Para navidad –o para cualquier ocasión– nos regalamos libros. Llevamos 20 años juntos y no hemos dejado de hacerlo. Tenemos varios miles y hemos experimentado su peso individual y, en media docena de mudanzas, el lastre que colectivamente constituyen. Hemos respondido más de una vez a preguntas ridículamente graciosas. Muy a pesar de razonables consejos recibidos, la lectura en papel es nuestra pasión y los libros, como un buen conducto suyo, la encarnan. Y como dijo sabiamente el escribano hincha de Racing en una de las escenas capitales de El secreto de sus ojos –bella novela de Eduardo Sacheri llevada al cine por Juan José Campanella–, una pasión es una pasión, aunque duelan las espaldas. Pero esto no es todo.
Miriam, junto con el objeto de peso variable, siempre me obsequia también una intuición profunda: algunas veces porque se adelanta con obras que estaba buscando (en silencio) hace tiempo, otras porque pone en mis manos algo que yo no sabía siquiera que existía, pero lo necesitaba. En esta última categoría se inscribe, precisamente, Los hombres no son islas, de Nuccio Ordine, cuya versión en español se anota entre los aciertos editoriales de Acantilado a la salida de la pandemia. La cosa no es completamente fortuita: el título es vinculante con mis intereses académicos (hace años que investigo sobre Malvinas en particular pero, para mejor entender, leo sobre islas en general) y la frase inscripta en el título, escrita hace 400 años por un poeta inglés, es ciertamente responsable de varios de los libros que habitan mi escritorio.

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UNO
Según hemos podido ver, escuchar y leer a través de una enorme cantidad de medios, el pasado 11 de enero de 2026, Donald Trump cuestionó filosamente la capacidad defensiva de Dinamarca sobre la isla de Groenlandia y su población. Durante sus declaraciones a bordo del Air Force One –denominación que recibe cualquier avión que transporte al presidente de los Estados Unidos de América– éste afirmó que, mientras Rusia y China despliegan submarinos y rompehielos nucleares en el Ártico, la defensa danesa en Groenlandia consiste básicamente en «dos trineos tirados por perros» (literalmente two dog sleds). La metáfora se repitió en declaraciones posteriores y actualmente tiene estatuto de eslogan para referirse no solo a la ecuación de datos que le dio origen, sino también –irónicamente– a cualquier situación de desamparo o desprotección. La prensa nórdica (que no leemos en América Latina, excepto por las réplicas que hacen diarios locales, como en este caso) ha respondido sosteniendo la política de integración del reino de Dinamarca, tachando las posturas de Trump como neocolonialistas, pero además defendiendo a la Patrulla Sirius –la unidad de élite que utiliza trineos en Groenlandia–, una de las fuerzas de operaciones especiales más respetadas del mundo por su capacidad de sobrevivir en condiciones extremas, que es además un símbolo de la identidad danesa-groenlandesa.

DOS
Todo el mundo conoce las frases de John Donne, pero casi siempre ignora que son suyas. “Ningún hombre es una isla” tanto como “¿Por quién doblan las campanas?” hacen referencia a uno de los principios de la actitud humanista, que –necesitamos retener el dato– precede en muchos siglos al humanismo y a las humanidades. “Hombre soy y nada humano me es ajeno”, escribió Séneca a Lucilo. Esta y otras fórmulas tan breves como potentes pertenecen al valioso inventario de una literatura milenaria que vincula de manera holística y universal al individuo con la humanidad toda. Como lo dice Nuccio Ordine, cualquiera de estas bellas reflexiones del poeta inglés “despierta en nosotros el recuerdo de valores que hoy en día parecen olvidados”.[1] Ningún hombre es una isla porque es una parte del océano, del mundo todo. Un hombre es todas las cosas del universo y las campanas que anuncian al pueblo la muerte de otro, que es mi vecino, porque su cuerpo inerte va camino a la capilla cuyo campanario está próximo de la cama donde yo mismo exhalaré el último aliento, preanuncia mi propia muerte y titula una de las novelas más icónicas de Ernest Hemingway.
Lo que le pasa al otro pasa por el cuerpo de uno. La alegría y el dolor del otro son también míos. Fundamento simple de una actitud humanista que parece un estereotipo incomprensible. Según lo que han demostrado muchos especialistas en historia de los mares –o, como gustaba decir John Parry, del mar único que componen las aguas de la tierra– en la época en que Donne escribía, el espacio Ártico era percibido como un itinerario incógnito para unir los océanos, y la búsqueda de un equivalente al paso del Sur (por Magallanes o por Cabo de Hornos) estaba a la orden del día. Las exploraciones para encontrar “el paso del norte” entre el Atlántico y el Pacífico no cesaron hasta el siglo XIX y fiera decepción sufrieron, a finales del siglo XVIII, quienes adentrándose por el mar Bermejo, se toparon con tierras continentales y supieron, como el hombre del poeta, que California tampoco era una isla.

TRES
En 2018, la Universidad de Québec publicó otro libro –que también me llegó como un don, pero esta vez por conducto de un amigo– donde su autor (Sumarloi Isleifsson) elige la vía comparativa para contarnos la historia conjunta de Islandia (su país) y la de Groenlandia, su hermana mayor, la isla gigante, la más grande del mundo. La vecindad, pero sobre todo la condición de territorios oportunamente conquistados y colonizados, son los ejes que llevaron al académico islandés a encarar este desafío del que sale airoso. Las diferencias entre ambas son más o menos evidentes. En Groenlandia, los escandinavos vivieron concentrados en colonias litorales mientras que los Inuits (la población aborigen) continuó dispersa por toda la Isla. Los islandeses, por su parte, no se concentraron tanto. Si de analogías se trata, ambas islas forman parte de lo que se denomina los confines septentrionales que ocupan el espacio intermedio entre América y Europa, produjeron y producen todavía un fascinante atractivo sobre los exploradores científicos, tienen estructuras sociales que no se parecen en nada con las nórdicas continentales (ni a las europeas ni a las americanas), experimentaron gobiernos extranjeros durante mucho tiempo (Groenlandia todavía lo hace), pero actualmente juegan un rol geoestratégico de primer orden porque se las imagina como fronteras polares, es decir, como posibles espacios que, de caer en manos de potencias como China o Rusia, podrían convertirse en un vecino incómodo –no tanto para la OTAN como para los Estados Unidos de América–. Este contexto de lectura cambió drásticamente a partir del 11 de enero de 2026, resignificando, como siempre lo hace el presente sobre el pasado, la historia larga y profunda de Groenlandia. Como dato de color (no blanco) el libro de Isleifsson se publicó en una colección cuyo título, en español, se traduce como derecho al polo, decisión editorial que me parece absolutamente poética, de una belleza diametralmente opuesta a la geoestrategia.

CUATRO
El menú que nos ofrece Nuccio Ordine es delicioso. Aunque no todas las obras que utiliza para recuperar la tradición humanista tuvieron el mismo éxito que las Devociones para circunstancias inminentes de Donne, la carta (como menú, pero también como mapa) contiene por supuesto a Séneca, Gorgias, Luciano, Ariosto, Aristóteles y Cicerón, pero también a Bacon, Erasmo, Dante, Las Casas, Petrarca, Pascal y, por supuesto, a Borges. Lo más llamativo del libro es, a todas luces, el enorme espacio que destina al análisis de El Principito de Saint-Exupery, que parece haber calado en el autor calabrés con una profundidad que no guarda proporción con las calidades literarias de la obra. Las metáforas marítimas de Virginia Woolf ocupan otro lugar en el podio de los fragmentos literarios que salen fortalecidos de esta promoción del panorama humanista.
“Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo”, es la frase completa que el título nos presenta retaceada. La idea de una isla como un todo autosuficiente (no existe cosa menos posible) colisiona con otra afirmación cercana en el texto de Donne: every man is a piece of the Continent, a part of the maine, esto es, una parte del todo. Pero Ordine, fino, nos recuerda que mainland, tantas veces traducido como tierra firme, oculta uno de los significados temporalmente vernáculos de maine, que es también océano, tal y como lo utilizaba Shakespeare. Las olas de Virginia Woolf, representan a los individuos como parte de un todo líquido, que es el océano. Las metáforas oceánicas están presentes por aquí y por allá en autores antiguos y modernos; y entre estos últimos (como en el caso de Withman o Ginsberg) no le ha sido posible documentar que leyeran a Donne –como sí lo había hecho Woolf–. En medio de los océanos están las islas que, según se las mire, separan o unen.
CINCO
A vueltas con el colonialismo, las estrategias de los Estados Unidos de América oscilan entre la ocupación por la fuerza y otras propuestas apenas un poco menos violentas. De acuerdo con reportes de la agencia Reuters, algunos funcionarios de alto nivel en EEUU –incluidos asesores de la Casa Blanca– han debatido la exploración de otros caminos para la conquista del territorio groenlandés. Se insinuó que transferir dinero directamente a las cuentas de los pobladores isleños (las cifras discutidas oscilan entre los 10 y 100 mil dólares por persona) podría acortar los tiempos –y modificar las formas–. La sugerencia, inspirada en los principios del extreme soft power, incentivaría un movimiento secesionista de los groenlandeses respecto al reino de Dinamarca y, de esta manera, podría facilitar una posible anexión al territorio estadounidense tanto como dificultar cualquier intención autonomista. Groenlandia tiene unos 57.000 habitantes, y la alternativa se baraja después de que la compra tradicional –donde la suma se giraría a las autoridades de Copenhague y Nuuk– ha sido rechazada bajo la premisa de que «Groenlandia no está en venta» –tal la expresión de la legisladora groenlandesa por el partido independentista Inuit Ataqatigit, Aaja Chemnitz Driefit también vertida por la Primera ministra danesa, Mette Frederiksen–.
SEIS
“Es pecado, con armas poderosas / de los débiles los dedos aplastar”. Militares o financieras, las armas de las que habla Saadi de Shiraz cuestionando el gobierno injusto de un rey árabe en el siglo XIII, parecen haber cambiado su forma pero no su fondo. Algunos versos de este poeta están bordados con hilo de oro en una gran alfombra persa alojada en una sala de reuniones de la ONU en Nueva York. Fue un regalo del gobierno iraní en 2005. Los conquistadores europeos fueron criticados desde las entrañas de sus mismas sociedades apenas iniciado el fabuloso proceso expansivo y colonizador a través de todos los mares del mundo a mediados del siglo XV. Retirados los chinos de esta disputa –desde 1421 eligieron atender la frontera norte y el peligro mongol, apostando por una capital mediterránea (Beijing) que le sacaba energías a la litoral (Shangai)– los europeos vieron el asunto muy facilitado. Entonces apareció por primera vez la formulación de la barbarie como un fenómeno planetario, ya que toda civilización diferente fue considerada bárbara por los europeos. Muchos intelectuales del Viejo Continente se horrorizaron sin embargo ante la barbarie de la colonización: Bartolomé de Las Casas, pero también Michel de Montaigne y el enorme Jonathan Swift –la mejor edición existente de Los viajes de Gulliver también me fue obsequiada por Miriam, cuando no tenía modo de saber que yo la estaba buscando y, en un cumpleaños, me conmovió– nos legaron documentos que detallan sin pereza las atrocidades cometidas en nombre de la fe y del capital. La fuerza de Occidente surge menos del músculo propio que de las debilidades ajenas: como escribió Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, la fuerza bruta no es algo de lo que alguien pueda jactarse, porque su valor reside en que el otro, contra el cual se la aplica, carece de ella. Por su parte la fe, más que mover montañas, proporciona la convicción necesaria para proceder a la supresión del otro sin culpas. Todavía hoy, no es infrecuente encontrar que quienes más fácilmente amasan una fortuna son aquellos que no se detienen a reflexionar.
SIETE
La táctica de pagos directos a la población groenlandesa que sugieren algunos asesores de Trump forma parte de un abanico de opciones que evalúa la Casa Blanca, caracterizada ligeramente como diplomacia económica. Si bien la instalación de dispositivos militares para hacerse del control de la isla al modo clásico no ha sido descartada, la propuesta de transferir dinero a los pobladores desnuda un intento de vinculación directa entre una potencia estatal y una ciudadanía en conflicto con sus autoridades coloniales (la relación entre las partes de un reino y sus colonias es susceptible de ironías e hipocresías de toda laya). Estados unidos intenta puentear la soberanía danesa sobre Groenlandia cuya defensa, afirmó el presidente Trump, está a cargo de two dog sledges. La afirmación, convertida en slogan de debilidad, es también una formulación sintética para mostrar el desprecio de Trump por la OTAN y su presupuesto de Defensa. Y, con una sintaxis que hubiera hecho sonrojar al mismísimo Carl Schmitt, sugiere que la desprotección estratégica de ese territorio afecta directamente al suyo, porque ha dibujado en Groenlandia un desierto político caracterizado por el vacío defensivo, que él mismo se propone llenar. Así, la necesidad (creada) de dispositivos de defensa en Groenlandia para evitar invasiones extranjeras (potencialmente posibles o definitivamente imaginarias, da igual) pasa a formar parte de la agenda estadounidense, cuyo gobierno no discute los argumentos que subyacen al supuesto, sino las soluciones para el problema que acaba de inventar.

OCHO
En la República Argentina, el gobierno encabezado por un presidente que se identifica con Donald Trump (claramente por las formas y por su adicción a las redes, más no por sus políticas económicas ni por sus posibilidades de incidencia en la geopolítica mundial) ha deteriorado severamente la inversión en Ciencia y Técnica e incumple con la ley 24.521, también conocida como “de financiamiento universitario”, a la que por estos días intenta modificar para legalizar parlamentariamente una tragedia. Dentro del panorama universitario y científico argentino, las ciencias sociales y las humanidades –pero también otras ciencias básicas, como la física y todo el universo de las exactas– han sido fuertemente relegadas en lo que concierne a financiación de proyectos de investigación. Tanto el actual gobierno nacional como la actual conducción del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas se jactan de tener una política que consiste en optimizar la (deteriorada) masa de inversión en ciencia redirigiéndola a lo que de manera más o menos unilateral –porque algunas consultas hacen, aunque casi siempre se trata de corporaciones que pueden obtener beneficios– consideran son áreas estratégicas, ciencia aplicada o, en la jerga banal de los corrillos libertarios, “cosas que sirven para algo”. Como bien sabe cualquier científico enterado de las leyes más elementales que rigen el funcionamiento de un ecosistema científico, no hay disciplina que pueda sobrevivir muchos años –por aplicada que sea– si el edificio entero de la ciencia no funciona. A pesar de lo que sostienen actualmente muchos colegas, yo estoy convencido de que la cesura no es hoy entre ciencias blandas (humanas y sociales) y duras, sino entre investigación básica y aplicada. Esta dicotomía reemplaza a la anterior (que, a su vez, había sido puesta en suspenso en los años setenta del siglo XX por la tercera cultura) y debemos prestar atención inmediatamente a esta disputa si, en medio de la debacle que significa de por sí cualquier pensamiento dicotómico, no queremos perder el tono del conjunto de la contienda.
EPÍLOGO
“Las cosas más bellas de la vida no son consideradas necesarias”. Esta verdad grita, por todos nosotros, la utilidad de las humanidades. “Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores –escribió Téophile Gautier, quien renunciaría a las papas antes que a las rosas– el mundo no sufriría literalmente”. El libro de Ordine contiene estos y otros tesoros. Pero con las humanidades no se trata nada más que de belleza. No van solamente de poesía o erudición. Las ciencias humanas contienen el bagaje que permite demostrar que no aprendemos nada de la Historia, pero que no podemos hacer absolutamente nada sin ella. Además, gracias a Con Aristóteles y a la semántica, podemos jugar con el sentido de servir como utilidad o sumisión. Si las humanidades no sirven, sepámoslo, no es porque no sean útiles, sino porque no son serviles, no son sumisas, no son obedientes. Porque nos ayudan a ser más libres, y esto –en cualquier semántica que se precie de tal– es igual a ser más críticos. Quienes hacemos ciencias humanas somos Groenlandia y, las Humanidades, nuestros orgullosos e imbatibles dos trineos.
[1] Nuccio Ordine, Los hombres no son Islas, Acantilado, Barcelona, 2022: 13.
