El sábado 7 de abril con un despliegue televisivo de grandes acontecimientos, como los Juegos Olímpicos o el Mundial de Fútbol, helicóptero incluido, la TV Globo mostró al detalle en vivo y en cadena nacional la detención del ex presidente Lula da Silva, condenado por los delitos de corrupción leve, lavado de activos y tráfico de influencias. Hubo regocijo en las imágenes televisadas. Se trataba del final de una telenovela que había durado demasiado y que había tenido su pico de rating con el impeachment a la presidenta Dilma Rousseff, el 31 de agosto de 2016, y la asunción de Michel Temer. El hastío precipitaba un final, no importaba ya cual: el más esperado o el menos pensado. Y con pompas de funeral mediático, ribetes de capítulo final y pretensiones dramáticas, la salida de Lula del sindicato metalúrgico de São Bernardo do Campo, en el ABC paulista, y su llegada a la cárcel en Curitiba cerraba otra de tantas historias de amor y odio, ricos y pobres, y blancos, negros e indios. Afuera, en las calles de la zona sur de Río de Janeiro, nadie protestaba ni vitoreaba con la plena seguridad de que podrían revivir la tragedia en “Vale a pena ver de novo”.

En ese momento, con y sin Lula en la disputa, Bolsonaro alcanzaba el 16 y el 18 por ciento de la intención de votos respectivamente. Sin la condena judicial, el líder del Partido de los Trabajadores se encaminaba llano hacia un nuevo mandato con un 34 por ciento. Con las mil lenguas del desprecio, el ex militar inflamó las pasiones con armas, tortura y muerte. El establishment (un 10 por ciento de la población que concentra el 90 por ciento de riqueza producida por los brasileños) y la televisión habían encontrado a su candidato. El domingo juntó al 46 por ciento del electorado.

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Nuestro segundo plan

Una interrogación se abrió luego de las Paso. La autora de este texto sostiene que se vienen tiempos de trincheras colectivas, de espacios acotados de acción, de micropolítica y comunidad.

Y mientras los efectos narcóticos de los grandes relatos, de esos que le chapean a la Historia, se disipan, para los dueños del poder la suerte está echada. Y mientras el horror de una derecha clasista, racista y tan violenta como su ala liberal horroriza a América latina y al mundo, los medios de comunicación hegemónicos y sus noticieros, aceptaron su no tan inusitado protagonismo y también ellos vuelven a la cotidianeidad de sus agendas: corrupción, violencia y fútbol pero con las elecciones presidenciales en la mira.

El descaro de la corrupción en Brasil es indignante. No sólo porque cada desfalco atenta contra los derechos de los más de 200 millones de brasileños sino por su impunidad y reiteración. Y porque cada manotazo es sobre presupuestos faraónicos, como los de un país de extensión continental con la sexta mayor economía del mundo.

Si la policía que de civil mató en mayo a un ladrón armado frente a una escuela en São Paulo ganó una banca como diputada provincial es porque el electorado la considera una heroína. Lo opuesto del malandraje. La ilegitimidad de un presidente acusado de corrupción y rechazado con el millones de veces repetido “Fora Temer” que gritan las paredes en las ciudades, y hasta por sus pares y secuaces, y una ex presidenta que no consigue los votos necesarios para volver al Senado son verdades incontrastables de un sistema político corporativo inmoral. Si una derecha fascista es opción es porque una izquierda progresista corrupta es traición.

La violencia en los centros urbanos en Brasil no se resume a la inseguridad de los arrebatos, hurtos o asaltos varios. Está visible en la miseria, en la pobreza, en la polución, en el maltrato a miles de personas en la Estación Central enlatados en vagones y colectivos desde y hacia la periferia, víctimas de la falta de respeto o mera humanidad de aquellos a quienes se les encomendó su bienestar. Las eternizadas diferencias sociales generan una violencia que irremediablemente ha derivado en intervenciones militares.

Fotografías de Ana Schlimovich.

Y el fútbol, como idioma universal, genera y ocupa espacios interminables en los medios y en las conversaciones cotidianas. Al otro día de aquel 7 de abril, Botafogo le ganó una final épica a Vasco da Gama por el Campeonato Carioca luego de un gol en la última pelota a los 49 minutos del segundo tiempo del argentino Joel Carli que llevó a su equipo a los penales. La calle se llenó de carnaval (y este argentino de cerveza gratis, solo por ser argentino).

Finalmente más allá de la paja ajena en el ojo propio, parece que la nueva identidad política y social brasileña se ha forjado sobre el rechazo a la corrupción, la autodefensa y la aceptación de valores contrarios a la integración y la inclusión como recetas para mejorar sus existencias. Y esta decisión no es solamente por la mala prensa del PT, ni el patriotismo de Temer ni la democracia de Bolsonaro. El nuevo presidente de Brasil asumirá el 1° de enero, como es tradición. Tendrá dos meses exactos antes de la carnavalización de cuerpos y mentes. Y al uso del famoso título del antropólogo Roberto Da Matta, Brasil será el escenario de una vida paralela, quizás como la vida misma, como las telenovelas, para una vez más demostrarse a sí mismo que la versión oficial siempre contradice la voz del pueblo.

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Sobre el autor:

Acerca de Orlando Verna

Orlando Toto Verna. Rosarino, Licenciado en Comunicación Social (UNR) y Magister en Ciencia de la Información (UFRJ). Docente de la Escuela de Comunicación Social (UNR) en las cátedras de Redacción II, Lenguajes II e Infocomunicación, Cultura y Fútbol. Actualmente cursado el Doctorado en Comunicación Social (UNR). Periodista del Diario La Capital de Rosario en las […]

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