2022
Mientras trabajaba en el área de producción del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario, llegó un pedido de colaboración desde el Museo del Barro en Paraguay. No era un pedido institucional, sino algo más del orden de lo informal: un artista que residía en Rosario iba a mandar obra a Paraguay y necesitaban realizar un registro fotográfico de las piezas.
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Se trataba de una obra muy singular. Estatuillas y miniaturas talladas a mano, en palo santo y hueso (de animales y de humanos) de la figura de San La Muerte. El artista era un devoto del santo, que circunstancialmente residía en la zona sur de la ciudad. Al no ser un trabajo rentado, o por el cual se pagaría muy poco, no era sencillo conseguir algún fotógrafo interesado o alguien que quisiera tomar esas fotos, que requerían cierta minuciosidad profesional.
Mi deseo era encontrar alguna manera de hacerlo, sobre todo porque siento un gran respeto por el Museo del Barro y por Ticio Escobar, que era el curador de la muestra en la que se exhibirían las obras. Se lo propuse a un amigo fotógrafo que estaba comenzando a dar sus pasos de manera profesional y con el cual me encontraba desarrollando diversos proyectos. Sin demasiado titubeo decidió hacer el registro, aunque fuese de manera gratuita. Ya teníamos el equipo (precario pero suficiente), una productora, un fotógrafo y un artista con obra.
Si bien era muy sencillo lo que se pedía, a saber, registrar cada una de las obras que se enviarían a Paraguay desde todos sus ángulos y con buena calidad lumínica para poder apreciar detalles, colores, materialidad, el proceso fue en sí mismo una experiencia que desencadenaría una serie de hechos que tienen su continuidad hasta hoy.
La primera jornada de trabajo fue por la tarde. No estábamos seguros adonde íbamos, quiénes nos recibirían y además, un poco preocupados porque llevábamos equipos caros, no conocíamos al artista, y el barrio estaba alejado del centro. Fuimos en un taxi que salió carísimo y no teníamos idea si nos reintegrarían el monto. Aún así, estábamos entusiasmados, más por la curiosidad que por el trabajo en sí mismo. El nombre del artista era Aquiles.
Nos recibió con amabilidad. Se notaba que estaba acostumbrado a ser visitado por gente interesada en sus obras y en su historia. Tenía muchas ganas de contarnos sobre él y sobre el Santo al que le había dedicado su labor como artista. Nosotros estábamos al tanto que había comenzado a realizar las esculturas estando preso en Chaco, pero no teníamos más datos que ese. Poco a poco fue narrándonos su vida, las causas de su encierro, y cómo se le presentó por primera vez el Santo en su vida. Es muy importante remarcar que los devotos del señor San La Muerte suelen sentirse convocados o encontrados: “Es el Santo el que te elige a vos y no al revés”.
Obras de Aquiles. Foto de Juan Manuel CaballeroEl segundo encuentro fue más distendido, teniendo en cuenta que ya conocíamos el lugar, que habíamos entrado en cierta confianza con Aquiles y que habíamos compartido el sentido del humor. Reírse de una misma cosa o situación genera un vínculo especial entre las personas. No importa lo diferente que sean, el encuentro simbólico, esa comunión en la picardía permiten desarrollar algo cercano a la confianza. Esa vez fuimos en mi moto, ya no en taxi, llevamos facturas y algunas ideas más claras acerca de las tomas que queríamos hacer.
En ese segundo encuentro Aquiles nos regaló unas miniaturas que él mismo había tallado. Poco a poco podría decirse que el Santo iba abriéndose puertas para entrar, de manera silenciosa, en nuestras vidas.

A mí me tocaron dos estatuillas de la figura de la Santa Paciencia o San la Paciencia, que es una imagen esquelética sentada en posición de espera, casi en cuclillas y que particularmente me recuerda a El Pensador de Rodín, aunque en el caso del santo ambas manos están dirigidas al mentón.
–Una para que vaya siempre con vos, otra para que esté en tu casa–, me dijo Aquiles, que también me dio varias astillas de palo santo que, según aclaró, habían recibido una bendición. Le hice caso.
Puse a una de las miniaturas dentro de mi monedero y la otra la ubiqué en una mesita que estaba en el ingreso de casa junto con otras figuras de la naturaleza: unas lechuzas y otras aves de arcilla del arte Qom, tallas de loritos y papagayos misioneros, una rana peruana, unos budas felices, una virgen marplatense que cambia de color según el clima y algunas piedras traídas de diferentes viajes. Esta especie de altar para prender sahumerios o velas era un simulacro de ritual de la naturaleza.
Como balance de esas visitas fotográficas a la casa de Aquiles quedó una cantidad de fotografías que superaban en número a las que nos habían pedido. Algunas de ellas fueron utilizadas para la difusión de la muestra en un importante diario de Asunción, y otras, en flyers y folletería del Museo. Armamos una serie que presentamos en convocatorias y algunas fueron seleccionadas y exhibidas en diversas instancias de muestra.

2025
En febrero, durante una cena de festejos en casa de amigos, mientras relataba algunas experiencias vividas en torno a la figura de San La Muerte, comenté casi sin pensar que me parecía un gran plan poder ir a la fiesta que anualmente se realiza en su nombre. En ese momento no recordaba si ese lugar era en Corrientes o Chaco. Aquiles me había contado algo de esa celebración, de la gente que llegaba desde distintos lugares del país, desde países limítrofes, del espíritu que la caracterizaba.
Sabía que era entre el 13 y el 20 de agosto, pero no estaba segura ni de la fecha ni del lugar exacto. Me interesaba viajar para participar de esa experiencia y luego escribir sobre ella. Pero también quería llevar mi gratitud al Santo. No me había animado a ir sola en años anteriores y una serie de eventos fueron dilatando la posibilidad de planearlo.
Así, promediando la medianoche, estábamos ya comprometiéndonos con mi amigo Darío a armar el viaje, pensar objetivos, búsquedas estéticas. Empezaron a aparecer historias familiares que nos remitían a experiencias populares, sacras, litoraleñas. Todo empezó a tomar color y calor.
Pudimos confirmar que el 15 de agosto era el día en que se conmemoraba mayormente al santo*, y que uno de los santuarios más importantes estaba situado en Corrientes, en una localidad pequeña, conocida como Estación Solari, pero cuyo nombre es Mariano I. Loza, y que se encuentra a unos pocos kilómetros de Mercedes.
Faltando casi un mes y medio para la fecha, Darío estaba en el viejo continente y yo en Rosario, pero empezamos a retomar el tema, a tomar algunas decisiones respecto de los días y horarios, el transporte, el alojamiento.
Entre mensajes escritos, enlaces y audios que respondíamos cada uno en la vigilia de su huso horario, fuimos planteándonos preguntas, retomando historias, anécdotas. Todo un sinfín de eslabones que nos mantuvieron unidos hasta el día en que nos pudimos encontrar para sacar pasajes, fijar ruta y seleccionar el lugar donde nos hospedaríamos.
Salimos hacia Corrientes el miércoles 13 de agosto. Los festejos arrancaban el 14 para recibir desde la medianoche, con una vigilia popular, el día del Santo.
Nos encontramos en la terminal de colectivos de Rosario un rato antes de las 23 hs. Darío trajo empanadas de choclo cremoso que no quise comer y otras de jamón que estaban muy bien. Mientras, esperando el horario de partida, una chica muy jovencita se acercó a mí desde atrás y me preguntó algo que no terminé de escuchar porque habla bajito. Me estaba mostrando su pasaje y quería asegurarse que le hubiesen hecho un descuento que le correspondía. Estaba sin mis anteojos de leer, y a los 45 años ya no tengo posibilidad de ver absolutamente nada con nitidez, ni a mediana ni a corta distancia. Le pasé el boleto a Darío para que él se fijara, pero él sólo miraba el nombre de la chica, que se llamaba Atenas. Hicimos muchas preguntas y comentarios sobre su nombre, y ella nos preguntó sin vueltas si íbamos a Corrientes. Le decimos que sí, que a Mercedes.
–¿Van a la fiesta del Santo?– preguntó.
Le respondimos que sí, que era nuestra primera vez. Entonces nos contó que su familia era devota y que iban todos los años. Ella estaba yendo primero a su pueblo, a encontrarse con su madre, y luego irían juntas a la fiesta del Santo.
Había conocido a San la Muerte a través de Aquiles, viajaba con un amigo de apellido Ares y acababa de hablarme una chica llamada Atenas que viajaba para ir a ver al santo igual que nosotros. En el arte griego, como en las representaciones en vasijas, Atenea* es mostrada junto a Aquiles y Ares, para indicar su protección hacia el héroe.

La banda militar
Apenas llegamos a la terminal de Mercedes nos encontramos con una estatua de un carpincho que toma mate, un mural que de un lado tiene pintado al Gauchito Gil y del otro un mensaje sobre autismo, y por la vereda y a toda pompa, la Banda Militar, tocando unas marchas que desconocía. La banda marchaba por ambas veredas, dejando libre el tránsito por la calle doble mano y generando de esta manera una especie de sonido estéreo, pero muy visual. Un recibimiento que atesoramos, considerando que la casualidad no es amiga de la razón ni de la fe.
Buscamos entre las personas y boleterías de la terminal de Mercedes, información y coordenadas para organizar nuestra llegada a la vigilia. Teníamos que tomar un colectivo que salía a las 16 hs o pagar un remis para que nos acercara.
Luego nos enteramos que mucha gente hace la promesa de ir caminando desde Mercedes a I Loza, y entonces la ruta se transforma en una procesión anárquica, colectiva y llena de intenciones, pedidos y agradecimientos. Anoté esa experiencia como un deseo a futuro.
Definimos llevar nuestros bolsos al alojamiento, organizarnos un poco y salir temprano, en el colectivo de las 16.

Al regresar a la terminal, luego de atravesar Mercedes ida y vuelta un poco a pie, un poco en el auto de un panadero (que mientras le compramos chipa, mantecados y facturas se ofreció a hacernos de taxi), compré lo básico para una noche con San la Muerte: una petaca de whisky, unas velas, agua mineral y un encendedor. El encendedor y el agua los perdí antes de llegar a destino. El agua quedó en el colectivo y el encendedor no tengo claro si llegué a guardarlo.
Todos los Fuegos
En medio de la zona donde se intuye que se armará el festejo habían puesto algunas luces, probaban sonido y estaban despejando el sector, justo entre los galpones santeros y frente a la entrada al santuario más grande. Ahí nos pusimos a tomar una gaseosa y comer unos sandwichitos. Mientras, acomodamos todo arriba de un tapial al lado de una especie de tranquera. A nuestro lado se dispusieron dos gauchos jóvenes y una chica vestida con calzas y ropa deportiva. Ellos tomaban fernet en una botella cortada, haciendo chistes a los gritos, riéndose. La chica se marchó, y en ese momento ambos evidenciamos la redondez y turgencia del culo de uno de los gauchitos, que evidentemente tenía un físico soñado. Cruzamos miradas con Darío que acompañaron nuestra sorpresa. En ese momento el chico se sacó el pullover y mientras lo hacía, dándonos la espalda (sí, él también sabía que lo mirábamos) se levantó también la remera y desde el borde del pantalón, presionado por el cinto, asomó un tremendo facón enfundado en cuero. Colgó el pulover de la tranquera, retiró el facón de su cintura, lo desenfundó y procedió a cortar un salame picado grueso sobre un tronco. Nosotros nos quedamos un rato más, suspiramos y nos fuimos. Siempre agradeciendo al Santo.

Al llegar al santuario, ubicado al costado de la ruta, encontramos estatuas enormes del Santo. Una de ellas, estaba emplazada bajo un techo de chapa y con unas escaleras rodeadas de arbustos que permitían acercarse para tocar la figura. En la base de la escalera, muchas personas hacían una fila esperando el turno para sacarse su foto.
Tenía planeado esperar mi turno y poder sacar una sin gente alrededor. Detrás mío, un grupo de chicas súper festivas, altísimas, producidas, maquilladas, espléndidas, reían y se sacaban selfies mientras esperaban. Me propuse decirles después de que yo sacara mi foto “vacía” me ofrecía a sacarles una a todas juntas con el Santo. Y eso hice. Cuando fue mi turno ellas insistieron que querían que me sacara una foto posando con el santo, les expliqué que no me gustaba mucho salir en fotos y que estaba buscando otra cosa. Pero que me ofrecía a sacarles a ellas. En ese momento ellas me preguntaron por qué no me sacaban una foto con mi pareja. Y entre risas les expliqué que era un amigo, que no solo no era mi pareja, sino que estaba casado con otro amigo mío.
–Convierto a tu amigo, sólo con una noche conmigo–, dijo una. Le respondí que probablemente él la convertiría a ella. Nos reímos sin parar. Les saqué varias fotos con sus celulares, y Darío me fotografió a mi, sacando fotos (la foto de la foto, el cuadro en el cuadro, la obra en la obra). Ellas contaron que venían desde Jujuy y que se quedaban a pasar la noche.

Mientras empezaba a bajar el sol y a sentirse el frío del campo abierto, nos alejamos un poco de la zona de los santuarios para ver lo que se había armado en los laterales frente a la ruta. Había grupos y familis instalados en mesas de material que son parte del predio y con carpas y parrilleros portátiles armaban y delimitaban sus parcelas. En casi todas las rondas había alguna figura de San la Muerte de yeso, grande, con diferentes colores y diversos decorados y arreglos. Armaban altares improvisados, colocaban banderas con imágenes del santo sobre las carpas, sobre los autos y sobre los hombros. Pero también en la zona, en una línea prolija, había unos carros, al estilo FoodTruck pero de comida buena, sencilla y casera. Los menúes iban desde choripanes a sándwiches de carne vacuna, pero la mayoría tenía grandes ollas en frente, sobre fuego de leña, donde se cocinaban diferentes guisos de fideo, arroz, carne. Prometían estar listos para el momento en que el frío diera su mayor batalla. Lo que en algún coqueto restaurante rústico de Pichincha llamarían comfort food, acá era el plato de la salvación en Foodtruck de guiso.

Quinceañera
Y si, entre todas las personas, cientos y cientas, apareció ella: Atenas. Sin sorprenderse, segura y con una sonrisa. Me vino entonces a la memoria aquel cliché de Cortázar: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Ella estaba con su mamá y su hermanita. La madre ya sabía de nosotros, y su hermana estaba en una nube: esa noche cumpliría 15 años, y había llevado su vestido de quinceañera para subir al escenario y festejar con El Santo y toda su comunidad. Una fiesta soñada, una construcción estética que desafía el concepto de cualquier artista pop porteño.
Nos sacamos fotos, fuimos juntos al altar mayor, compartimos nuestras promesas, las ofrendas y la emoción.
Quedamos en vernos antes de la medianoche, para festejar el cumple. No logramos encontrarnos de nuevo.
Un rato antes de las 00 todo se movía con rapidez y a la vez muy lento. Ya sonaba en escena el chamamé, ya había sonado cumbia, folclore y reggaetón. Ya habíamos brindado con los promeseros que te dan de la bebida que van a ofrecer al Santo. No se puede decir que no, como no se puede prender una vela en un altar con el fuego de otra vela.
De golpe, como cuando es año nuevo, todos se agrupaban para brindar, la música empezó a desaparecer y desde ese silencio nuevo se escucha una voz que grita y las demás que responden en coro:
–¡Viva San la Muerte!
– ¡¡¡VIVA!!!
Así arrancaron cientos de fuegos artificiales que explotaban al mismo tiempo. Las familias se abrazaban, los gauchos lloraban, los pibitos gritaban y corrían esquivando las sillas plegables y las rodillas de los adultos que brindaban.
–Este es tu año, hijo. Todo va a ser maravilloso– le decía un hombre vestido con bombacha de gaucho, sombrero de ala ancha y botas de montar a su hijo.
El mundo se transformó por un instante en un único abrazo de agradecimientos, esperanzas y promesas.
Los fuegos artificiales no cesaban, por cerca de una hora todo fue luz brillante en el cielo, humo, llantos. Brindar, bailar y abrazar.
La alegría y la devoción le escapan a la solemnidad. El Santo estaba entre nosotros.

