Quisiera explorar las razones por las cuales la academia argentina, y particularmente quienes se dedican a la filosofía, experimentan la imposibilidad de abordar abiertamente el Genocidio de Israel en Gaza y que ahora se extiende por lo menos hacia el resto de Palestina y el sur del Líbano.
La destrucción planificada de universidades y el asesinato de rectores, decanos, profesores y estudiantes palestinos no ha tenido eco en nuestras instituciones. Hace tres años que la universidad argentina lucha por su supervivencia ante la amenaza explícita de las élites globales de destruirla, amenaza que se centra especialmente en las humanidades y en las ciencias sociales.
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Esas mismas élites globales exhiben sus máquinas algorítmicas de control social que son las mismas que utilizan los gigantes tecnológicos que proveen a Israel de software de selección de blancos. La comunidad universitaria y la comunidad artística palestina son el blanco dilecto de la IA y sin embargo, hasta ahora el hecho no ha despertado resonancias ni mucho menos solidaridad en la comunidad académica argentina.
Han surgido voces en las márgenes, por supuesto, pero está más que claro que la mayoría de nuestros académicos y filósofos formados en las teorías críticas prefieren dar largos rodeos y tomar una serie de precauciones antes de posicionarse públicamente sobre un genocidio que se transmite en directo en 4k desde hace tres años.
En el campo de la filosofía política y de todas las disciplinas afines, los intelectuales progresistas de renombre antes de pronunciar una sola palabra, pasan por la aduana de la condena al antisemitismo. Se condena al genocidio pero siempre advirtiendo que las críticas al régimen israelí no deben extraviar su camino y entonces se despliegan una serie de clichés con los que condenan al gobierno más fascista de la historia israelí al mismo tiempo que homologan esa violencia genocida con las acciones de los movimientos de la resistencia palestina que se oponen a la limpieza étnica y al genocidio.
No muestran ninguna inquietud intelectual sobre las prácticas políticas palestinas y del eje de la resistencia, a las que no necesitan conocer, porque de antemano decidieron que no valen la pena, y se esfuerzan en amonestar a adversarios de paja para que no confundan antisionismo con antisemitismo.
Muchos, incluso, llegan a apelar a la obra de Frantz Fanon, pero no para pensar las luchas anticoloniales contemporáneas del Eje de la Resistencia, sino que curiosamente instrumentalizan a Fanon para condenar toda violencia política desde abajo.
La melancolía de izquierda como crisis de la imaginación utópica ya no puede articular el espacio de experiencia, la memoria de las luchas, con el horizonte de expectativas (con una imaginación emancipatoria). La propia parálisis de la imaginación utópica en el Norte Global y en las élites académicas argentinas es proyectada hacia otras latitudes de modo acrítico (podemos imaginar el fin del mundo pero no el fin del capitalismo), sin preguntarnos por otras experiencias del tiempo histórico ni, mucho menos, por otras prácticas políticas que no reproduzcan los patrones deseables del imaginario progresista, como la comuna de París.
Así como sorprende el uso de Fanon para amonestar toda violencia política desde abajo, lo que más me impresiona es que en este momento no resuene más que nunca la voz de Edward Said. La exagerada preocupación de los filósofos políticos, sociólogos y politólogos argentinos por evitar el antisemitismo (que todos sabemos que no profesan) antes que poder pensar al genocidio y a otras formas de resistencia es un síntoma. Y la clave se encuentra en el término antisemita. Mejor aún, en el término semita. La llave de esto la tiene, por supuesto, Said.
En Orientalismo, Said devela el laboratorio filológico de Silvestre de Sacy y de Ernest Renan, donde emergió el par ario-semita que describe a las lenguas orgánicas y a las inorgánicas (destinadas a perecer). El término semita, nombre bíblico que cobra ciudadanía filológica y luego biopolítica, es una creación del orientalismo francés, cuyo acontecimiento paradigmático es la conquista napoleónica de Egipto. Como saben y luego olvidan nuestros colegas argentinos, el término semita se refiere sobre todo a los árabes musulmanes, gobernados por los imperios coloniales franceses y británicos. La lucha contra el antisemitismo de nuestros intelectuales no apunta a desarticular el par ario-semita, sino a reforzarlo y a reproducirlo una y otra vez, alimentando el imaginario islamofóbico de la cultura política francesa, imaginario del cual no escapan los grandes íconos de la izquierda como Foucault o Sartre.
Estoy de acuerdo que lo más importante es la lucha contra el antisemitismo, si entendemos que se trata de deconstruir el par ario-semita. Desde Renan y De Sacy, pasando por el caso Dreyfuss, el régimen de Vichy, y figuras de peso como Sartre y Foucault, la cultura política francesa ha reforzado esta oposición binaria, que moviliza para acusar a otros de su propia creación. El resultado ridículo de esto es que las víctimas históricas de esta dicotomía son señaladas ahora por sus creadores.
Sospecho de todo intelectual que no inscriba a la lucha contra el antisemitismo en el campo del orientalismo que inauguró Said. Otro acierto clave del pensador palestino es el principio de representación y de exterioridad del orientalismo: “No se pueden representar, deben ser representados”. Ese epígrafe de Marx también remite a la cultura política francesa, el horizonte por ahora insuperable de la teoría política argentina.
Reinscribir la lucha contra el antisemitismo en el campo de la crítica al orientalismo, implica desde ya, señalar su dimensión colonial. Los intelectuales argentinos parecen negarse a renunciar a la máxima de Marx del 18 Brumario: “los palestinos no se pueden representar, deben ser representados”. He visto y leído a varios académicos argentinos reproducir la tesis de que Hamas es una creación de Israel (un producto de la Hasbara, la propaganda sionista), y a esos mismos, añorar a la “laica y marxista” Organización por la Liberación de Palestina (OLP), otrora tildada de antisemita, sin que se les escape una sola crítica acerca de cómo devino en un organismo afín a la ocupación colonial israelí.
La responsabilidad de la filosofía y de la teoría política argentina radica en no poder asumir su resistencia a pensar al orientalismo que reproduce. Todos los aspectos del genocidio que ofician de puntos ciegos para nuestra academia así lo confirman.
Uno de los síntomas más evidentes es el de transformar el genocidio en Gaza en una escena dramática en la cual se debe salvaguardar a toda costa el legado de la cultura intelectual y política de los judíos que se inscribió en el antifascismo. Allí no pueden faltar las apelaciones a Spinoza, a los judíos frankfurtianos, al Bund y a figuras locales como Rozitchner. Resulta notorio también que estos intelectuales no suelan medir ese legado antifascista con el hecho de que la Nakba fue planificada y ejecutada por el sionismo laborista, laico y marxista (fundador de kibutzim), una tradición política que queda inmune a sus críticas y que revela que, desde su paradigma orientalista, se inclinan hacia las teorías de los dos demonios según la cual un Israel democrático pacifista y laico sería presa de dos violencias religiosas extremas.
El fin de la modernidad judía implicó, según consigna Enzo Traverso, que la figura arendtiana del judío paria sea totalmente desplazada por la del advenedizo, que a partir de la posguerra encarnó un lugar central en la religión civil de las democracias occidentales. Desde la década de 1980, Occidente se redime de sus tradiciones indeseables resignificando al judío como el paradigma de su nueva cultura política democrática basada en el respeto de los Derechos Humanos. Esta religión civil de la Shoá ha llegado a su fin en octubre del 2023, cuando toda la élite política global abandonó el lenguaje sancionado en 1948 en Naciones Unidas y abrazó el desembarco de la mayor armada de la historia contra la población palestina, para sostener el derecho israelí a defenderse de sus súbditos coloniales.
Esta transformación rápida y brutal, ha puesto en crisis el lugar privilegiado que hemos detentado los judíos en el corazón de la religión civil de la shoá, suscitando un auténtico pánico moral. El fin de la modernidad judía ha desconectado, al menos por ahora, la inscripción del judío como paria en el campo del antifascismo. Hacia el final de su vida, Said supo leer muy bien que la cuestión judía se había transformado en la cuestión palestina. Por eso declaró en una entrevista que él era el último pensador judío.
Seguir apelando al viejo imaginario del judío paria de izquierda como figura paradigmática del antifascismo constituye un obstáculo epistémico, ético y político. Movilizar la memoria de esas figuras para silenciar un genocidio es la peor receta contra el antisemitismo. La pregunta ahora es quiénes encarnan las figuras del par ario-semita y cómo desactivar ese dispositivo. Las derechas europeas comprenden muy bien la resignificación de ese par, y no dudan en abrazar al sionismo.
La posición orientalista de nuestro medio académico olvida también que la violencia nazi reproduce, como afirma Enzo Traverso, prácticas coloniales europeas que datan de por lo menos el último cuarto del siglo XIX. Traverso critica particularmente a Habermas, quien extirpa a la violencia nazi de la tradición colonial europea. Su apoyo al genocidio israelí y su cruzada contra el antisemitismo (la causa palestina) es también un modo de aislar al semitismo de su origen colonial y orientalista.
Tanto los usos represivos de Fanon para amonestar a los que efectivamente resisten, como la apelación a las tradiciones deseables de la cultura política judía por parte de los académicos argentinos, omiten curiosamente el papel que los judíos argelinos y sudafricanos tuvieron en las luchas anticoloniales.
Más allá de Sartre, que fue tan pro-argelino como sionista, Fanon destaca en Sociología de una revolución la participación de los judíos pobres argelinos en la resistencia anticolonial. Sin pretender exagerar su lugar marginal, lo mismo sucede con varios judíos sudafricanos, que resistieron precisamente al régimen del Apartheid. La omisión notoria de los judíos sudafricanos y argelinos en la construcción de las tradiciones antifascistas judías, así como la marginal pero significativa participación de judíos en la OLP, debe ser pensada junto con el esfuerzo por “desarmar” a Nelson Mandela y desvincularlo también de su profunda relación con la Revolución Iraní.
En la medida en que no abandonemos el semitismo, el espectro de Renan seguirá configurando al campo cultural e intelectual argentino.
