Punto de fuga es el título del último libro de Federico Ferroggiaro, un libro que despliega en sus páginas un mundo tridimensional, tan tangible, que pone en jaque los bordes que separan lo real de la ficción.

No hace falta aclarar que no estamos hablando de un tratado sobre dibujo o pintura. Quienes vienen siguiendo de cerca la narrativa que se produce en la ciudad, encuentran en Ferroggiaro una de las fuentes de provisiones más nutridas de los últimos diez años: desde la aparición de El pintor de delirios (2009, Editorial Municipal de Rosario) el autor ha publicado cinco libros de cuentos y Tetris (2016, UNR), una nouvelle, además de participar en varias antologías y revistas.

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En Punto de fuga, editada por Casagrande en junio de este año, hay un puñado de cuentos donde la realidad se cuela en forma de palabras. Nueve piezas, es decir, nueve son las líneas que componen una imagen que el autor fue trazando entre 2016 y 2018. No es casual que sea el clima social de esos años, una sensación de resquebrajamiento en la ilusión del porvenir, el que prepara el caldo donde los personajes van a empezar a cocinarse lentamente. De a poco se dejan oír las voces que los ubican en las calles de Rosario, en los departamentos de lxs estudiantes que llegan a la ciudad desde el interior sojero, en el bar de la otra cuadra, en el edificio de enfrente, en el negocio de a la vuelta. El centro de la ciudad se transforma en el punto de referencia alrededor del cual los personajes transitan y sobreviven de manera intuitiva pero obstinada.

Kilómetros de páginas escritas por la crítica literaria intentan explicar cómo es que eso que llamamos realidad entra en la literatura, cómo logran algunxs escritorxs hacernos firmar ese contrato que nos mete de lleno en los artefactos ficcionales que producen y funcionan como maquinitas precisas de reproducción de lo real. De nada serviría intentar develar las estrategias mediante las cuales Ferroggiaro logra, de manera eficaz y sutil, que nos tiremos de cabeza, convencidos, a esa pileta ficticia que es su narrativa. Más interesante resulta identificar qué es lo que nos pasa durante la zambullida, indagar en las suspicacias que movilizan los sentidos que nos interpelan.

A tientas

Para comenzar, no hay un lazarillo que nos guíe por los callejones oscuros de estos cuentos: unas pocas lamparitas iluminan aleatoriamente algunos aspectos de la trama, pero los narradores nos dejan paradxs frente a las historias como espectadores auténticos y solitarios de la imagen que está por detrás del plano: asuntos familiares, problemas económicos, conflictos morales, relaciones laborales, son algunos de los tópicos se nos presentan de manera aparentemente inocua. Como lectores, debemos ser los creadores de la perspectiva que ordenará lo que estamos viendo. No hay juicios de valor dados ni moralina preestablecida frente a las decisiones que van tomando una serie de personajes abrumados por las dudas existenciales, por la necesidad y la agobiante tarea del deber ser o el mandato de amoldarse a la norma.

Abandonados a nuestro criterio como lectores, los narradores van confrontándonos con un cuadro de lo familiar, en doble sentido. Por una parte, ese primer núcleo social donde crecemos y nos constituyen como sujetos, donde nos definen en relación a nuestros vínculos con los demás miembros de una familia, como le sucede a Candelita, la nieta más despierta de una acaudalada y poco afectiva mujer de negocios, en “Un asunto familiar”, o al protagonista de “Graciano, el nuevo empleado”, en el que la reconfiguración de los vínculos y las verdades que afloran llevan a la pregunta final de un padre desilusionado: “¿Qué clase de hijo le hace eso a su padre”. La contracara de ese personaje es Martín, de “La última jugada”, un hombre que no logra desentenderse de la responsabilidad que conlleva el vínculo filial y por eso debe enfrentarse a la desconsideración de su jefe y su hermano para salvar a un padre abandonado al alcohol y la timba. El tercer padre, el inescrupuloso de “El bonete rojo”, intenta por todos los medios llenar las expectativas de su ex mujer y logra una felicidad inesperada, una alegría que viene del centro amargo de las constataciones del desamor: no hay nada en común entre dos que ya no se reconocen.

Intimidad

Pero lo familiar también aparece en ese otro sentido del término: el de lo cotidiano, lo que se sabe conocido, lo que nos acecha desde la interioridad de nuestras casas, de nuestras relaciones. Una intimidad murmurada insidiosamente en ambientes de trabajo se torna amenaza, como en “Humbert, Humbert”, donde la paranoia es una de las formas de supervivencia frente a la hostilidad de un ambiente bancario que no entiende nada del deseo y sus posibles y variadas materializaciones. La misma intimidad que, confesada a medias en la mesa de un bar, desenmascara las verdaderas razones del llanto del protagonista de “Desamor”.

Las inflexiones en las voces de los personajes, los matices y la complejidad de sus deducciones van configurando el paño y encendiendo los focos que generan puntos de luz y sombras, “efectos visuales” que nos encandilan por un rato, hasta que llega el momento en el que la cachetada deja entrever lo que la sombra ocultaba, las miserias humanas saltan a la vista y los personajes no se sorprenden de lo que encuentran: “Si algo se aprende con vivir es que las palabras revelan menos con lo que dicen que con lo que callan”, dice el médico militar de “Retirado”, un hombre al que sus vínculos políticos lo han salvado, incluso después del 83.

Desgracia y destino

En estos cuentos, el punto de fuga puede ubicarse dentro de los límites del cuadrante que enmarca la imagen, dentro de los límites del argumento, y es allí donde los personajes no tienen más opción que “aceptar la desgracia como una de las formas irreversibles del destino”, como sucede en “El incendio”, o quedar por fuera de lo que los protagonistas alcanzan a ver y a nosotrxs se nos presenta como irrefutable: “Lo que todavía me interrogo y no acabo de dilucidar, al menos para mí, digo, como seguridad personal e íntima, es si corresponde en nombre de dos valores también en crisis: la verdad y la amistad, desbaratar o arrasar con la felicidad de un hombre inerme”, se pregunta el desvencijado profesor de “La chica reef del 97”, después de mantener una intrincada conversación con sus amigos.

Pero siempre, indefectiblemente, el punto imposible e infinito donde se cruzan las líneas paralelas que conforman cada una de las tramas que ordenan estos cuentos coincide con la imagen que vulgarmente percibimos y llamamos realidad. Allí donde esto sucede, donde se confunde lo imposible con lo necesario, lo hipotético con lo impredecible, es donde nacen los nueve cuentos que componen este libro. Ferroggiaro nos enfrenta a una imagen de la cotidianeidad que nos interpela y nos obliga a preguntarnos hasta qué punto en este contexto, en esta realidad social, es posible juzgar las estrategias de supervivencia de estos personajes, hasta dónde somos capaces, nosotrxs como lectores, de conmovernos con sus tragedias personales, reírnos de sus desgracias o culparlos por sus errores.

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Acerca de Vande Guru

Vande Guru es también Julia Hernández. Profesora en Letras egresada y eyectada de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Codirige Turba Ediciones (acá una breve reseña, la editorial sólo tiene un enlace a una red social) desde hace tres años y ha escrito notas de periodismo cultural para distintos medios de la […]

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