Agradezco a las autoridades de la Municipalidad de Rosario, de la provincia de Santa Fe, de la Fundación El Libro y de la Universidad Nacional de Rosario por darme el privilegio de abrir esta Feria, la de mi querida ciudad. Posiblemente muchos de ustedes se estén preguntando qué hace una historiadora abriendo la Feria del Libro. Es la misma pregunta que le hice a Pablo Javkin cuando me sorprendió con su llamada para invitarme a ocupar este lugar. Lo habitual es que sean reconocidos escritores y escritoras los destinados a pronunciar este discurso, como indican los nombres de quienes me han precedido en los últimos años.
Para calmar mi síndrome de impostora intenté subirme el precio y, luego de aceptar muy emocionada el convite, asumí que los historiadores también escribimos libros y textos en diversos formatos. Solo que, a diferencia de los libros y textos producidos por novelistas y poetas, todopoderosos en su creación, los nuestros se inscriben en un género particular: el que Ivan Jablonka define como “literatura bajo coacción”. Una literatura que exige siempre ser legitimada en el marco de la saludable coacción que ejercen los documentos del pasado, las reglas de la investigación científica y el compromiso con la verdad. El célebre historiador Marc Bloch, en el primer párrafo de su Apología para la Historia, enunciaba esa exigencia del siguiente modo:
Te puede interesar:
“‘Papá, explícame para qué sirve la historia’, pedía hace algunos años a su padre, que era historiador, un muchachito allegado mío. Quisiera poder decir que este libro es mi respuesta. Porque no alcanzo a imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los alumnos. Pero reconozco que tal sencillez solo es privilegio de unos cuantos elegidos. Por lo menos conservaré aquí con mucho gusto, como epígrafe, esta pregunta de un niño cuya sed de saber acaso no haya logrado apagar de momento. Algunos pensarán, sin duda, que es una fórmula ingenua; a mí, por el contrario, me parece del todo pertinente. El problema que plantea, con la embarazosa franqueza de esa edad implacable, es nada menos que el de la legitimidad de la historia. Ya tenemos, pues, al historiador obligado a rendir cuentas. Pero no se aventurará a hacerlo sin sentir un ligero temblor en su interior”.
Sería absolutamente desmesurado asociar mi temblor interior en esta apertura con el que experimentó Marc Bloch, durante la Segunda Guerra Mundial, al escribir la obra de la que extraje la cita, interrumpida en 1943 cuando decidió incorporarse a las filas de la resistencia francesa contra el régimen nazi. Bloch fue fusilado por el ejército alemán en junio de 1944 y la edición póstuma de Apología para la Historia, a cargo de su gran amigo y colega Lucien Febvre, se publicó en 1949. Si el temblor, entonces, es incomparable, el interrogante de aquel niño puede ser oportuno en pos de justificar mi presencia aquí: ¿para qué sirve la historia? Y puesto que estamos en el escenario de una feria del libro, tal vez valga la pena recuperar algunos momentos vinculados a la historia del libro y de la lectura, en una coyuntura en la que el libro y la lectura se ven amenazados por el imperativo desregulatorio de las leyes del mercado y por la beligerancia de batallas culturales que dañan desde sus cimientos el arte de la conversación pública.
Quienes estamos aquí, sabemos que la industria editorial contemporánea, integrada por un complejo universo de actores, se fue configurando conforme a los cambios técnicos, culturales, sociales y políticos ocurridos a lo largo de los siglos. Roger Chartier, historiador francés y especialista en este campo, nos recuerda que el libro es, por un lado, un objeto material producido mediante cierta técnica para su distribución y circulación, y por otro, un discurso escrito por un autor que, con la mediación de editores y libreros, se dirige a un público lector. El libro se inscribe, pues, en una historia global de la cultura escrita, que no comienza con la revolucionaria invención de Gutemberg. Fue en los primeros siglos de la era cristiana cuando los antiguos rollos o tablillas adoptaron la morfología del códice, organizado en una serie de pliegos y páginas encuadernados, con algún tipo de cubierta, realizados a mano por copistas o por los propios autores. La filóloga española, Irene Vallejo, reconstruye ese proceso en El infinito es un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. A través de una atrapante narrativa, la autora nos invita a conocer la lucha incansable de copistas, impresores, editores, autores y un sin número de actores anónimos por preservar la cultura escrita frente a los desafíos y amenazas de las fuerzas naturales y humanas. El libro, tal como lo conocemos a partir de la imprenta y de los tipos móviles, multiplicó su producción y circulación a gran escala con la industrialización de la impresión en el siglo XIX y, por supuesto, con la revolución digital de fines del siglo XX.
Esta expansión amplificó de manera exponencial el mundo de lectores en el marco de la creciente inclusión de segmentos sociales antes excluidos: niños, mujeres y sectores populares comenzaron a gozar del derecho de ser alfabetizados y de participar en las tramas de la escritura. La historia de la lectura nos muestra el lento pasaje de los reducidos círculos que podían acceder a ella hasta el surgimiento de una opinión pública nutrida de libros, prensa periódica e impresos de diversa factura; de la lectura colectiva, en alta voz, en los espacios de sociabilidad, a la lectura íntima e individual que establece una autonomía del lector. Nos muestra, además, las crecientes exigencias del público respecto de los libros, no solo en lo que atañe a la dimensión discursiva que le corresponde al autor –sometida siempre al debate y la polémica– sino a su dimensión material. Robert Darnton, gran estudioso del tema, describe algunos aspectos de esas exigencias en una de las magníficas entrevistas que Mariano Schuster realizó a diez destacados historiadores contemporáneos, publicadas bajo el título El pasado no está muerto. De sus investigaciones sobre el siglo XVIII en Francia, Darnton destaca el equilibrio que intentaban mantener los editores para lograr un papel de buena calidad al menor costo posible, y las recurrentes quejas que encontró en cartas de lectores por las huellas dactilares que –involuntariamente– dejaban los impresores en las páginas de los libros, tapando parte del texto. El autor relata una anécdota que ilustra aquella habitual dificultad y la obsesión del historiador por exprimir al máximo los documentos disponibles:
“En una ocasión, encontré una huella dactilar en un ejemplar de la Enciclopedia, y logré saber quién era el hombre que había impreso esa página e incluso reconstruir un poco de su vida […] Esto me llevó a pensar que por detrás de esa página y de esa huella, es decir, de la sustancia material del libro, se podía ver a un ser humano. Y esto me condujo a reflexionar, al mismo tiempo, sobre la relación entre la historia del libro y la historia del trabajo. El estudio de los libros y de su materialidad es también un modo de encarar la historia de aquellos que pusieron sus manos para hacerlos”.
Esta imagen expansiva de la historia del libro y de la lectura, que nos conecta con la idea de una creciente democratización de la cultura, coexiste con otra historia bien conocida: la de su fragilidad ante el poder de turno en diferentes épocas. El libro como amenaza y la lectura como desafío a la autoridad instituida impregna la larga trayectoria de la censura: desde la emblemática figura del Inquisidor de las monarquías absolutas entre los siglos XVI y XVIII, pasando por las marchas y contramarchas que experimentó el orden liberal decimonónico –cuando la libertad de imprenta se convirtió en una bandera de lucha y en un principio irrenunciable– hasta los totalitarismos de derecha o izquierda del siglo XX que buscaron anular o restringir la libertad de expresión. La pulsión por silenciar al disidente se vehiculizó a través de argumentos y mecanismos muy variados y se proyecta como una sombra en este primer cuarto del tercer milenio. La censura vertical, procedente del Estado o de factores de poder en gobiernos dictatoriales o autoritarios, convivió y convive con prácticas de hostigamiento más o menos estridentes –según los casos– en regímenes democráticos y con censuras horizontales como imperan hoy en las redes. El miedo al castigo o el temor al escrache atraviesan los eslabones que articulan la comunidad de autores, editores, libreros y lectores.
La historia de la censura revela, a su vez, un aspecto inquietante: en el pasado, los censores solían ser lectores. En los sistemas más sofisticados, el trabajo de censor suponía tener conocimiento y habilidades retóricas para fundamentar las razones que llevaban a prohibir la circulación de un libro o la exclusión de algunas partes del texto consideradas herejes, obscenas o políticamente peligrosas, y sobre todo para detectar las fórmulas engañosas bajo las cuales los autores intentaban expresar sus ideas burlando las restricciones. Hoy, ya no hace falta leer, conocer o contar con cierto capital cultural para censurar o desprestigiar una obra, sino dar rienda suelta al prejuicio ideológico. A veces, un simple título coloca al autor o autora y a la institución a la que pertenece en el banquillo de los acusados. El dato es inquietante porque –si se me permite el eufemismo– hemos pasado de una censura ilustrada a una censura de la ignorancia.
La ignorancia, de hecho, se ha constituido en los últimos años en un campo de estudio transitado por sociólogos, antropólogos, filósofos, y más recientemente por historiadores. Peter Burke, historiador de la cultura, luego de publicar un libro titulado ¿Qué es la historia del conocimiento?, publicó otro donde se ocupa de la historia global de la ignorancia. Es la historia de una ausencia y a la vez de los obstáculos que se presentan al conocimiento, como las formas de la censura, la escasez de escuelas, de infraestructura, de imprentas o de escritura. Es la historia, además, de la necesidad de los seres humanos de saber lo que no sabemos para evitar desastres individuales y catástrofes colectivas. Sobran los ejemplos de catástrofes devenidas por déficit de conocimiento en un campo específico o por el gesto desdeñoso hacia el conocimiento experto. Como afirma Burke, “la ignorancia es un activo para las dictaduras y un pasivo para las democracias”. En cualquier caso, saber administrar la ignorancia es una cuestión de primer orden para quienes manejan el timón de la nave de un Estado. El sociólogo e historiador argentino, Juan Carlos Torre, nos recuerda que “la responsabilidad política no está democráticamente distribuida”.
Volviendo, entonces, al campo que me compete, la responsabilidad del historiador es el compromiso con la verdad. Y si utilizo el término compromiso no es por eludir el complejo y prolongado debate acerca del estatus de lo verdadero, sino para poner de relieve un problema que afecta tanto a las interpretaciones del pasado como del presente. Carlo Ginzburg, el reconocido historiador italiano recientemente fallecido, lo supo plantear en las polémicas entabladas a fines del siglo XX con quienes le asignaban a la disciplina histórica un carácter meramente narrativo, desplazando del debate cualquier criterio de verdad. El neo escepticismo que impregnaba estas tesis –de amplio impacto en el clima académico finisecular– hacía indistinguibles las narrativas históricas de las narrativas de ficción. Para Ginzburg, dichas tesis –que pueden conducir a borrar los límites entre el negacionismo y la mentira– tienen “implicancias muy serias en el terreno moral y en la arena política” puesto que “no se puede luchar contra las llamadas fake news desde posiciones neo escépticas”. Y quien lo dice es el autor que escogió el género narrativo como un modo de conocimiento particular en el que el lector queda asociado a los avatares de una investigación que acompaña la producción de la verdad sobre el pasado. Ginzburg fue un maestro de la escritura histórica construida a partir de las pruebas y los métodos del oficio. Un maestro que en su célebre libro El queso y los gusanos pudo reconstruir la historia de Menocchio, un molinero friulano sometido a juicio por la Inquisición. A través de este personaje traza los desfasajes producidos entre las formas de asimilar las lecturas realizadas por Menocchio y las interpretaciones que imponían los inquisidores que lo ejecutaron en la hoguera, e ilumina los contactos y abismos que existían entre la cultura oral y escrita y entre la cultura popular y letrada en la Europa del siglo XVI.
De más está decir que los historiadores fantaseamos con encontrar distintas variantes de Menocchios en los archivos y, sobre todo, con tener el talento de Carlo Ginzburg para darles vida y transportarnos a un mundo en el que inevitablemente nos sentimos extranjeros. Pero más allá de nuestras fantasías individuales, sabemos que todos los pasados –lejanos y recientes– despiertan especial interés, tanto entre los especialistas como en el gran público. En la selección de temas, períodos o geografías que investigamos no hay jerarquías preestablecidas sino problemas relevantes para ser explorados, donde se ponen en juego preguntas significativas que nos hablan del pasado como asimismo del presente. Se suele decir, en este sentido, que escribir historia es como encarar una suerte de autobiografía indirecta y colectiva. Seguir las pistas, huellas e indicios que emergen de las fuentes –al modo detectivesco del personaje Sherlock Holmes– es una aventura fascinante y a la vez una tarea que exige formación académica, paciencia y una especial sensibilidad para hacer hablar a los muertos. Lila Caimari describe esta tarea en su bello libro La vida en el archivo:
“quien investiga sabe que son las voces del archivo (no la suya, o no evidentemente la suya) las que tienen que hablar en un argumento que sí es suyo. Sabe también que, para funcionar en el argumento, esa pieza deberá quedar bien engarzada en su escritura. Así, mientras selecciona, va imaginando una intriga, la dispositio más rendidora: cómo administrar esta evidencia para persuadir sin forzar ni apabullar, cómo convencer con naturalidad, casi distraídamente, cómo transmitir la intensidad de la certeza sin recurrir a la enumeración de hallazgos que aplanan y adormecen. Se recolectan muchísimas piezas, demasiadas. El momento tarda, pero un día llega. Es una prueba dura: hay que elegir cuál de todas verá la luz del sol, y resignar las demás”.
Lila traduce en lenguaje poético la naturaleza intrínseca del género historiográfico entendido –según adelanté– como una literatura bajo coacción. Entre el archivo como soporte y la escritura como resultado, los historiadores activamos diversas operaciones, que van desde la autocensura que sacrifica toneladas de documentos recopilados hasta la toma de distancia de las disputas memoriales y usos políticos del pasado que nos involucran en nuestra condición de ciudadanos y ciudadanas de la comunidad que habitamos. Tomar distancia de esas disputas no supone desentendernos del problema sino asumirlo como un objeto de estudio en sí mismo. Un objeto que requiere distinguir la disciplina histórica de la naturaleza múltiple y plural de la memoria, abierta siempre a la dialéctica del recuerdo y el olvido, y de sus usos en la arena política con el fin de justificar acciones presentes en pasados por lo general imaginarios.
Quienes nos dedicamos a investigar la historia argentina solemos ser los aguafiestas que vienen a desmontar algunos mitos y narrativas nacionales que circulan en diferentes esferas de la sociedad y del poder. Pero en esa tarea deconstructiva habita la razón de nuestro oficio: reconstruir los avatares que experimentamos –para bien o para mal– desde los momentos fundacionales. Y en medio de esos avatares navegaron nuestras primeras imprentas, la industria editorial, la producción y circulación de libros e impresos, la transformación de las formas y tendencias de la lectura y la consolidación canónica, el ninguneo o la censura de determinados autores. Temas todos que constituyen un campo de estudio muy prolífico en nuestro país. José Luis de Diego, especialista en la historia de la industria editorial argentina, nos devela sus vicisitudes desde el siglo XIX hasta el presente. En esa larga trayectoria, se destacan sus “épocas de oro”, como la vivida entre las décadas de 1930 y 1950 cuando Argentina se transforma en el principal proveedor de libros en lengua hispana, y sus momentos de declive o de crisis, como la que hoy nos asiste de “Emergencia Librera” según advierte la Federación Argentina de Librerías. Al mismo tiempo, en esa larga trayectoria se fue conformando un universo cultural potente, que no solo debió sortear las constantes oscilaciones políticas y económicas sino también los arbitrios de una extendida y desigual geografía sembrada de ciudades y pueblos.
Rosario representa, sin duda, un caso particular dentro del mapa que configuró la nación. No quiero abusar de la clásica y arrogante imagen de la excepcionalidad que suele aplicarse al caso argentino respecto de Latinoamérica y trasladarla al caso rosarino respecto de Argentina. Pero quienes se abocan a explorar palmo a palmo el pasado de nuestra ciudad –entre ellos algunos queridos colegas aquí presentes– podrán corroborar que la geografía nos ha dado una oportunidad que la historia ha intentado disciplinar o, al menos, tener bajo control, con momentos de mayor o menor éxito. Cuando ingresa la primera imprenta móvil a Rosario, a fines de 1851, en la campaña del Ejército Grande que terminó derrocando al régimen rosista, su boletinero, Domingo Faustino Sarmiento, editó la primera hoja impresa en lo que por entonces era una pequeña villa que apenas superaba los tres mil habitantes. En esa hoja, Sarmiento dejó estampada la profecía auto cumplida: “El Rosario está destinado por su posición topográfica a ser uno de los más poderosos centros comerciales de la República Argentina, y sería una de las más puras glorias que codiciaría, acelerar el día de su engrandecimiento y prosperidad”.
En efecto, la posición estratégica de Rosario, dentro de la provincia de Santa Fe y de este litoral de los ríos, fue fundamental para insertarse en el proceso de modernización. Como demuestra el historiador rosarino, Miguel Ángel de Marco (h), su condición de ciudad-puerto potenció –entre tantas otras cosas– el surgimiento y transformación tecnológica de las imprentas locales durante la primera globalización y contribuyó a convertirla en un centro cultural vibrante y plural sometido a los vaivenes de las crisis recurrentes del país. En esos vaivenes no estuvo ausente nuestra constante vocación por medirnos con Buenos Aires. Miguel Ángel cita, al respecto, un pasaje elocuente del primer Censo Municipal de 1900: “en el arte tipográfico no puede el Rosario competir con la metrópoli […]; en todos aquellos trabajos de aliento en el que el buen gusto estético y el arte están de por medio, somos del todo tributarios porteños”. Como dijo Fito Páez, “Rosario siempre estuvo cerca”.
Lo cierto es que nuestra ciudad, criada a orillas del Paraná, superó las expectativas sarmientinas y hoy celebra el tricentenario de su existencia. Una existencia que, mientras albergaba el cosmopolitismo de la inmigración masiva y el vertiginoso crecimiento de su población, fue forjando una marca identitaria que sorprende a propios y extraños. Rosario –“ciudad fenicia”, “Chicago argentina” o “cuna de la bandera”– es, por sobre todas las cosas, una polis identitaria que supo integrar a todos y cada uno de sus apodos. Y a propósito de esta marca registrada, siempre me gusta recordar una anécdota. Cuando mi hija mayor rondaba los seis o siete años, recibimos la visita de unos amigos extranjeros dispuestos a conocer la ciudad. Ella quiso asumir el papel de guía turística y me conminó a llevarlos al cabildo. Sorprendida, le respondí que aquí nunca tuvimos un cabildo. Frente a su obstinada insistencia, finalmente descubrí que su cabildo –o en todo caso, nuestro cabildo vernáculo– es, por supuesto, el Monumento a la Bandera. Y allí fuimos, felices, a la Avenida Belgrano, a mostrar uno de los sitios emblemáticos de Rosario.
La demanda de aquella niña por exhibir las huellas del pasado de su ciudad me remite a la pregunta inicial invocada por Marc Bloch a través del pequeño que interrogaba a su padre: “¿para qué sirve la historia?” La pregunta cobra hoy particular relevancia porque regresa, una y otra vez, ya no como producto de la ingenua curiosidad infantil. Regresa bajo la imagen de la sospecha, el prejuicio o el desprecio, haciéndose extensiva a diversos destinatarios según las circunstancias: ¿para qué sirven la literatura, el arte, la ciencia, la universidad o el periodismo? Regresa a través de fantasmagóricas batallas culturales, donde las palabras se convierten en armas destinadas a imponer certezas preconcebidas acerca de cómo debe ser el mundo. No hace falta un análisis sofisticado para descubrir que tales certezas, fundadas en un maniqueísmo providencialista, atentan contra la pluralidad y supervivencia material de la educación, la ciencia y la cultura. Pero sí vale la pena insistir en que la metáfora bélica que encuadra el actual hostigamiento y desfinanciamiento que sufre cada una de estas áreas por parte de las máximas autoridades del Estado Nacional, pone en evidencia la asimétrica correlación de fuerzas de la supuesta batalla que promueven. Si, como dije, la responsabilidad política no está democráticamente distribuida, las consecuencias de las decisiones adoptadas por quienes nos representan derraman hacia toda la sociedad.
Confieso que, como historiadora, querría tener una respuesta de tono optimista ante la perplejidad que nos provoca el presente. Repaso lo que les enseñamos a nuestros alumnos en la universidad: que la historia no se repite, que no es maestra de vida como la concebían antiguamente, que la noción de un tiempo cíclico fue reemplazada por la de un tiempo lineal y que existen continuidades pero siempre en el marco de los constantes cambios y transformaciones. Todo esto es cierto. Tan cierto como que asistimos a una “crisis del tiempo” donde los lazos entre pasado, presente y futuro han dejado de ser evidentes para volverse sumamente opacos. Desde el advenimiento del tercer milenio, se dice que asistimos a un nuevo régimen de historicidad dominado por el continuo “presentismo” y que el pasado que fascina al público –según advertía Jacques Revel– “ya no es el que transportaba convicciones o movilizaba energías espirituales” sino el de “las playas nostálgicas de la historia inmóvil, es el ‘mundo que perdimos’”.
Dicho esto, estoy convencida de que la nostalgia del pasado –cualquiera sea ese pasado– no es la vía para enfrentar esta crisis del tiempo. En un mundo que nos resulta incomprensible, no ignorar la historia supone disponer de la reserva de experiencia acumulada para intervenir en el horizonte de expectativas que modela el futuro. Y en ese gesto de intervención es oportuno recordar que el lenguaje es la facultad necesaria para instituir las mínimas condiciones de existencia de una comunidad. Ante las visiones catastrofistas que indican que estamos perdiendo el control sobre el lenguaje, que los bots de la Inteligencia Artificial hablan y piensan por nosotros, tal vez el primer paso consista en recuperar el “don de la palabra” –como insistía Hannah Arendt– para recomponer la “condición humana” y apostar por una vida en común. Sé que la apuesta puede parecer minimalista o pecar de excesivo voluntarismo en este contexto global. Pero ante tanto griterío, prepotencia y desmesura, donde lo impronunciable perfora el umbral de lo decible, creo que nuestro mayor desafío en tanto trabajadores de la cultura es saber administrar la palabra y capitalizar la pausa creativa –como cuando escribimos o leemos un libro– en pos de construir un porvenir que ponga en valor el idioma de la democracia, el pluralismo, la igualdad y la justicia.
Celebremos, entonces, la apertura de esta feria y gracias, nuevamente, por darme el don de la palabra.
