Entra un periodista de la sección Policiales a Fotografía. “Ahora sí hay que salir rápido. Hubo un homicidio en zona sur hace un rato”. Hora de la siesta. Pido un remís que demora una hora y cuarto en venir. Es la forma de llegar que tenemos en los medios.
Algunos colegas conocen de qué se trata el tema traslado. Lo reclamo un par de veces. Se lo reclamo al guardia de turno. El periodista agrega que no está claro si es homicidio o suicidio. Los suicidios no se publican, no en este medio.
Nosotros tenemos que ir igual hasta que un fiscal no se expida. Finalmente llega el auto y vamos hacia el lugar. El chofer pone la intersección de las calles en el GPS porque desconoce el barrio.
Algunas calles tienen nombres imposibles, oídos por única vez. Zona sur, en Rosario, es: “¡Ah! Zona Sur” y una mueca en el espejito retrovisor.
Vamos cruzando avenidas y barrios. Llegamos a uno de los pasajes de la intersección. Ni bien doblamos, en la vereda hay una pelopincho redonda. Ocupa parte de una vereda angosta y termina en la calle por donde pasan autos. Hago una foto.
Seguimos unas tres o cuatro cuadras y encontramos el lugar del hecho. El lugar del hecho suele estar vallado con una cinta que dice “peligro”.
Vecinos y sobre todo vecinas, mujeres, están alrededor del lugar del hecho. Están alrededor de la madre del muerto, muerto por homicidio.
De la viuda del muerto, muerto por homicidio. Está la policía, unos cinco policías entre hombres y mujeres, en la puerta de la
casa donde todavía yace el muerto por homicidio. La confusión entre suicidio y homicidio había sido porque al hombre de 35 años lo encontraron en su cama con varios balazos, pero los balazos los había recibido dos cuadras antes. Así caminó hasta su casa, cerró la puerta, murió en su cama.
La mortera llegó a los 20 minutos. Los vecinos decían toda clase de cosas, cosas que viven. Que lo mataron porque se querían quedar con su casa. Que era un hombre bueno, trabajador, que habían ido sus patrones a ver qué necesitaban. Que seguramente el diario iba a poner “ajuste de cuentas”.
La mortera sube a la vereda de la casa. Los vecinos y vecinas hacen un cordón cerrado. Me voy alejando hasta un lugar prudencial. Dos mujeres me ven con la cámara y me increpan: “no se te ocurra hacerle fotos al cuerpo”. No dije nada, ya me estaba alejando y a la foto la iba a tener. No la foto del cuerpo, que no nos interesa, sino la foto de lo que significa el después de una muerte brutal que ocurre todos los santos días. Hice una o dos tomas. El traslado se fue, la policía se fue. Las puertas de la casa quedaron abiertas y los vecinos no dudaron un segundo y agarraron baldes con agua y empezaron a baldear el reguero de sangre. Lo veía desde la vereda de enfrente.
Me acordé de la pileta de plástico a tres cuadras. Pensé en el agua. Agua para bañarse, agua para disfrutar, agua para refrescarse aunque sea a la vera de una calle, agua para baldear, agua para limpiar. Agua para limpiar la sangre de un muerto que no tenía que morir.
