Nunca se sabe cuándo será una última conversación con alguien. Pero después, a posteriori, se cree haberlo intuido. La última vez que hablé con Rubén Winkler, sentí que por primera vez tenía todo el tiempo del mundo para escuchar sus historias. Caía el sol; lo escuché hablar hasta el anochecer, sentado en el ancho alféizar de la hermosa vidriera de su taller de alfarería en Laprida 2051. Desde él se narraba la memoria de una ciudad de Rosario que ya no existe. Le pregunté por el pasado del lugar y me dijo, como siempre: “Esto era casi todo campo”. Me habló, por primera vez, de un conventillo que había existido en el baldío de enfrente. Me volvió a contar de cuando Alfonsina Storni vivió en su cuadra. Rubén era memoria viva de una Argentina más feliz. Conoció a Rita la Salvaje. De niño, supo de un molino tirado por un burro y de los caños de cerámica.

Amasaba planetas para plantas, todos los días, a mano en su torno tradicional y no en la máquina de hacer macetas que le había inventado, con partes de un Ford T, un italiano muy personaje cuyo nombre completo no retuve. Cuando se va alguien como Rubén Winkler, no alcanza la escritura para hacer el balance de la pérdida. No solo se va con él todo su siglo, todo su oficio. Él era de esos pocos que saben crear su propio universo: su taller de alfarería era un mundo maravilloso, cuyo centro eran aquellos ojos claros donde resplandecía siempre un sol divino cada vez que él sonreía. Lo recordaré siempre con su delantal de trabajo y la voz sonriente en la que contaba sus historias, dramatizadas con los dichos de gente ida antes que él. Él sí se la veía venir; llevaban ya mucho tiempo sus médicos haciendo malabares con la medicación para los achaques que no le impedían estar todo lo posible en el taller, creando galaxias, o como escribió Beatriz Vallejos en “Ánfora de Kiwi”: “el barro es otra estrella”. El covid lo trató bastante mal; emergió de la convalecencia sin la masa muscular que tuvo hasta pisando los 80. Había sido sensible y fuerte; hacía unos días, se lo veía frágil. Se vio venir lo que no quisimos saber aquellos que lo queríamos, que lo imaginábamos eterno como el sol.

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La última vez que lo vi, lo noté cansado. Se le había cansado la esperanza, parecía; se le estaba muriendo el sueño del futuro. Hombre del siglo veinte, Winkler amaba educar a los niños y a los jóvenes en el oficio de la alfarería. “Yo les digo a los chicos: te tenés que hacer amigo del barro”, repetía. Su labor docente consistía en contagiar el amor por el oficio, con el propósito de lograr una humanidad mejor: donar un saber hacer que prevenga el robo y la desdicha. Ese sueño ya no parecía tener futuro cuando nos encontramos, por última vez. Ahora, a posteriori, quiero imaginar que supe que ese anochecer era el último. Pero no, no lo supe. Creí que podría volver siempre ahí y ahí lo encontraría, sentado en el mismo lugar exacto desde donde en 2018 vio pasar y abordó a Ida, la vecina del barrio que tenía aprisionado por desidia en su terraza a mi gato el Colo, y la convenció de que me dejara entrar a rescatarlo. “Usted sabe lo que es perder un hijo”, le dijo. “Para algunas personas, los animalitos son como los hijos”. La historia está en un cuento de hadas que escribí, porque seres así yo creía que solo iba a encontrar en los cuentos de hadas. Se fue con Rubén Winkler la posibilidad de que un hombre encarne plenamente un arquetipo: el del hacedor. El del artesano. El del anciano sabio con sus ojos llenos de luz bondadosa, que eran una misma luz con el sol del barrio La Sexta. El que te regalaba siempre un candelabro de barro que portaba sus huellas.

Sus huellas están en una obra suya de alrededor de 1960 que le llevé a reparar, sin saber que era el autor; la reconoció con alegría, “de los tiempos felices”, y le agregó una cabecita de gato en honor a nuestro amigo el Colo. Creaba así, como si diera vida.

Así lo despide  hoy mi amigo Deívid desde California, en un casi perfecto castellano: “Gracias por haber compartido con nosotros a este increíble hombre. Y por haber conmemorado su vida y su obra con el mundo. Sus huellas dactilares y pulgares han quedado grabados para siempre en esta obra”. Y yo hubiera querido grabarlo más, registrar más de su voz, hacer un libro que contara sus anécdotas y transmitiera su saber. Pero el tiempo de lo urgente le ganó una vez más la partida a lo importante. Ya es inútil lamentar lo que no pudo ser. Bastante trabajo de duelo es llorar al que fue y ya no es.

Rubén Winkler llegó a ver la placa que el saliente Secretario de Cultura de la Municipalidad de Rosario, Dante Taparelli, hizo colocar en la entrada de su taller, fundado en 1855. Llegó a escuchar la oda que le escribí y a leer la nota que le publiqué en 2018, una entrevista que él confundió con una más de nuestras charlas. Renegó hasta el fin con la economía en declive, con la calle cortada por el pozo, con el horno que era mejor que siguiera siendo de leña y no de un inaccesible gas. No puedo creer todavía que se hayan cerrado esos ojos que vieron tanto. No sé qué voy a hacer con el dolor de saber ausente ya del mundo esa mirada que tanto me sostuvo, y que era la de un amigo.

Ojalá su viuda y sus hijos, nietos y bisnietos sigan el oasis que él supo hacer de su espacio; ojalá que Rosario no lo olvide. Desde hoy, hay una estrella más en el cielo.

 

Oda al Alfarero Winkler (Luz azul, 2017)

 

Su padre lo nombró como quien trae el pan.

Pone a rotar la tierra el alfarero

y un útero le nace;

no supo la materia que contenía vacío

hasta que empezó a girar entre sus manos.

Piel del espacio, un nuevo y habitable planeta

la greda abre. No hay un cuerpo posible

sin un hueco en el centro,

que es por él amasado cual galaxia que surge

desde la nebulosa. Cántaros donde cabe

la luna llena trae al mundo crudos

Winkler el alfarero.

Hijo de un alfarero también llamado Winkler

y así hasta el primero,

el que separó la tierra de las aguas;

Winkler las une. El caos, en sus manos,

hila redondo un orden. Winkler sabe

deslizarle una forma.

Agilísimos dedos, con lo blando

van danzando volados

que serán bocas. Brocados de la roca,

grecas que el tiempo mirará por años

les marca en un instante. Centrífugo, su torno

dintorno esculpe. Y después, en el horno,

a novecientos grados se hace hueso la carne.

Sólidas ánforas que albergarán lo vivo

el alfarero Winkler multiplica. Mientras

las estrellas claras de sus ojos brillen

habrá entre nosotros,

la alfarería, el oficio de alfarero.

Fueron sus ancestros los primeros

y él es el último. Pero no quiere serlo.

Que un discípulo venga, traído por un sueño

a la penumbra amable del taller donde Winkler

hace del barro arte y cosas de lo que es nada;

que a los nombres, al agua y a las plantas

les haya dado todo su mirada.

 

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Sobre el autor:

Acerca de Beatriz Vignoli

Beatriz Vignoli Blotta es novelista, ​​ poeta, ​ periodista, traductora y crítica de arte.​​ Nació en Rosario, el 29 de enero de 1965. Publica sus poemas desde 1979. En 1991, comenzó a colaborar en la sección Cultura de Rosario/12, donde actualmente es crítica de Plástica y Literatura.

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