El deporte mundial parece haber despertado. Por estos días asistimos a una inmensa cantidad de manifestaciones públicas en contra del racismo –lo cual resulta justo– después del brutal asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis (Minnesota, Estados Unidos). Sin embargo, una mirada suspicaz podría advertir un rasgo de cierta impostura: al establishment del deporte le resulta buen negocio ser políticamente correcto. Los que siempre pelearon contra lo políticamente correcto y contra el establishment lo hicieron solos y pagando el costo. Nada de subir una foto negra a Instagram.

Si se trata de defender derechos, pocos hubo como Muhammad Ali. Y por supuesto que lo hizo en soledad, cargando no solo con una prohibición para ejercer su actividad sino con el escarnio público y hasta con la cárcel. Hay una vieja entrevista que se hizo viral por estos días en la que Ali cuenta, con mucho carisma y magnetismo, que desde niño le preguntaba a su madre por qué Tarzán era el Rey de la Selva africana siendo blanco. Se preguntaba además por qué peleaba contra los africanos, les rompía la mandíbula a los leones y hablaba con los animales. Cómo Tarzán hablaba con los animales y los africanos, que habían estado allí durante siglos, no podían. No entendía por qué Miss Universo era siempre blanca; por qué el pastel de ángel era blanco y la torta del diablo era de chocolate; por qué el presidente vivía en la Casa Blanca; por qué todo lo malo era negro: el patito feo es negro, el gato negro trae mala suerte. “Desde chico fui muy curioso. Desde chico supe que algo andaba mal”, dice Ali para la posteridad.

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En las últimas semanas, durante la cuarentena, fue furor The Last Dance, la serie de Netflix que muestra parte de la vida de Michael Jordan, el mejor jugador de básquet de la historia. En la brillante historia dirigida por Jason Hehir se ve un Jordan consumista y despolitizado, un símbolo de la hegemonía cultural estadounidense de los 90. Hasta Barack Obama expresa allí su decepción respecto de la reticencia de Jordan a apoyar públicamente al candidato demócrata y activista anti racismo Harvey Gantt al senado estadounidense: “Los republicanos también compran zapatillas“, había dicho MJ como excusa al negarse.

Respecto de ello, el periodista Sebastián Chittadini nos mostró en un revelador hilo de twitter que en The Last Dance hay un extraño ausente. Craig Hodges, un jugador con 10 años de experiencia en la NBA, un 40% en triples, dos anillos de NBA y tres torneos de triples ganados de forma consecutiva; es el único jugador que no es mencionado ni una sola vez. ¿Quién era Hodges? ¿Por qué lo borraron del mapa? Revela Chittadini, apoyándose en notas periodísticas, por ejemplo, que Hodges en 1991 fue uno de los pocos jugadores en manifestarse contra la Guerra del Golfo y que alentó a Jordan a invertir sus millones en negocios que pudieran crear fuentes de trabajo para la comunidad negra. Incluso le propuso a Magic Johnson y a Jordan boicotear las Finales de 1991, que disputaron Los Ángeles Lakers Y Chicago Bulls pocos meses después del abuso policial que padeció el taxista Rodney King en Los Ángeles. Los dos le dijeron que era una locura.

En la serie se pone el ojo enfáticamente en la ausencia de Michael Jordan en la Casa Blanca durante el recibimiento que le hizo el presidente Bush a los Bulls tras el título del año 1991. Lo que expone el periodista uruguayo es la omisión voluntaria en el documental. Hodges no pudo haber pasado inadvertido, ni por el dashiki blanco que vestía ni por la carta que le entregó al mismísimo Bush en la que se refería a la discriminación y la falta de oportunidades de la comunidad negra. Al menos pudo haberle llamado la atención a alguien que Hodges metiera nueve triples consecutivos en la cara de Bush vistiendo un dashiki.


Chittadini cuenta que la NBA se sintió avergonzada por Hodges, por su vestimenta y por la carta; también por su relación con el líder islámico Louis Farrakhan (amigo de Muhammad Ali). Tras el primer partido de las Finales de 1992, el New York Times publicó un artículo en el que Hodges criticaba el silencio de Jordan en temas sociales y políticos o por no opinar sobre la ausencia de dueños o entrenadores negros en la NBA. Luego del título de su equipo, en el que casi no tuvo participación, los Chicago Bulls decidieron declararlo agente libre. Ningún otro equipo de la NBA lo volvió a llamar. En 2017 publicó su libro Long Shot, donde dice: “Teníamos a un jugador cuya popularidad era mayor que la del Papa. Si los Bulls hubieran hablado en nombre del colectivo, el mundo hubiera escuchado”.

El deporte blanco

Arthur Ashe fue un negro dominando “el deporte blanco”, lo que suponía toda una rareza. Es el único hombre negro en ganar el US Open, Wimbledon y el Abierto de Australia. Si bien hoy se lo rescata como un luchador por los derechos civiles, a su tiempo, las organizaciones que luchaban contra el racismo le pedían mayor presencia a medida que su figura deportiva se agigantaba. Durante el verano de 1968, poco tiempo después del asesinato de Martin Luther King, en el barrio neoyorkino de Queens se disputó el primer US Open de la historia. Fue un momento crucial para el deporte, en el que jugadores profesionales y amateurs se enfrentan por primera vez: el nacimiento del tenis moderno. A un lado de la red, Arthur Ashe, afroamericano, demócrata, de clase trabajadora. Del otro, Clark Graebner, blanco, republicano, de clase alta.

En el libro Levels of the game, que describe aquel nacimiento del tenis moderno, escrito en 1969 por John McPhee, el ganador del Pulitzer dice: “Debido a su color de piel, mucha gente espera de Ashe que sea algo más que un jugador de tenis; le exigen que sea, en términos generales, un líder. Cuanto más gana, más palabras o gestos se esperan de él. La prensa negra lo ha criticado por no hacer suficiente por la causa. En repetidas ocasiones le han ofrecido participar en huelgas y piquetes y se ha negado. Los activistas negros le han instado a renunciar al equipo de Copa Davis”.

El hombre que hoy le da nombre al estadio más importante del Abierto de los Estados Unidos falleció en febrero de 1993 víctima de neumonía, cuadro que se agravó como consecuencia del VIH que padecía y contra lo que había luchado creando una fundación para ayudar a quienes la padecían como él.

El deporte de caballeros

Así como lo muestra otra de las exitosas series de cuarentena sobre deportes, el fútbol vino a quitarle a los aristócratas ingleses el privilegio de la exclusividad del juego que se volvería pueblo. Los aristócratas, que “recién” habían dejado de esclavizar negros y de venderlos por un par de cueros que después patearían, vieron cómo, en un rapto de justicia poética, se les esfumaba su mejor invención.

Al final, porque nada dura para siempre, el juego terminó siendo otra vez de los aristócratas. La FIFA es la muestra de ello. Por estos días, algunas asociaciones que dependen de ella se transformaron en empresas de relaciones públicas que prefieren contradecir sus propios principios con tal de no quedar mal con nadie.

La FIFA tenía como norma sancionar a aquellos que hicieran manifestaciones públicas ajenas al deporte. Por ejemplo, penaba a quienes dejaran ver debajo de sus camisetas leyendas políticas, raciales, religiosas o cualquier otra. El rigor era tal que castigaban hasta aquel que mostrara un saludo de cumpleaños para su madre estampado en una remera. Hace algunos días, el inglés Jadon Sancho, jugador del Borussia Dortmund, celebró un gol rindiéndole tributo a George Floyd. Debajo de su camiseta, llevaba otra con el lema “Justicia para George Floyd”. A Sancho le sacaron tarjeta amarilla por el gesto.

Pero la FIFA nunca quiere líos y como en todo el mundo se le rinde tributo a Floyd, la federación sugirió que a partir de ahora se dejase de sancionar a los jugadores que se manifestasen a favor de la víctima. El máximo ente del fútbol pidió “sentido común” a la Bundesliga, que especuló con sancionar a Sancho, también a Hakimi, Thuram y McKennie, quienes realizaron acciones similares.

Mucho antes, en el año 1988, a John Barnes le arrojaron una banana desde la tribuna en la liga inglesa. Veintiséis años después, en 2014, le tiraron otra al brasileño Dani Alves durante un partido de la liga española. Barnes la devolvió de una patada. Alves, la estrella del Barcelona, la levantó y se la comió en el partido. Al respecto, su compatriota y emblema del futbol mundial, Pelé, respondió al ser consultado sobre el caso que había sido “un incidente aislado”.

El futbolista Moussa Marega, oriundo de Mali, venía recibiendo gritos en su contra por su color de piel y al marcar un gol para el Porto, su equipo, se fue a gritarlo de cara a la gente que lo afrentaba. La lluvia de insultos fue demasiado para él y decidió irse de la cancha en pleno partido: “Me gustaría decirles a estos idiotas que vienen al estadio a gritar cantos racistas, que se vayan a la mierda. Y también les agradezco a los árbitros por no defenderme y por mostrarme una tarjeta amarilla porque defiendo el color de mi piel. Espero no volver a verlos en un campo de juego nuevamente. Son una vergüenza”, dijo al salir. Otras figuras del fútbol como Kevin-Prince Boateng del Milan en Italia, Yaya Toure del Manchester City, Samuel Eto’o del Chelsea y Mario Balotelli del AC Milan sufrieron el mismo pesar en algún momento de sus carreras.

El despertar

Escribe el periodista Matías Baldo que el caso de Floyd recuerda al asesinato de Eric Garner el 17 de julio de 2014. Once veces gritó Garner, desesperado, “I can’t breathe” mientras lo estrangulaba Daniel Pantaleo, oficial de la policía de Nueva York. Garner había sido acusado de vender cigarrillos sueltos de paquetes sin sus correspondientes estampillas impositivas.

Tras el asesinato de Garner algunas de las estrellas NBA se hicieron eco. Derrick Rose apareció con una remera negra con una leyenda blanca: “I can’t breathe”.

“Veía violencia todos los días, no los asesinatos pero sí la violencia. Estoy tratando de cambiar la mente de los niños en todo el país y acá empieza. Antes no me habría puesto la camiseta, pero ahora que soy padre, cambió mi visión de la vida”. Dos días después, en el duelo entre Cleveland y Brooklyn Nets, LeBron James, Kyrie Irving y otros jugadores salieron con la misma camiseta. Afuera del Barclays Center, 200 personas gritaban: “¡No hay justicia! ¡No hay paz! ¡No al racismo policial!”.

La NBA, como ahora la FIFA, decidió no sancionarlos como estaba acostumbrada. Barack Obama, por entonces presidente de EEUU, apoyó la decisión de las figuras NBA: “Creo que LeBron hizo lo correcto. Nos olvidamos del rol que jugaron Ali, Ashe y Russell en elevar la conciencia social”.

Hoy Jordan también parece haber despertado ante la injusticia y la discriminación racial. Hace algunas horas emitió un comunicado: “Estoy profundamente triste, realmente dolorido y muy enojado. Veo y siento el dolor, la indignación y la frustración de todos. Estoy con todos aquellos que denuncian el racismo arraigado y la violencia contra las personas de color en nuestro país. Ya hemos tenido suficiente”, dice en el texto.

Esta pandemia cultural y estas conductas abusivas exceden la geografía de los Estados Unidos, no es ningún descubrimiento, hace falta nada más levantar la vista y mirar lo que pasó recientemente en Chaco, en Tucumán, en La Rioja o en Chubut, donde el que tiene el poder somete a las minorías y los más débiles. A su vez, en Europa crecen exponencialmente los grupos neonazis.

En la historia del deporte hubo y habrá grandes deportistas que pagan grandes costos por sus manifestaciones más allá de sus hazañas en el campo de juego. Sin embargo, se hace carne su leyenda, porque hay allí una renuncia a una gloria más o menos incuestionable para abrazar una causa no siempre unánime. Y son las leyendas, construidas alrededor de un gesto, un hecho que enfrenta la historia y tuerce el destino, las que hacen girar la rueda de la esperanza en un mundo nuevo, dentro y fuera de la cancha.

Distanciamiento
Sobre el autor:

Acerca de Alejandro Mangiaterra

Relator, periodista

Soy relator porque siempre quise contar historias. La timidez y la comodidad me impidieron vivir las mías y decidí contar las de otros. Tal vez no lo decidí, no tuve otra opción. El término relator es más descriptivo y más apropiado para lo que hago, incluso cuando intento escribir. El periodismo es más ampuloso, más […]

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