Esta doble nota nació de un post en una red social, donde la escritora Verónica Laurino comienza con la pregunta por el film Lucky, que se estrenó en el cine público El Cairo. Allí, entre otros, le responde el director Alejandro Pereyra, quien amplía en el texto que preparó para REA el análisis que ensayó en ese intercambio.

Pregunta

¿Alguien la vio?

Todo comenzó con una pregunta en un post de Facebook. Casi todo comienza con una pregunta. Y luego un tráiler de la película Lucky. Allí vemos al mismísimo David Lynch sentado en un bar contando a los parroquianos que se le perdió la tortuga Presidente Roosevelt, el único de sus amigos que no se burla es Lucky. David cuenta que su tortuga sobrevivió a dos de sus matrimonios.


Muchos de mis conocidos respondieron al post que sí, que la habían visto. Confío en sus opiniones y vamos con mi novio a verla. Salgo del cine, encantada y con ganas de verla nuevamente. Invito a mi hermano. Vuelvo y no descarto verla otra vez.

En un paisaje desértico que me recuerda al Norte argentino y que luego me enteraré que es algún lugar de Estados Unidos cerca de la frontera con México, aparece caminando una tortuga. Lenta, pero sin pausa, cruza la pantalla. Luego vemos los rituales matutinos de un hombre viejo: higienizarse, afeitarse, prender la radio, fumar, hacer sus ejercicios. El director demora en mostrarnos su rostro. Es Harry Dean Stanton (el actor de Paris Texas). Ahí ya me conquistó.

Cada año que pasa me cuesta más trabajo encontrar películas que me gusten.

Siempre fui adicta a las historias pero no tengo formación académica, no cargo con el andamiaje teórico, pero sé disfrutar de algo bueno.

Nunca voy al cine por ir, sin saber algo de la película, no me sobra el dinero ni el tiempo. Tengo mis directoras/es y actrices/actores fetiche. Y Lynch es uno, aunque a veces no lo entienda bien. Harry es otro, y me parece más entrañable porque siempre fue un eterno personaje secundario. Recién ahora, cerca de los 90 años, le escribieron y le dieron un personaje principal y tuvo la mala suerte de morir. El verdadero director de Lucky se apellida Lynch (John Carroll) pero no es David, David actúa y Lynch, que es actor, dirige.

Imagen de Stefania Rosini.

Desde el vamos me cae bien el otro Lynch, actuó en la película Fargo, donde hace de marido de la protagonista, Frances McDormand, la policía embarazada. En ese papel es un pintor y es amoroso. La peli es de los hermanos Cohen, otros que me caen bien. Toda esta información la verifico en Internet pero forma parte de mi propio pasado. Antes me la proporcionaba Oscar, un loco del cine que influyó en mi gusto. Grababa todas las películas del Cable (cuando nadie tenía Cable) y me las prestaba. Tres películas por cada VHS. Un video club privado, un amigo.

Bueno, creo que me dispersé. Ahora, sólo les diría que vayan corriendo a conseguir esta película o mejor les paso este link de YouTube (dichosos ustedes que pueden, yo no veo películas en la compu y la traducción es espantosa). El link me lo pasó Alejandro Pereyra, con quien no coincidíamos –en el post que mencioné al principio– en algunas apreciaciones, pero creo que en el fondo la disfrutamos de la misma forma. Es muy importante que no sean ansiosos y se queden hasta el verdadero final, porque hay muchas y buenas historias que terminan como comienzan.

 

Ungatz

«Apreté el gatillo y su canto se apagó. Fue el momento más triste de toda mi vida. El silencio que sobrevino al mundo fue devastador.»

 

Lucky tiene noventa años y, sin muchos interrogantes al respecto, encuentra el sentido de su vida en la continuidad de lo cotidiano. Su identidad se conforma con el movimiento metonímico de la vida diaria: no importa que algunos de sus hábitos sean dañinos –fumar, por ejemplo–, y otros saludables, lo que lo sostiene –probablemente, como a todos– es la consecución de una actividad tras otra, la satisfacción de pequeños deseos previsibles, obligatorios; día tras día, paso tras paso.

Un día Lucky se desmaya. Tras la consulta con el médico, toma conciencia de algo de lo que sólo se toma conciencia de manera abrupta y corporal: llegará el día en el que ese movimiento tendrá fin. Nunca antes se había percatado de la proximidad de ese hecho. Lucky es un film sobre el cuerpo y la constatación de la nada.

Desde su caída, el repetido deambular de Lucky se resignifica y se interrumpe constantemente por una idea que, sin embargo, no precipita nítida. Es una pared negra que una y otra vez intenta disolverse o exorcizarse con recuerdos de la infancia o situaciones metafóricas, incluso tiene un sueño angustiante, en el que mira escaleras abajo la entrada de un tugurio de luz mortecina y roja. Allí lo inefable pasa al fuera de campo: no vemos lo que Lucky tampoco ve y sin embargo lo obsesiona. Sólo el significativo cartel verde sobre su cabeza nos avisa: «SALIDA».

«Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar», dice una publicitada frase de Wittgenstein, Lucky lo parafrasea de la manera más sabia y campechana: «Sólo hay una cosa peor que un silencio incómodo: la charla trivial», le dice a alguien.  Y es a partir de allí que alguna parte de nosotros entiende la tarea de Lucky de aquí en más: buscar algo que no sea trivial para oponer a la nada, al silencio. Pero él no tiene hijos ni esposa. Sólo conocidos que lo aprecian, afecto que no basta para sentir alguna especie de continuidad, de trascendencia, nada más cargan de calor humano su rutina diaria. La identidad de Lucky está puesta en jaque ya que, si muy pronto «él ya no será», a esa proposición parece faltarle algo, y es en la mutilación donde aparece la pregunta: ¿ya no será qué?

Que estas preguntas sobre la existencia, sobre la nada, adquieran valor emotivo para nosotros los espectadores, se refuerza por el hecho de que Lucky está protagonizada por Harry Dean Stanton, actor mítico para todo cinéfilo y del que sabemos –la maquinaria se ocupa de hacérnoslo saber– que falleció antes de que el film sea estrenado. Es él quien encarna, con su cuerpo frágil y su actuación sólida, esta frontera a la que tarde o temprano vamos a arribar. El mismo cuerpo que nos hizo sentir el cansancio y la sed en el inicio de Paris-Texas (Win Wenders, 1984); el mismo que fue atacado por una perfecta máquina de muerte en Alien (Ridle Scott, 1979); el mismo que recibe a su hermano también octogenario en Una historia sencilla (David Lynch, 1999), quien cruza todo EEUU para verlo, al enterarse de que había tenido un infarto. Y también el que nos hace lagrimear aquí al cantar en español «Volver, volver» en una fiesta de cumpleaños infantil, rodeado de mariachis. Si pudiera, Lucky empezaría todo de nuevo, y no con afán rectificatorio, sino por el placer que le da simplemente existir. Y no me parece casual que lo haga en un contexto tan extraño, como es una fiesta de niños, de otra cultura, distinta a la suya, cantando en otro idioma. En esta escena se afianza la idea de la reencarnación –al menos la esperanza de ella–, idea que ya Lucky había escuchado en una anécdota que le cuenta un viejo marine (interpretado por Tom Skerrit, otro actor de Alien) en el bar matutino, al hablarle de una niña budista que sonreía porque creía que iba a morir e iba a acceder a una vida más luminosa.


En jerga italoamericana ungatz significa «nada». Y el novio de la dueña del bar nocturno, Paulie (interpretado por James Darren, actor de la también mítica y pertinente serie de los sesenta El túnel del tiempo) le dice el término a Lucky para señalarle que él era eso hasta que conoció a su amor, sin percatarse de que así empuja más a Lucky hacia esa nada, hacia su disolución en el universo. Pero Lucky, a pesar de su edad, puede seguir creciendo, y ese crecimiento lo lleva a entender que «todo va a desaparecer» y que «nadie está a cargo… Ungatz» dice antes de prender el cigarrillo prohibido en el bar nocturno de sus amigos parroquianos.

Un aspecto indudable de las narraciones cinematográficas es que cuando se incluye a una figura famosa, a un referente, como es el caso aquí del director David Lynch, como un personaje –aquí es Howard, el amigo de Lucky que extravía su tortuga centenaria– esto adquiere una significación especial. En cine todo significa, y el mejor director es aquél que mejor conoce lo que está dando a significar. El cameo actúa como el subrayado de un libro que compramos usado: hay unos sentidos que se nos quieren señalar, o se nos llama la atención especialmente, como un cartel indicador o un señalador. Aquí la atención deriva de la figura de Lynch, en una situación que roza la impronta surrealista que caracteriza la filmografía de este director, sobre ese otro personaje que es la tortuga Presidente Roosevelt. Una tortuga deambulando por el desierto, presumiblemente el mismo Presidente Roosevelt, caminando lento, como Lucky, abre y cierra la película, cargando, como dice Howard, con su ataúd toda la vida. Ninguna imagen mejor que esa para establecer la relación entre el cuerpo y la nada, es el cuerpo nuestro ataúd, o mejor dicho, llevamos en él el germen de la nada. Y hay cosas más grandes que nosotros: una tortuga, por ejemplo, o los cactus que Lucky observa antes de la sonrisa final a cámara.

Ojalá todos podamos despedirnos como lo hizo Harry Dean Stanton, por la puerta enorme del esfuerzo y la generosidad, dando frutos hasta el último día. Todos somos Lucky, «afortunados», porque todos estamos vivos. Démonos cuenta.

mamografia
Sobre los autores:

Acerca de Verónica Laurino

Nació en Rosario en 1967. Trabaja de bibliotecaria y todos los días va y viene caminando a su trabajo. Le gustan las plantas y los animales. Tiene un gato. Publicó los libros de poesía 25 malestares y algunos placeres (Ciudad Gótica, 2006), Ruta 11 (Vox, 2007) y las novelas Breves fragmentos (2007, primer premio del Concejo Municipal de Rosario) y Jardines del Infierno (Erizo, 2013). Su libro […]

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Acerca de Alejandro Pereyra

Emergente de la Escuela Provincial de Cine y Televisión de Rosario tuvo la oportunidad de integrar los equipos de fotografía de los largometrajes El asadito, de Gustavo Postiglione; Ilusión de movimiento, de Héctor Molina; y El investigador de ciudades, de Fernando Zago. Sus inicios como director de fotografía fueron en los cortometrajes La mínima distancia, de Florencia Castagnani y La […]

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