Destapo una lata de cerveza. Son las 7 de la tarde y hago algo que en circunstancias de normalidad no podría haber hecho nunca: trabajar y tomar cerveza. Lo disfruto.

Leo la nota de Mariana Enriquez sobre la ansiedad. Otra nota sobre las dificultades de vivir encerrado mientras afuera domina el monstruoso covid-19. Karl-Otto es mi nuevo héroe.

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La nota de Enriquez como las varias entrevistas a Alexandra Kohan y tantas otras notas que pudimos ver en las redes refieren a lo mismo: la dificultad de continuar con la propia vida en plena pandemia, la incertidumbre sobre el futuro inmediato, la angustia ante este estado de excepción que nos enfrenta a nuestra propia fragilidad.

A mi también me asustan las imágenes del horror de Quito, de Nueva York o de Barcelona. Bajo ningún punto de vista quisiera ver cadáveres abandonados en las calles del barrio del Abasto. Pero mi presente es diferente hoy. Las calles están vacías y hay un dulce silencio por las noches que es solo interrumpido por los grillos. Cuando se apagan las pantallas, esa es la única realidad.

Cuando veo a algunas personas sentir nostalgia por la normalidad que vivíamos hasta febrero me siento interpelado. ¿De que normalidad habla esta gente? ¿Esta gente no usa el transporte público? ¿Al mediodía cortaban su jornada laboral para comer en una bandeja de plástico un menú ejecutivo de dudosa procedencia? ¿Esa gente viajaba todas las mañanas hasta una oficina para estar bajo el control de un jefe que cree que se es más productivo de esa manera? ¿Esa gente pasaba ocho horas rodeada de personas con las cuales no tiene ninguna afinidad más que el yugo laboral?

Llevo tiempo comiendo comida casera junto a la persona con la que elegí vivir. Lo único que me apena es que eso no sea la norma sino la excepción.

Hasta la cuarentena obligatoria teníamos que enfrentarnos con una dificultad común a tantos ciudadanos: la  renovación o no de un contrato de alquiler y todo el dineral que implica lidiar con esos asuntos. Por mucho que resoplen tantos intelectuales el capitalismo no acabará con esta pandemia, pero sí tengo la impresión de que el covid-19 lo puso en pause.

Todos hemos vivido alguna vez un estado de excepción que nos sacó de nuestro centro. Mucha gente perdió un año de su carrera por una pelea de pareja o se quedó sin un empleo por el fallecimiento de un ser querido. Todos sabemos de qué se trata la angustia y su impacto en nuestra productividad personal. Yo también perdí el apetito y más de una noche de sueño por una chica que no respondía mis mensajes o dejé de participar de un proyecto que me interesaba por un entredicho con un amigo. Pero ya no más. Ya no voy a desperdiciar mi energía, que hoy no es precisamente muy abundante. No puedo resignarme a abandonar mis lecturas, mis películas, mi trabajo, mis dibujos o mis músicas ante la amenaza del horror y la muerte.

Sin ir muy lejos, en el 2018 dejé de trabajar para cierto garca que consideró que sus asesores nos merecíamos trabajar ocho horas por un sueldo inferior a una canasta básica mientras él se aumentaba sus ingresos un 50 por ciento. Pasé un largo tiempo sin empleo y sin percibir ningún tipo de ingresos, sin ningún ahorro significativo que me permitiera sobrellevar ese asunto sin sobresaltos.

En medio de una mudanza obligada, varias deudas, sin familia y una inflación galopante seguí tocando con mi banda y dibujando mis historietas. Esa productividad tuvo sus frutos y no hay día que no me felicite a mí mismo por esa decisión. Aquel tiempo fue un excepción mucho más difícil de sobrellevar que una estadía en casa.

Los años dan perspectiva y nos enseñan que abandonarse es un precio muy alto por una desgracia temporal. La angustia es un privilegio de clase. El tiempo es vida. Algo muchísimo más valioso que el dinero o una emoción pasajera.

Algún día esto también pasará. Volveremos a encontrarnos en la calle y haremos el balance de estos días y sentiremos pena por haber pasado el tiempo de encierro haciendo catarsis en las redes con notas como estas y no por haber escrito algo como La guerra y la paz.

Se me dirá ciertamente que yo también tengo mis privilegios. Que no todos tienen conexión a Internet, trabajo y cervezas en la heladera. Que hay muchas mujeres viviendo con sus agresores que en momentos como este desatan su violencia. Es cierto. Pero no son esas voces las que escriben notas en las redes y con las que yo me pongo, humildemente, a intercambiar ideas.

¿Si  todo esto no pasa? ¿Si ya no volvemos a encontrarnos en las calles? ¿Si lo último que vemos en nuestra vida es un respirador tapándonos la boca? Entonces pasaré mis últimos días dibujando chistes, comiendo asados y tomando cervezas. Me voy a buscar otra lata.

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Sobre el autor:

Acerca de Maxi Falcone

Rosarino, Diseñador gráfico, ilustrador, desarrollador web y músico. colabora para varios medios de su ciudad y del resto del país como historietista y humorista gráfico. Miembro de Cromattista y parte integral de la RevistaREA maxifalcone.org

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