El último fin de semana de marzo, la escritora María Teresa Andruetto cerraba el Congreso de la Lengua Española con un discurso que reflexionaba acerca de cierta tendencia a uniformar la lengua y todo lo que se pierde en ese intento.

En su discurso, Andruetto comenta una controversia alrededor de la película Roma, dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón y producida por Netflix. Cuando la empresa de streamming puso a disposición la película en su plataforma, colocó una opción de subtítulos en “español de España”, que luego tuvo que retirar. Cuarón fue uno de los primeros en cuestionar la medida, que no significaba otra cosa que el español (que en Argentina aprendemos como lengua castellana) que hablamos en México, en Argentina o cualquier otro país americano hispanoparlante no se entiende en España. El director mexicano fue muy gráfico cuando dijo que él veía películas de Pedro Almodóvar y no necesitaba subtítulos.

La escritora se pregunta qué pasa cuando advertimos las diferencias, ¿existe una actitud recíproca? ¿O ese “no se entiende” tiene algo que ver con quién se beneficia de la uniformidad? ¿Quién usufructúa esa falta de diferencias? ¿Quién, en definitiva, tiene el poder sobre la “lengua oficial”?

Lo mismo podemos decir en Argentina, donde leemos sin parar traducciones españolas, sin mayores problemas (más que alguna consulta episódica). De hecho, estamos tan bombardeados que acaban de editar en castellano (en español) un viejo trabajo de una de las autoras en boga hoy en el feminismo, la francesa Virginie Despentes, con el provocativo título Fóllame, y nadie tiene mayores problemas en abordarlo.

Lectores

En ese discurso, Andruetto dijo algo sobre “la elección de la lengua” de las escritoras y los escritores: “Indica por quiénes y de qué modo desea ser leído y revela también el costo que ese escritor está dispuesto a pagar para encontrarse con sus lectores”.

En ese momento estaba leyendo Las Malas de Camila Sosa Villada y pensaba lo imposible que sería uniformar esa novela, sería casi matarla, no sé qué quedaría de esa lengua, la de Camila.

Las Malas es más o menos la historia de su llega a la ciudad de Córdoba a estudiar, y cómo se acerca a un grupo de travestis que se prostituyen en el Parque Sarmiento, en el microcentro cordobés. Es una novela sobre esas noches, pero también sobre la solidaridad, sobre encontrar un lugar en el mundo, aunque sea solo por un rato. Es una especie de autobiografía, pero también con algo de fantasía y mucho humor.

Obviamente, Córdoba está muy presente: no solo en las palabras, sino en los climas y los lugares a los que no estamos acostumbrados a leer porque Argentina es centralista en general y, en lo que refiere a las producciones culturales, en particular.

Rutas

La otra novela que tampoco resistiría una neutralización –de lo contrario nos perderíamos mucho de ella– es Ladrilleros de Selva Almada. Aunque es de Entre Ríos, su literatura ni siquiera es de las ciudades, como Córdoba o Rosario. Su narrativa encuentra hogar en las rutas que unen pueblos y pequeñas ciudades.

Ladrilleros es una historia que transcurre en un pueblito de Chaco, el clima de opresión solo compite con el calor agobiante, el cielo que siempre está a punto de caerse. Es la historia de Pajarito Tamai y Marciano Miranda, dos pibes que heredan la pelea de sus familias y las cosas terminan mal. Y no es un spoiler, porque la novela empieza justamente por el final.

Ladrilleros también tiene historias de amor, de sexualidad sin glamour, sin corrección política, sexo en el baño de una bailanta, escenas contadas de una forma que no sobrevivirían si se las quisiera “emprolijar”, pero las entiende cualquier persona que lee nuestro idioma, aunque las palabras no sean las mismas.

Ladrilleros es la segunda novela de Almada –la primera es El viento que arrasa. Almada es una de las escritoras argentinas que tiene, en mi opinión, una habilidad muy particular para contar lugares, no son simplemente descripciones, son una especie de pequeños trailers de película. Es la autora de El mono en el remolino, el diario de filmación de Zama de Lucrecia Martel en Formosa y Corrientes (que, confesión al margen, disfruté más que la película).

A quienes les interese el vasto paisaje literario que se extiende por Argentina, encontrarán hallazgos inesperados e interesantes en el trabajo de Elsa Drucaroff, escritora y crítica literaria, como Los prisioneros de la Torre y Narrativa Emergente Argentina.

Siempre es bueno salir del camino demarcado por las tendencias del mercado cultural y recorrer otros lugares y maneras de contar que no son las que escuchamos en medio del bombardeo del español neutro de las series y las películas.

Para terminar regreso al principio y comparto una advertencia de Andruetto en el Congreso de la Lengua: “Debiéramos cuidarnos mucho de una lengua que se someta a la lengua oficial, una escritura que ponga en retirada a cada modalidad de la lengua en particular, cuidarnos de no confundir la lengua viva con los cementerios de la lengua”.

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Sobre el autor:

Acerca de Celeste Murillo

Traductora, comentarista crítica

Nació en Buenos Aires en 1977. Es traductora y aficionada a la historia. Es militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y de la agrupación Pan y Rosas. Es columnista de cultura y género en el programa de radio El Círculo Rojo. Estuvo a cargo de la edición en castellano de La mujer, el […]

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