Crecer en un pueblo gringo del Noroeste santafesino no ofrece grandes distinciones, salvo la predilección por ciertos equipos de fútbol porteños. En mi caso, no tuve un acento distintivo al hablar ni un conocimiento específico sobre asuntos del campo, pero sí una sostenida simpatía por Independiente de Avellaneda, heredada de mi abuelo –al que no llegué a conocer, pero de un modo u otro siempre presente–, de mis tíos y especialmente de mi abuela, con la que de niño tomaba mates mientras escuchábamos al Rojo. El amor por ese equipo y esa camiseta prendió en mi hijo a pesar de que, pobre, vivió toda su infancia en Arroyito, acosado por hinchas canayas y a diez cuadras del Gigante. Y fue en un partido del Rojo contra Central cuando caí en la cuenta de que ese canto lleno de desprecio que profería la hinchada de mi club estaba dirigida a mí, o peor, a mi hijo, que nació en Rosario y era encasillado en la particular ontología del “comegato”. Era una tarde templada de abril, saltábamos y gritábamos en las gradas del estadio, mi hijo se hinchaba el pecho con ese final de la frase de la arenga que bramaba: “comegatos” y creí necesario inquirir a un muchacho de la popular, de unos 25 años, enfundado en unas demoníacas prendas color rojo, si sabía por qué a los rosarinos los llamaban comegatos. “Porque comen gatos, el carlito tiene gato”, me dijo. Hubiese querido explicarle.

Después pensé, ¿explicarle qué? Tiempo más tarde, en un partido Newell’s-Independiente, ocurrió lo mismo, aunque confieso que en esa oportunidad el hit coral “los gatos no se coooomen, los gatos no se cooooomen” que no se había cantado en todo el partido, se voceó como revancha al “relaje” de la Voz del Estadio mientras desalojábamos la tribunita visitante del Parque, cabizbajos por la derrota 1-0.

Hablando con amigos canayas y leprosos me cuentan que todos los equipos porteños con los que hay rivalidad le cantan comegatos a los rosarinos. Tengo que decir que me siento descolocado cuando lo hace la hinchada de Independiente. ¿No debería estar del otro lado de la cancha yo? Lo miro a mi hijo y pienso que en su caso con más razón, porque a él no lo trajo al mundo el doctor Aquiles Martina en su cuasi sanatorio de pueblo, en la triple frontera santafesina, cordobesa y santiagueña, sino Norberto Odetto en la Maternidad del Italiano. Al final mi hijo y yo sabemos (yo lo aprendí en la facultad, él lo observa y deduce) que ciertos hechos significan una cosa cuando suceden, pero una vez que toman vuelo y son apropiadas por otros se resignifican, a veces como mito o como estigma. Y él, que apenas pisa los 20, que no había nacido cuando Tochi Sosa, el de boina y bigotes que posa a la par del gato colgado de una rama boca abajo, desolló, abrió el vientre, destripó y cocinó el animal para la TV en 1996; él, decía, sabe de dónde salió lo de rosarinos comegatos porque yo se lo conté. Y yo se lo conté porque en esos días recorría las calles de la ciudad a bordo del móvil de “la radio más importante del interior del país”. Y estuve ahí.

Parrilla

 

El gato cuereado a la parrilla recorrió el país y el mundo. Una de esas imágenes que ahorran mil palabras. Un icono que venía a corroborar todo lo que se decía sobre el desastre social que sembraban las políticas neoliberales de Menem: desocupación del 25%, índices de pobreza en ascenso, hambre, ayuda social insuficiente. Rosario se ganó el estigma para siempre.

¿Cómo se construyó esa imagen? Se conjugaron un periodista de esos que jamás permiten que la verdad le arruine una nota que puede llamar la atención del público; necesidades básicas insatisfechas reales; contexto verosímil y todo el poder de la imagen. Así nació la historia que no es propiedad de nadie y es de todos. Se volvió mito y se entona peyorativamente en las canchas (y en otros lugares) si en la tribuna de enfrente hay equipos rosarinos: “los gatos no se cooooomen, los gatos no se cooooomen”. O el otro: “Oh, son los comegatos, son los putos de Rosario”. Por lo de putos no debería ofenderse nadie en particular, todos lo cantan contra todos. Lo de comegatos, en cambio, es exclusivo para rosarinos.

La parrillada de gato tuvo lugar en el Bajo Ayolas, barriada de ranchos de chapas que empezaban en la cresta y seguían al pie de la barranca, al costado del Acceso Sur. Veintidós años después, hoy, el lugar está bastante transformado, por lo menos en la parte de abajo. En sus orígenes vivían familias de laburantes del puerto. Pero eso fue cambiando. “Las villas” donde predominaba la gente laburante fue mutando el perfil a partir de los 80. Comenzaron a tener presencia creciente las economías delictivas de sobrevivencia, que luego sería el sedimento para una economía que hoy hace circular el dinero en gran parte del mundo y que, a pesar de que muchos lo ven como un fenómeno más o menos actual y se pretende asociar a un período político, provincial o nacional, comenzó a instalarse por aquellos años en los que en el Bajo Ayolas tiraban gato a la parrilla y la Argentina pasaba a ocupar un lugar estratégico en las rutas de la droga hacia Europa.

“Yo estuve ahí”, me dice Jorge Turina, con quien durante años nos cruzamos en la calle, yo en el móvil de la 8 y él, en el de Canal 5. “Bah, en realidad estuve antes. Habían llamado a los medios para reclamar ayuda social y dijeron que se habían comido un gato”.

Juntos reconstruimos las piezas de la historia. Agarrados de ese dato cae después el equipo de Canal 13, pero se encuentra con que estaban cocinando unos pescados que le habían traído unos laburantes del puerto. No era lo que habían ido a buscar y propsieron reconstruir la escena. Así se terminaron los días del pobre gato; y nació el “rosarinos comegato”.

En los días posteriores a la faena y su repercusión mundial, visité en varias oportunidades el barrio. La ciudad estaba entre incrédula y atónita por la repercusión, ávida por consumir, opinar y debatir sobre el tema. El entonces intendente Hermes Binner dijo que el equipo de producción de Canal 13 había pagado 100 pesos para el show del gato. Eran los primeros meses de gestión y el tono político que alcanzó el informe de TV los descolocó. Por un lado, refrendaba la realidad que la oposición al presidente Menem –de la que el Partido Socialista Popular era parte– denunciaba; por otro, y esto era lo importante, demolía la imagen de la ciudad.

Ni siquiera se trató de una operación política armada, reafirma un funcionario socialista de esos años. ¡Ay Rosario! Ni siquiera el consuelo de haber sido víctima de una conspiración. Semejante estigma por el juego de un equipo de TV que compró algo de espectacularidad para su noticia. Nada nuevo. Ya lo hacían José de Zer y el camarógrafo Carlos Chango Torres una década antes cuando guionaban y confeccionaban historias (años después lo confesarían) sobre alienígenas en el Uritorco y demás fenómenos extrasensoriales para el exitoso Nuevediario.

Capilla del Monte todavía hoy vive del Uritorco y los ovnis; no da para que Rosario haga lo propio con el Bajo Ayolas: que en lugar de suvenires de alienígenas flacos, estilizados y de cabeza ovoide de diez centímetros de altura se ofrezcan gatitos colgando de una rama o un muñeco del Tochi Sosa con la panza bajo el pulóver y el cuchillo en la mano.

Desde entonces, la idea de la Rosario moderna, atravesada por una mirada global, que planificaba adaptando políticas experimentadas en urbes europeas y brasileñas convivió con el gato desollado para paliar el hambre.


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El siglo explicado

 

Puedo explicarle a mi hijo y a ese muchacho de la popular, de unos 25 años, enfundado en sus demoníacas prendas color rojo, el origen de la historia, cómo se sucedieron los hechos, ubicarlos espacial y temporalmente. Pero quién puede explicar la rareza histórica de Rosario: en un siglo se encadenan la Chicago argentina –emparentada primero con el puerto cerealero de Chicago y luego, entre los 20 y los 30, con la mafia siciliana cuya leyenda sobrevivió más que Chicho Grande y Chicho Chico–, los comegatos y, más acá, la ciudad demonizada, tan cerca y tan lejos de Buenos Aires, una urbe de dos caras, la que mira al interior, la que mira al mundo. Hay un origen de desacato que dibuja el destino de Rosario: la bandera que Belgrano izó contra la voluntad de la Primera Junta, el puerto de abastecimiento de la Guerra del Paraguay al que llegó Sarmiento en 1873 con una feroz ametralladora y la imprenta para difundir las buenas nuevas de las batallas, la otra ciudad-puerto, la de los granos que escupe al mundo la pampa gringa, la mafia de principios del siglo XX, la ciudad anarquista cuyos panaderos se burlaban de la curia con confituras a las que llamaban “bolas de fraile” o “suspiro de monja”, la religiosa; la progresista, la del fanatismo moral, la de la exclusión social de los 90 y la de la violencia. Todo es real. Todo es simbólico.

Quizás sea el poder de la imagen. El gato colgado del árbol, o dispuesto en la parrilla, es un icono que lo dice todo porque todos entienden, como si hubiese allí un común acuerdo que festeja y sentencia que los gatos no se comen. La imagen del malogrado felino colgando como si fuera una res para ser despostada, y a la par el señor, cuchillo en mano, no requiere traducción alguna. Todo está comunicado allí. Se entiende acá y en la China.

La imagen de un Chicago argentina devenida sucursal de la mafia siciliana –Buenos Aires también tenía esos gánsteres y en mayor cantidad– encubrió a su vez otro retrato, el de una ciudad cuyos trabajadores se organizaban y sindicalizaban en torno al socialismo y el anarquismo en zona sur y barrio Refinería. Surgió cuando Rosario crecía a pasos agigantados y el movimiento portuario era fenomenal. Era el epicentro del activismo político y la aristocracia local traducía sus ganancias en una arquitectura exquisita y perdurable que trasladó a sus proletarios: a mediados de los 20 el banco Municipal desparramó créditos con los que la clase trabajadora erigió viviendas en zonas actualmente céntricas que hoy pueden ser descritas como trofeos de un estado de bienestar que aún no había sido inventado. Pero tan poderoso se volvió el mito, tanto se metió en el imaginario popular del país, que hoy es nombrada por aquello que la deshonra. El desacato se paga.

 

Imágenes y ficciones

 

El estigma de la ciudad violenta del siglo XXI ganó también mucha imagen. Ejecuciones, policías y delincuentes acusados por igual en megajuicios custodiados por aire y tierra, agujeros de balas intimidantes, búnkers y una banda cuyo nombre adquirió la potencia de una marca comercial. Netflix no ficción. Todos los componentes que requiere un mito moderno. Imagen, continuidad en el tiempo, repetición, visualización de ese horror parecen hacer la diferencia sobre otras ciudades o lugares donde la problemática es igual de grave. Pocos saben, quizás porque poco se muestra, que la tasa de homicidios en el barrio de Retiro supera a la de Rosario.

La ciudad violenta y la Chicago argentina, a diferencia del rosarino comegato, designan un momento histórico de la ciudad. Eso hace que aquel mote vinculado a las mafias se fuera diluyendo por el paso del tiempo y las transformaciones de la ciudad. Por el contrario, el comegato pretende designar el ser rosarino. Aquí la particularidad que acaso lo hace perdurable. Ocupa un lugar en ese gran casillero vacío, y si no está vacío digamos que está difuso, que es la identidad rosarina. ¿Hay un ser rosarino? Pregunta que tiene sus raíces en una ciudad que no fue fundada y en la que se fundaron tantas leyendas y estereotipos que sería imposible abordar aquí.

Por lo pronto, cada vez que vaya a la cancha ahí estará la hinchada de Independiente para recordarme algo que ya sé, que “los gatos no se coooomen”, pero sobre todo esto que sabemos los rosarinos por adopción (es decir casi todos, los que vinieron y vienen de afuera y los que migramos dentro del país), que no somos una única cosa, que venimos de distintos lugares y acá estamos, en una ciudad en la que pudo construirse el espacio público suficiente para que el mito de lugar a la historia, y para que la Historia sea también la de cada uno de quienes nos formamos y habitamos la ciudad.

Eso le quiero decir a mi hijo y al pibe enfundado en unas demoníacas prendas color rojo: acá, en esta ciudad con un nombre religioso conjuramos demonios y santos, como los panaderos anarquistas que a principios del siglo XX crearon dos irresistibles productos de confitería, acá nace el 27 de febrero de 1812 una imagen de la patria que puede ser vista por todos y se falsea la imagen de una patria para pocos a mediados de los 90. Esta ciudad es de película.

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Sobre el autor:

Acerca de David Narciso

Periodista

A los 46 años, después de dos décadas de periodismo gráfico, estoy aprendiendo –de a poco– a hacer periodismo en televisión en 5RTv, el canal público de la provincia de Santa Fe. Durante 18 años fui parte de la singular experiencia, quizás única en el país, del diario El Ciudadano, como redactor primero y secretario […]

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