En el transcurso de una década, entre principios de los años 70 y principios de los 80, Araldo Acosta filmó al menos ocho películas en la ciudad de Rosario. Las obras se proyectaron en circuitos alternativos pero las copias terminaron por extraviarse y en poco tiempo el realizador se volvió igualmente invisible en la cultura local. Mario Piazza se propone ahora seguir las huellas de Acosta en un documental cuyo punto de partida plantea una especie de paradoja: abordar a un cineasta del que no queda prácticamente nada para ver.

La desaparición de las películas encuadra en una vida atravesada por las pérdidas y las dificultades económicas de principio a fin. Araldo Acosta nació en 1939 en Rosario y quedó huérfano, por lo que pasó su infancia y adolescencia en asilos. “El apellido fue adoptado, ya que él contaba que el padre era polaco y Acosta no es un apellido de ese origen”, dice Mario Piazza. Murió en 2006, atropellado por una moto en Villa Gobernador Gálvez, donde vivía.

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La experiencia del orfanato marcó su carácter. “Fue un tipo rústico y un emprendedor maravilloso, salvaje y tierno a la vez. Un rebelde que se propuso torcer lo que veía como un destino adverso por el lado de la producción, de hacer cosas distintas a través del cine”, destaca Piazza. Dos largometrajes, una remake inconclusa, un mediometraje y cinco cortometrajes integran su obra ausente; algunas pinturas se preservan en colecciones particulares. Araldo, cineasta obrero es el título de la película que se propone reconstruir la trayectoria del realizador “para demostrarnos que existió”.

Acosta fue en principio un pintor de brocha gorda que decidió volcarse hacia el arte de la pintura. Asistió a los talleres de Juan Grela, participó en muestras realizadas en Rosario y en Buenos Aires entre 1965 y 1967 y tuvo al menos una exposición individual en la galería Miró, de Rosario, en los años 80.

Entre esas exposiciones, entre el 10 de septiembre y el 12 de septiembre de 1966 participó junto a Aldo Bortolotti, Eduardo Favario, Carlos Gatti, Juan Pablo Renzi, Dante Grela y Estela Molinaro en una muestra presentada en la galería Carrillo, de Rosario. “Al penetrar en la labor de A. Acosta podemos ver que se encuentra atraído por las cosas que lo rodean en la vida diaria. Expresa esos sentimientos con valores semejantes, insinuando volúmenes, y trata cuidadosamente la superficie del cuadro con el verdadero amor de quien quiere lo que hace, y así este sentir con la pintura y las cosas nos transmite un clima intimista”, escribió Juan Grela en el catálogo.

Pintura de Araldo Acosta (Gentileza: Guillermo Fantoni)

En 1968 decidió dedicarse al cine. Su primera experiencia como director fue la fotonovela Requiem para un foragido (sic), realizada en 1970 en las quebradas del arroyo Saladillo. Quería filmar un mediometraje, pero “sus deseos iban mucho más allá que sus posibilidades económicas”, según una crónica publicada por el diario La Capital, y la fotonovela tenía menos costos de producción. Pero al elegir a los actores entre vecinos de Villa Gobernador Gálvez transformó una limitación económica en una preocupación artística, “mi interés por dirigir gente de poca experiencia debido a que son más espontáneos y sobreactúan menos”, según declaró en el mismo artículo.

En 1971 Acosta fundó el grupo Gestación junto con Alejandro Nichea, de ocupación churrero, Armando Martínez, colocador de bombas hidráulicas, y Mario Martínez, pintor de obras. Pudo comprar una cámara de súper 8 y emprender lo que llamó “mi gran aventura”: el largometraje Catarsis (70 minutos). “Yo no tenía la más mínima idea de lo que significaba hacer una película–confesó–. Compré la filmadora a la mañana… y a la tarde me levanta el Comando Radioeléctrico. De ahí en más no tuve otra alternativa que filmar o filmar. Comprendí que un ser humano con una filmadora en sus manos es un tipo importante y peligroso”.

Codirigido con Alejandro Nichea, Catarsis aborda una historia de vida con resonancias autobiográficas: el protagonista padece las consecuencias de la crianza en un orfanato y del paso por la cárcel. “Araldo contaba que su personaje era tan realista que mucha gente creyó que se trataba de él mismo”, recuerda Piazza. En una entrevista de Luis Sienrra fechada en julio de 1975 y publicada por la revista el lagrimal trifurca, Acosta refrenda esa referencia personal: los orfanatos, dice, son “verdaderas tumbas infantojuveniles, donde las criaturas aprenden a odiar a la sociedad” y sus primeros años de vida “se transforman en un calvario de disciplinas absurdas, menoscabos, insultos y vejaciones morales”. Sobre esa base, “el personaje de Catarsis se encuentra dentro de los castrados mentales impedidos de amar simplemente porque no conocen el amor. Transcurridos los primeros minutos de película, al espectador ya no le quedan dudas del origen ex convicto del personaje. La homosexualidad y la prostitución están fijados en su mente desde su infancia turbulenta”.

El cine desorejado

La post producción de Catarsis insumió varios años. En 1975, cuando Luis Sienrra lo entrevistó para el suplemento “Cine al margen” de la revista el lagrimal trifurca, el film todavía no estaba montado. Ese mismo año, sin embargo, Acosta realizó otras películas en Súper 8: Salario negro (55 minutos), sobre los peones carboneros de la provincia de Chaco, y Crónica de brocha gorda (70 minutos), ficción sobre la vida de un obrero de la construcción.

“Encasillar el cine de Acosta es aventurado (…) porque el riesgo está incluido dentro de la comprensión de su misma obra”, escribió Luis Sienrra, fallecido en 2008, también cineasta de paso reducido y fotógrafo. Su preocupación, compartida con otros jóvenes realizadores de la época, fue crear además circuitos de exhibición para las obras. La filmografía de Araldo se proyectó así en ciclos organizados en salas rosarinas –Caras y Caretas, Lavardén, Centro Cultural Rivadavia–, en actividades promovidas por los cineastas independientes y en el programa El otro cine argentino, conducido por él mismo en un canal de televisión por cable de Villa Gobernador Gálvez.

Sienrra señaló “el permanente desborde del mundo interno de Acosta, que transmite en imágenes que se suceden paralelamente a una historia narrada”; en ese movimiento, “provoca un desborde positivo que transforma por momentos sus películas en algo indefinido entre un documental y una ficción, logrando la ilación por la violencia y no por la trama misma, que no guarda ningún respeto hacia lo formal y establecido en la narración cinematográfica”.

Además del grupo Gestación, del que era el principal impulsor, Acosta fundó el Equipo de Contrainformación junto con Graciela Carnevale, José María Lavarello y Juan Pablo Renzi. En 1973 realizaron un audiovisual sobre la masacre de Ezeiza y registraron el encuentro del Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS) realizado en la ciudad de Resistencia, el 24 de noviembre de ese año. Su planteo del cine fue político, según lo que expuso en la entrevista publicada por el lagrimal trifurca: “Queremos testimoniar y denunciar una realidad no acorde con los más elementales derechos y principios de convivencia humana. Porque no estamos de acuerdo con la «paz», el «orden» y la censura que nos impone el sistema. Entendemos que el cine es un arma ideológica, alienatoria o concientizante; en defensa del sistema el primero y en contra el segundo”.

Según Sienrra, “la única y respetuosa definición de su obra” es la que el propio Acosta enarbolaba: un cine desorejado. Una expresión rara, literalmente: desorejado es un arcaísmo de uso en el bajo fondo, un término despectivo para designar a la persona vil o ruin, “aplicado frecuentemente a prostitutas” (según la Real Academia Española) y también al hombre que se relaciona con mujeres en ese ambiente.

Acosta envió tres películas a competir en un festival de cine en las Islas Canarias. Estaba convencido que un día, después de los contratiempos, de la falta de recursos, de los problemas de difusión para su trabajo, llegaría el reconocimiento de los espectadores y la crítica. “Hacer copias de las películas en Súper 8 era muy caro y salían mal. Por eso Araldo mandó los originales a ese festival, poniéndolos en riesgo”, explica Piazza. Las películas se perdieron en ese envío; no hay ninguna referencia sobre el destino que tuvieron.

El Registro de documentales realizados en Rosario, elaborado por Piazza y Diego Fidalgo, menciona tres cortometrajes de Acosta: Destrucción (1977, 12’), sobre la demolición del balneario del Saladillo; ¿Hasta el fin? (1977, 11’), abordaje precursor del problema de la contaminación ambiental; Sol, playa y luna (1978), sobre el balneario de La Florida, y otras dos de duración y fechas indeterminadas: Rosario S. O. S. y Teleadictos.

En 1980 Acosta dio por perdidas las películas enviadas a España y empezó una remake de Catarsis. Mario Piazza como camarógrafo era todo el personal técnico con el que contaba, y el intento quedó sin terminar y también extraviado. “Rosario S. O. S. es la última que hizo –apunta Piazza–. Desapareció de un modo absurdo. Habíamos programado la proyección en la sala Lavardén, en el año 1981. El día de la función estábamos esperando a Araldo con la película. Se retrasaba. Y al fin llegó Araldo, pero sin la película: se la había olvidado en el colectivo. No podía zafar de su historia”.

El 25 de junio de 1990 la sección de espectáculos de La Capital le dedicó una nota bajo el título “Prepara su nuevo filme el rosarino Araldo Acosta”. El proyecto no se concretó y agrega otros interrogantes. “¿Cómo haría la película? –se pregunta Piazza– En ese año ya había desaparecido el súper 8. No habría otra que hacerla en video. Pero era complicado para editar y compaginar, y si uno quería cambiar algo tenía que volver a empezar, rehacer todo”.

Hablar de Acosta es hablar necesariamente del Súper 8, ese formato en el que se avizoró un futuro que no llegó pero permanece latente, como dice Piazza en el teaser de Araldo, el cineasta obrero. “Una película sobre Araldo es también una película sobre mí mismo –plantea el realizador de La escuela de la señorita Olga y Acha acha cucaracha, entre otras películas–. Con diferencias de origen y de clase teníamos tantas cosas en común empezando por las ganas de llevar nuestro cine adelante, a pesar del entorno.

La idea es recoger las huellas de Araldo por la obra que hizo y también por lo singular de su figura como realizador de cine y de plástica, en un contexto en que casi no se lo recuerda”.

Entre esas huellas se encuentra también la experiencia de Acosta como ufólogo. Piazza sostiene que el interés por el tema ovni –llegó a enviar una carta a la Nasa y recibió una respuesta, que mostró a sus allegados y amigos– “tal vez tuvo que ver con la imposibilidad de continuar con su trabajo en cine por cuestiones económicas”.

No obstante, realizó al mismo tiempo el ciclo El otro cine argentino para el canal de cable de Villa Gobernador Gálvez. “Colaboré en ese proyecto –cuenta Piazza–. Era un programa presentado por Araldo, que grabamos en VHS y con la cámara que yo tenía, en mi estudio. La idea era mostrar nuestra producción; fue probablemente la última vez en que se vieron también las películas de Araldo”.

En 1996 editó siete números del fanzine Cine al margen internacional, que distribuía por correo postal. Piazza dice que el título es equívoco: “por un lado la revistita no estaba centrada en el cine, y por otro no era internacional ni mucho menos. Araldo derivó el nombre del suplemento que dirigía Luis Sienrra en el lagrimal trifurca”.

Ninguna adversidad lo desanimó. “Soy un capo y mi leyenda se agrandará y se expandirá por todo el planeta –escribió Araldo Acosta en una carta a Luis Sienra, en 1990–. Y todos hablarán de cómo un negrazo semianalfabeto, obrero, buscavidas y ciruja llegó a ser una personalidad del séptimo arte, luchando contra todo y contra todos con fuerza de voluntad y fe en lo que más amó”. Después de años de silencio parece que llega, por fin, ese momento.

Afiche de Araldo de Mario Piazza
Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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