La casa de Ocampo 1812, frente al tanque de cemento armado de Aguas Santafesinas, todavía tiene en su frente el nombre La Familia. La imprenta de Francisco Gandolfo y sus hijos funcionó en el lugar durante cincuenta y ocho años y fue además la sede de la revista y la editorial el lagrimal trifurca. El cierre de la imprenta en 2021 y la venta de la propiedad a fines de 2025 parecieron clausurar ese importante capítulo de la cultura local, pero hay una historia por detrás y también otra por delante con la donación de muebles, máquinas y herramientas a la Editorial Municipal de Rosario.

Francisco Gandolfo (Hernando, Córdoba, 1921) llegó a Rosario en diciembre de 1948 junto con su esposa Evelina Kern y su primer hijo, Elvio, entonces de un año. Venían de San Rafael, Mendoza; alquilaron un departamento de pasillo en Oroño 3671 y Gandolfo empezó a trabajar como como tipógrafo en la imprenta de los hermanos Siragusa, con taller en Alvear y Brown.

En 1960 Gandolfo compró una pequeña impresora Minerva, la instaló en la casa y empezó a tener sus primeros clientes, pero pasó un tiempo hasta que se independizó. La imprenta La Familia, “que mi viejo había empezado a construir robándole tiempo a sus ocho o diez horas de trabajo diario como tipógrafo” según el recuerdo de Elvio Gandolfo, comenzó a funcionar en 1963 y “se fue haciendo de a poco, de elementos que fuimos acumulando en distintas partes del departamento de Oroño, incluyendo una o dos sillas de cajas de tipografía bajo la ducha”.

Tarjeta conmemorativa y permiso de instalación.

En diciembre de ese año, el matrimonio de Francisco Gandolfo y Evelina Kern se mudó a Ocampo 1812 con sus seis hijos: Elvio (16 años), Eloísa Emma (13), Sergio (10), Carlos Francisco (8), Mario Fernando (3) y María (de una semana). Todos se incorporaron a la imprenta a su turno, empezando por el mayor.

En “Filial”, un cuento del libro Cuando Livia vivía se quería morir, Elvio Gandolfo dice que el taller era “pequeño, propio, todavía vulnerable, no industrial, desprovisto de patrón” y recuerda cómo padre e hijo aprovechaban las horas de trabajo para leer: “En su mayor parte no leíamos sobre una mesa, en una silla, sobre un escritorio. Lo hacíamos sobre la madera de una máquina de impresión Minerva (…) Mi de padre (o yo) depositaba sobre un espacio libre de madera, junto al montón creciente de hojas impresas, un libro abierto, y durante las largas horas que exigía, por ejemplo, un tiraje de cinco mil boletas, leíamos”.

El vínculo entre el trabajo en la imprenta y el interés por la literatura se profundizó. Francisco Gandolfo también recurrió a Elvio Gandolfo para su propio desarrollo como escritor: “Con Elvio se me facilitaba la cosa –dijo en una entrevista–. Él compraba todo (lo que se publicaba) y decía, por ejemplo: ‘Esto no vale la pena que lo lea’. Para que yo no perdiera tiempo, porque tenía que dirigir la imprenta”. A la hora de presentarse los oficios, la imprenta y la familia también iban juntos: “Tengo 51 años, un pequeño taller de imprenta y seis hijos, el mayor de los cuales colabora conmigo en breves publicaciones que realizamos a duras penas al margen de los trabajos comerciales”, le escribió al editor catalán Carlos Barral el 26 de marzo de 1973.

 

Francisco Gandolfo en el taller.

El trabajo y la fiesta

En una carta al poeta y editor Ariel Canzani D., fechada el 4 de septiembre de 1966, Francisco Gandolfo expuso su proyecto de publicar libros y hacer una revista “si mi hijo me sigue acompañando con su afición a las letras”. Un año antes había recibido una mención en el Concurso Municipal de Poesía “Manuel Musto”, y con la plata del premio se compró un lavarropas. La imprenta abría un mundo de posibilidades, como le explicó Gandolfo en mayo de 1967 al escritor y abogado santafesino Jorge Vázquez Rossi: “Mi hijo tiene grandes deseos de que saquemos alguna publicación periódica (…). Tenemos imprenta, así que no nos va a resultar difícil”. Pero al mismo tiempo la imprenta insumía la jornada completa, y la exigencia lo dejaba agotado y sin más tiempo para escribir que la noche, como lo comentó más de una vez en su correspondencia.

El primer número de la revista El Lagrimal Trifurca salió de La Familia en marzo de 1968. “Tenemos confianza en ser consecuentes porque los muchachos colaboradores son muy jóvenes y entusiastas y contarán con el apoyo pleno del tallercito de imprenta que trabajo con mis hijos”, escribió Gandolfo al poeta y artista visual Clemente Padín.

Elvio E. Gandolfo y Samuel Wolpin en la imprenta La Familia (1975).

Con la revista, Ocampo 1812 se convirtió en un punto de encuentro de escritores y hasta de hospedaje para visitantes, como el finlandés Matti Rossi o el uruguayo Jorge Mario Varlotta Levrero. “Vine aquí, a la imprenta, un sábado a la mañana, que llovía. Así conocí a Elvio y a Francisco, en el 65”, recordó Samuel Wolpin en una entrevista de Ricardo Zelarayán para el diario La Opinión (1975). La imprenta era a su modo la redacción de la revista, que también integraron Eduardo D’Anna, Hugo Diz, Juan Martini y Luis Sienrra.

El Lagrimal Trifurca fue romper el automatismo de la profesión. “Desde hacía seis años yo era tipógrafo de obra, lo cual significa armar interminablemente cuadriculados de facturas, membretes de tiendas y pizzerías, tarjetitas de cumpleaños o de comunión, volantas de supermercados y de zapaterías –contó Elvio Gandolfo en un artículo publicado en Diario de Poesía (1986)–. Textos que en cualquier taller, y sobre todo en uno chico como el nuestro, se repiten como las estaciones, una y otra vez. Frente a eso armar la revista era una verdadera fiesta”.

La imprenta fue una cantera de recursos más allá de las máquinas y el papel: “Gran parte de los clisés empleados eran parte del arsenal de la imprenta en su parte comercial. El color de un logotipo (aparecía) desprendido de su función de marca; las botellas del aviso de un depósito de chatarra adquirían funcionalidad estética para encabezar una sección; los clisés heredados a su vez de revistas anteriores (los monitos aullantes de Setecientosmonos); y algún clisé mohoso rescatado de una imprenta en fundición” se reconvirtieron en detalles del diseño de portada e interiores.

El mismo año Francisco Gandolfo publicó Mitos, su primer libro de poesía: “en ese entonces estaba recargado de obligaciones en la imprenta”, dijo más tarde. En 1970, cuando Elvio se mudó por primera vez a Montevideo, resolvió suspender la publicación de la revista, editar plaquetas e incorporar a la imprenta una máquina automática marca Rotora, para la que entregó una Minerva como parte de pago y se comprometió a saldar en resto en cuotas.

Sergio Kern relató la historia en una entrevista para el libro Correspondencia, de su padre (2011): “Esa máquina se transformó en el centro del taller. Significó un cambio enorme en cómo se encaraban los trabajos. De golpe podíamos imprimir mucha más cantidad de pliegos en un día. Era más veloz, si una minerva debía imprimir 1.500 pliegos por hora, la Rotora podía llegar a 3.500. Y cambió la calidad de vida en el trabajo. Tenías que controlar que todo funcionara bien pero ya no estabas moviéndote al ritmo de la máquina, para introducir un pliego y quitar otro”.

Pero hubo complicaciones. Francisco Gandolfo pareció intuirlas en una carta a Elvio del 9 de mayo de 1971: “La atención del negocio me lleva mucho tiempo de día y tengo que trabajar demasiado de noche cuando el trabajo es sostenido. Pero yo seguiría trabajando así hasta terminar de pagar la automática en septiembre del 72, porque las cuotas mensuales son de 48.500 pesos”. En julio de 1972 un oficial de Justicia se presentó en La Familia y confiscó la impresora por ejecución prendaria.

Sigue el testimonio de Sergio Kern: “El arreglo era que mi papá mandaba cheques certificados por cada cuota y le devolvían por cada pago un pagaré. Fue haciendo los pagos puntualmente pero dejó de recibir los pagarés y entonces dejó de mandar los cheques. Era una maniobra de los vendedores, que les habían hecho a muchos impresores del interior. Como muchos no tenían posibilidades de viajar a Buenos Aires a ver qué pasaba y al no recibir de vuelta los pagarés saldados dejaban de pagar, les ejecutaban la prenda,  les quitaban las máquinas y después las vendían por otro lado. Una típica estafa de aquella época”.

Gandolfo recuperó la impresora, con la intervención de un abogado cliente de la imprenta y el dinero para pagar lo que restaba por la Rotora. El cierre del episodio fue la Plaqueta del secuestro (septiembre de 1972), una selección de poemas propios con las que celebró el final feliz y agradeció a “los amigos que ayudaron a recuperar nuestra máquina impresora automática”, por lo que dedicó los textos a Juan L. Ortiz, Ernesto Cardenal, Mario Levrero, “a la memoria de Félix”, “a Elvio y Hugo” y “a Jaime Poniachik, que presenció el secuestro”. El Lagrimal Trifurca volvió a publicarse entre 1973 y 1976, y la editorial se mantuvo activa hasta 1992, con libros y plaquetas de Alejandra Pizarnik, Hugo Padeletti, Edgar Bayley, Juan Carlos Moisés, Beatriz Vallejos, Inés Aráoz, Christian Kupchik y Rafael Bielsa, entre otros.

Las voces de la casa

“Aprendíamos a armar tipografía. Eso era lo primero. Después tenías que aprender a armar formas. Todo lo que ahora se hace con computadora. Las líneas de bronce eran para las rayas y los recuadros, por ejemplo. También aprendías a armar medidas, de 20, 15, 10 cíceros (unidad tipográfica), en componedores de metal, ajustables, donde armabas las letras, podían ser apaisadas a la izquierda, centradas, a la derecha. Cuando empezabas a trabajar en serio en la imprenta –yo empecé a los 16 años, hacía la secundaria de noche– tenías que manejar todo el oficio”, relató Mario Gandolfo en otra entrevista para el libro Correspondencia.

“A Ema le encantaba encuadernar –agrega María Gandolfo, para esta nota–. Como buena docente de alma ella hizo cursos formales, a mí desde muy chica me gustó intercalar a la mayor velocidad posible. Aprendí con Francisco a ‘airear’ el papel, emparejar con movimientos precisos hasta optimizar los talonarios. Al cumplir 18 años me emancipó civil y comercialmente, enseñándome a administrar las particularidades del rubro”.

Sergio Kern recuerda los tiempos de La Familia antes del sistema offset: “En la imprenta tradicional podías comprarte algo que tuviera cincuenta años y funcionaba a la perfección, porque las bases del sistema tipográfico no habían cambiado tanto desde la época de Gutenberg. Entonces había un componedor de hierro que era el que más nos gustaba usar, porque mi padre decía que era muy exacto; había unos componedores nuevos, más bonitos y de aluminio, pero mi padre nos decía que no conservaban la medida con tanta exactitud. La primera guillotina era a palanca; hay que hacer una fuerza extrema con los brazos para guillotinar a palanca, sin motor, una resma de 500 hojas que tienen una medida de 72 x 92 cm. Había sido fabricada en Rosario. Mi padre siempre nos hablaba de lo bien hecha que estaba esa guillotina”.

Francisco Gandolfo se retiró de la imprenta a principios de los años 80 y su hijo Carlos quedó a cargo. “Sergio y Carlos incursionaron en el Offset con la copiadora de masters RICOH –cuenta María Gandolfo–. Otras máquinas fueron la Davidson, StanBCap, Marinoni y ‘la Suna’ que Carlos llamó así por Suna Rocha y que él mismo armó partiendo de una máquina base, ensamblando sensores fotoeléctricos, ópticos y electromecánicos”.

 

Carlos Gandolfo, a cargo de la imprenta después del retiro de Francisco.

A principios de los 90 se incorporaron Paulo y Mara, hijos de Ema, y en la década anterior La Familia abrió la planta a integrantes externos a la familia, empezando por Mosquil (Gustavo Rojas). Carlos Gandolfo continuó el trabajo con diseño gráfico e impresión digital láser. Y todavía falta una actora fundamental, Evelina Kern, “que en todo esto y desde siempre, como dirían en el campo, fue ‘el horcón del rancho’”, apunta María Gandolfo.

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Carlos Gandolfo, Mario Gandolfo, Mosquil (Gustavo Rojas) y Francisco Gandolfo.

Un horizonte nuevo

Oscar Taborda, director de la Editorial Municipal de Rosario, informa que los hermanos Gandolfo donaron máquinas de la imprenta además de libros y revistas de ediciones el lagrimal trifurca. Entre las máquinas se encuentran una impresora tipográfica Rotora y una guillotina Gloria que fueron trasladadas al Centro Cultural El Obrador (Espinillo 4250).

“Varias líneas convergen para que las máquinas de La Familia lleguen a El Obrador”, explica Mariela Mangiaterra, coordinadora del centro cultural. Una de las más importantes es el libro Mapic, el árbol que estuvo siempre, publicado este año, y la producción de testimonios y conversaciones que desarrollaron con tal fin Lara Pellegrini y Ruperta Pérez con mujeres y referentes de la comunidad qom. Otras referencias fueron el trabajo compartido con la EMR, “el proyecto de comprar una impresora digital y la impresión de ese libro en El Obrador, lo que nos abrió horizontes nuevos”.

“Una vez hecho el libro empezamos a soñar, pero con los pies en la realidad, con la posibilidad de publicar otros materiales, sobre todo los que se hacen en el territorio –cuenta Mangiaterra-. Por ejemplo, la escuela bilingüe del barrio ya editó un libro sobre un método de creación propia para la enseñanza bilingüe con las particularidades del presente. Hoy muchos chicos de la comunidad qom no hablan la lengua, entonces el desafío es qué trabajo hacer para que la lengua continúe viva en las infancias. Mapic, el árbol que estuvo siempre, va en esa dirección”. El libro incluyó ilustraciones de las artistas plásticas Elsa Albornoz y Verónica Benito, también docentes en El Obrador.

“Pensamos en un espacio nuevo en la institución para alojar las máquinas y otras afines, lo que nos abre muchas posibilidades –agrega Mangiaterra–. Tenemos el proyecto de un taller gráfico propio, para lo que hay que hacer un camino, y en eso estamos”.

La Familia completa: Carlos, Mario, Evelina, Elvio, María, Francisco, Sergio y Ema.

*Agradecimiento especial a María Gandolfo.

Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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