Eran las cinco de la tarde, la hora en que Cholo se dignaba a levantarse. Iván esperaba poco menos que la llegada del fin del mundo, apurando la lectura. Cholo no tardó en aparecer, suelto de boxers, y lo saludó con un bostezo. Al no tener respuesta, le sacó el libro de las manos.

—1984 ¿Qué es? ¿Un anuario?

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—Dame boludo, que estoy por el final.

Cholo se tiró sobre el sillón rotoso que meses atrás habían rescatado junto a un volquete. Un sillón que habían prometido restaurar hasta dejarlo como nuevo y que ahora, además, sumaba agujeros de cigarrillos.

— ¿Vos sabes que eso se va a terminar? —dijo Cholo señalando el libro.

Iván apenas levantó la mirada.

— ¿Qué cosa?

—Los libros así, dentro de poco no van a existir más.

Iván se rascó la barba y volvió a su lectura.

—En serio, falta poco. ¿Viste esto nuevo que inventaron?

Iván pasó de página, no valía la pena discutir.

— ¡Ey! ¿Viste lo que inventaron?

—No me rompas las pelotas, ¿qué cosa?

—Se llama inter…. algo. Interrrr… Bueno, ya está, parece que ya llegó acá. A los bares, con las compus.

Iván miró fijo unos segundos a Cholo. Estaba acostumbrado a que, día por medio, le robara tiempo con alguna teoría descabellada. Pero esta vez no podía seguirle el hilo. Libros. Inter. Bares. Compus. Qué boludo importante.

—Ya me va a salir. Che, ¿hay algo para desayunar?

—Las sobras del almuerzo.

— ¿Qué comiste?

—Las sobras de la cena.

— ¡Los fideos de ayer! ¡Qué ricos!

—Ah, no, pará, igual tiré lo que quedaba, ya eran un asco.

—Bueno, entonces le entro a la birra.

A Iván apenas le llamó la atención el repentino cambio en la dieta de Cholo, también estaba acostumbrado a sus desfasajes y caprichos. Aunque más que acostumbrado, se había dado por vencido. Al principio, cuando decidieron vivir juntos a unas cuadras de la Facultad, le había parecido un personaje simpático, alguien que le podía dar un toque de bohemia al departamento. Un año y medio después ya no lo soportaba, más que un hippie con onda parecía un barrabrava. No veía la hora de que se terminara el contrato de alquiler.

— ¿Querés un trago? —le gritó Cholo desde la cocina.

—No, gracias —contestó Iván y trató de concentrarse en las últimas páginas.

—Uuuh, picaditaaa… me había olvidado que quedaba del finde.

Cholo volvió de la cocina con un pedazo de salamín colgando de la boca y se tiró sobre el sillón. Duró dos segundos. Pegó un salto y se puso a revisar los libros de Iván.

—Che, ¿qué me recomendás para leer?

Iván lo miró perplejo, tembló al ver la forma brusca en que Cholo doblaba las páginas al pasarlas. Se acercó en plan de superhéroe que acudía en defensa de los pobres libros.

—¿Y qué te gustaría leer?

—No sé, estoy aburrido de los apuntes, otra cosa más divertida. ¿No tenés ese que le gusta a Vicky?

— ¿Cuál… le gusta a Vicky?

El nombre de la novia de Cholo le provocaba a Iván un pequeño terremoto en el pecho.

—Ese escritor del que siempre te habla, pucha, ¿cómo era?

—No sé, hablamos de bastantes autores con Vicky.

—Bueh, no importa, ahora cuando venga le pregunto.

— ¿Viene Vicky? —quiso saber Iván apenas disimulando la expectativa.

—Sí, me dijo que en un rato se pegaba una vuelta… pará, ya sé, ¿sabés cuál te digo? García Ferré.

— ¿El de Larguirucho?

—No, me lo confundí, el otro, el mexicano.

— ¿García Márquez decís?

— ¡Ese!

—Es colombiano.

— ¿Cómo el narco? ¿Cómo era?

—Escobar Gaviria.

—Escobar Gaviria… García Márquez… ¿todos los colombianos tienen doble apellido?

Iván se encogió de hombros. Imaginó que contrataba a un sicario y le daba la orden de matar a Cholo por haberle manoseado los libros. Sonrío.

— ¿Qué? ¿Qué pasa? —Cholo era un niño que esperaba un chiste verde o que le cuenten un secreto.

—Nada, nada, después dejalos acomodados donde estaban, por orden alfabético.

—Aaaah, no seas gil, ni que tuvieras una librería. ¿Me los pensás cobrar también? —Cholo siguió revolviendo los libros con total impunidad.

Para no perder la poca paciencia que le quedaba, Iván salió al balcón a fumar un pucho. Miró un rato hacia abajo con esa fantasía de tirarse que cada tanto lo asaltaba, calculando la posibilidad de que un impacto sobre la copa de los árboles podía reducir los daños o, por qué no, depositarlo ileso en la vereda.

Como si una fantasía llamara a la otra, desde la esquina apareció Vicky, caminando hacia el departamento. Qué hermosa que era Vicky, que buena onda tenía. Iván no entendía qué hacía con el idiota de Cholo, qué le veía si se la pasaba cagándolo a pedos. Capaz que era eso lo que le gustaba: tenerlo de mascota.

— ¡Ahí te abro! —gritó Iván cuando Vicky estaba por tocar el timbre. Ella sonrió y alzó dos dedos de okey.

—Es Vicky —le avisó a Cholo mientras manoteaba las llaves.

— ¡Escuchá, escuchá! Mirá lo que se me ocurrió… — Cholo parecía ajeno al anuncio.

—Esperá que le abro.

—Tirale las llaves… escuchá…

Iván lo miró de reojo, que animal. Corrió una maratón de tres pisos escaleras abajo, dejando algún otro ¡Escuchá! de Cholo en el camino. Llegó a la planta baja y en el corto trayecto a la entrada trató de controlar los nervios. Ni bien abrió la puerta Vicky le dio un beso y un abrazo que se extendieron más de lo acostumbrado. Iván estaba convencido de que no era su imaginación, cuando Cholo no estaba de por medio, Vicky lo saludaba con otra intensidad. Pero no sabía aprovechar esos momentos ganados a solas y subieron las escaleras con monosílabos. Las expectativas de encontrarse con Vicky terminaban siempre en silencios incómodos, Iván no paraba de repasar mentalmente preguntas o frases interesantes que descartaba antes de pronunciarlas.

Cuando llegaron al departamento, Cholo los recibió con una epifanía:

— ¡García Merca!

Le extendió la mano a Vicky, arrastrándola hacia el sillón con el entusiasmo de una criatura.

—Estábamos hablando de García Márquez y de Pablo Escobar, y de golpe se me ocurrió… ¡García Merca! Escritor y narco colombiano. Se da un raquetazo y pumba, escribe todas esas cosas voladas que siempre me contás.

—Estás cada vez más delirante —dijo Vicky y apoyó el dorso de la mano sobre su frente para tomarle la fiebre.

—No sabés lo calentito que estoy.

Con la misma mano Vicky le metió una cachetada.

— ¡Tarado!

Cholo rodeó a Vicky con sus brazos para atraerla, mientras ella, retorciéndose, le gritaba a Iván entre risas:

— ¡Auxilio! ¡Ayudame!

Iván sabía que era un juego pero no pudo dejar de sentir una pequeña alarma, la idea de que en el fondo su pedido era real y tenía que rescatarla.

— ¡Salí carajo! —gritó Vicky pegándole a Cholo con un almohadón. Se levantó del sillón arreglándose la ropa —. ¡García Merca! ¡Más respeto por la literatura!

Iván no pudo contener la sonrisa.

— ¡Pero si yo a la literatura la re banco! — Cholo sonaba falsamente ofendido y buscó la complicidad de Iván —. ¿O no que justo estaba buscando un libro para arrancar?

Lo último que quería Iván era ponerse de su lado.

—Igual vos querés que los libros desaparezcan.

— ¿Cómo es eso? —preguntó Vicky divertida.

— ¡Ah, que amigo, gracias! — Cholo simuló disparar a Iván con un revólver —. Jamás dije eso. Dije que en el futuro los libros de ahora no van a existir más.

— ¿Los libros no van a existir más? ¿Los libros no van a existir más? —le gritó Vicky retomando el ataque con el almohadón.

— ¡Pará! ¡Pará! Si te conté a vos también… lo de las computadoras… lo del Inter.

Vicky no entendía de qué le hablaba.

—¿Inter? ¿Qué Inter? ¿El de Milán?

—¡Ey, cómo sabés de fútbol! —dijo Iván admirado.

—¿Y por qué no voy a saber de fútbol? —contestó Vicky sorprendida.

—No, digo, yo igual, ojo, no sé nada de fútbol.

—Pero sabes qué es el Inter de Milán.

—Sí, sí, obvio.

—¿Y yo tengo que ser taaan mina que ni siquiera puedo saber qué es el Inter de Milán?

—No, no, no quise decir eso… —Iván se ahogaba al hablar —, quiero decir…

—¡Está nervioso! — Cholo señaló divertido a Iván —. No seas mala… se puso coloraaadooo, se puso coloraaadoooo….

Iván deseó que lo tragara la tierra, que el departamento explotara por los aires, también deseó ahorcar a Cholo.

—Te estoy jodiendo Ivanchuchi—quiso consolarlo Vicky agarrándole los cachetes de bebito.

—Ya… ya sé que me estás jodiendo… —Iván largó una risita nerviosa. ¿Y si le estampaba un beso ahí mismo? ¿Qué cara pondría Cholo?

—Ay Iván, sos terrible —Cholo repetía una humorada ya gastada.

—Ojalá algún día se te ocurra un chiste nuevo, gil.

Cholo le dedicó una agarrada de huevos y se metió en el baño. Iván, nuevamente a solas con Vicky, bajó la cabeza para esquivar su mirada.

—Yo… recién… no quise decir eso… no es que yo piense que las mujeres no saben de fútbol o… o que…

—Ya fue boludo, te estaba cargando.

—No, ya sé, pero…

—¡Traete algo para tomar! ¿No tenés algo para picar también? Te ayudo a armar una picadita, ¿eh?

Iván asintió con entusiasmo, se metieron en la cocina y saquearon la heladera agarrando latas de picadillo, restos de un salamín, unas fetas sueltas de mortadela y un pedazo de queso que amenazaba con volverse roquefort. Pusieron el pan duro del día anterior sobre la tostadora. Mientras esperaban que se calentara, Vicky le contó sobre recetas raras que había visto en revistas, platos de otros países que le entusiasmaría cocinar algún día. Le preguntó a Iván si se animaría a probarlos, ser su conejillo de indias. Iván contestaba a todo que sí, halagado.

El tiempo pasaba y Cholo no salía del baño. Iván pensó: con un poco de suerte se desnucó contra el bidet. El pan ya se estaba volviendo carbón y lo sacaron haciendo malabares para no quemarse. Vicky pidió un trago de cerveza y, al buscar la botella, Iván descubrió que no quedaba nada. Cholo se había tomado hasta la última gota. Puteó por lo bajo y le dijo a Vicky que hacía una escapada al kiosco y ya volvía. Vicky le aseguró que a la vuelta iba a encontrar la mejor picada de su vida.

Tal vez fue el entusiasmo, pero mientras salía del departamento a Iván le pareció que Vicky le decía algo más, con labios mudos, algo íntimo que no llegó a descifrar y que lo persiguió mientras bajaba y llegaba a la calle.

El kiosco estaba a dos patadas, pero Iván no se despegó de la entrada del edificio. Una sola cerveza no era suficiente, necesitaba más envases. Sabía que podía pedirlos fiados, pero quería buscar esos envases, quería volver cuanto antes, preguntarle a Vicky que le había querido decir. Iván se convirtió en una ráfaga, ganando escalones a las zancadas, la botella ahora era una antorcha olímpica que aferraba con fuerza, arrastrándola a la meta.

Lo recibió el silencio y sintió alivio de no escuchar todavía la voz gritona de Cholo. Fue directo al encuentro con Vicky. La cocina estaba vacía. Sobre la mesada había quedado la picada a medio hacer. Se fijó en el balcón, también vacío. La habitación de Cholo, con la puerta cerrada.

Iván se maldijo, avanzó con temor hacia la puerta, se detuvo a unos centímetros. Del otro lado le llegaron las voces de Vicky y de Cholo, voces que se perdían entre risas y le devolvían una intimidad que jamás sería suya. Apretó el pico de la botella con fuerza y luego la dejó caer. Miró el sillón, miró los restos de un cigarrillo, miró hacia el balcón, miró su biblioteca. Se preguntó cuántos días de su vida tendrían que pasar para que dejaran de ser todos iguales. Agarró el libro inconcluso y salió.

Necesitaba tomarse un café, terminar el libro, olvidarse del mundo. Buscó un bar lo más alejado posible del departamento, perdió la cuenta de las cuadras que caminó y estuvo a punto de entrar a uno de cartel oxidado. Le gustaban los bodegones, pero en la ventana había un viejo apagado leyendo el diario. La imagen lo deprimió y apuró los pasos como si quisiera alejar una maldición.

Terminó en un bar moderno del que no tenía noticias y que en un primer vistazo lo desconcertó. Había gente bebiendo en las mesas, algún cliente con una cena temprana, pero también había una hilera de computadoras en el fondo del local. Se sentó sin perderlas de vista mientras se acercaba una moza.

—Hola, ¿te traigo la carta o…

—No, quiero un café, un café en jarrita.

Iván se quedó mirando las computadoras hasta que la moza dejó el café sobre la mesa.

—Disculpame, una cosita.

—Sí, decime.

—No entiendo, ¿ustedes también venden computadoras?

La moza sonrió.

—No, es para usarlas.

— ¿Las alquilan?

—No, es para usarlas acá. Tienen Internet.

Inter. Bares. Compus. Cholo. No podía ser cierto.

— ¿Y bien qué es? O sea, ¿cómo funciona?

—Aguantame que atiendo aquella mesa y te muestro.

Iván agarró el pocillo y tomó el café parado junto a las computadoras, parecía custodiarlas para que no escapen. Internet ¿Qué era eso? ¿Cómo podía ser que Cholo lo supiera y él no?

La moza regresó, se inclinó sobre una computadora y movió el mouse. La pantalla se encendió.

—Mirá, esto es un buscador. Vos acá escribís lo que querés encontrar y la computadora te lo busca. Bah, Internet te lo busca. Tenés información de todo el mundo, lo que se te ocurra.

—¿Qué es? ¿Cómo el Encarta?

—No sé qué es eso, pero imagínate que esto es una biblioteca y un kiosco de revistas que no se terminan nunca, pero además hay fotos, dibujos, hasta videos, hay de todo. Es fácil de usar, ¿qué querés buscar?

Iván estaba tan indeciso que las infinitas posibilidades lo anulaban.

—Eeeeh… no sé, no tengo idea.

—Bueno, ponele, escribo… Roma. Le doy clic y… ¿ves? Acá abajo te aparecen distintas páginas que tienen que ver con Roma. Entrás a una de las páginas y mirá, hay fotos, hay notas, acá hay un mapa. Así con lo que se te ocurra.

—¿Puedo probar? —Iván apenas podía contenerse.

—Son cinco pesos la hora.

Iván pensó en todos los cafés que se podía tomar con esa misma plata, pero la curiosidad pudo más. Asintió y se sentó frente al monitor. El nombre del buscador era Altavista y le causó gracia que algo tan tecnológico se llamara igual al cómico que hacía de Minguito. Puso los dedos sobre las teclas sin saber todavía que buscar, pero consciente de los cinco pesos que gastaba y la hora que empezaba a correr.

Escribió: 1984 Orwell. Abrió la primera página y se encontró con una biografía de Orwell, en otra con un resumen de la novela, luego revisó una página donde todos discutían ya no sobre el libro, sino sobre política, tecnología y el destino de la humanidad. A la quinta página leyó: It was a bright cold day in April, and the clocks were striking thirteen. Empezó a bajar con el mouse, el texto seguía y seguía. A medida que los renglones se multiplicaban, Iván descubrió que no era solo un fragmento. Era 1984, la novela entera, en su idioma original. Revisó las últimas páginas, las que le quedaban pendientes. Aunque su manejo de inglés era básico, hizo el esfuerzo y terminó de leer el libro ahí, en la computadora. Luego miró a su ejemplar con algo de culpa, lo había traicionado. Se juró volver a leer esas mismas páginas en castellano.

Los libros así, no van a existir más, le había dicho Cholo. Tenía razón, el trastornado de Cholo tenía razón. Ya existía un mundo donde los libros eran otra cosa, donde no había hojas, ni portadas, ni materia. ¿Cuántos otros libros podía encontrar si los buscaba? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que los libros se redujeran a eso que tenía frente a sus ojos? ¿Y qué más podría haber? Fotos, ya las había visto, artículos, discusiones de gente. Seguro juegos. ¿Películas enteras?, ¿podría haber música?, ¿discos?, ¿series?, ¿Se podría hablar a distancia?, ¿comprar cosas? Paró de especular, ya deliraba como Cholo.

Se preparó para una nueva búsqueda. Sintió la misma ansiedad que cuando entraba a una librería de usados y encontraba veinte libros que le gustaban, todos a un peso. De golpe, una idea loca se le cruzó por la cabeza. Sus dedos se congelaron midiendo las consecuencias de lo que estaba por hacer. Finalmente escribió:

Virginia Hernández

Hizo clic y aparecieron páginas sobre Virginia en Estados Unidos, sobre Hérnandez el conquistador, sobre Virginias y Hernández que nada tenían que ver con su búsqueda. Se sintió ridículo, haber pensado por un instante qué podía saber más sobre Vicky, metiéndose ahí, como si la computadora fuera mágica y con escribir el nombre tuviera su vida al alcance de la mano.

 

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Luciano Redigonda

Redigonda es licenciado en Comunicación Social (UNR) y Realizador audiovisual (EPCTV). Trabaja en el Centro Audiovisual Rosario en la gestión de la Cinemateca municipal y la programación de festivales y ciclos de cine. Como guionista trabaja en el ciclo “La discoteca del Sereno” (Radio UNR) y el ciclo de animación “Cabeza de Ratón”. Ha sido […]

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