El martes 28 de agosto de 2001 cerca de las seis y media de la tarde, mi vida cambió para siempre. Ese día fui a retirar unos exámenes de sangre que me había realizado por sugerencia de la por entonces mi psicóloga, Dolores.

Había sido otra jornada tediosa en la oficina de la empresa donde trabajaba. Tomé el subte y caminé las siete cuadras que me separaban de la avenida Santa Fe hasta el laboratorio. Cuando llegué, me acerqué a la mesa de entrada y le di a la empleada que atendía mi nombre, ella me dio un número. Me senté en esas incómodas sillas típicas de las salas de espera, me aflojé la corbata y dejé el saco en el asiento vacío que tenía al lado. Escuché que decían el número anterior al mío, me preparé para mi turno, pero el próximo número que escuché era el posterior al que tenía. Me acerqué al mostrador a preguntar por qué me había pasado por alto.

La joven que me había atendido me miró a los ojos y me preguntó si mi nombre era Andrés Peterson. “No”, le dije, “Es Petersen”. Incómoda por la corrección, me pidió que volviera a sentarme a esperar porque el doctor necesitaba hablar a solas conmigo.

Unos minutos después apareció un médico joven, con un gesto serio, y me invitó a pasar a un consultorio, tomó un sobre, lo abrió y –por lo que a mí me pareció una eternidad– lo miró detenidamente. Al levantar la vista me dijo: “Tus análisis dieron positivo para VIH”. Luego comenzó a explicarme sobre el sistema inmunológico, linfocitos y otros términos médicos que yo no comprendía ni me importaban. En ese momento solo quería salir corriendo de allí.

Cuando dejó de hablar le di la mano. Me entregó el sobre. Me fui. Avancé sin rumbo entre la gente. Llegué a la plaza Las Heras. Ahí me senté en un banco con ese sobre en la mano. Sentí cómo por mis mejillas comenzaban a correr las lágrimas, una detrás de otra como si fueran las personas que había visto un rato antes en el subte dar un saltito al final de la escalera mecánica para aterrizar en el piso firme. Sin darme cuenta había subido mis piernas al banco y estaba abrazado a ellas, en posición fetal.

Recuerdo que grité: “La puta madre que lo parió”. Grité tan fuerte como mis pulmones me lo permitieron. Miré al cielo y volví a repetir esa puteada que me salía del estómago, del corazón, de las entrañas. Cuando me calmé, ya la noche se había apoderado de la ciudad y de mi alma.  Me sequé las lágrimas y los mocos con la manga del saco y caminé hacia mi departamento. Esa noche la pasé abrazado a mi gato Homero, lloriqueando y durmiendo de a ratos.

Cuando la luz del amanecer comenzó a alumbrar mi monoambiente, me levanté, preparé café y volví a leer una vez más esa frase en aquel sobre que me habían entregado. “Positivo para VIH”. Abrí la ducha, comencé a enjabonarme el cuerpo y a pasarme la esponja frenéticamente. Me sentía sucio. Dejé correr el agua fría sobre mi cuerpo por un largo rato pensado que se estaba llevando todo, incluso ese virus que, ahora sabía, nadaba en mi sangre. Me asomé al balcón y observé la vista.  Todo era distinto, aquello que más me gustaba de Buenos Aires, su paisaje citadino, ahora se había convertido en un bloque de edificios apretados que me rodeaban, mi mirada repasó cada una de las ventanas, en algunas veía siluetas, en otras, los ténders de los que colgaban sin ningún pudor calzones de todos los colores. Nunca había reparado en esa vista despareja, fea, claustrofóbica. En ese momento pensé que hacía mucho tiempo había dejado de ver el horizonte, solo podía ver un pedazo de cielo. Tan inmenso y hasta hacía un día atrás me conformaba con ser dueño de una franja celeste del tamaño de la calle que ni siquiera me dejaba ver el sol. El bendito sol.

Esa mañana, desde que me levanté hasta que comencé a caminar como un autómata, las cosas habían cambiado. El café de la mañana –que tanto me gusta– no tenía el mismo sabor de siempre, los colores se habían apagado. Y la gente, la gente que no dejaba de mirarme. Estaba molesto, triste, tenía un nudo en la garganta que me apretaba. Quería hablar con alguien, escuchar una voz conocida, sentir el calor de un abrazo. Pero estaba solo, solo entre una multitud que en ese momento sentía que no me quitaba sus ojos de encima. Era como si llevara un cartel en la frente.

La etapa del estigma comenzó en mi trabajo. Los análisis me los había realizado en la prepaga que integraba el grupo de empresas para la cual trabajaba. Era solo cuestión de tiempo para que ese resultado se conociera. Tomé la decisión de adelantarme y hablarlo con mi jefe. Días después me invitaron a hablar en Recursos Humanos. La pregunta que recuerdo es: “Petersen ¿cómo se contagió?”. Por supuesto que les dije la verdad: “Por vía sexual”.

Arrojé esas tres palabras como si les tirara arena en los ojos a mis interrogadores. ¿Cómo se atrevían a hacerme esa pregunta? Mi sistema de defensa ante comentarios pelotudos se activó de inmediato. Dejé de escucharlos. Oí algo sobre el cuidado que debía tener al usar el dispenser, la máquina de café y otra serie de recomendaciones estúpidas. Fue un derroche de ignorancia en boca de yupies de la city porteña. Días después volvieron a citarme, esta vez para recomendarme que lo mejor para mí era aceptar un retiro voluntario. Esta vez los escuché con atención. Por un instante sentí que el poder estaba de mi lado. Acepté, pero con una serie de condiciones, una importante indemnización, dos años de cobertura médica, y que me siguieran pagando el sueldo por un año. En forma de sutil venganza, les pedí que me redactaran una carta de recomendación, que, por supuesto, nunca utilicé. No tuvieron otra opción que aceptar mis pequeñas demandas, digo pequeñas porque en comparación con las ganancias de esa empresa inglesa, lo mío era casi un vuelto.

Al salir llamé desde un locutorio a mi hermana Ingrid que se había mudado a Rosario desde Mendoza, por el trabajo de mi cuñado. Mis viejos la siguieron. Sin vueltas le conté que me habían detectado VIH, la escuché llorar por un momento pero la interrumpí y le dije: “Hermana, me voy a vivir a Rosario, a la mierda con Buenos Aires, vendo todo y me voy”. Pensé que era la mejor opción, necesitaba alimentarme bien y lo primero que vino a mi mente fue el pastel de papas de la Juanita, mi mamá. De alguna forma volví a necesitar de la nutrición materna, como cuando me daba la teta. Allá volvería a sentirme seguro y cuidado junto a mi familia. Creo fue una especie de regresión. Pero eso estaba bien, estaba bien para mí.

Un 22 de mayo de 2002 dejaba atrás trece años en Buenos Aires y llegaba a Rosario. Por supuesto, la Juanita me esperaba con un pastel de papas, que en realidad es de camote, espolvoreado generosamente con canela y un poco de azúcar. Una delicia. También fue delicioso el abrazo que me dio mi papá, el Juan Carlos. Un abrazo que aunque él ya no esté, aún sigo sintiendo.

Hablé a solas con mi  sobrino y mis dos sobrinas, les prometí que su tío no iba a bajar los brazos, que la muerte, aunque es el destino de todos, no era una posibilidad para mí en ese momento. Recuerdo haberles dicho que era más probable que me cayera un piano en la cabeza antes que morir de VIH.

En marzo de 2003, me inscribí en la carrera de periodismo, decidí tener un proyecto a largo plazo. Nunca creí en el “vivir hoy y mañana se verá”. Todos necesitamos tener proyectos a corto, mediano y largo plazo, la vida sin metas que alcanzar es para espectadores y ahora había decidido ser protagonista. Cuatro años después me recibí con un excelente promedio. Hicimos un programa de televisión, Heterodoxia,  a pulmón, sin recursos financieros pero con mucho amor y entrega. Para nuestra sorpresa ganamos un premio ATVC. Algo que jamás hubiera imaginado en ese oscuro agosto de 2001 mientras estaba sentado llorando en posición fetal, en un rincón de la plaza Las Heras. Al poco tiempo comencé a trabajar en el canal donde aún sigo trabajando después de once años.

Casi al mismo tiempo en que comenzaba la facultad,  mi hermana me sugirió que visitara al doctor Sergio Lupo. Eso hice. Creo que fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Sergio no solo es médico, es un tipo comprometido con lo que hace, una persona que sabe escuchar. Un profesional que está a la altura de los mejores del mundo en la investigación y tratamiento del VIH. Él disipó por completo mis miedos y de inmediato comencé un tratamiento con un cóctel de drogas que en ese momento era experimental. Ya era obsoleto el maldito AZT. Al principio tomaba varias pastillas, hoy solo tomo una por las noches, pero dieron resultado.

Una mañana, cuando fui a buscar el resultado de los análisis trimestrales que me realizaba, fui a su consultorio y se los mostré. Me miró y pronunció las palabras mágicas: “Andrés, te felicito, estás  negativizado. Es decir, que el virus es indetectable en tu sangre”. Me explicó que eran bajísimas las probabilidades de que pudiera contagiar a alguien. Eso fue una caricia al alma. Una batalla ganada en la guerra contra ese enemigo microscópico.

Siempre colaboré con el doctor Lupo y con su equipo del Instituto CAICI para las campañas de detección de VIH que se realizan de forma gratuita en las plazas de Rosario todos los primeros de diciembre, en el Día Mundial de la Lucha contra el VIH. Abrí una cuenta llamada @RosarioViral en la red del pajarito. Al principio me parecía una buena estrategia difundir por redes la información con los lugares donde se realizaría el análisis y los horarios, después se me ocurrió fotografiar a mis colegas con un cartel que decía #HaceteElTest e intenté viralizarlo.

Pero el último domingo, primero de diciembre, decidí hacer algo así como un strip tease en Twitter, conté mi historia desde mi propia cuenta. Cada tuit que disparaba era una prenda que me sacaba, hasta quedar en pelotas. Funcionó. Vaya si funcionó. De golpe me vi sentado en programas de televisión o saliendo en radio con mi testimonio, justo a mí que estoy acostumbrado a preguntar. Ahora estaba ahí, respondiendo preguntas y nada más y nada menos que acompañando al doctor Lupo.

Algo que rescato de la repercusión que tuvo mi desnudo en la red, fue el hecho de haberme ofrecido a acompañar a Joaquín, de quince años, a realizarse el test. Ese domingo me escribió diciendo que sentía pánico del posible resultado. Me contó que había tenido relaciones con chicas sin usar forros. Quedamos en encontrarnos el día lunes en la esquina de Dorrego y Córdoba, en la Plaza San Martín, uno de los puntos donde se realizaba el examen gratuito.

Cuando salió y supo que era negativo, me dio un abrazo fuerte y me dijo gracias. “Siempre con preservativo amigo, siempre. Ahora andá y decile a tus amigxs del barrio, a tus  compañerxs del colegio que vengan y se lo hagan. No te olvides de aconsejarles que siempre que tengan relaciones, usen forros, te acompañé hasta acá, ahora te toca a vos llevar el mensaje a lugares donde a mí se me dificulta llegar”, le pedí. Me respondió que eso haría y se despidió con una sonrisa y la promesa que divulgaría toda la información que había recibido en el puesto de testeo.

Hoy, semanas después de aquel desnudo en las redes, aún sigo respondiendo comentarios y preguntas de pibxs y personas más grandes que me consultan sobre cómo cuidarse. Me resultan increíbles las preguntas que me hacen, pero las entiendo. Hay un Estado que se ausentó por mucho tiempo, relajó por completo los cuidados. Hoy un 80% de personas entre quince y veinticuatro años no usa preservativos cuando tiene relaciones sexuales. Parece una locura ¿no?.

Aún sigo conmovido por los testimonios de madres, padres, hermanxs, esposxs que me contaron sobre experiencias traumáticas de hijxs y parejas que no pudieron lidiar con el resultado positivo de un test y se resistieron a un tratamiento. Muchxs murieron de alguna enfermedad asociada a las bajas defensas. Confieso que esas historias me abrumaron y me hicieron llorar de la bronca.

Ahora el VIH es una enfermedad crónica, tratable, se puede tener una calidad de vida excelente. Espero que esto que estoy contando sirva para exorcizar los fantasmas que aún rodean a esta enfermedad. Falta poco, muy poco, para que llegue la cura, estoy seguro de eso, me lo prometió Sergio Lupo, el doctor que me hizo ver la vida de otra manera, el hombre que me dio una segunda oportunidad. ¡Cómo no le voy a creer!

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Andrés Petersen

Mendocino y casi rosarino. Licenciado en Periodismo. Patrulla las calles en busca de noticias para Express. Busca historias, aunque prefiere que ellas le tiendan emboscadas. Colaboró para Revista Anfibia. Dice que escribir lo libera.

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