¿Usted está segura, mami, de lo que está haciendo? Yo sé que es Navidad y todo eso, pero la carretera está llena de
soldados y cualquier vecino la mandaría a usted a la cárcel por el dinero de la recompensa. El papi ya estuvo preso por este asunto y acuérdese cómo lo golpearon. Yo no digo que no lo merezcan, se ve que es gente buena, pero usted tendría que haberme avisado y por lo menos no venía yo con los niños. Doña muele maíz. Su hija le ha salido más alta que los varones. Más alta que todas las niñas de la escuela. Más alta que Víctor aunque es cierto que él tampoco es alto. Cada vez que la mira así, tan distinta, piensa en el padre de la niña. En el agujero negro que es ese padre. Había tenido terror de que saliera blanca, de ojos transparentes, como el Jesús de las estampitas que daban en la iglesia. Qué alivio había sentido cuando la vio así, marrón, de ojos achinados y oscuros como ella. Pero después empezó a crecer y a ponerse alta y entonces el alivio se había convertido en una espina hincando en el recuerdo. Cada vez que la miraba se acordaba de él. Quién sabe dónde andará, qué otras muchachitas habrá enamorado para luego dejar sin siquiera un saludo, qué otros corazones habrá quebrado con su pelo crespo de color del pasto seco. La hija la mira con impaciencia y Doña teme haber hablado en voz alta. Le sucede a veces. Cree que es por eso que la niña parece saberlo todo. Y si no es por eso habrá sido porque la hija le ha salido muy inteligente, tan inteligente que sin haberlo hablado nunca, igual sabe todo. M´hijita así son las cosas. Está la gente buena y está la
gente mala. A la gente mala no hay que darle ni agua y a la gente buena, todo lo que uno tenga.

Su papá está convencido y yo también. Usted es dueña de pegarse la vuelta si no quiere tener que ver con esto. Los niños están sentados en el suelo de tierra apisonada. Los dos, una que apenas aprendió a gatear y el otro que ya sabe pararse solo, le llenan de babas las piernas a la hija. ¿De dónde son, mami? Los seis hombres ocupan un espacio enorme en la pequeña casa. Tratan de no incomodar pero todo lo alteran con su presencia extraña. Las
armas están siempre al alcance de la mano y de tanto intentar no mirarlas la familia las ha vuelto más grandes y más
mortales.

Todos han sido convidados con tortitas de maíz y cada quien se come la suya y la disfruta a su modo. Tres
conversan en un rincón, uno está apostado contra la ventana, otro busca alguna cosa en su mochila y contra la puerta hay un hombre solo. Es un hombre negro. La hija nunca ha visto a un hombre negro. Marrones, sí, blancos también.
Pero negros, nunca. ¿De dónde son, mami? Si usted quiere pregunte, m´hijita. Yo, lo único que sé es que entienden
nuestro sufrimiento y quieren acabar con él. No lo van a lograr. Nadie lo va a lograr. Pero por eso mismo es que son
gente buena, porque igual lo intentan. Así que a mí no me importa de dónde son. Yo solamente escucho si me quieren hablar. Arrímese a ese de ahí, al negro. Si se queda un rato en silencio de seguro que él le va explicar. Explica lindo las cosas ese de ahí.

La hija hubiera querido quedarse en silencio. Lo ha intentado, pero no sabe estar mucho tiempo callada. No es
como su madre ni como sus hermanos. Tampoco como su padre. A lo mejor porque es alta o porque vive en la ciudad o porque lee libros y revistas. El hombre negro también debe leer porque escribe. Aprovecha el cobijo de la casa y escribe en su cuaderno de tapas verdes. La hija se ha sentado a su lado y le ha ofrecido una tortita de maíz, así que ahora ha cerrado el cuaderno y come con dedicación. Se ve que el hombre ha comido muy salteado. Está flaco y su ropa es peor que ropa de pobre. Parece haber sido atacada por un tigre y después embarrada al borde del río y después secada en el desierto y más tarde arañada por los cardos. Los zapatos sólo pueden llamarse zapatos porque están en los pies. Y el olor. Los otros también huelen a desgracia pero él huele distinto. A desgracia ya llorada a los gritos y ahora seca, ajada.

Debe ser porque es negro. Los negros seguro que no huelen igual. ¿Está triste? La hija le ofrece otra tortita de maíz. El hombre negro la toma con cuidado, como si temiera que se rompiera en el traspaso, que alguna miga se cayera sin
sentido. No, estoy preocupado. No quiero comprometer a su familia, señorita, y necesitamos resolver este asunto.

Parece triste. La hija insiste. El hombre negro se queda en silencio. Parece haber olvidado que estaban conversando. Come despacio. No responde hasta llegar al final de su tortita de maíz. No, no es momento. Ya habrá tiempo más tarde. Él, él sí está triste. Pobre, se le ha muerto su padre. El hombre negro señala con un dedo discreto al hombre que está apostado en la ventana. La hija se lleva las manos al pecho. Los niños se alarman un poco con el gesto brusco. Tal vez la dirección de las manos le recuerda a la niña que se le debe su alimento o tal vez sea justo la hora de comer nomás, pero la cuestión es que la niñita se acomoda en los brazos, pone su manito dentro del sobaco de la madre, la mira a los ojos y espera.

La madre se demora un momento, duda, a lo mejor le dé un poco de vergüenza, pero después saca su pecho oscuro
y lustroso y se lo ofrece a la boquita marrón y urgente de la niña. El hombre negro se limpia las manos en los pantalones y esconde su mirada en el cuaderno. El niñito refunfuña. Se monta también en brazos de su madre, protesta, reclama, lloriquea. Ya va, ya va mi muchacho. Tenga un poquitito así de paciencia. La hija se retira a un rincón y alimenta a sus niños. A los dos. Cada uno va encontrando su sueño glotón. Los deja uno al lado del otro sobre una manta y vuelve junto al hombre negro que escribe o dibuja con la mirada metida en su cuaderno de tapas verdes. La hija todavía tiene los ojos espantados de la noticia. ¿Cuándo ha muerto el padre? Hace pocos días. El hombre negro cierra el cuaderno. La voz se la ha quebrado sin quererlo, pero se repone. Se sienta más derecho y se sume en un silencio lleno de respeto, como si estuviera diciendo una plegaria para sí mismo. ¿La madre vive todavía? La hija interrumpe. No sabe quedarse callada. Es como si el silencio la asustara o la ofendiera incluso. Sí, la madre vive. Pero el padre era todo para él. Entonces los dos dirigen una mirada compasiva hacia el hombre que está
apostado en la ventana, que ahora parece más zaparrastroso, más sucio, más hambriento, más frágil. La hija hace el
gesto de ir hacia él, pero el hombre negro la retiene. Le toca el codo y los dos se quedan quietos. La muchacha sintiendo la lija de las palmas blancas del hombre negro en contacto con su piel, el hombre sintiendo la piel que ha visto sobada, amasada, lamida, mordida por los dos cachorritos que ahora duermen. Déjelo, señorita, no creo que quiera hablar de su padre ahora.

¿Cómo ha muerto? La voz de la hija es un susurro. El contacto se rompe pero se puede ver el hilo, como una
baba de araña transparente pero firme, que une los dedos del hombre con el codo de la hija. No lo sabemos, señorita,
por desgracia él no estaba ahí. Y eso es lo peor. Tendría que haber estado a su lado, tendría que haber muerto con él y
está acá, vivo, comiendo tortitas de maíz. La casa se ha vuelto un trajinar de acá para allá. Doña se afana en la cocina. Su hija más chica la ayuda sin hablar, sabiendo qué necesita antes de que se lo pida. Don Víctor entra y sale; afuera se está asando un puerco. Los varones, entre los que está también el marido de la hija más grande, rodean el
asador. Los compañeros del hombre negro tratan de ayudar en la casa o de no molestar. El huérfano sigue parado al lado de la ventana. Come una tortita de maíz con una mano y con la otra sostiene un arma larga y metálica. Está tieso y no quita los ojos del camino. Está de guardia. Se lo puede observar tanto como se quiera porque él no voltea para mirar a nadie. Y el tormento de haberle faltado a su padre, esas balas que debieron haberlo defendido, esa muerte que debió haber muerto para acompañarlo, todo parece apretarse en los dedos que aprietan el fusil. ¿El padre también era…? La hija no sabe qué palabra usar. Sí, su padre era uno de los nuestros. No, su padre era el más nuestro, era… Su padre. Usted también lo quería al padre. Sí, yo también lo quería, pero no como él. El hombre negro se frota los ojos con las manos.

Guarda el cuaderno en la mochila y el lápiz en el bolsillo de la chaqueta. La hija se impacienta pero aguanta. Ellos se conocieron un poco tarde, sabe, señorita, recién cuando él tenía dieciséis años. ¿Su padre lo había abandonado? No, no. Uno a veces tiene un padre y no lo encuentra nunca y otras veces no lo tiene y resulta que lo encuentra. La hija frunce el ceño. No entiende pero sí entiende. Entender le da miedo y le da alegría. Al mismo tiempo. Y es tan bonita que duele mirarla. Porque tiene marido pero también porque las mujeres bonitas son para otro tiempo. O para otro lugar.

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Acerca de Raquel Robles

Narradora, docente y periodista. Fundadora de H.I.J.O.S., militante de derechos humanos, fue directora  nacional para Adolescentes Infractores a la Ley Penal entre 2012 y 2016. Escribió Perder (premio Clarín de Novela 2008), La dieta de las malas noticias y Pequeños combatientes, además del reciente libro de cuentos La Política del detalle. Papá ha muerto es, hasta […]

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