Hace meses que tengo entre mis manos El bosque, último libro de Derian Passaglia (Rosario, 1988), editado por Objetos Personales. Convivo con el bosque; para ser más precisa, en su bosque. 

Escribo estas líneas durante meses, y sólo suceden en el garrapateo más espontáneo. El estertor de estas ocurre ante una orquesta de cuerdas, maderas, metales y percusiones. Veo un bosque ahí, con el último suspiro de lectura. Veo un bosque en esta intensidad multitudinaria de la calentura por el arte y el amor. La consolidación de estas líneas sucede en un concierto-bosque reverberante y armonioso. 

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El autor recuerda a Enrique Symns, escritor y periodista irreverente creador de la mítica "Cerdos y Peces".

Retengo las imágenes que me devuelve la música celestial, que mana desde el escenario, mientras huelo mis manos de escribir. Mis manos de escribir huelen a nuestros bosques, arboledas y sombras. Duermo en el bosque, me baño en el bosque, abrazo en el bosque, beso en el bosque, conversamos en el bosque. 

Derian nos dice en el primer párrafo de este experimento: “El bosque queda lejos, lejos de todo”. Entonces nos propone un recorrido. El naturalista plantea un allá lejos y hace tiempo, pero sobre el mismo bosque. Narra el paraíso perdido, pero sale rumbo al paraíso por encontrar.

Este bosque, que es un autorretrato, un ensayo lírico, un paseo fantástico, es también una lectura invitadora. Una lectura nemoral.

Cuando digo nemoral, me refiero a que trataré de ordenar algunas ideas, puestas en conversación con el libro, el bosque, las arboledas, los montes, las sombras, las fisiologías vegetales de los bosques y los libros. 

Se hablará de bosques, de lógicas situadas en torno a lo nemoral. Se ordenarán ideas sobre la obra del joven y osado escritor, maestro, docente Derian Passaglia, con quien compartimos los oficios de escribir y leer. Compartimos cafecitos porteños, compartimos amistades, y compartimos, sobre todo, el corazón auriazul, canalla y poeta. 

Derian Passaglia, en este libro, podría enfundarse el rol del hombre naturalista, forestal, de silvicultor o dendrólogo, pero el tipo, con su pinta, su mirada picarona, decide abrirnos el bosque en su fluir de conciencia, y nos deja tildados.

El bosque es la construcción de una fisiología vegetal que me ha llevado a consultar con expertas, utilizando preguntas extrañas vinculadas a las similitudes en la composición química atómica/molecular que pueden existir entre un bosque y un libro. Surgen dos observaciones:

Un bosque y un libro están unidos por la celulosa. 

La pulpa de un libro y la pulpa de un bosque. 

La primera observación es que existen similitudes estructurales. 

La segunda es que existen similitudes pequeñas, atómicas, fractales, detenidas en la microscopía. Podríamos hacer las pruebas sobre una mesada analítica, positivista. Un ensayo, varios ensayos. Analitos. En fin.

Estamos ante un ejercicio de tautología. Las materialidades son las mismas: la del bosque y la del libro sobre el bosque. 

Derian reflexiona sobre la idea del paisaje, el origen del paisaje rupestre, romántico y transhistórico. Referencias tan antagónicas como grotescas, entre sí: 

  1. El bosque edénico y el bosque infernal. 
  2. La sutileza y el ridículo. (En cierto pasaje homologa la poesía zen de Wang Wei con las máximas del anillo de sello de Julio Humberto Grondona). 

Con esta misma dinámica, se atreve a empuñar investiduras tan disímiles como agudas, que se traducen en cierta tradición masculina: Herzog, Kafka, Hudson, Aira, Arturo Carrera, Daniel García Helder. 

También existe el temor al bosque cerrado. Podemos evocar al escritor Osvaldo Baigorria, agazapado ante un oso en los bosques de Canadá, relato incluido en Postales de la contracultura. Otra referencia, que aquí invito.

Entonces, en el miedo al bosque, Derian nos narra su infancia. En el capítulo en el que se pierde junto a su hermano en Roldán, dando vueltas al aire libre ante la inminencia de la noche cerrada, se describe algo que en lengua inuit es ilira. Según María Belmonte en El murmullo del agua: “Ilira es una palabra que en esa lengua ancestral define una profunda sensación de miedo mezclado con respeto o temor reverencial ante la naturaleza. Describe la conciencia de nuestra fragilidad como humanos y nuestro lugar como meros invitados en el planeta”.

Y cada tanto en El bosque aparece, de manera espasmódica, el incipiente miedo a las ninfas. ¿Ninfolepsia? Derian tomado o raptado por las ninfas. 

La ninfa, lo divino o la fortuna son fuerzas que actúan de forma repentina, capturando y transformando a los hombres, apoderándose de su mente. En la antigua Grecia, se creía que aquellos que sufrían de ninfolepsia desarrollaban una mayor sensibilidad, percepción y elocuencia. Este estado los sumía en una profunda melancolía, que los llevaba a vivir en los bosques o merodear zonas con aguadas, ríos, lagos o mares. 

Derian delimita una geografía que podríamos situar también por fuera de los edenes, o sus edenes litoraleños serían el campito, el patio de la escuela, una plaza en Roldán, el aula donde trabaja. Su baricentro podría ser confundido con una forma del fantástico rioplatense, ahora que vive y trabaja en la ciudad de Buenos Aires, pero su voz rasguña las letras eses y suaviza las vocales que siguen en zig-zag a esas eses, como hacemos los rosarinos y rosarinas de todos los barrios.

El campito, lo que también podríamos llamar el potrero futbolero, es un terreno yermo en el que Derian erige sus pensamientos delirantes. El baldío próspero de palán palán, que podría existir ahí, no existe debido al alto tránsito de gambetas y patadas. A ese suelo rosarino estéril, Derian lo riega de imágenes tan tenebrosas como hermosas, y dice: “Rosario es una ciudad de río, pero la zona sur de Rosario es un bosque con sus criaturas mágicas, sus palos borrachos, sus crespones de colores bajo los que descansan, con un porrón, unos chicos sin mucho futuro o con un trabajo mal pago. Un taxista me dijo una vez: ‘de 27 de febrero para acá esta zona no le importa a nadie’”. 

Un poco, o bastante, podríamos ubicar esa franja denominable Wernickeana del siglo XXI. Él prosigue: “A mí sí me importaba. Históricamente olvidada, el sentimiento que me genera es el de la épica y la grandeza. Ese sentimiento no lo encontré en un río, lo encontré en un bosque, en la literatura de cuentos tradicionales y en un verso de Daniel García Helder”.

Finalmente, se entrega al amor en una habitación en la que se proyectan textos, obras audiovisuales y componentes homólogos a la verdad, la realidad y la ficción. Ahí es donde nos atrevemos a pensar en este género que podríamos llamar ensayo lírico, con ciertos atisbos de autorretrato. Emerge con la ternura por su hermanito, su abuela, su padre, sus amores. Hay fotos como evidencia objetiva de esas materialidades afectivas. 

Nos ofrece comentarios disruptivos, socarrones y traviesos, del mismo modo que en su preciosa y desestabilizante novela El alma de las colinas (Blatt & Ríos, 2023). Derian, planteando la lejanía del bosque, en este recorrido nos acerca. Acá cerca y en este tiempo. No une. Nos reúne.

Lee un fragmento acá.

                                                                                                   Foto: Sebastián Schachtel
Sobre el autor:

Acerca de Lila Siegrist

Nació en Rosario en 1976. Es artista visual, editora, productora cultural. Actualmente es Asesora Experta en Análisis de Gestión Cultural, Jefatura de Gabinete de Ministros, Presidencia de la Nación. Se ha desempeñado como Subsecretaria de Industrias Culturales y Creativas, Municipalidad de Rosario (2015-2018), como Directora Provincial de Comunicación Estratégica, Gobierno de la Provincia de Santa Fe (2018-2019). […]

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