El entrañable Ray Bradbury fue también autor de una serie de fábulas morales como Fahrenheit 451 o “Usher II“, un cuento dentro de las extemporáneas y geniales Crónicas marcianas.

En ese cuento, que lleva por título la mansión de terror craneada por Edgar Allan Poe, un hastiado librero que vio arder sus libros en la Tierra construye en Marte una casa que es una trampa con sus trucos a la vista, invisiblizados sólo por la ignorancia de sus visitantes. El idiota inspector que avanza hacia su emparedamiento mientras su anfitrión, justiciero y asesino, le da todas las claves para que se entere del horrible final que le espera, ya fue emparedado por la ignorancia incuestionable y oficial con la que llegó hasta allí.

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El discurso de la meritocracia, que vuelve hoy a las luminarias de los medios dependientes de los intereses de la gavilla de saqueadores que gobernó la Argentina entre 2015 y 2019, parece adaptarse a esa fórmula de la trampa oculta por la ignorancia que ideó Bradbury, la de “Usher II”.

El término “meritocracia“ fue acuñado por el sociólogo británico Michael Young, también activista del Partido Laborista, quien publicó en 1958 la sátira política The Rise of the Meritocracy (El ascenso de la meritocracia), donde ironizaba sobre el sistema educativo del Reino Unido y fabulaba, al estilo de Un mundo feliz o la clásica Utopía, una Inglaterra asolada por el régimen meritócrata que duraba desde fines del siglo XIX hasta el año 2033, cuando una revolución lo derrocaba.

Que el término haya nacido como sátira, como burla, lo convierte en peyorativo. Sin embargo, a diferencia de “liliputiense”, que Jonathan Swift ideó con el mismo cuño burlón y guarda hasta hoy el sentido original (alguien con poca estatura, pero, sobre todo, estatura política y moral), “meritócrata” ganó un signo diferente gracias a los meritócratas quienes, como las víctimas de “Usher II”, poseen una paupérrima formación letrada y atrofiados vínculos con la historia.

A fines de junio de 2001, un año antes de su muerte, el mismo Young escribió una columna en The Guardian en la que se lamentaba del uso que había adquirido su término y, en particular, del uso que le daba el entonces primer ministro británico, el laborista Tony Blair, considerado por gran parte del arco político un heredero de Margaret Thatcher.

El artículo es también una descripción exacta de la degeneración del término meritocracia.

“He estado tristemente decepcionado por mi libro de 1958, El ascenso de la meritocracia –escribe Young–. Acuñé una palabra que entró en una circulación generalizada, en especial en los Estados Unidos, y hace poco halló un lugar destacado en los discursos de Blair. El libro era una sátira que pretendía ser una advertencia (a la que no hace falta decir que no se le prestó atención) en contra de lo que podría suceder a Gran Bretaña entre 1958 y el final de una revuelta imaginaria en contra de la meritocracia en 2033.

“Mucho de lo que se predijo ya se ha producido –continúa Young–. Es muy poco probable que el primer ministro haya leído el libro, pero se apoderó de la palabra sin darse cuenta de los peligros de lo que está defendiendo.”

A todo esto, Young ya había declarado, a propósito de su propio libro, que las obras más influyentes eran a menudo las menos leídas (el argumento pertenece en realidad a Italo Calvino, quien se refirió a los clásicos como aquellos libros cuya lectura circula incluso sin lectores). A mediados de los 90, cuando Blair aún no había llegado a primer ministro británico y Lady Di todavía estaba viva, comenzó a usar el término meritocracia según la reseña de Francis Wheen en The Guardian: “Estamos a años luz de una verdadera meritocracia” (julio de 1995); “Quiero una sociedad basada en la meritocracia” (abril de 1997); “Terminó la Gran Bretaña de le élite. La nueva Gran Bretaña es una meritocracia” (octubre de 1997); “El viejo establishment está siendo reemplazado por una nueva y más grande clase media meritocrática” (enero de 1999); “La meritocracia se construye sobre el potencial de la mayoría, no de unos pocos” (octubre de 1999); “La sociedad meritocrática es la única que puede explotar su potencial económico para el total de su pueblo” (junio de 2000).

La disputa con Blair, dentro de su propio partido, el Laborista, surgió a partir de las declaraciones del líder en torno a la educación, que es el tema del que trata la novela de Young (en la meritocracia las personas son divididas según su inteligencia y según la fórmula “I.Q. + effort = merit” –coeficiente intelectual + esfuerzo = mérito–, lo que conforma nuevos estratos sociales). En ese sentido el laborismo, que tuvo hasta los 80 importantes dirigentes que venían no sólo de las escuelas públicas, sino de familias proletarias, le criticaba a Blair su consentimiento con el neoliberalismo que había expandido en Inglaterra Margaret Thatcher, llenando las calles de ciudades como Londres y Liverpool de feroces conflictos sociales.

“Con la llegada de la meritocracia –escribe Michael Young en su columna de 2001–, las masas ya sin líderes fueron parcialmente privadas de derechos; y a medida que pasa el tiempo, cada vez más trabajadores fueron perdiendo su compromiso, al punto de perder todo afecto político y ni siquiera molestarse en ir a votar, porque ya no tienen su propia gente que los represente”.

Para el final del primer período de Blair como primer ministro británico, Young escribió: “Como resultado, la inequidad general se ha vuelto más grave cada año que pasa, y esto sin siquiera un llamado de atención de los líderes del partido que una vez alzó la voz con vehemencia y precisión por una mayor igualdad (…) ¿Qué puede hacerse por esta sociedad meritócrata y polarizada? Ayudaría que el señor Blair quitara el término de su vocabulario, o al menos admitiera su bajeza. Ayudaría más aún que marcara distancia de la nueva meritocracia aumentándole los impuestos por ingresos a los ricos, y también reviviendo los gobiernos locales con más poder para involucrar a su gente y entrenarla en la política nacional”.

En junio de 2001, cuando Young escribía esas palabras, la Argentina se encaminaba hacia una de sus crisis más devastadoras, con un gobierno que había preferido encerrarse a hacer las tareas de los endeudadores y fugadores de capital y tenía en sus equipos de gabinete a muchos de los meritócratas que volvieron a ocupar puestos de gobierno con la criminal administración de Mauricio Macri, como Federico Sturzenegger.

Los defensores de la meritocracia marchan hoy por las calles del mismo modo que el pobre idiota del cuento de Bradbury avanzaba hacia una trampa anunciada.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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