Hay un piso de distancia, ¡ay! Cinco metros y medio envueltos en una proporción áurea. Respira el todo en el Museo Castagnino, pero también la gente, ¡ay! Una cifra invisible es la clave para una transición sin peso: (Φ ≈ 1,618). Hay suspiros en esto que parece una procesión estética hacia la luz. Alguien –que sabe– dice que, hace tiempo, que algo así no sucede en Rosario.
En la sala de al lado, la muestra de las hermanas Lenardón convida una herencia que se vierte de cuerpo en cuerpo cual archivo de fluidos. ¿La genealogía es un árbol estático o un linaje líquido?
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Schiavoni y Chouhy no se conocen, no comparten modos ni época. Sin embargo, desde que Virginia tuvo en sus manos el catálogo de las obras de Augusto Schiavoni, empezó a habitarlo como si él fuera su marido. Se sientan a la mesa, caminan por el estudio, almuerzan juntos. El diálogo entre ellos no ocurre en la superficie del retrato, sino en ese territorio profundo donde la imagen descubre su insuficiencia. Ambos coinciden en ese punto de inflexión donde el retrato deja de afirmar –abandona la imitación de lo real– y comienza a dudar.
Sirven una copa de vino. ¡Salud! Brindan por la presencia que no engaña. Y el sonido confirma que, en sus obras, la figura se vuelve un dispositivo que interroga a la identidad misma. Sus retratos murmuran y exigen un gesto de lectura próximo y cuidadoso.
Lo que se despliega en este cruce es un desplazamiento: el retrato, entendido como presencia, deja de buscar semejanza y se vuelve sistema. Allí se revelan las estrategias que se ensayan para sitiar el vacío y sostenerse ante el abismo que es la identidad, dando un nombre a lo que falta. Habitan una arquitectura común, un edificio compartido de diez niveles y cielo abierto que alguien ha construido para ellos.

En Schiavoni, la falta es íntima: una grieta o un secreto que tiñe el gesto y late como una herida en un rostro con nombre, carne y memoria. Sus retratos conservan la respiración de alguien que estuvo allí, aunque su verdad nunca termine de enunciarse. El rostro es un umbral hacia la interioridad, una máscara que existe y se cuartea. El color funciona como un velo. Tonos bajos y mustios generan un clima de silencio denso y contienen gravedad emocional.
En Chouhy, por el contrario, la identidad no falta: nunca estuvo. Es un artificio deliberado, una sintaxis donde la ausencia funciona como estructura y el afecto organiza la dispersión. En No sabemos quiénes son, la identidad es un registro; un perfume sin piel. En sus retratos no hay modelo, sino insistencia; no hay biografía, sino combinaciones iterables al modo de un archivo. Sus figuras no recuerdan un pasado, inauguran posibilidades. Iterar es, para ella, la manera de construir espacios para que lo que no tiene nombre pueda habitar, aunque sea un instante, la luz que ofrece la imagen.
Hace calor, Virginia y Augusto sirven otra copa. ¡Salud! Descubren en el enigma una ética común: el arte de proponer un acertijo en lugar de una respuesta. Él desde la opacidad de un rostro real, ella desde la claridad inquietante de un rostro sin origen. Lo que en Schiavoni se muestra como densidad de lo íntimo, en Chouhy deviene vibración de lo múltiple. En ella, el color grita. Fucsias, azules y amarillos construyen un sistema de clasificación; sus fondos no son atmósferas, son tablas donde las identidades se montan como en un inventario.
Algo similar sucede con los títulos: “Mujer con cuchillo en ojo derecho”, “Niña acunando pájaro azul”. Impera el atributo, no el nombre propio. La artista lo convierte en código puro. El cuchillo, el pez, el cachete fucsia o el suéter de color son signos arbitrarios que obedecen a la lógica de la ficción combinatoria.
En Chouhy el retrato se vuelve síntesis: no hay individuos, sino variaciones y tensiones que buscan un cuerpo donde caer. No provienen de un cuerpo real: nacen de la necesidad de ordenar lo que late sin nombre. No posan: ocurren. Se precipitan desde un territorio donde nadie tiene biografía. Falta el sujeto mismo y, sin embargo, la imagen respira. Sus figuras parecen reconocerse entre sí como si se llamaran por sus colores, por sus objetos, por sus heridas.
De esta tensión –uno desde la intimidad desbordada, la otra desde la ficción que ordena lo que duele– surge un territorio común: el retrato como el lugar donde lo humano puede ser mirado sin la exigencia de la coherencia. Entre la sombra contenida de Schiavoni y el signo estridente de Chouhy, el retrato persiste como el espacio donde la identidad ensaya una forma, aunque ya no sepamos quién la habita. Entre ambos, la identidad queda suspendida como un temblor que la imagen apenas alcanza a sostener. El diálogo entre ellos nos devuelve, intacta, la pregunta: ¿Quién mira cuando un rostro mira?

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