Sayak Valencia, filósofa transfeminista mexicana, visitó la ciudad invitada por la Secretaría de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Rosario para participar del conversatorio “Cuerpo y territorio. Impacto de las doctrinas de seguridad en Latinoamérica”. La autora de Capitalismo Gore (2016), además performer, poeta y ensayista, conectó –con una destreza que no deja de asombrar– los efectos de la necropolítica* de las nuevas derechas, la alternativa de los feminismos y la figura del emprendedor como el “kamikaze” de la era actual

Foto: Bruno Valiente

Sayak Valencia es una y muchas a la vez. Mexicana (nacida en Tijuana), doctora europea en filosofía, poeta, ensayista, exhibicionista, performer y transfeminista. A Sayak Valencia no le asusta la diversidad de etiquetas. Ni le preocupa el no ceñirse  a una sola clasificación. Disfruta de no saber muy bien quién es y dice que se reconoce en el hacer. Sayak Valencia es experta en crear categorías nuevas para aquello que necesita expresar y que aún no tiene denominación.

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Cuando llegó a Argentina lo primero que hizo fue saludar dando la mano. Enseguida le preguntaron si eso era común en México porque aquí a las mujeres se les da un beso. “A eso llamo tecnologías del uso del espacio. Al dar la mano resultó que me dijeron que era muy masculino. Lo cierto, es que no es masculino ni femenino, pero está cargado de significancia. ¿Por qué los hombres se dan la mano? Porque en ese saludo hay un pacto de horizontalidad, un saludo de pares. Una autoridad que no le otorgan a las mujeres”, dice. Esos gestos mínimos o los objetos con los que nos topamos a diario le sirven a Valencia para tejer puentes, tramar relaciones, hacer arqueología que luego cristaliza a través de su variado trabajo.

En 2016 publicó Capitalismo Goreun libro en el que reflexiona sobre la violencia que se usa casi cotidianamente en ciertas ciudades para conseguir ganancias económicas. El término “gore” remite al género cinematográfico más cruento y la autora lo usa para poner al descubierto la maquinaria y las ramificaciones violentas de los “actores” del poder, en cuyos engranajes las estructuras capitalistas, el Estado y el narco entablan un cerco de dominio económico.

En el capitalismo gore, los nuevos modos discursivos de las violencias organizadas intervienen en la producción del capital. Los cuerpos de las víctimas se ostentan, mientras la cultura del narco participa en la conformación de un mercado global que oferta los sueños y deseos a seguir.

“La palabra gore describe situaciones de violencia extrema, incluida la crueldad, desmembramientos, derramamiento injustificado de sangre y a mí me sirve como metáfora para hablar del capitalismo neoliberal en los circuitos fronterizos, en donde no solo produce mercancías, sino que produce muertos. Es una crítica a los sistemas económicos que imperan en la actualidad, que son neocoloniales y exigen que la gente, para poder sobrevivir, realice prácticas atroces”, dice.

Del trabajo de Valencia se desprende una categoría a la que hay que prestarle especial atención: “sujeto endriago”. Si bien Sayak la explica a partir de ciertas particularidades mexicanas, sobre todo vinculadas al narcotráfico, nunca pensó que ese término iba extenderse a otras sociedades que lo leerían con cierta identificación.

“El endriago es este sujeto masculino cartografiado por la clase, cuya impronta racial está asociada con estigmas y estereotipos de la colonialidad. Es un sujeto obediente con la masculinidad más hegemónica, la que desprecia todo tipo de debilidad, la que cree que el rol de los varones es ser proveedores, arriesgados, violentos y que le pelea al Estado la posesión de la violencia. Pero también, es el que entendió que la masculinidad de los cuerpos biológicamente masculinos, tiene la potestad necropolítica de otorgar la muerte a otros. Ese poder de ejercer violencia contra los más débiles: mujeres, niños, disidentes sexuales, pobres”, explica.

Para la autora esta máquina necropolítica es masculinista y en los devenires minoritarios o los transfeminismos está la respuesta tangible. “Los cuerpos en alianza para que la resistencia sea posible. Desobedecer el género, el consumo, la nacionalidad, el sexo como política para desmasculinizar las miradas”, postula.

—¿Qué es el transfeminismo?

—El transfeminismo no es una cosa sino un diálogo constante. Hay muchos transfeminismos, pero lo importante es que tienen que ser ubicados in situ, es decir, el transfeminismo que funciona para la gente en Rosario no siempre es el que funcionará para la gente de una comunidad rural de México o para el feminismo comunitario boliviano. Es un movimiento social pero también una epistemología. Un desliz entre cuerpos, sexualidades, estatus migratorio, nacionalidades, razas y clases que articulan como algo potente el cuerpo de las mujeres, no los cuerpos esencialmente femeninos, sino los cuerpos que transitan, que migran, que se desadscriben, que están signados por la interseccionalidad de razas, de clases, de géneros. Hay una parte importante de la sexualidad, porque el transfemnismo incorpora los cuerpos trans, travestis, travelos, transexuales, que transitan más allá del género. Otros cuerpos que no pueden ser inscribibles en masculino o femenino. La decorpocolonialidad de los cuerpos no estandarizados, que no son ni magros, ni altos, ni delgados, ni blancos. Posee una insurgencia por la recuperación de otros imaginarios corporales, de cuerpos sin patrones. En el caso mexicano, que es el transfeminismo con el que me siento compelida o identificada, no hay ánimo de sexualizar, ni de moralizar la sexualidad sino de utilizar los aparatos críticos de la representación de la pornografía y de la pospornografía para hacer reivindicaciones feministas.

—¿Cuál es el desafío de los transfeminismos latinoamericanos?

—Construir una idea de sostenibilidad de la vida. Que no brutalice, ni puritanice, ni jerarquice una vida sobre las otras. Que haga un trabajo de constitución de lo comunitario a través de la  desnecropolitización del pensamiento y de nuestro contexto.  Que sea un transfeminismo que vaya de la mano de la lucha de madres de los desaparecidos, con las mujeres que piden justicia por los crímenes de odio hacia sus hijas, con los movimientos ambientales en contra de la explotación de las minas, con aquellos que pelean por los derechos reproductivos y sexuales como la legalización del aborto, o la legalización del trabajo sexual. Es necesario pensar al trabajo sexual como una tarea de cuidado y no desde la abolición, ya que uno de los trabajos de las mujeres casadas muchas veces es tener sexo con sus maridos. Que se piense al cuerpo trans como un cuerpo digno, como parte del feminismo, con personas dentro del movimiento cuyas historias pueden ser tremendamente inspiradoras y con las que poder, sobre todo, tejer alianzas para transformar el contexto en el que vivimos.

—¿Qué lugar tiene lo performático en el transfeminismo?

—La performance es una herramienta, un dispositivo, que muchas veces sirve para traducir la conceptualización. Me interesa porque el cuerpo trabaja en el espacio y hago cosas con la indumentaria y los gestos que permiten cuestionar los límites de la inteligibilidad del género. Hago una performance de drag King que es la más conocida donde hago de mujer barbuda. No busco una dimensión espectacularizante sino cómo utilizar una disrrupción visual en el ámbito cotidiano. Entonces cuando me pongo la barba exacerbo los elementos digamos femeninos y los contrarresto en una especie de juego con el sujeto pensante, varón barbado, de las izquierdas. Voy a la universidad y doy la clase con barba. Para muchos aparezco como freak show porque una mujer, se supone, no puede tener barba pero lo que hago es cuestionar estos arquetipos que te dicen qué se es y qué no se es. Un poco romper con la legibilidad del género instaurado en un propio cuerpo. Algunos hombres me ven con repulsión, otros con morbo, algunos intentan ligar conmigo, a otros les da risa. En cambio, las mujeres se acercan haciendo preguntas, y yo aprendo porque  de esas preguntas que abren el dialogo y cuestionan esta mirada de que una mujer no puede tener barba. Para eso lo hago: para poner preguntas en el espacio público y en el espectador.

—Estás trabajando en un libro de transfeminismo pero sobre las masculinidades blancas y heterosexuales. ¿Cómo decidiste poner el foco ahí?

—Es algo que me preocupa hoy por hoy. Parecemos conscientes de la opresión de las mujeres, las disidencias sexuales y las minorías raciales, pero sin embargo, la violencia contra esos grupos se mantiene y hasta en contextos de campañas políticas hasta parece sumar votos. Por momentos, pareciera que los hombres fueran cada vez menos machos pero es un efecto cosmético porque al mismo tiempo no bajan los números de los femicidios y trasvesticidios.

—¿Pueden los transfeminismos latinoamericanos y mexicanos dar una respuesta?

—Mientras no repensemos la construcción de los géneros, que son términos binarios, inmóviles e inmovilizantes, esto se va a seguir desestructurando. A mí me parece muy interesante el lugar del agenciamiento. Hay que aprender de los devenires minoritarios, porque tienen potencia revolucionaria si hacen alianza. En la lógica del machismo mexicano la vida no vale nada, como dice la canción. Ni tu vida ni la de los demás vale nada. Para demostrar que eres macho debes sacrificar tu vida y la de los otros. México tiene un capital social machista pero no solo por los varones sino que hay un ethos social que se instala a través de tecnologías de género que se reproducen desde los muralistas, la literatura, los medios de comunicación. El Estado es necropatriarcal, es un Estado macho. La patria mexicana está construída en base al arquetipo posrevolucionario del macho. La estrategia estatal fue reproducir un símbolo heroico pero despolitizado. Al endriago le sacamos lo político, pero le dejamos lo heroico, y entonces lo comestizamos. Están quienes son destinados a cuerpos heroicos de la masacre y quienes están destinados a lo sacrificial. Hay una masculinidad necropolítica, que tiene capacidad de matar y quedar impune. Si no somos hombres no somos nada, o somos homosexuales, o somos hombres débiles, esa es la trampa de la masculinidad. Así como parece que todo lo abarca el capitalismo, acá parece que todo lo abarca la masculinidad. Pero hay mucha desobediencia a esos regímenes y lo que nos interesaría a nosotros es que esas personas se den cuentan que están desobedeciendo.

—Hay quienes llaman al emprendedurismo “la venta del mal”. ¿Acaso es este fenómeno alguna fase del capitalismo “gore”?

—El emprenderurismo es la cristalización de las lógicas del neoliberalismo. El emprendedor tiene que hacerse responsable de su precariedad y sortear las consecuencias adversas como en un video juego. Es una etiqueta muy cosmética que suena bien y tiene buena prensa pero lo que te está diciendo es que te auto explotes, que te desvincules de tu comunidad, que estés solo. Es un concepto muy afinado en esta lógica de direccionar la subjetividad para que uno se sienta un triunfador mientras desmantelan el sistema de trabajo y precarizan constantemente. Además de la precarización económica está la existencial, que pasa por la desvinculación de la comunidad. La figura del free lance parece súper cool porque trabajas en tu casa, pero eso no quiere decir que trabajes menos. Quiere decir que trabajas más, que a veces ni sales de tu casa y que eres prisionero de tí mismo en tu propio espacio. Es como evitarles que nos encierren porque ya nos encerramos solos. El emprendedor no oculta sus contradicciones sino que las celebra y saca su renta, es la versión más destilada del sujeto obediente del neoliberalismo. Tiene una genealogía con lo necro, la muerte, lo militar. Porque la figura del free lance viene del siglo XVIII y XIX y era el “lanza libre”, soldados sin convicción que se alquilaban a los ejércitos para matar. El free lance es un mercenario del cognitariado, que articula una dimensión sacrificial, un kamikaze que se aniquila a sí mismo y le hace el trabajo a aquello que lo oprime. Se acorta la vida porque tiene que tener cinco trabajos, no tiene tiempo para nada, no tiene pareja, ni relaciones sociales, sino a través de la red.

—Decís que no sos negativa sino descriptiva, pero: ¿Hay salida posible?

—Aun cuando parece que el capitalismo se lo copó todo, que no hay alternativa, que es un desastre, que casi tenemos que aceptarlo, hay otras formas y hay que visibilizarlas. Así como ellos hacen un universal de un caso excepcional, debemos utilizar esas estrategias pero para la valorización de lo comunitario, lo regional, sin caer en nacionalismos. Potenciar la resistencia comunitaria y los nuevos espacios de vinculación social como una posibilidad.

 

* Para el concepto de “necropolítica” Valencia retoma y contextualiza el trabajo de Achille Mbembe —basado en la biopolítica de Michel Foucault— para explicar la violencia en México. Como Mbembe, Valencia cree que es la muerte y no la vida lo que hoy en día se encuentra en el centro de la biopolítica, transformándola en necropolítica. Sin embargo, sostiene que su interpretación de necropolítica es geopolítica y contextualmente específica: la necropolítica en sociedades hiperconsumistas, en particular la frontera norte mexicana. Si la biopolítica controla los procesos vitales, las exigencias capitalistas han transformado en mercancía la vida y todos los procesos asociados, tales como la muerte. En las sociedades hiperconsumistas los cuerpos se convierten en una mercancía, y su cuidado, conservación, libertad e integridad son productos relacionados. Como mercancía cada vez más valorada, la vida es más valiosa si es amenazada, secuestrada y torturada. Tomado de Scielo.
Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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