La emoción galopaba en nuestro cuerpo desde que nos enteramos que la historiadora feminista italiana Silvia Federici, autora de uno de los libros más descargados de la red, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, venía a Rosario a presentar su último material: El patriarcado del salario (Tinta Limón, 2018). La fecha era el  21 de octubre, apenas una semana después de que volviéramos del 33 Encuentro Nacional de Mujeres. Era domingo y Día de la Madre.

Nos reunimos en la casa de una de las compañeras para hacer la previa. La lluvia no nos frenaba. Nada nos iba a quitar la calle. Nos preparamos, ansiosas, para escuchar a la bruja mayor. A la que hace unos siglos hubieran quemado en la hoguera.

Salimos en manada por las calles hasta llegar a la sede de la Facultad Libre. Nos sentamos en el piso y esperamos. A las siete de la tarde Federici subió al escenario que estaba coronado por un pasacalles: “La calle que nos pario”. Cuando tomó el micrófono los murmullos cesaron y un aplauso la recibió.

A lo lejos sonó un trueno anunciando que la tormenta se alejaba, cerca cantó un pájaro y  en el languidecer de esa tarde, Federici comenzó contándonos su historia de militancia en los 70, cuando un grupo de feministas consiguió hacer pública la discusión del rol de las mujeres en las casas a través de una campaña que luchaba por el derecho a un salario para el trabajo doméstico. A partir de esta experiencia política, Federici desarrolló su crítica a la teoría marxista.

Marx había entendido como nadie que el capitalismo explotaba a lxs trabajadorxs en las fábricas, pero nada había dicho acerca del trabajo feminizado en los hogares que, sin salario, garantizaba la reproducción de la vida y de la propia fuerza de trabajo que cada día volvía recuperada a producir. La teoría de Marx se basaba en que “los obreros buscan el salario, y con éste compran las necesidades de la vida, compran lo que sirve para reproducirse. Es decir, él habla de la comida, del techo, de las ropas para ponerse, pero no habla de cocinar, limpiar; no habla de la crianza, del trabajo sexual”. Es así que la compleja división social del trabajo que Marx estaba analizando implicaba también una invisiblilizada pero imperativa división sexual de la sociedad, que concentra el trabajo femenino en las tareas de reproducción y cuidado que se esconde prolijamente a través de las nociones de amor y maternazgo.

“Eso que llaman feminidad no es una cosa natural, sino una construcción social, y entonces se puede cambiar”, dijo Federici en Rosario. Ese trabajo que realizamos las mujeres día a día, hora tras hora, como si fuera nuestra condición natural la de garantizar el cuidado de lxs hijxs y lxs adultxs mayores, el placer sexual de los varones, las compras, la limpieza y la organización del hogar, es trabajo gratuito y no reconocido como tal. Y afirmó: “El capitalismo ha sido capaz de dividir a los trabajadores y trabajadoras a través de una división sexual del trabajo que ha creado toda una jerarquía donde la mayoría de los trabajadores asalariados han sido masculinos, y ha creado un tipo de clase obrera donde la mujer es dependiente del hombre”.

Miré al piso, sentí cómo la humedad del asfalto se iba secando por el calor de nuestros cuerpos reunidos. Mientras Federici confirmaba que “cada época, cada sistema social ha creado formas de patriarcado particulares, con medidas y objetivos particulares. En el caso del capitalismo, el patriarcado se sustenta y se ha sustentado muchísimo vía el salario. El salario ha sido la herramienta con la cual, en la familia, el hombre representaba al Estado y al capital”.

Y continuó diciéndonos que la relación entre capitalismo y patriarcado se extendía a los trabajos que realizábamos también fuera del hogar, y que por ello en las áreas de salud y cuidados, docencia, servicios y trabajo sexual somos principalmente mujeres las que trabajamos, y que lo hacemos en mayores condiciones de precarización, flexibilización y explotación laboral. Más aún, nos recordó que con el capitalismo había surgido un nuevo tipo de patriarcado que con métodos violentos nos expropiaba a nosotras, las mujeres, nuestro conocimiento colectivo, volviéndolo mercancía y dispositivo de control sobre nuestros cuerpos y subjetividades.

De este modo, consideradas un bien natural más, como la tierra y el agua, nuestra capacidad reproductiva fue expropiada, explotada y nuestro goce controlado por los Estados, los mercados, las instituciones y  también por los maridos. Pero que pese a todo, o tal vez a causa de todo esto, resistimos y luchamos para transformar el orden hegemónico de habitar este mundo. “Las mujeres somos protagonistas de las luchas porque somos las que no separamos la política de la reproducción de la vida”, afirmó.

La calle explotó en risas, que se convirtieron en aplausos, que se trasformaron en el canto de las brujas, que consiste en llevarse la mano a la boca mientras se deja salir un sonido que rememora el grito mapuche “marichiweu” que anuncia: “Diez veces venceremos, porque no nos han vencido».

Federici sonrió sorprendida al ver ese gesto colectivo y ruidoso. Verónica Gago, que estaba sentada a su lado, se le acercó al oído y entendimos que le explicaba qué esa era la señal con la que festejábamos su presencia y sus palabras. Se acercó el micrófono, sonrió con complicidad y en el final de su risa trazamos unidas una genealogía entre las luchas de las brujas detalladas en su libro Calibán y la bruja, las suyas en los 70 y las nuestras en la Argentina del pañuelo verde.

Miré al público reunido, estábamos ahí a pesar de todo, de las generaciones, del cansancio, de la lluvia, de las diferencias. Me detuve en la mirada emocionada de una compañera que, como yo, estaba acompañada por su mamá, festejando de otro modo, de nuestro modo, el Día de la Madre. Encontré a las viejas e incansables militantes de nuestros 70 marxistas, anarquistas y peronistas, a las estudiantes secundarias, a las trabajadoras sexuales, a las abolicionistas, a las originarias, a las lesbianas,  trans y travestis, a las autonomistas, a las partidarias, a las aborteras. Se hizo un silencio.

Y ella volvió a hablar: “Marx nos ha dado las categorías que nos han permitido criticarlo, que nos han permitido comprender que era importante ir más allá de Marx». Por ello es necesario recuperar de Marx su método, que desnaturaliza los conceptos e historiza las relaciones sociales, al sostener: “La capacidad de trabajar no es algo natural sino que debe todos los días ser producida, porque la energía que necesitamos para trabajar se consume”, y que por ello el trabajo reproductivo es tan “importante y a la vez tan invisibilizado”, “porque si no los capitalistas no podrían acumular tanta riqueza”, y esto nos permite a las feministas realizar una crítica al orden de cosas existente. Marxismo y feminismo comparten un gesto común, no ceder en la lucha, afirmando que la emancipación es la única potencia que, en última instancia, puede verdaderamente acabar con el capitalismo hétero-patriarcal, racista y xenófobo.

“Comprender que el fundamento de la sociedad no está en la fábrica, sino en la cocina, en la cama, en la relación sexual, la procreación. El trabajo de reproducción es el mundo a la reversa, sin el trabajo del hogar no hay producción de riqueza”, dijo y añadió: «Organizar una reproducción comunitaria es ya un acto de resistencia frente al patriarcado capitalista».

Compartió su alegría al ver el trabajo comunitario de reproducción que se realiza en algunas de las villas de Buenos Aires: “Vi los comedores populares, he visto que están las mujeres juntas, que cada día cambia el nombre de las mujeres que van a cocinar, no es siempre la misma, y que cocinan colectivamente. Entonces no están aisladas… se comparten un montón de saberes, de noticias y se desarrolla una mirada de que no estás sola, que puedes entender tus problemas con otras mujeres”.

Caía la noche, era la entrada a la hora de las brujas y Federici nos decía que somos las feministas el movimiento que a nivel internacional produce una resistencia efectiva y contundente contra el neoliberalismo. La invitación a seguir luchando hermanadas estaba servida. A trazar redes de organización fuertes pero flexibles para avanzar como la marea que irrumpe para transformar el paisaje.

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Sobre el autor:

Acerca de Julia Exposito

Activista feminista rosarina. Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Magister en Estudios Culturales, CEI y Licenciada en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario. Investigadora Posdoctoral de CONICET. Docente de la cátedra de Análisis Político, Facultad de Ciencias Política, UNR. Autora del libro El marxismo inquieto (Editorial Prometeo, 2017).

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