¿Te acordás cuando el coronavirus no era un influencer? Qué hermosas épocas, mamá, dice mi hijo de 8 años. El comentario me saca del limbo de espuma y agua en el que como una autómata friego los platos. Me río de ese humor centennial que le aflora. Vivimos encerrados en un PH de pleno centro desde antes que comenzara el aislamiento obligatorio.

Cuando se suspendieron las clases empecé a trabajar desde mi casa y le dije a la niñera que se quedara en la suya porque su mamá es población de riesgo. Al principio aún se podía nombrar al virus, pero con el correr de los días la palabra quedó suspendida. “Coronacaca”, gritó hijo una mañana cuando alguien la mencionó en la radio.

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Afuera es de noche y en los balcones aplauden. Adentro mi hijo llora porque no sabe cuándo volverá a ver a su papá. ¿Cuánto falta? ¿Cuánto dura esto? ¿Vamos a morir? Las preguntas retumban en las paredes, crujen como las alacenas de la casa y no tengo respuestas. Lo peor de todo esto es no saber cuándo se termina. No tener la certeza, la fecha de vencimiento. O como dicen los ingleses la dead line, ese límite que siempre me dio la horrible idea de muerte. ¿Nunca más vamos a salir? Nunca más es demasiado largo.

La hija de una de amiga cumplió 8 años en plena cuarentena. Lo iban a festejar en familia pero el aislamiento los empujó a suspender todo. La nena amaneció llorando. Como están separados la celebración fue en la casa de ella, soplaron la vela y cantaron el feliz cumpleaños por video llamada con los amiguitos. En comunicación con el papá hicieron una búsqueda del tesoro, también pantalla plana de por medio. Me pregunto si a mi hijo le tocará cumplir años en el encierro. Pero el que responde es él: “No quiero que mi cumple sea por Zoom”. Golpea la puerta del ascensor. Llora. Lo abrazo y le prometo que todo estará bien.

Un abuelo le dice a su nieto: “Esto es una guerra y para ganarla nos tenemos que quedar en casa”. No me gusta la metáfora del combate, pero estos días me siento agazapada en la retaguardia. Las plazas quedaron vacías, mi calle que siempre es un bullicio a la entrada y salida de la escuela ahora es un desierto, los colectivos se mueven sin pasajeros como fantasmas que cruzan la ciudad.

“¿Mamá hoy vamos a sacar la basura?” La pregunta de mi hijo guarda la promesa de un paseo. Como si el ir al contenedor ya no significara una vuelta alrededor de la manzana, sino del mundo. Salgo con un paquete de toallitas desinfectantes en un bolsillo. Limpio el picaporte y abro la puerta mientras él corre desbocado hasta la esquina. El pedal del contenedor no funciona, tengo que usar las manos, lo termino tocando. Al instante me pica la cara. No me tengo que rascar la mejilla. No me tengo que frotar los ojos. Siento que no sirvo para vivir en esta asepsia. Siempre me contamino aunque no quiera.

“¿Desinfectas las compras? No salgas con el nene. Si en una casa viven dos sólo uno es el que se traslada. Dejálo solo. Es un minuto nada más. ¿Sos loca? ¿Cómo que lo llevaste al mercadito?”, dispara mi mamá desde su trinchera.

Si me enfermo es culpa mía. Si enfermás al otro sos la culpable. Pasar del mundo de los sanos al de los enfermos no es sin costo. Es con rechazo y con mirada punitiva. Hago lo que puedo, me repito y bromeo con tatuarme la frase en alguna parte del cuerpo cuando todo esto pase.

Al mini mercado de abajo de casa hay que entrar de a uno y te rocían las manos con alcohol antes de pasar. “Hoy vino un médico a tu propiedad. Estuvo un rato largo, quisimos saber qué departamento visitó pero no nos contó”, me dice el cajero mientras pasa mi compra.

Vivo en un edificio antiguo que está ubicado arriba del local de planta baja donde funciona el mercado. Hay cuatro departamentos y somos diez personas en total: siete grandes y tres niños. ¿Me tengo que preocupar? ¿Me lo dice para que me cuide o para cuidarse él? ¿Habrá alguien con el virus en esta comunidad? Pienso que desde ahora el edificio está marcado. “A mi casa no vino”, me atajo. Y salgo rápido, casi sin saludar, con una botella de lavandina, un par de bananas y un pedazo de queso abajo del brazo.

Cuando me voy entra una señora con un pañuelo tapando su boca. “Mirá, mamá, una mujer bandida”, dice mi hijo. “Sí, aprovecha que todos andan con barbijo para disimular y asaltarlos”, le respondo. Él se ríe a carcajadas. Se tira al suelo del pallier y sigue riendo. Enseguida me pongo en modo vigilante. Lo reto. Lo hago levantar del piso. Se enoja. Aunque haga el esfuerzo ni una broma me sale bien.

Sin solución de continuidad respondo correos, hago videoconferencias, escribo, juego al Ludo Matic y baldeo la casa de punta a punta. Me descalzo para sentir el agua fría en los pies como un reposo en medio de esta locura. “Hoy, no voy a salir/ Voy a quedarme en la nube donde nadie sube/ No vengas a molestar/ Dicen que está todo mal, bueno/ Yo estoy más que bien acá”, canta hijo a los gritos. Y como dice Wos, la banda sonora de nuestros días en cuarentena, tampoco vamos a salir hoy de acá. No todo está tan bien, pero tampoco está tan mal.

“Perdoná que te lo diga pero agradezco que la cuarentena me agarró con el Marce y sin chicos chiquitos”, me escribe una amiga. Entre tanto desconcierto el único buen augurio que tengo es que me agarró con mi hijo cuerpo a cuerpo. ¿Cómo sería tenerlo lejos?

Las horas pasan lento. Un día se hace eterno. Todos parecen ser una sucesión de domingos. Acá no hay rutina que resista. A veces el desayuno se convierte en almuerzo. Lo único que se respeta es la cena. Comemos en horario europeo pero nunca nos dormimos antes de la medianoche. Vemos una película, ponemos una canción en YouTube con la excusa de movernos, jugamos al chinchón o al Uno. ¡No tendremos la vacuna pero qué gran invento es el Uno!, me escribe por Wathsapt una amiga. Pensamos que quien mentó ese juego de cartas que riegan los puestos de calle San Luis se merece un monumento. Pero las dos lo entregaríamos, sin dudarlo, a cambio de la vacuna.

Los días de escuela son el ritual perdido. Cuando esto empezó un amigo aterrorizado por la idea de morirse estúpidamente me dijo además: “Este aislamiento deshizo el pasaje de mi hijo a la adolescencia y a la secundaria. Me mata no poder cumplir con esa incipiente rutina que se esbozaba con él a principio de año”.

“Nos son vacaciones”, nos dicen a cada rato como si hiciera falta. Las maestras envían tareas. Mi hijo quiere volver a la escuela y ver a sus amigos. Hasta hace dos semanas les decíamos que dejaran las pantallas y que fueran a la plaza. Que se alejaran del celular y que dieran una vuelta en bicicleta. Ahora les decimos que sólo pueden hablar con sus abuelos y saludar a sus amigos por video llamada.  “Mamá, ¿se puede ir al mar?”. “No, no se puede”. ¿Cómo se entrena en el aislamiento? ¿Cómo se hace para que el miedo no le gane a la alegría?

Respondo un mensaje con la foto de un pastel de carne y papa recién sacado del horno y hago el chiste: “¿Venís?” Mi amigo se ríe y redobla la apuesta: “Pone un plato más que estoy yendo”. Le cuento que todo lo que cocino en cuarentena me sale rico. Que hasta ahora no se me quemó nada y que nos chupamos los dedos. Le digo que horneamos chipá y dos bizcochuelos en lo que va del encierro. “¡Estás hecha una ama de casa!”, bromea él. Quiero reír pero me ahogo.

¿Qué me pasó? ¿Qué nos pasó? ¿No habíamos logrado nosotras las mujeres saltar el cerco doméstico? ¿Qué clase de virus es este que nos volvió a hundir en el confinamiento del hogar? ¿Cómo fue que terminamos entre cuatro paredes rehenes de nuevo de la libre demanda?

“Esto es lo más parecido al puerperio”, dice una amiga en un grupo Whatsapp. Vivimos en pijama y pantuflas, lloramos y reímos a la vez, no tenemos intimidad. Y otra reflexiona: “Las mujeres quedamos descentradas con esta cuarentena”. “Partidas como después de parir”, dice una más. Hacia afuera sostenemos una producción 7 x 24 y puertas adentro producimos plusvalía emocional al ciento por ciento. “No somos Wonder Woman. Tampoco queremos serlo. Pero en esta venimos perdiendo”, dice otra.

Ninguna tiene dudas que hay que cumplir a rajatabla con el aislamiento. Somos soldadas y sabemos que en la distancia está el rescate. ¿Acaso maternar no es también político?

No creo en el instinto maternal, creo en el de supervivencia. Que a veces puede fallar. Hay momentos en que bajo la guardia. El pecho se cierra, respiro mal. Me tomo la fiebre y no tengo. Me froto tomillo, me hago vapor, lloro.  Extraño que me cuiden. Extraño los abrazos y los besos. Extraño ir al cine, andar en bicicleta, tomar café en los bares, ver a las amigas, caminar desnuda por la casa, dormir, acordarme de lo que sueño. Extraño la soledad y el silencio pero no quiero estos.

Salgo a la galería a regar las plantas. No se oye nada. La gata juguetea con un gecko que se deja arrancar la cola con tal de sobrevivir. Desde hace días un cactus no para de dar flores con forma de estrellas. Comparto fotos y una amiga me escribe intrigada: “¿Te diste cuenta que la flor tiene olor a carne?”. Hay flores que son polinizadas por moscas en vez de abejas y entonces huelen a carne podrida. Esta que crece en mi casa es una de esas flores extrañas. No puedo dejar de mirarlas. Peludas y rosadas. Encierran las dos vidas que tengo: la aterradora y la bella.

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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