Empezó con una leve sensación que viajaba desde mi espalda baja, recorría mi pierna, abrazándola hasta la punta de mi pie. A medida que los días pasaban iba creciendo como si se estuviese gestando un parásito dentro mío. Fue entonces cuando le pusieron a mi cuerpo una bata blanca, lo llevaron por un pasillo frío y oscuro. Lo metieron tieso e inmóvil en ese aparato capaz de develar los misterios de su interior. No pude evitar salirme por un momento de ese cuerpo devenido objeto, devenido otredad. Proclamé: ese cuerpo roto no soy yo.

Pero eso no duró mucho, retorné a él. No hay nada como el dolor para recordarnos cuerpo, y si hay algo que llevamos les bailarines con nosotres es el dolor.

El dolor definía con claridad los recorridos nerviosos, las tensiones musculares, las presiones óseas, delineaba el límite del cuerpo.  Me diagnosticaron una hernia de disco. Algo se rompió. ¿Una bailarina que no puede moverse sigue siendo una bailarina? 

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El arte de caminar

Caminar es complejo, su cercanía y cotidianidad lo invisibiliza. La autora organiza caminatas para observar esta acción de la que dice: “Necesitamos gestionar nuestro vínculo con la gravedad”.

Marina Otero es bailarina, directora, autora y docente argentina radicada en Madrid. La llamaban la “gauchita del under” porque viene de la escena del under porteño y hoy en día ocupa las carteleras de los teatros y festivales internacionales más relevantes de las artes escénicas. Su madre era bailarina, lo que la llevó a entrar en contacto con la danza a temprana edad, más tarde se desempeñó como bailarina del reconocido coreógrafo Pablo Rotemberg y protagonizó 200 Golpes de jamon Serrano junto Gustavo Garzón. 

En el 2019 su movilidad se vió interrumpida por una hernia de disco. Sus piernas se paralizaron, sufrió largos períodos de dolor, se sometió a intervenciones quirúrgicas y se vió obligada a repensar su vida y su trabajo. En este marco estrenó a principios del 2020 su aclamada obra Fuck Me donde vemos seis intérpretes realizando un gran despliegue corporal en escena y en contraste a la misma, Marina casi sin poder caminar, declara: Siempre me imaginé ocupando el centro de la escena, como una heroína vengándome de todos y todo. Pero el cuerpo no me dio para tanta batalla. Hoy dejo mi lugar a los intérpretes. Voy a mirar como ellos le prestan su cuerpo a mi causa narcisista”

Dos años después, luego de una exitosa gira por Europa, en el 2022 estrena su secuela  Love Me, “Sí, Fuck me y después Love me. Primero cogeme, después hablemos de amor. La obra es un solo que trata sobre la violencia que llevo adentro”, adelanta la sinopsis de esta obra donde Marina es la única performer en escena. 

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Cuando me enteré del retorno de Marina a Argentina para el verano del 2023 las acciones fueron inmediatas, saqué un pasaje de Rosario a Buenos Aires y las entradas para ver ambas obras con las que se encuentra recorriendo el mundo. Realizó una temporada de 16 funciones en el plazo de cuatro semanas en el Centro Cultural 25 de Mayo, ubicado en el corazón de Villa Urquiza.  Durante el año tuvimos algunos intercambios a través de las redes y una vez en viaje me tomé el atrevimiento de invitarla a conversar. Nos encontramos a tomar una limonada en un pintoresco bar de Nuñez. Lo primero que ví de ella al llegar fue su pelo, en escena lo percibía como un naranja furioso pero ese día se veía como un mítico atardecer. Sentía que la había secuestrado caprichosamente para responder mis propias preguntas con la excusa de escribir esta nota. Al hablar su voz se colmaba de humanidad y complicidad. 

 

M.O: “La bailarina es casi como una trabajadora sexual. Entrenas toda la vida para un trabajo específico y además, con el objetivo de otro que tiene que mirar. Dependes completamente del cuerpo, de un tipo de cuerpo, esa es la única herramienta y cuando se va es muy angustiante. La pregunta para mi fue ¿qué hago si no puedo mover mi cuerpo? Fue una posibilidad de abrir, quiero decir, con toda limitación se abren posibilidades. No por sacar un buen motivo o mensaje final pero creo que hay algo de eso que ocurre.”   

 

Marina encontró esa pregunta que había que hacerse, que ya no es entonces si una sigue siendo bailarina, sino ¿qué puede un cuerpo que no puede? Spinoza introdujo la pregunta por la potencia del cuerpo al declarar “nadie sabe lo que puede un cuerpo”. Pero ¿qué pasa con la impotencia del cuerpo?. Impotencia, del latín impotens, “no poder” ¿Será posible en esa impotencia, encontrar otro cuerpo en la danza que esté alejado de ese positivismo del cuerpo como potencia e integridad, cuando por ahí sos un cuerpo roto, fragmentado, desgastado? Impotencia también es que no se te pare la pija. Impotencia sexual. No poder bailar ni coger. Marina comenta sobre el título de la obra: “Le puse Fuck Me porque en todo el proceso no cogí.” 

 

 M.O: “El chiste de Fuck me es que el empoderamiento esté en la fragilidad y no en la potencia. Como una viejita que renguea en el escenario pero está dominando todo. Que la dominación no resida en la potencia del cuerpo sino todo lo contrario, en la impotencia del cuerpo. Hay algo de eso que me hace gozar mucho en las funciones, no puedo nada pero estoy digitando todo. Pero solo en la ficción, en la realidad nada de eso ocurría.”

 

La búsqueda de Marina Otero habita esos bordes rugosos entre la realidad y la ficción, problematizando la falsa dicotomía performance-representación, desplazándose de uno al otro hasta volverlos indivisibles. Fuck Me y Love Me son parte de su proyecto Recordar para vivir, basado en construir una obra inacabable sobre su propia vida. Las obras anteriores de este proyecto son Andrea (2012) y Recordar 30 años para vivir 65 minutos (2015). Hay algo de su trabajo con la autoficción que me trae una frase de Ray Bradbury que dice que “hay que inyectarse todos los días de ficción para no morir de realidad. Si bien es un sello de su trabajo, Marina se encuentra en conflicto con sus modos de producir obra. Su cabeza se mueve suavemente de un lado al otro, su mirada vacila.  

 

M.O: “Siempre hice fuerza para transformar la realidad para que me de ficción. Algo de empujar, de ir al límite para construir la ficción. Ahora que estoy en un proceso de estabilización emocional, no quiero ese mecanismo a veces autodestructivo. Quisiera mentir más. Que la ficción se mantenga en su territorio y no se coma mi vida. Igualmente siempre tuve el lado de cordura, mi virgo me organiza mucho para editar, para enfriar, para distanciarme. En un primer momento hago un traspaso casi literal de la realidad a la ficción y luego lo voy editando, lo voy puliendo. Tengo un momento de mucho distanciamiento a la hora de editar, me distancio completamente, como si fuera otra persona. Me alejo del caos, pero nace en el caos. Pero Fuck me no. Fuck me fue editada en el caos.”

 

La idea de distanciamiento en la autoficción me recuerda a Marguerite Yourcenar, que propone en la paradoja del escritor “que dos cosas a la vez son verdaderas y contradictorias. Una es que el escritor debe ser profundamente sí mismo y debe hacer un aporte personal. La otra es que debe olvidarse de sí mismo, salir de sí mismo, hacer tabla rasa de sí mismo. Las dos exigencias parecen contradictorias pero en la realidad, que comprende todas las contradicciones, no lo son, no necesariamente”.  Tal vez sea esa relación entre la distancia y la cercanía lo que posibilite un modo de composición desde la autobiografía, o autoficción sin que quede en un hecho catártico, masturbatorio o autoerótico, sino que trascienda a un hecho artístico.

 

M.O: “Sin distanciamiento no se puede representar, sino queda en una performance catártica. El proceso del tiempo, lo que construye el tiempo, da algo hermoso. El trabajo de las sutilezas. Y que me encanta volver a la representación. El distanciamiento de la representación de aquello que fue, que ya no está, que ya no es así.”

 

 

Hoy en día, luego de atravesar una operación y tras largos meses de rehabilitación, Marina baila. Su cuerpo lleva una huella de inmovilidad y agonía que vuelve a habitar en la representación de cada función de Fuck Me. Pero su presente es movimiento.

 

M.O: “Volver a bailar es rarísimo, es hermoso. En ese momento parecía que nunca más. Viste que cuando te pasa algo bueno sabes que eso va a pasar, pero cuando te pasa algo malo pensas que eso va a ser así toda la vida. En el momento de la lesión pensaba que no iba a poder salir, y ahora la sensación de volver a bailar y con más conciencia, menos suicidamente es hermosa.”

 

La vuelta al baile de Marina se traduce en su pasaje de hacer Fuck Me a hacer Love Me. Fuck Me habla sobre la pérdida del deseo, Love Me habla sobre alguien que lo recuperó y que ahora busca el amor. ¿Cómo volver a bailar?, es en Love Me lo que la pregunta ¿Qué puedo hacer si no puedo mover mi cuerpo? es en Fuck Me.

 

M.O: “Durante la pandemia inició Love me, es una cocreación con un amigo, Martin alias Tato, me junté con él porque era todo lo contrario a mi. Él es más relajado y yo todo lo contrario, full disciplina, poner el cuerpo, hacer los saludos al sol, entrar en calor.Por eso es que yo me junté con él, tenía que aprender algo de eso. Fue un trabajo de hablar, de escribir, de intercambiarse los textos, de volver a escribir, charlar. Muy vago, muy pajero, para mi. Yo estoy acostumbrada al sacrificio, de buscar, de sentir, de darlo todo,  un sacrificio extremo. Estuvo bueno porque nos dimos ese tiempo de reflexionar cómo sería poner el cuerpo de nuevo, hasta que al final recién me puse a improvisar y ahí en las últimas improvisaciones empezó a divisarse el camino por donde ir”

 

Love Me es una obra minimalista, íntima, performática, de densidad lingüística. Pareciera casi una antítesis a la espectacularidad de Fuck Me. Fue estrenada en marzo de 2022 en Buenos Aires a modo de despedida del país que abandonó, me pregunto cómo será volver a Argentina con ella. Se alumbra su mirada y a través de la transparencia de sus ojos veo pasar lugares, personas, momentos.  

 

M.O: “Acá en Argentina tengo una historia, allá en Madrid la historia empezó desde que llegué en marzo del año pasado, es una historia muy cortita todavía. Acá me encuentro con amigues, con gente que quiero. Cada lugar que paso en la bici es recordar cosas que hice, o lugares a los que fuí. Me encanta la retrospectiva, ir para atrás en el tiempo y recordar. Tengo una fascinación por el paso del tiempo. Disfruto mucho, aunque me voy en un mes y también está bien. Se que voy a volver el próximo verano del 2024, tal vez venga todos los veranos. Esta temporada se agotaron las entradas para todas las funciones así que seguro que voy a volver con Fuck Me y con Love Me, hasta que haga algo nuevo. Estoy trabajando en algo, pero despacio.

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Marina te posiciona cara a cara con sus tantas obsesiones: el paso del tiempo, el sexo masculino, el dolor, la muerte, la dependencia. Pero hay algo que llama la atención y es el modo en el que evidencia sus contradicciones, que en general se tienden a tapar, a negar, a ocultar. Marina busca especificar la contradicción. De ahí tira y tensiona las fuerzas opuestas hasta el límite de lo irónico. Mira desde afuera de la solemnidad, se burla y así aparece el humor.

En esa enredadera de obsesiones y contradicciones, límites y potencias, realidad y ficción, es que se configura su obra, que es en parte, un relato. El relato de una bailarina que, con magnífica ironía, traiciona a la danza. Su declaración, “Soy bailarina, de esas que no bailan”, pone en evidencia algo que André Lepecki adelanta en su libro Agotar la danza: “desmantelar la idea de que la danza está relacionada ontológicamente con el movimiento”. Es decir, “traicionar el vínculo entre danza y movimiento”. Acto riesgoso para quienes buscan conservar la danza encerrada sobre sí misma e independiente del resto de las artes.

La danza de Marina no sólo se compone de movimiento. Su danza se conforma de fragmentos de imágenes, de multiplicidad de temporalidades, de la musicalidad como gesto de memoria, y por sobre todo de trozos discursivos. Algo de esta reflexión me recuerda a la obra de Jerome Bel Veronique Doisneau (2004), donde la bailarina, cuyo nombre es el título de la pieza, recuerda su carrera en el cuerpo de Ballet de l’Opéra de Paris, como su último paso por el escenario previo a retirarse. Jerome comenta en una entrevista: “Había comprobado que el discurso de la danza de aquel entonces lo producían únicamente la crítica y los coreógrafos, el de los bailarines era inexistente. Esta situación me pareció un ángulo muerto dentro del campo coreográfico que quise investigar”.

Hasta el día de hoy pareciera que el plano discursivo no es de les bailarines, la danza es hablada por otros, la bailarina es muda. Marina, como Jerome, ubica al lenguaje en el territorio de la danza y de esta manera posiciona a la bailarina en un lugar de enunciación.

Cae la tarde, el cielo se anaranja como el pelo de Marina, la jarra de limonada se vació, nos despedimos con un abrazo. Ella se va caminando. Mientras la veo irse entre las calles de Buenos Aires todavía escucho su voz. El pensamiento me atraviesa el cuerpo mientras salgo del bar de Nuñez. ¿Soy una bailarina que no baila? ¿Una de esas que la danza nada quiere saber? Tal vez en esa voz singular de Marina haya un lugar plural de enunciación. Una voz colectiva para no ser más una bailarina muda.

 

 

 

 

 

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Sobre el autor:

Acerca de Malena Masuelli

Malena Masuelli AKA “La Malaria” nació en Rosario, Argentina en el año 2000. Hija de psicoanalistas desde temprana edad se vio atraída por el cuerpo subjetivado, la performatividad del género y el universo onírico. Así fue como comenzó sus estudios en artes escénicas, cine, artes visuales y gestión cultural. Con sus 22 años de edad, […]

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