19, una cartografía de Santa Fe nació de una charla sobre los viajes como una forma de disparar la escritura. Estábamos en un bar de avenida Pellegrini, hacía mucho calor y pensar en las vacaciones era la única forma de llegar a fin de año. Veníamos en una sintonía rara. Las tres habíamos renunciado a trabajos de doce horas por día y teníamos ganas de encarar proyectos propios. Esa tarde charlamos de la experiencia del viaje, de lo que pasa cuando salimos de la rutina y vamos a un lugar que no conocemos. Hablamos de los diarios de viaje y de las historias guardadas en cuadernos perdidos en la casa. Viajar y llevar un diario es convertirse en escritor por un rato. Un escritor íntimo, privado, que no escribe para ser leído. ¿Pero qué pasa si viajamos para escribir?

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Nos interesaba coordinar un trabajo colectivo que tuviera a la escritura como destino final y al viaje como parte de ese proceso. Imaginamos un libro que reuniera historias inspiradas o atravesadas por el viaje, donde cada relato fuera un punto en un mapa. Elegimos los 19 departamentos de la provincia como insumo: un lugar en cada departamento y un escritor o una escritora para cada lugar. Invitamos a gente que vive en Rosario para que desde la narrativa, el periodismo, el cine, la radio, el teatro o la poesía transformaran a la provincia en una experiencia literaria.

Les propusimos salir un fin de semana para hacer un ejercicio: conocer Santa Fe con la idea de que lo desconocido podía estar a pocos kilómetros de donde estamos. Era cuestión de mirar alrededor (y en google) para ver que después de manejar tres horas hacia el sur se podía llegar a las puertas del infierno, hacia el norte en una cuatro por cuatro ver cómo vivía uno de los reyes de la cumbia santafesina o seguir de largo hasta las tierras donde una sopa podía borrar los límites del mapa.

Hicimos una lista que llegó a cincuenta personas. Los estudiamos, leímos sus publicaciones, nos contamos lo que sabíamos de cada uno y por qué creíamos que tenían que ser parte de 19. Discutimos sobre por qué un lugar en particular necesitaba ser contado por esa persona y no por otra. Cerramos cerrar la lista y empezamos a llamarlos.

Lo mismo pasó con los lugares y los temas en cada destino. Algunas historias las conocíamos de antemano, otras aparecieron googleando o fueron hipótesis a comprobar a las que se les buscó un punto en el mapa. También estuvo el efecto contagio, eso que pasaba cuando contábamos el proyecto a amigos y conocidos. Sin querer, 19 fue también el ejercicio de buscar en la memoria qué sabíamos sobre Santa Fe desde una ciudad como Rosario. La lista no paraba de crecer y finalmente hicimos 19 apuestas.

Antes de repartir las misiones cual triunvirato de princesas Leias afrontamos una: preparamos el mate, nos subimos al auto y nos perdimos en campos de soja mientras intentábamos saber si un pueblo en el que sólo viven once personas, era o no un mito. Después seguimos hasta a Coronda a conseguir contactos para la primera viajante. Llegamos a la tarde y nos encontramos con una competencia de recolectores como previa de la Fiesta Nacional de la Frutilla. En cada surco, un recolector; por cada recolector, una hinchada. Las reglas eran fáciles: el que más juntaba, ganaba. Un animador conducía el evento y nosotras nos dedicamos a filmar la corrida y aprovechamos para comer las frutillas que quedaban en el camino, dulces, calientes por el sol y con un poco de arena. A la noche volvimos a Rosario con el cuerpo cansado y la cabeza a mil. La sensación era que si habíamos vivido tanto en tan pocas horas, la idea podía funcionar.

A la vuelta empezaron las reuniones con los 19. En un principio pensamos en buscar un bar y volverlo el centro de operaciones, casi como una forma de generar una tradición o un mito. La idea murió de poca practicidad. Hubo muchos bares, muchas visitas a casas y muchos cafés. Contamos 228 en 57 reuniones. Sumamos también 312 llamadas telefónicas para coordinar la logística de los viajes, el alojamiento, el transporte y el contacto en cada lugar. Y perdimos la cuenta de los miles de mensajes de whatsapp antes y durante los viajes, siempre que la conexión de datos móviles lo permitió.

Los viajes se hicieron entre noviembre de 2015 y agosto de 2016. Cada participante recibió una fecha de un fin de semana y un kit de supervivencia: una birome, un cuaderno, un mapa, plata, una tarjeta con instrucciones, una postal con información del lugar y contactos. Los 19 viajaron por tierra y el recorrido fue una parte de la experiencia. Escribieron sobre rutas y paisajes que antes no habían transitado, conocieron terminales de ómnibus con santuarios e hicieron trasbordos en pueblos con nombres hasta ese momento desconocidos. Eligieron seguir la consigna al pie de la letra o desviarse del itinerario planeado. El ejercicio del viaje también era ese: improvisar, perder el tiempo, olvidarse de Macri, estar frente al río, sacar el cuaderno y escribir. Para algunos el viaje fue caminar al lado de una ruta, comer un pescado con desconocidos, recorrer un cementerio o pensar en la infancia como el punto de contacto con la provincia. Otros se dejaron seducir por la siesta que en la vida citadina queda de lado. Para muchos el viaje tuvo sentido por las personas que conocieron al punto de que en el ejercicio de escribir los hicieron protagonistas.  Otros prefirieron la soledad y andar a lo detective. Estuvieron los que pasaron desapercibidos, los que chapearon con el mote de escritor y los que de tanto preguntar alertaron hasta a la policía.

A la vuelta de la travesía tuvieron un mes para escribir, que dependiendo el caso se volvió dos, tres, seis. A medida que mandaban los textos imprimíamos, leíamos, corregíamos y debatíamos. Armamos un una carpeta en google drive que sumó más de 1500 archivos entre textos, fotos, videos y audios. Durante 96 jornadas editar fue aprender a leer y a escribir. Fue debatir puntos y comas y volver a preguntarnos cómo dibujar un mapa posible con las producciones de los viajes.

Cuando pensamos en este prólogo queríamos que también hable de nosotras y de nuestro deseo. Pensamos en que alguien encuentre este libro y conozca algo de sus pueblos y ciudades a través de lo que esos lugares le dejaron a escritores. Hubo un montón de ideas que quedaron en el camino. O, siendo optimistas, para el futuro. Había todo un Lado B con fotos, anécdotas y cosas imposibles y distractivas de lo importante: 19 eran dos días en la vida y 271 páginas para leer.

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Sobre los autores:

Acerca de Lucía Rodriguez

Periodista

Nació en Corrientes y vive en Rosario. Es licenciada en Comunicación social. Actualmente pasa sus mañanas como parte del equipo de La marca de la almohada, transmitido por Radio Universidad de Rosario y sus tardes como co-conductora de Tardenautas, en 5RTV. Cuando puede colabora para distintos medios gráficos. Como gestora cultural, organiza actividades vinculadas a la música y al ámbito editorial.

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Acerca de Arlen Buchara

Nació en Managua porque su mamá italiana y su papá argentino se enamoraron de los últimos años del sandinismo. Pasó mitad de la primaria y mitad de la secundaria entre San José del Rincón, en la provincia de Santa Fe, y La Habana. Desde 2006 vive en Rosario. Empezó tres carreras y terminó una. El […]

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Acerca de Lucía Demarchi

Es periodista. Trabajó en el diario La Capital y en el diario El Ciudadano. Forma parte de Cardúmen, sello de contenidos culturales, encargado de la edición de “19. Cartografía narrativa de Santa Fe”.

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