Le debemos a una conversación con Alejandro Galliano el encuentro con William Davies, autor de esta nota, publicada inmediatamente después de la derrota de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, en noviembre de 2020. Galliano volvió a citar a Davies hace poco, en un artículo en el que analiza y ensaya posibilidades de gobierno de un mundo que abandonó los paradigmas de la razón que rigen la política desde hace unos siete siglos.
Sí, se trata en principio del escándalo por las imágenes que se difundieron hace más de una semana cuando supremacistas blancos partidarios de Trump tomaron por asalto el Capitolio. Pero lo que el artículo de Davies viene a contarnos, sin demasiado escándalo ni tanto pesimismo, es la genealogía del panorama político que contemplamos hoy en día. Su visión, expresada hace casi dos meses, es tan válida ahora como entonces, sobre todo porque el escenario que describe es familiar a la coyuntura política argentina, donde ya no vale hacer política para “llenar el vacío” dejado por la desmovilización política de los 90 y, aunque con otros paradigmas de comprensión del fenómeno político, social y económico, la participación ciudadana vuelve a ser central.
En esta traducción preferimos trasladar literalmente “liberalism” por “liberalismo”, cuando en muchos casos –que esperamos el lector pueda identificar– podría traducirse por “progresismo”, ya que lo que en Argentina suele entenderse por “liberalismo” está minado por los valores del conservadurismo oligárquico, más allá de las aspiraciones de sus víctimas. P.M.

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Casi que no es noticia que los Estados Unidos están divididos: por la geografía, la educación y, sobre todo, un conjunto difuso de actitudes morales y políticas que suelen arrojarse a una canasta que tiene como etiqueta “cultura”. Apenas finalizada una elección en la que Donald Trump ganó alrededor del 47% del voto popular, se renovó la ansiedad en torno a la profundidad de la polarización partidista en la vida estadounidense. La preocupación es que los liberales y los conservadores ya no están simplemente en desacuerdo sobre sus valores, sino que miran diferentes realidades, ya sea en las noticias por cable o en sus feeds de Facebook.

Este es el contexto de un malestar que está al asecho y rodea la bienvenida expulsión de Trump de la Casa Blanca: ¿qué se ha resuelto exactamente? Y lo que es más importante para el futuro, ¿pueden las instituciones de la democracia liberal (representantes electos, partidos políticos de masas y funcionarios gubernamentales) resolver aún estos conflictos?

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Deberíamos ser cuidadosos cada vez que nos imaginarnos una época dorada de la democracia liberal, en la que las divisiones políticas y culturales se convirtieron en consenso, sobre todo en una sociedad que con tanta frecuencia ha tratado de ocultar sus divisiones raciales apelando a una “unión más perfecta“. Ya que la visión liberal de la democracia siempre se ha apoyado en la idea de que se puede adivinar algún tipo de interés compartido en el caos de valores y actitudes individuales, y que puede tener representación en el gobierno. Todavía podría plantearse la cuestión de qué puede lograr la democracia representativa en las condiciones que establece el siglo XXI.

Las elecciones en el occidente liberal están adquiriendo cada vez más la sensación de referéndums, en los que los partidarios se movilizan en torno a una lógica binaria de “a favor y en contra”. La victoria finalmente decisiva de Emmanuel Macron en 2017 sobre Marine Le Pen reflejó menos la fe de la ciudadanía en las respuestas a los problemas del país que él tenía, que el deseo de la mayoría de los votantes franceses de no ver a Le Pen en el poder. El triunfo de Boris Johnson en las elecciones de 2019 se basó en parte en una repetición del referéndum de 2016 (“que salga el Brexit“: get Brexit done), pero en buena medida estuvo acompañado de una pregunta de “sí / no” sobre poner a Jeremy Corbyn a cargo del ejército. La potencia electoral de Trump es que todavía representa un “no” ensordecedor a Washington DC y a todos los que prosperan allí; simplemente sucede que una mayoría ahora también le ha dicho “no” a Trump.

Gobernar el vacío

Esta política de mayor confrontación tiene algunas consecuencias indudablemente positivas. Después de años de creciente desconexión política, como bien lo detalló el desaparecido politólogo Peter Mair –quien describió cómo el gerenciamiento de los partidos de centro redujeron sus políticas a “gobernar el vacío“ dejado por la menguante participación (ciudadana)–, es probable que estemos ingresando en una nueva era de movilización y participación masiva. Las elecciones estadounidenses de 2020 dieron testimonio de la participación más alta (66%) en más de un siglo. Los partidarios del Brexit con frecuencia recuerdan a sus oponentes que la salida ganó la mayor cantidad de votos (17,4 millones) para cualquier opción en una boleta de votación del Reino Unido en la historia. La democracia se ha vuelto más apasionada e incierta, características que la hacen más emocionante y vital.

También hay una honestidad incómoda, pero en última instancia necesaria, sobre cómo se manifiestan ahora las divisiones en la geografía y la demografía electoral. Puede sonar extraño pensar que Estados Unidos experimenta un momento de “verdad”, dado el carácter de su actual presidente y las creencias de muchos de sus partidarios, pero se puede decir que el país está menos ilusionado que hace 20 años sobre el papel de la raza y la violencia en su historia y su política. Hay paralelismos en cómo el Brexit ha producido una nueva conciencia de la geografía económica y las divisiones culturales altamente desiguales de Gran Bretaña que en realidad se remontan a muchas décadas.

Pero la dificultad de una política plebiscitaria es que sirve como motor de división y animosidad mutua, más que como base para la legitimidad gubernamental del tipo que esperan tradicionalmente los liberales. A pesar de cualquier atractivo retórico que políticos como Barack Obama, Theresa May, Emmanuel Macron o Joe Biden puedan ofrecer a la unidad, las elecciones estilo referéndum a menudo profundizan las fracturas que pretenden superar. Si los partidos políticos de la década de 1990 se habían convertido en máquinas para la recaudación de fondos y la gestión de los medios, muchos ahora se están transformando en instrumentos para “arrancar el voto” por medios justos o impíos. Lo que se pierde en el camino es la cuestión de los intereses de quién (en contraposición a las identidades y animosidades de quién) representan los partidos políticos.

Las elecciones en estas condiciones aún pueden producir deslizamientos de tierra, como el de Johnson el año pasado, pero no producen mandatos. La democracia se vuelve fascinante, pero no concluyente y, como ocurrió con el referéndum británico de 2016, la gente puede terminar desconfiando más de sus oponentes y más convencida de su propia rectitud de lo que estaba al principio. La democracia moderna siempre ha sido moldeada por las tecnologías de los medios de comunicación: la ansiedad con respecto a las “masas” recién liberadas de los años veinte y treinta fue moldeada por el auge de la radio y las revistas, antes de dar paso gradualmente al pesimismo sobre el espectador de televisión apático de los años ochenta y noventa . Las elecciones del siglo XXI dan la sensación de ser hilos de Facebook rebeldes, adictivos e interminables, en los que la amenaza de información falsa o distorsionada acecha a cada paso.

Las instituciones, las redes y la calle

Cuando las elecciones dejan de ser una resolución de muchas cosas, salvo demostrar quién puede movilizar la mayoría de los seguidores, el trabajo serio de construcción de coaliciones políticas se filtra en otros lugares. En particular, se dirige “aguas arriba” hacia las instituciones que los liberales alguna vez esperaron que proporcionaran el entorno “apolítico” para la democracia, como los tribunales y la administración pública. El ideal liberal de cercar un espacio democrático marcado como “política” siempre ha dependido de mecanismos burocráticos y legales que pretenden situarse fuera de él. Y se dirige “río abajo” hacia esos espacios para los que el liberalismo existe específicamente para pacificar: las calles. Todo esto ha estado a la vista en los Estados Unidos estos últimos años, pero nuevamente no es difícil señalar analogías en el Reino Unido.

En situaciones como las de Estados Unidos y Gran Bretaña, el liberalismo depende ahora para su supervivencia de una reforma constitucional adecuada, sin la cual se vuelve cada vez más difícil canalizar de manera creíble las disputas hacia la arena de la política parlamentaria y de partidos. Pero no debemos contener la respiración. Dadas las oportunidades limitadas de victorias políticas, pocos políticos han desperdiciado mucho esfuerzo en la reforma electoral (que les ofrece escasas recompensas políticas a ellos personalmente), mientras que la administración de Johnson parece tener la intención de marginar aún más al parlamento, posiblemente incluso desguazando la Comisión Electoral. Mientras tanto, las evidentes deficiencias en el sistema político estadounidense, desde la manipulación legalizada y la supresión de votantes hasta el propio colegio electoral, requieren más poder de reparación del que Biden ha ganado.

La alternativa más probable ya está a la vista. La política se convierte en una batalla dentro de la élite para controlar tantas instituciones como sea posible, durante el mayor tiempo posible, mientras que el descontento popular se canaliza en protestas y ataques en las redes sociales. (En este sentido, Trump fue verdaderamente un pionero). Sin ningún medio legal para establecer caminos legítimos para gobernar, o para la satisfacción de las demandas públicas, el progreso es reemplazado por “un péndulo interminable de golpes y represalias”, en palabras de el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Las elecciones se convierten entonces en oportunidades para vengar derrotas pasadas. La coalición demócrata reunió una movilización sin precedentes tras el trauma de 2016. Para los republicanos, el resultado de esta elección, y las febriles afirmaciones de Trump de fraude y engaño, ofrecerá una gran reserva de indignación durante los próximos cuatro años.

 

Nota bene: se respetaron todos los hipervínculos de la edición original de The Guardian. Traducción de Pablo Makovsky.

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Sobre el autor:

Acerca de William Davies

Nacido en 1976, en Londres, Inglaterra, Davies es sociólogo y economista político. Su trabajo se enfoca en temas como el consumismo, la felicidad, y la historia y función de ciertas habilidades en la sociedad. Escribe en distintos diarios y publicaciones como The Guardian, New Left Review, London Review of Books y The Atlantic. En 2015 publicó su segundo […]

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