez durante la presentación de su autobiografía, ya convertida en un best seller.

Aquella última visita de 2015 coincidió con su último año de gobierno. En esa oportunidad participó del acto oficial realizado en el Monumento, donde hubo desfile cívico militar, bandera más larga del mundo, música en vivo, personajes de Paka Paka y el encuentro con un actor rosarino que le dio la bienvenida vestido de Manuel Belgrano.

Fue también ella quien se encargó de traer este último dato a la memoria resaltando que fue emocionante verlo, que era parecidísimo al creador de la bandera, que estaba excelentemente representado. Por último, remarcó que tenía los mejores recuerdos de los actos del 20 de junio en la ciudad. Nada que  compararse con la celebración de este jueves, que fue escueta e incluyó una visita fugaz del presidente Mauricio Macri sin siquiera pisar el Monumento.

“En las fechas patrias hay que hablar de la patria, de nuestra historia. El último 20 de junio, además de una larga charla que hice sobre los próceres, me tocó hablar sobre la lucha que estábamos llevando en ese momento con los fondos buitres, el no endeudarnos, el luchar por las cosas que uno debe luchar porque quiero representar los intereses de las mayorías”, dijo Cristina sin dejar pasar el momento actual donde en lugar de “lluvia de inversiones lo que llegó fue el Fondo Monetario Internacional”, cuyo acuerdo se firmó ni más ni menos que un 20 de junio. Es que, además de la efeméride del Día de la Bandera se cumplió un año del acuerdo con el FMI por 50 mil millones de dólares.

El escritor Marcelo Figueras, encargado de acompañarla en la presentación de su autobiografía, le preguntó si Belgrano era en verdad su prócer favorito. Cristina no dudó: “Es mi preferido”. “Belgrano era un brillante abogado y también un hombre muy apasionado. No sé si hubiera podido ser la esposa, porque a Belgrano no lo casaba nadie. Hubiera sido la amante, a lo mejor, pero algo con Belgrano hubiera tenido seguro”, dijo.

El comentario hizo estallar risas y aplausos y entonces siguió: “Ya sé, las críticas de mañana van a ser: «Mire las cosas que dice de Belgrano», «¡Qué enseñanza para los chicos!». No importa, yo voy a seguir diciendo lo que pienso y lo que creo, siempre”.

Y si de algo sabe Cristina es de no callarse. Porque en el combo de esa personalidad indómita e ingobernable está la de no guardarse nada. Tanto que explotó al máximo una herramienta de difusión puesta en cuestión durante su gobierno: la cadena nacional.

“No estuvo mal, ¿no?”, le preguntó con picardía a Oscar Parrilli sentado en la primera fila del acto. “Aunque llegamos a hacer tres en una semana. Quizás habría que revisar la intensidad o más bien la frecuencia”.

Llegó vestida de celeste y blanco como la bandera. Y del lado izquierdo del saco tenía una escarapela creada por la diseñadora rosarina Laura Ro y Mirta, artesana textil wichí. Porque si algo cuidó y sigue cuidando –como cuando le dijeron que un rulo se le había desacomodado– es la imagen y la elegancia. Otra de las cosas que siempre se le han facturado.

“Moriré pintada y, como a las momias egipcias, cuando me encuentren que digan: «Estaba pintada»”. Contó que una vez una mujer le escribió diciendo que quizás la atacarían menos si ella se mostraba más desprolija, en pantuflas, despeinada o con raíces crecidas. Y ella se esforzó en remarcar en distintos pasajes del discurso cuánto le gusta a ella arreglarse y cuánto le gustaba a él verla arreglada.

“A él también le gustaba el pelo largo. Está mal que diga que nunca me dejo cortarlo porque si hubiera querido me lo hubiera cortado igual”, dijo para reforzar esa autonomía y ese derecho a decidir sobre su imagen.

Y sí, es cierto que no llamó a feminizar la política. Es cierto que tampoco se subió al reclamo feminista a días del armado y cierre de listas nacionales que exige no un cupo sino la paridad y presencia de feministas en esas candidaturas. Pero hizo un guiño al hacer de los varones y las mujeres en la política.

“Los hombres tienen una forma de ejercicio de poder diferente al que tenemos nosotras las mujeres. No es que sean ni mejores ni peores. Ustedes tienen una gran carga cultural que les exige ante la gran mayoría, que tienen que ser los que se imponen y cada hombre va con la carga adicional que tiene, de ser reconocido y valorado por esas cargas culturales que son de la sociedad patriarcal”, señaló.

Hablar y decir. Hablar y hacerse escuchar. Esa es la cuestión de Cristina. Y esa capacidad de oradora que nunca pierde. Ahora, alejada del gobierno, y en carrera como candidata a vicepresidenta, y en su nuevo rol de escritora, parece haber fortalecido esa voz que también suaviza la escritura. Hay una suavidad nueva en sus palabras. Hay algo de ese temperamento (que no tenía Néstor y que al parecer no tiene Máximo) un poco más domesticado. Una domesticación precaria, que conoce el acecho del grito de las mayorías.

En esta versión blanda de Cristina la risa es contagiosa, el pensamiento, sensible; pero capaz de perforar las capas de autoritarismo patriarcal. “Nada bueno puede surgir de una Argentina envuelta en odios y de divisiones”, sentenció.

¿Será que el libro le permitió ablandarse? ¿Será que contar su parte de la historia la llevó a abrirse y sacar afuera el corazón? ¿Será que en este rol de autora encontró la suerte de contar lo que otros y otras contamos en terapia, menos ella? ¿Será que hay algo de compartir con un colectivo esa experiencia? ¿El libro como el testimonio, no para hacer de él un ejercicio personal, sino colectivo?

Uno de los grandes temas de la presentación de Sinceramente fue el amor. En una especie de epifanía, el periodista y escritor Figueras trajo un fragmento del libro que el día anterior se había compartido en Twitter y había generado una conversación sensible entre varios usuarios de la red social más virulenta en tiempos electorales:

“El amor es tener ganas de estar con el otro para escucharlo, para hablar, para lo que sea. A mí me encantaba estar con él y a él conmigo. Siempre me decía: «De lo único que nunca me aburrí fue de vos»”.

El silencio fue sublime. Dos mil personas adentro del salón y 20 mil afuera se aplacaron en un ritual íntimo y conmovedor como es el de la lectura. ¿Qué puede un libro? ¿Qué puede el amor? ¿Quién no desea calar hondo en la vida de otro para que le dediquen algo así? La piel colectiva se erizó. Porque al fin y al cabo el amor corre sobre la piel.

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Berta Zonofowicz

A mediados de los 60 sus padres vinieron de Liubliana, Yugoslavia, donde sus estudios sobre la literatura y la cultura italiana eran mal vistos por el régimen de Tito. Se instalaron en Rosario, donde nació Berta Giuliana diez años después. Luego de licenciarse en Comunicación Social (UNR) con una tesis sobre el uso del predictivo […]

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