La última vez (la única vez) que fui a un taller literario tenía diez años. Lo que recuerdo de aquellos encuentros es que la profesora leía en voz alta poemas sobre gatos, que me preguntó por qué en un texto había imaginado a los protagonistas como “hombres altos” y que le presté un libro que nunca me devolvió. No, no fue una experiencia que haya dejado en mí una huella imborrable. Para ese entonces yo ya sabía que leer y escribir eran de las cosas que más me gustaban en el mundo. Y lo siguen siendo, aunque haber estudiado Letras me haya quitado por años las ganas de leer, y haber trabajado de periodista me haya quitado por años las ganas de escribir.

Me invitaron a un taller. No sé si literario, creo que es “de escritura creativa”. No tengo idea de qué se trata, pero dije que sí. Sé que hay información online pero prefiero dejarme sorprender.

En las horas previas a la cita a ciegas, me descubro inquieta. Temo sentirme perdida entre millennials recién salidos de la universidad o incómoda en algún grupo endógeno de eruditos de la literatura local. Intento, contrarreloj y sin éxito, conseguir a alguna amiga que oficie de acompañante terapéutico. Al final, me entrego y voy sola, aunque al llegar hay varias caras familiares. Pronto me doy cuenta: no sé si es algo que me va a jugar a favor.

Mientras el escritor que da el taller pasa a recoger los celulares mesa a mesa y anticipa algunos juegos de escritura para romper el hielo, no puedo evitar preguntarme qué hago ahí. ¿Quiero aprender a escribir? ¿Acaso no sé escribir, no vivo de eso hace años? Enseguida, salgo en mi defensa. ¿No es que siempre tenemos cosas para aprender? ¿No vengo para darme un espacio y un tiempo para escribir? ¿No creo que pueda enriquecerme con la mirada del otro? Entonces, hago un alto para una pregunta clave: ¿se puede aprender a escribir, es decir, se puede enseñar a escribir? Escribir es darle forma a lo que pensás. Y, ahora que lo pienso, no sé bien qué pienso.

El primer ejercicio es de escritura automática. Hay palabras que disparan las primeras líneas, que luego deberán ser moldeadas en base a consignas disparatadas y una variación extremadamente amplia de géneros. El resultado es un bricolage similar a los ceniceros de cerámica que allá lejos y hace tiempo nos hacían hacer en el jardín y que solo les gustaban a las abuelas, porque incluso las madres los miraban con ojos raros. Descubro que me duele la mano de tanto escribir, las palabras salen en catarata pero no al ritmo de lo que mi mente dicta.

Amago con sacar la computadora, pero se me advierte que en el taller se prefiere el trabajo manuscrito. Respiro hondo y, tras una pequeña batalla interna con una voz que me dice que huya del lugar (prima de la mano que hace rato protagoniza el toc de buscar en el bolsillo del jean el celular que no está), decido quedarme. No sé bien por qué. Nos piden describir el texto que escribimos como un animal. Entre las “orugas que se vuelven mariposas” y los “ciervos que corren en un bosque oscuro”, aparece “una babosa pisada por una zapatilla All Star”. Mi babosa.

Nos ponen entonces en parejas. Toca ser valiente y compartir con el compañero el texto ridículo que uno acaba de escribir. Leo entonces mi extraña narración sobre una conversación con un vecino que a medida que charlamos va tomando la forma de gente que odié y amé en mi vida. Incluye una aparición sorpresiva de Bono cantando “The sweetiest thing” y termina con un río de diarrea explosiva. Pese al mamarracho, genero risas y una observación de “increíble cómo pudiste, a pesar de todo, armar una historia que tenga inicio, nudo y desenlace”.

A su turno, mi compañera lee un texto angustiante sobre bebés de plástico que se queman y son comidos, entre otros infortunios. Me llama la atención la facilidad con la que me hace ingresar a ese lugar oscuro, otra dimensión. Nos piden entonces escribir nuevos textos, retomando puntas de los anteriores. Descubro, para mi sorpresa, que aunque intento volver a la línea humorística de mi trabajo inicial, termino sumergida en el inframundo de mi compañera. “¿Viste cómo pueden los otros influir en tu escritura?”, le escucho decir a mi voz interna. No estoy segura de si es el angelito o el diablito el que habla. Tienen voces parecidas.

Un poco más tarde, nos piden separarnos físicamente del resto de los participantes del taller. Cada uno se acomoda en el lugar que prefiere o encuentra vacío. Como fui al baño mientras daban la consigna, al volver encuentro pocos lugares aptos para sentarme. Termino en una incómoda banqueta al lado de un gigantesco barril que oficia de mesa. El escritor pasa y, cual enviado celestial, me tira una frase en tono bíblico. “Todo todo todo no es el padre”, remarca. Y
se va. Dejándome sola con una batalla inicial: ¿qué se supone que haga con eso?

No escuché la consigna, pero asumo que todo todo todo en este taller es para escribir. Eso me lleva a la segunda batalla: ¿para dónde voy esta vez? Lejos de los bebés chamuscados, me inmiscuyo en una sesión de psicoanálisis que termina en un crimen. Sale casi sin esfuerzo, un cuento breve, redondito, me encanta, lo disfruto. El problema es cuando intento leer lo que escribí. No entiendo la mitad de mis garabatos. Bueno, en realidad, si le dedico tiempo voy descifrando mi letra. Por qué elegí el periodismo, con esa letra debería haber sido médica, pienso.

Me gustaría editar el texto: esto de escribir a mano y tachar no es lo mío, me está matando. En el cierre, algunos se animan a leer sus textos. Son tan variados como almas en este mundo. Hay incomodidad, risas, solemnidad, de todo un poco. Difícil catalogar a los oradores, aunque está claro que todos comparten una cualidad: la valentía.

El escritor hace algunos comentarios sobre lo que escuchamos: en algún caso orienta, en otro celebra, en otro pregunta. Finalmente, nos saluda y nos desea lo mejor, como si estuviéramos subiendo a un barco que nos llevara a otro mundo. El taller está cerrando ya, y mientras nos devuelven los celulares me descubro queriendo que continúe. Es raro. No siento que haya aprendido algo que no supiera, pero siento que me dieron un buen empujón hacia un lugar al que quiero ir. ¿Quiero ir o quiero volver?

Salimos del taller, cada uno ensimismado en sus pensamientos. Algunos tendrán hambre, es tarde, otros estarán pensando la trama de sus próximas novelas. Mi compañera, la de los bebés quemados, lamenta que el escritor no haya analizado lo que ella escribió. “Quiero que alguien lo lea y me diga que es una porquería”, nos dice. O que te proponga para el Nobel de Literatura, pienso. En el viaje que estamos emprendiendo todo es posible. Tan posible como que una babosa pisada por una zapatilla All Star, contra todo pronóstico, siga viva.

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Sobre el autor:

Acerca de Fernanda Blasco

Periodista

Periodista (TEA) y Profesora en Letras (UNR). Participó con gran adrenalina del nacimiento de tres importantes proyectos periodísticos: el diario El Ciudadano (1998) donde fue redactora, el diario digital Rosario3 (2006) donde fue subeditora, y el portal Rosarioplus (2015) donde armó el proyecto y fue editora. En la actualidad, es consultora en comunicación digital. Además, […]

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