Traducción de Sebastián Godoy y Diego Roldán*

El coronavirus es la vieja película que hemos estado viendo una y otra vez desde que el libro de Richard Preston The Hot Zone (1995) nos presentó al demonio exterminador, nacido en una misteriosa cueva de murciélagos en África Central y conocido como el Ébola. Fue sólo la primera de una sucesión de nuevas enfermedades que estallaron en el “campo virgen” (ese es el término apropiado) de los inexperimentados sistemas inmunológicos de la humanidad. Al Ébola le siguieron pronto la gripe aviar, que se transmitió a los humanos en 1997, y el SARS, que surgió a finales de 2002. Ambos casos aparecieron primero en Guangdong, el centro industrial del mundo.

Por supuesto, Hollywood abrazó con lujuria estos brotes y produjo una veintena de películas para excitarnos y asustarnos. (Contagio de Steven Soderbergh, estrenada en 2011, se destaca por la exactitud de su ciencia y su escalofriante anticipación del caos actual). Además de las películas e innumerables novelas espeluznantes, cientos de libros serios y miles de artículos científicos han respondido a cada brote, muchos de ellos enfatizando el pésimo estado de preparación mundial para detectar y responder a estas nuevas enfermedades.

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Un nuevo monstruo

Así que el coronavirus entra por la puerta principal como un monstruo familiar. La secuenciación de su genoma (muy similar a su hermana bien estudiada, el SARS) fue pan comido, pero aún falta mucha información. Mientras los investigadores trabajan día y noche para caracterizar el brote, se enfrentan a tres grandes desafíos. En primer lugar, la sostenida escasez de equipos de testeo, especialmente en los Estados Unidos y África, que ha impedido la realización de estimaciones precisas de parámetros clave como la tasa de reproducción, el tamaño de la población infectada y el número de infecciones benignas. El resultado ha sido un caos de cifras.

En segundo lugar, al igual que las gripes anuales, este virus está mutando a medida que atraviesa poblaciones con diferentes composiciones de edad y condiciones de salud. La variedad que los estadounidenses son más propensos a contraer ya es ligeramente diferente a la del brote original en Wuhan. Otras mutaciones podrían ser benignas o podrían alterar la distribución actual de la virulencia que aumenta bruscamente después de los 50 años. El coronavirus es, como mínimo, un peligro mortal para los estadounidenses que son ancianos, tienen sistemas inmunológicos débiles y/o problemas respiratorios crónicos.

En tercer lugar, incluso si el virus permanece estable y sin mutaciones importantes, su impacto en los grupos de edad más jóvenes podría diferir radicalmente en los países pobres y entre los sectores sociales más pobres. Consideremos la experiencia mundial de la gripe española en 1918-19 que se estima que mató entre el 1 y el 3% de la humanidad. En los Estados Unidos y Europa occidental, el H1N1 fue más letal en adultos jóvenes. Usualmente, esto se ha explicado como el resultado de sus sistemas inmunológicos relativamente más fuertes que reaccionaron exageradamente a la infección y atacaron a las células del pulmón, provocando neumonía y shock séptico.

En cualquier caso, la gripe encontró un nicho favorable en los campamentos militares y en las trincheras de los campos de batalla, donde mató a decenas de miles de jóvenes soldados. Esto se convirtió en un factor decisivo en la batalla de los imperios. Algunos han atribuido el colapso de la gran ofensiva de primavera alemana de 1918, y por lo tanto el resultado de la guerra, al hecho de que los aliados, en contraste con su enemigo, pudieron reponer sus ejércitos enfermos con las tropas estadounidenses recién llegadas.

Pero la gripe española en países más pobres tuvo un perfil diferente. Rara vez se tiene en cuenta que una proporción importante de la mortalidad mundial se produjo en el Punjab, Bombay y otras partes de la India occidental, donde las exportaciones de cereales a Gran Bretaña y las brutales prácticas confiscatorias coincidieron con una importante sequía. La escasez de alimentos resultante llevó a decenas de personas pobres al borde de la inanición. Se convirtieron en víctimas de una siniestra sinergia entre la malnutrición –que suprimió su respuesta inmunológica y produjo un aumento desenfrenado de infecciones bacteriales– y la neumonía viral.

Esta historia –especialmente las consecuencias desconocidas de las interacciones con la malnutrición y las infecciones existentes– debería advertirnos que el covid-19 podría emprender un camino diferente y más mortífero en los densos y enfermizos barrios marginales de África y el sur de Asia. Con los casos que están apareciendo ahora en Lagos, Kigali, Addis Abeba y Kinshasa, nadie sabe (y no lo sabrá durante mucho tiempo debido a la ausencia de testeos) cómo podrá interactuar con las condiciones de salud y las enfermedades locales. Algunos han afirmado que la pandemia sólo tendrá un impacto leve debido a que la población urbana de África es la más joven del mundo. A la luz de la experiencia de 1918, esa es una extrapolación tonta. También lo es la suposición de que la pandemia, al igual que la gripe estacional, retrocederá con un clima más cálido.

El legado de la austeridad

Dentro de un año podremos mirar con admiración al éxito de China en la contención de la pandemia, pero con horror el fracaso de los Estados Unidos. No resulta sorpresiva la incapacidad de nuestras instituciones para mantener cerrada la Caja de Pandora. Desde el año 2000, por lo menos, observamos colapsos reiterados en la atención sanitaria de primera línea.

Las temporadas de gripe de 2009 y 2018, por ejemplo, desbordaron los hospitales de todo el país, lo que puso de manifiesto la escandalosa escasez de camas de hospital tras años de recortes de la capacidad hospitalaria con miras al lucro. La crisis se remonta a la ofensiva corporativa que llevó a Ronald Reagan al poder y convirtió a los principales demócratas en sus portavoces neoliberales. Según la Asociación Americana de Hospitales, el número de camas hospitalarias disminuyó en un extraordinario 39% entre 1981 y 1999. El propósito era aumentar las ganancias aumentando el “censo” (el número de camas ocupadas). Pero el objetivo de la administración de ocupar el 90% significó la pérdida de la capacidad de los hospitales para absorber la afluencia de pacientes durante epidemias y emergencias médicas.

En el nuevo siglo, la medicina de urgencias siguió reduciéndose en el sector privado por el imperativo del “valor para el accionista” de aumentar los dividendos y beneficios a corto plazo, y en el sector público por la austeridad fiscal y las reducciones en los presupuestos estatales y federales destinados a la preparación para potenciales brotes. Como resultado, sólo hay 45.000 camas de Unidad de Cuidados Intensivos disponibles para hacer frente a la inundación prevista de casos graves y críticos de coronavirus. (En comparación, los surcoreanos tienen más del triple de camas disponibles por cada mil personas que los estadounidenses). Según una investigación de USA Today “sólo ocho Estados tendrían suficientes camas de hospital para tratar al millón de americanos de 60 años o más que podrían enfermarse de covid-19”.

Al mismo tiempo, los republicanos rechazaron todos los esfuerzos para reconstruir las redes de seguridad destruidas por los recortes presupuestarios de la recesión de 2008. Los departamentos de salud municipales y federales, la primera y vital línea de defensa, tienen hoy un 25% menos de personal que antes del Black Monday hace doce años. Asimismo, durante la última década el presupuesto del CDC (Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades) cayó un 10% en términos reales. Durante el gobierno de Trump, los déficits fiscales no hicieron más que exacerbarse. El New York Times informó recientemente que “el 21% de los departamentos de salud locales reportaron reducciones en los presupuestos para el año fiscal 2017”. Trump también cerró la oficina de pandemia de la Casa Blanca, una directiva establecida por Obama tras el brote de Ébola de 2014 para garantizar una respuesta nacional rápida y coordinada ante las nuevas epidemias.

Estamos en las primeras etapas de una versión médica del huracán Katrina. Luego de desinvertir en la preparación médica de emergencia mientras toda la opinión experta recomendaba una fuerte ampliación de la capacidad, carecemos de los mínimos suministros de tecnología de base, así como de respiradores y camas de emergencia. Las reservas nacionales y regionales se mantuvieron a niveles muy inferiores a los indicados por los modelos epidémicos. Así que la debacle de los equipos de testeo ha coincidido con una escasez crítica de equipos de protección para los trabajadores de la salud. Las enfermeras militantes, nuestra conciencia social nacional, se están asegurando de que todos entendamos los graves peligros creados por las reservas inadecuadas de suministros de protección como las mascarillas N95. También nos recuerdan que los hospitales se han convertido en caldos de cultivo para superbacterias resistentes a los antibióticos como el S. aureus y el C. difficile, que pueden convertirse en importantes asesinos secundarios en salas de hospital superpobladas.

Una crisis desigual

El brote ha expuesto instantáneamente la marcada división de clases en el sistema de atención sanitaria de Estados Unidos. Aquellos con buenos planes de salud que también pueden trabajar o enseñar desde casa están cómodamente aislados siempre y cuando sigan las precauciones pertinentes. Los empleados públicos y otros grupos de trabajadores sindicalizados con una cobertura decente tendrán que tomar decisiones difíciles entre sus ingresos y su protección sanitaria. Mientras tanto, millones de trabajadores de servicios con bajos salarios, empleados agrícolas, desempleados y personas sin hogar están siendo arrojados a los lobos.

Como todos sabemos, la cobertura universal en cualquier sentido significativo requiere una provisión universal de días de licencia paga por enfermedad. Actualmente, a un 45% de la fuerza de trabajo se le niega ese derecho y se encuentra virtualmente obligada a transmitir la infección o a poner sobre la mesa un plato vacío. De la misma manera, catorce estados se han negado a dar efecto al Acta de Atención Asequible que expande el programa de seguros médicos Medicaid a los trabajadores pobres. Es por eso que casi uno de cada cinco tejanos, por ejemplo, carece de cobertura.

Las contradicciones mortales del sistema de salud privado en tiempos de pandemia son más visibles en la industria de los geriátricos privados que concentra 1,5 millones de ancianos estadounidenses, la mayoría de ellos con Medicare. Es una industria altamente competitiva capitalizada gracias a la combinación de bajos salarios, falta de personal y recortes ilegales de gastos. Decenas de miles de personas mueren cada año debido a la negligencia de los centros de cuidados a largo plazo en cuanto a los procedimientos básicos de control de infecciones y al fracaso del gobierno para responsabilizar a la gerencia de esos efectores de lo que sólo puede describirse como homicidio intencional. A muchos de estos hogares de ancianos les resulta más barato pagar las multas por violaciones sanitarias que contratar personal adicional y proporcionarle la formación adecuada.

No es sorprendente que el primer epicentro de transmisión comunitaria fuera el Life Care Center, un asilo de ancianos en la ciudad de Kirkland, en el Estado de Washington. Hablé con Jim Straub, un viejo amigo delegado sindical en los asilos del área de Seattle, quien caracterizó la instalación como “una de las peores dotadas de personal en el Estado”, y a todo el sistema de asilos de ancianos de Washington “como el más desfinanciado del país: una isla absurda de sufrimiento y austeridad en el mar del dinero de la tecnología”.

Straub señaló que los funcionarios de salud pública estaban pasando por alto el factor crucial que explica la rápida transmisión de la enfermedad desde el Life Care Center a otros nueve asilos cercanos: “Todos los trabajadores de asilos de ancianos, en el mercado de alquiler más caro de Estados Unidos, trabajan en múltiples empleos, normalmente en múltiples asilos de ancianos”. Afirma que las autoridades no averiguaron los nombres y ubicaciones de estos segundos empleos y por lo tanto perdieron todo el control sobre la propagación de covid-19.

En todo el país, muchos más asilos de ancianos se convertirán en focos de coronavirus. Muchos trabajadores eventualmente elegirán los bancos de alimentos comunitarios en lugar de trabajar en esas condiciones y se quedarán en casa. En este caso, el sistema podría colapsar y no deberíamos esperar que la Guardia Nacional vacíe las escupideras.

El camino a seguir

Con cada paso de su avance mortal, la pandemia ilustra el caso de la cobertura sanitaria universal y de las licencias pagas. Mientras que Joe Biden probablemente se enfrentará a Trump en las elecciones generales, los progresistas deben unirse, como propone Bernie Sanders, para ganar Medicare para todos. Los delegados combinados de Sanders y Warren tienen un papel que desempeñar en la Convención Nacional Demócrata de Milwaukee en julio, pero el resto de nosotros tenemos un papel igualmente importante en las calles, empezando ahora con las luchas contra los desalojos, los despidos y los empleadores que rechazan la compensación a los trabajadores con licencia.

Pero la cobertura universal y las demandas asociadas son sólo un primer paso. Es decepcionante que en los debates de las primarias ni Sanders ni (Elizabeth) Warren hayan destacado la renuncia de Big Pharma a la investigación y desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales. De las 18 mayores compañías farmacéuticas, 15 han abandonado totalmente el asunto. Los medicamentos para el corazón, los tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina son líderes en rentabilidad, no las defensas contra las infecciones hospitalarias, las enfermedades emergentes y los tradicionales males tropicales asesinos. Una vacuna universal para la gripe, es decir, una vacuna que se dirige a las partes inmutables de las proteínas de la superficie del virus, ha sido una posibilidad durante décadas, pero nunca se ha considerado lo suficientemente rentable como para ser una prioridad.

Al retroceder la revolución de los antibióticos, las viejas enfermedades reaparecerán junto con las nuevas infecciones y los hospitales se convertirán en morgues. Incluso Trump puede hacer frente de manera oportunista a los absurdos costes de las recetas médicas, pero necesitamos una visión más radical que busque romper los monopolios de los fármacos y proveer la producción pública de medicamentos vitales. (Este solía ser el caso: durante la Segunda Guerra Mundial, Jonas Salk y otros investigadores fueron reclutados para desarrollar la primera vacuna contra la gripe). Como escribí hace quince años en mi libro El monstruo llama a nuestra puerta (La amenaza global de la gripe aviar):

“El acceso a los medicamentos vitales, incluyendo vacunas, antibióticos y antivirales, debería ser un derecho humano, disponible universalmente y sin costo alguno. Si los mercados no pueden ofrecer incentivos para producir estos medicamentos a bajo costo, entonces los gobiernos y las organizaciones sin fines de lucro deben asumir la responsabilidad de su fabricación y distribución. La supervivencia de los pobres debe ser considerada en todo momento una prioridad mayor que los beneficios de la Big Pharma.”

La pandemia actual amplía el argumento: la globalización capitalista parece ahora biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura de salud pública verdaderamente internacional. Pero tal infraestructura nunca existirá hasta que los movimientos populares rompan el poder de Big Pharma y el sistema de salud privado.

Esto requiere un diseño socialista independiente para la supervivencia humana que incluya –pero vaya más allá de– un Segundo New Deal. Desde los días de Occupy Wall Street, los progresistas han colocado con éxito la lucha contra la desigualdad de ingresos y de riqueza en primer plano. Sin dudas, es un gran logro. Pero ahora los socialistas deben dar el siguiente paso y, con las industrias sanitaria y farmacéutica como objetivos inmediatos, abogar por la propiedad social y la democratización del poder económico.

También debemos hacer una evaluación honesta de nuestras debilidades políticas y morales. La evolución hacia la izquierda de una nueva generación y el retorno de la palabra “socialismo” al discurso político nos alegra a todos, pero hay un elemento perturbador de solipsismo nacional en el movimiento progresista que es simétrico con el nuevo nacionalismo. Hablamos sólo de la clase obrera estadounidense y de la historia radical de Estados Unidos (quizás olvidando que Eugene V. Debs fue un internacionalista hasta la médula).

Para hacer frente a la pandemia, los socialistas deberían encontrar todas las ocasiones para recordar a los demás la urgencia de la solidaridad internacional. Concretamente, necesitamos agitar a nuestros amigos progresistas y a sus ídolos políticos para que exijan un aumento masivo de la producción de equipos de testeo, elementos de protección y medicamentos básicos para su distribución gratuita a los países pobres. Depende de nosotros asegurarnos de que el garantizar una atención sanitaria universal y de alta calidad se convierta en una política tanto exterior como interior.

 

Nota bene: se agregaron hipervínculos para reforzar citas y lecturas.

* El original se publicó en inglés en InTheseTimes y Jacobin.

 

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Sobre el autor:

Acerca de Mike Davis

Davis (1946) es un escritor, activista político, teórico urbano e historiador estadounidense. Es conocido por sus investigaciones sobre el poder y la clase social en el sur de California, donde nació. Es profesor emérito en el Departamento de Escritura Creativa de la Universidad de California, Riverside, y editor de la New Left Review. Enseñó teoría […]

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