Irantzu Varela es vasca, periodista y feminista. Conocida por ser la cara de El Tornillo, el micro espacio feminista de La Tuerca que se emite en La Frontera TV  y se convirtió en un kit indispensable para poner en práctica el feminismo diario en el país vasco, en el estado español y en el mundo.

Nació en Portugalete (Vizcaya) en 1974 y hace una semana visitó Rosario. En un alto de sus vacaciones por América Latina –recorre Argentina, Uruguay, Bolivia y Perú– conversó con Majo Gerez y Virginia Giacosa en la casa de la organización feminista Mala Junta de cómo se hizo feminista, del humor como arma de defensa y herramienta de transformación, del neo machismo, la cuarta ola y las agresiones en las redes que demandan una urgente estrategia de auto cuidado colectivo digital.

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—Majo Gerez: Muchas de las que te venimos siguiendo desde hace tiempo transitamos en soledad el feminismo antes de esta gran marea. Y fuiste como un recurso anímico que nos demostró que no estábamos tan solas.  Pero, ¿cómo fue que vos te hiciste feminista?

—Creo que empecé a darme cuenta que esto de ser una mujer era una mierda cuando era pequeña y estaba sentada viendo una película de vaqueros del oeste. Vivíamos un montón de gente en una casa y yo veía televisión sentada en el suelo. Recuerdo estar viendo la película y todas las mujeres que aparecían eran idiotas. Pedían ayuda, lloraban y decían cosas como: “Oh Dios mío, Joe”. Esas mujeres no tenían nada que ver con las mujeres que estaban alrededor mío en casa, que eran valientes y resolutivas. Ahí entendí qué era ser una mujer de verdad y lo que nos contaban que era una mujer. Entonces empezó ahí una búsqueda, porque eso no funciona muy bien y yo no paro hasta que cambio las cosas. Pero pienso que el feminismo es innato, naces feminista y luego ves cuánto tardas en darte cuenta.

—Virginia Giacosa: Es común que se acuse a las feministas de aguafiestas, solemnes, aburridas. Con una película de vaqueros te hiciste feminista, pero ¿cómo fue que esa trayectoria se cruzó con el humor y cuánto es necesario el humor como arma de resistencia?

—Aunque parezca mentira, el primer micro que hice para El Tornillo –no lo vean, es fatal– era en serio. Quería hacer videos en serio, pero me salió mal. Soy muy irónica, sarcástica y bastante absurda, y de las que piensan que con sentido del humor puedes decir cosas más radicales riéndote de ti misma y de las opresiones. Con una barba, un gorro de feminazi, una coronita, sentí que podía decir las mismas cosas y producir otro efecto. El humor puede ser una herramienta pedagógica y la gente, si se lo pasa bien, te escucha un minuto más. Pero también es una herramienta de guerra, es un arma, que te permite decir las cosas de forma más entretenida. A su vez las más salvajes y brutales, porque todo ya es bastante bajón como para que encima no nos riamos. Soy muy fan de lo que ustedes llaman glitter y estoy feliz de que haya llegado la purpurina al feminismo. Me gusta decir que “si no puedo perrear no es mi revolución”. Y ya que esto nos llevará un tiempo, por lo menos que nos podamos reír. Pasarla bien es parte de un autocuidado.

—MG: Mucha de la alegría de nuestro movimiento feminista y de mujeres se ha empalmado con la lucha LGBTIQ que nos aportó mucho eso. Te definís como feminista radical, pero de este lado del mundo hay un movimiento que se denomina radical aunque tomando una configuración de determinado feminismo que hace centro en la mujer (biológica) como único sujeto. ¿Qué mirada tenés de eso que a nosotras nos parece más un atraso, porque muchas también nos formamos con las travas y las sentimos parte del mismo movimiento?

—Me defino feminista radical en el sentido radical, es decir, que va a la raíz. ¿Si no eres feminista radical eres feminista superficial? A radicales como Kate Millet –a las que podemos hacer críticas por blancas y muchas cosas más– les debemos una aportación clave como “lo personal es político”, aunque en su libro haya dicho muchas cosas más. Eso de “lo personal es político” ha producido el cambio sustancial del feminismo. Puedes haberlo leído todo e ir a las marchas, pero luego, en tu vida personal, sigues reproduciendo o siendo sujeta de opresiones. El sentido que la violencia y todas las formas de opresión no se arreglan con medidas legislativas, ni con medidas superficiales sino que hay que ir a la raíz de ello. Por eso, para acabar con la violencia hay que acabar con la desigualdad, para acabar con las agresiones sexuales hay que acabar con la idea heteropatriarcal de que las mujeres hemos venido al mundo a satisfacer las necesidades ajenas y sobre todo la de los hombres precisamente. El feminismo no es un club. Ni te puedes hacer de ese club ni te pueden echar. El feminismo es una práctica política, por eso lo que importa es tu práctica política y tu práctica política es diaria. La idea de que sólo el sujeto político somos las mujeres y somos las únicas que tenemos concha o coño no se sostiene, desde un punto de vista de militancia política. Porque las mujeres trans tienen bastante menos privilegios que las mujeres heterosexuales y encarnan más opresiones que nosotras. Como los varones trans tampoco son privilegiados con respecto a nosotras. Vivimos en una sociedad cis heteropatriarcal y las personas que encarnan una disidencia sexual encarnan una opresión más. Y como dice Judith Butler “los sujetos políticos de las luchas los construye la opresión”. En este caso, el sistema heteropatriarcal que es blanco, burgués, varón, adulto, sin diversidad funcional, ni enfermedad diagnosticada. El sujeto de opresión somos las personas que no cabemos en ese privilegio, los que no cabemos somos los que encarnamos opresiones. ¿Cómo podemos decir que las trans y las disidencias sexuales no caben dentro del feminismo? Pero si nos ponemos teóricas, cualquier persona feminista dice que hay que acabar con la feminidad que es una construcción cultural. Entonces peleamos por desmontar estereotipos y destruir la idea del rosa y el celeste, de que las mujeres no podemos ganar menos que los varones, que no hay trabajos para mujeres y para varones, pero cuando llegamos a la vagina nos paramos. Decimos que la feminidad es una construcción pero resulta que el coño es una verdad absoluta.

—VG: En El Tornillo hablaste de micromachismos, violencias, lenguaje no sexista y muchos otros tópicos valiéndote del humor como herramienta. ¿Hubo algún tema que no hayas podido abordar desde el humor?

—El caso conocido como el de La Manada sin dudas. Siempre pienso que somos muy listas, porque le ponemos muy buenos nombres a los conceptos. Un concepto clave es el de violencia estructural, es decir, que todas las estructuras de la sociedad están puestas al servicio de que la opresión se siga manteniendo y que siga apareciendo el estado natural de las cosas. Una de esas ideas es la que sostiene que las sociedades tienen las violencias que toleran. Cuando la sentencia a La Manada dijo que no era violación sino abuso porque no había ni violencia ni intimidación (no se me ocurren muchas cosas más violentas que te metan 11 veces por el ano, la vagina y la boca sin tu consentimiento) lo que quedó claro es que el abogado, la fiscalía y los elementos del caso habían tolerado que eso pueda suceder sin más. Hasta un periodista lo llamó accidente al aire. Y nosotras salimos a la calle y gritamos en contra de la justicia patriarcal. Y fueron muchas las chicas y mujeres que entendieron ese día que por desgracia vivían en un sistema que no estaba hecho para protegerlas. Que eso podía pasarte y que la sentencia podía decir que la responsabilidad era tuya por no ser la protagonista de Kill Bill como para defenderte de cinco tíos que te doblan en tamaño y edad y que uno era policía y otro militar. Hicimos un video apenas salió la sentencia –uno para Pikara y otro para El Tornillo– donde hice de cuenta que tenía un cóctel molotov hecho con una lata y ese video no tiene ninguna gracia porque no podía hacer un chiste de eso.

—MG: Ante el avance del feminismo, se recrudece la respuesta de estos varones. Van cambiando las respuestas machunas o machirulas en el sentido que hay una respuesta disciplinadora frente al poder feminista que vamos construyendo.

—Todas las violencias contra las mujeres son ejemplificadoras. Como explica Silvia Federici, la caza de brujas fue el mayor genocidio que se dio en todos los países de Europa, donde el Estado y la Iglesia se aliaron para juzgar públicamente y ejecutar quemando vivas a miles y miles de mujeres durante tres siglos en la plaza pública. Las brujas eran las mujeres que no eran funcionales al capitalismo, eran mujeres incómodas, que vivían solas, que eran lesbianas, que no tenían maridos, que tenían conocimiento de medicina tradicional –abortiva y anticonceptiva– y por lo tanto tenían una sexualidad libre. Esa violencia fue ejemplificante, porque ellas no estaban cuidando a sus maridos ni criando niños para ser explotados en las fábricas. La violencia sexual de España, en Portugal y toda América Latina durante la colonia también fue ejemplificante. Lo mismo que la de Ciudad Juárez. Toda reacción de la ultraderecha demuestra que está más preocupada por el feminismo y por el movimiento LGBTIQ que por el comunismo, porque las mujeres que decidimos que no queremos ser satisfactoras del deseo somos las que molestamos al sistema patriarcal y al sistema capitalista.

—VG: Y ese recrudecimiento de las violencias se refleja en las redes sociales. ¿Hay una revancha en el espacio digital en tanto espacio de disputa de sentido y generación de discursos por parte de las feministas? ¿Es posible pensar en una caja de herramientas para la autodefensa digital?

—Las redes sociales son un reflejo de la sociedad. Crearon nuevas expresiones pero es la misma violencia. Las redes sociales son racistas y machistas como la sociedad. Lo que sucedió fue que en el feminismo hemos podido utilizar este espacio sin intermediarios. Siempre que queríamos publicar una nota, un texto, un material al final de la cadena había un hombre que editaba, ya sea en el periódico o en el partido a través de un compañero de militancia. Siempre nos encontrábamos con alguien que decía: “Esto no interesa o estos temas son nuestros y lo recortaba”. En las redes sociales decimos lo que nos da la gana a niveles que hemos creado una agenda, que ya teníamos por cierto, pero que al abrirla nos permitió descubrir que no estábamos ni tan solas ni tan locas. De repente no teníamos intermediarios y no teníamos censores y hablamos de lo que nos interesa a nosotras y cómo nos interesa. Y ellos han descubierto también que somos un montón y estamos organizadas. Por eso, la reacción ha sido no sé si la que esperábamos pero si fue muy obvia.  Por eso escribí la columna Ahora que soy fea, gorda, malfollada, feminazi y amargada y también hice el video. Porque esos eran todos los insultos que venía recibiendo y que responden a lo mismo: el aspecto físico y el comportamiento sexual. Porque según el mandato patriarcal tienes que estar buena según los gustos heteronormativos y estar buena para ellos. Los insultos en las redes son porque desobedecemos los mandatos del sistema heteropatriarcal que son: responder a un ideal de belleza, resultar deseables y satisfacer sus deseos. Por un lado, podemos decir que resulta inofensivo, pero también es verdad que no es inofensivo. No es inofensivo a nivel individual y es una violencia real. Esas cosas que nos dicen en las redes si te las dijeran en la calle serían delito, los ataques a las feministas y las amenazas de muerte no tienen una consecuencia en las redes. Pero la violencia digital contra las mujeres es una violencia en sí misma. Y la violencia y la impunidad generan un caldo de cultivo que estamos naturalizando y que puede terminar con violencia física real. Tenemos que tener una estrategia de autodefensa digital. A las que decidimos tener una visibilidad no les podemos decir que lo paguen solas, cuando decimos si tocan a una nos tocan a todas, lo debemos decir en la violencia digital también. Hay que crear estrategias colectivas feministas digitales a través de las redes como hack feministas para estar conectadas.

—VG: ¿Cuál es el lugar de los varones en todo esto? Ustedes les llaman aliados, nosotras hablamos de estas nuevas masculinidades. Pero lo cierto es que al menos tienen que animarse a romper un pacto de complicidad machista. ¿No?

—No quiero aliados, quiero desertores del otro bando. Quiero traidores de género, porque los hombres feministas en espacios feministas ganan poder y donde tienen que ser feministas es en los espacios machistas, y esos son desertores, yo quiero desertores. Como dice Lucho Fabbri: “Para ser feminista hay que devenir menos hombre y mejor compañero”. Los aliados son los que dicen: “Estoy de acuerdo contigo”. Bueno, gracias por no violar y porque te parezca mal que nos violen. Hay que ser desertores. Tienen que traicionar la masculinidad, tienen que ir a los espacios masculinos y decirles que esa masculinidad es opresora.

—MG: ¿Y cómo sentís que surfeamos esto que llamamos la cuarta ola? Después de movilizaciones y paros internacionales como los 8M: ¿Es posible que nos quede algo de cambio profundo?

—Creo que el feminismo es el sujeto revolucionario, creo que ahora mismo el movimiento feminista es la propuesta más transformadora y tiene un análisis más profundo y radical de las formas de opresión. Al menos, el feminismo interseccional, anticapitalista, antirracista y decolonial. Las derechas lo han identificado enseguida. Somos el enemigo en lo profundo. Ahora mismo estamos haciendo un análisis de las opresiones aunque aún tengo compañeros que me dicen que “la lucha de clases lo engloba todo y que todo está en Marx”. Precisamente esa es la clave del feminismo, que es la lucha contra toda forma de opresión. Estamos analizando el racismo, la clase, el capacitismo, el especismo. Nos preguntan: “¿Cuál es el plan?”. No tenemos plan. No existe la victoria final. El camino es lo único que tenemos. A esta revolución la estamos haciendo a nuestra manera, como nadie la ha hecho antes, antipatriarcal también en las formas. No hay líderes, no hay cuadros, no hay estructuras, no hay gurúes, ni jefas.

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Sobre los autores:

Acerca de Majo Gerez

Nació en San Nicolás, pero se enamoró de Rosario cuando vino a estudiar Comunicación Social a la UNR y no se fue más. Feminista popular que busca transformar la realidad. Integra el colectivo Ni Una Menos Rosario y Mala Junta. Es asesora desde la perspectiva de género en organismos públicos y privados. Forma parte del Laboratorio Feminista, […]

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Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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