—A mí me hubiera gustado ser malo. Un tipo bravo. Estar en este bar y si alguien mira a mi novia decirle “que mirás, hijo de puta”, y apuntarle con un revolver. Ser ladrón de bancos o ser contrabandista, andar por los ríos de la amazona navegando en barco. Eso es la vida. No leer. No escribir. No toda la farsa de “la cultura” —me dijo Symns en una charla que tuvimos en el desaparecido bar de Sarmiento y Mendoza, a mediados del 2010, cuando el viejo vivía en Rosario.

—¡Sí! Es verdad ¡Yo quiero ser un tipo malo también! —se entusiasmó el escritor Leandro Di Paolo, que por entonces no era escritor y no tenía ni idea de quién era Symns.

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—¡Sí! Vos me entendés, eso es vivir —se reivindicó el Viejo, que prefería hablar con la gente que lo desconocía.

—Pero vos sos escritor —le dije solo para desafiarlo, porque yo también pensaba lo mismo.

—Porque yo soy un pelotudo… —sentenció desganado y siguió hablando de buscadores de tesoros y ladrones de bancos.

Por supuesto que es mejor vivir que escribir —pensaba yo a mis veinte años—. Vivir antes que leer. Lo pensaba con absoluto convencimiento; y nada me importaba más que escuchar a uno de mis escritores preferidos como  lo era Symns, a quien tenía la suerte de conocer y frecuentar, al tiempo que me dedicaba a escribir y a editar con total pasión una revista que hacíamos junto al músico Toni Temple y al diseñador gráfico Uriel Cerezo.

***

En el 2006, cuando cursaba por segunda vez el tercer año de la secundaria, llegó a mis oídos el nombre de Symns. En aquel tiempo leía a Bukoswky y a Baudelaire; me gustaban los poetas malditos y los rockeros como Lou Reed, que es un poeta con guitarra eléctrica. A Symns me lo nombró un amigo fanático de Los Redonditos de Ricota:

—Es un viejo loco, muy falopero y provocador, es periodista y hacía monólogos con Los Redondos en los ochenta, cuando Los Redondos eran una banda under. Después se pelearon mal.

A los días, me trajeron impresa una entrevista que el filósofo Héctor Fenoglio le hacía a Symns. El viejo criticaba a Los Redondos y los acusaba de haber traicionado los ideales que compartieron en sus inicios, de haber transado con el sistema y de lavarse las manos con la rebeldía que su mensaje proponía. Los Redondos me encantaban, pero automáticamente me puse de su lado. Y si bien no le di mucha importancia al tema, el extraño apellido de cinco consonantes quedó dando vueltas por mi cabeza.

En una librería de usados, meses después, conseguí su segunda novela, En busca del asesino —del año 2005, y una mañana en que me hice la chupina del colegio me la leí entera. Quedé fascinado. Es un policial que transcurre en Brasil a principios del noventa, y es el mismo Symns quien encarna el rol de detective/investigador. Su personaje es un tipo que anda en la calle y habla con los borrachos, con los locos y los alucinados, cita a Heidegger y a Nietzsche y se apasiona con los grandes escritores como Henry Miller o Dostoievski. En sus páginas, lo más “alto” de la cultura y lo más “bajo” de la calle expresan un mismo saber, una misma posibilidad de nombrar e investigar la vida; un decir atravesado por una luminosidad sin tapujos, que puede sondear este abismo que somos y dar con algunas palabras verdaderas.

Al tiempo lo vi actuar en el Café de la Flor y el Viejo volvió a impresionarme. Lloró y se quedó en bolas arriba del escenario, se peleó con los organizadores y también con el público —en un momento sacó una navaja—. No fue un buen show, sus poemas no se escucharon y sus reflexiones se desdibujaron, víctimas de la verborragia de la cocaína. Pero era mejor que cualquier cosa que había visto arriba de un escenario. El actuaba de sí mismo ante los demás según las circunstancias que debía enfrentar, y de alguna manera, porque era una artista y no un hijo de puta, te lo sabía saber. Como develando la ficción que sostenía arriba del escenario y también, y esto fue lo impactante, la ficción que sostenía(mos) debajo de las tablas, en el día a día, en cada uno de los actos que hacen a la vida.

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El señor de los venenos —editada en 2004 —, esa autobiografía trampososa que narra las andanzas del personaje que construyó para  andar y enfrentar al mundo, también me sacudió. Su adolescencia vinculada al vagabundeo  y a los robos, su viaje con las drogas, sus amores y sus amistades, su vida errante y marginal, sus actuaciones callejeras, sus proyectos periodísticos en Argentina y Chile, sus estafas en el ambiente cultural, su protagonismo en el under porteño de la post dictadura: todos guiones posibles para la vida que encarnó; historias verdaderas que quizás, de alguna manera, tienen que ver con su vida íntima —de las historias, solo hay que esperar historias—. Al leerlo sentí lo mismo que había sentido al verlo actuar. Su experiencia con los libros y con las drogas lo llevaba a  decir, una y otra vez, que toda nuestra existencia era andar por el abismo, inventar castillos de arena que el mar iba a destruir. Y que nosotros éramos el mar, el castillo de arena y el niño pequeño que los construía y los intentaba habitar, aunque se supiera indefectiblemente afuera.

De ahí pasé a preguntarme de qué trataba la famosa revista Cerdos & Peces. Corría el año 2008 y en internet no estaba, como ahora, la colección completa de sus ediciones. Algunos fanáticos las escaneaban y la subían, artesanalmente, a páginas webs que hoy no existen. Busqué en la hemeroteca de la Biblioteca Argentina y di no solo con la legendaria revista, sino con revista como El Porteño, donde la Cerdos nació como suplemento “marginioliento”, en 1983, y como Fin de Siglo, dirigida por Vicente Zito Lema y aparecida por primera vez en 1987. A los días volví con plata y me fotocopié varias joyitas. La Cerdos N°4 completa y todas las notas de Symns que encontré en estas publicaciones. Sus columnas de opinión hablaban de la libertad sexual y de la libertad de expresión… en definitiva, hablaban de la libertad con que cada sujeto podía contar — o no— para vivir una vida que valga la pena ser vivida. Sus entrevistas con escritores, psicoanalistas, filósofos o cineastas tenían preguntas que me alucinaban. Si hablaba con un filósofo, le preguntaba qué es pensar.  Si la respuesta era que pensar consistía en hacerse preguntas, Symns le retrucaba: qué es una pregunta. Iba al hueso. Por eso podía no saber nada del entrevistado ni del tema por el que iba a girar la nota. Si en definitiva se trataba de una charla. Una charla apasionante. Una charla inteligente. Y eso no se logra “sabiendo”. Esa fue una de las marcas distintivas de su periodismo. Una de sus grandes enseñanzas.

Volví muchas veces a la hemeroteca a buscar las notas de Symns y las de sus colegas. Los titulares y las fotos de aquellas notas post-dictadura me estremecieron: no solo pensaban del país en términos políticos, sino que exploraban los rincones de la vida cotidiana de la Argentina. Symns retrataba las comunidades aborígenes del Chaco. Vera Land, que apenas tenía veinte años, escribía de sus salidas nocturnas y detallaba los encuentros con los chicos que amaba, quizás, por una noche. Néstor Perlongher contaba que caminaba por la calle pensando en qué baño meterse para chuparse una pija. Cronistas anónimos daban cuenta de las desgracias de las amas de casa o de los trabajadores del subte. Al tiempo que se celebraba la vida,  se ponían en cuestión todos los moldes que la sujetaban.

La Cerdos y Peces fue el mayor experimento de aquel tiempo. Prohibida por los jueces de los primeros años de la democracia más de una vez, se convirtió un verdadero laboratorio periodístico y literario: no solo hablaba de sexo, de drogas, de los locos y los marginales, sino que hablaba desde la locura, la marginalidad y la disidencia sexual. Una vez fue cancelada por su tapa, donde se veía una nena de cuatro años posar desnuda. Los títulos de tapa de aquel número, de octubre del 86,  incendiaban todos los límites que la reciente democracia argentina había establecido: “Presos: cómo escaparse de la cárcel”; “Drogas: hermana cocaína”; “Salud: la enfermedad no existe”. Uno de los titulares más provocativos de la revista, que trajo también problemas legales, fue: “Hombres que aman a muchachos que aman a hombres”.

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En una entrevista que le hice en el 2010, Symns me dijo:

—Pensar es olvidar, porque descubrís otra verdad, y podés olvidar la anterior. Y muy pocas veces se piensa. Siempre doy el ejemplo de recordar y acordar. Recordar es repetir siempre lo mismo, acordar es establecer un acuerdo con la memoria, y ya no recordás igual. Ahora me cago de risa de la época que sufrí en la cárcel, porque establecí un acuerdo, ese pasado lo comprendí. Comprender es lo más difícil, te cambia la vida.

—¿Y vos lograste comprender quién sos?

—No. Yo no comprendo mi vida. No sé quién fui ni lo voy a saber jamás…

En el 2013, en Mar del Plata, reflexionó algo parecido, ante la gente de la revista Paralelo 38, que lo escuchó con atención y luego subió a YouTube la filmación de la charla (La leyenda del inclaudicable Enrique Symns).

—La mayor parte de los secretos que tenemos… son secretos hasta para nosotros mismos. Es más, a veces nos morimos sin saber quiénes éramos. Casi todos.  O nos morimos preguntando quiénes fuimos. Bueno, es una pregunta que pronto me tendré que hacer.

 

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Tuvieron mil atajos las rutas periodísticas de Symns. La biografía de Fito Páez que hizo en el 95 junto a Vera Land, titulada justamente Páez; la vuelta en el 96 de la Cerdos y Peces; la fundación en Chile de la revista The Clinic, con la que en 1998 sacudió la rigidez conservadora de aquel país y que lo catapultó a la fama; la biografía de la banda chilena Los Tres, La última canción, también escrita a dúo con Vera Land y que terminó enfrentándolo con sus retratados. Barcos de papel incendiarios cuyo fuego terminó, muchas veces, quemando a quien lo encendía.

En su regresó a Buenos Aires, y tras sacar los dos últimos números de la Cerdos y Peces en 2004, comenzaron a salir sus libros. Sus novelas y las recopilaciones de sus mejores notas periodísticas. Big bad city —publicada en el 2007—, es un libro alucinante. Retrata la ferocidad de la vida de las grandes ciudades y, tal como me pasó con En busca del Asesino, no pude salir de los callejones existenciales a los que invitaban sus páginas ni bien comencé con la lectura. La brutalidad de los hombres con las mujeres, el azar y sus designios implacables, la vida a la intemperie… es increíble lo que logra Symns cuando te enfrenta a las peores humillaciones a las que puede estar sometido un ser humano. Expone la miseria en primer plano y, aunque odie la vida, aunque odie a la humanidad, aunque no le vea salvación y se refugie en el decir provocador que tan bien maneja, el sentirse hermanado con el dolor del otro, el sentirse en parte culpable y en parte víctima del dolor del mundo, lo vuelve un tipo tierno, alguien que odia la vida porque ama la vida. Varios de sus relatos giran en torno a la violación: en ellos la voz que narra no habla de una violación, sino desde una violación, habla desde el dolor de la víctima y desde la pasión despiadada y cruel del victimario. Como un chamán, te expone al abismo. Lo nombra y lo conjura.

En La vida es un bar —del 2008—, se recopilan textos de su obra periodística. Desde sus editoriales que son hermosos poemas en prosa, hasta entrevistas de ficción, en las que Symns inventaba al entrevistador y también al entrevistado. Allí aparece “El que está dentro de todo”, un monólogo de Karl Forbes, un antropólogo austriaco que a fines del 50 emigró a Chile y, tras publicar algunos libros que le valieron gran respeto de parte de sus colegas, terminó en un loquero por sus delirios esquizofrénicos. Explica Forbes: “Una vez dije que el Ojo era un cerebro, pero no es seguro que la luz sean manos; un ojo quieto y fuera. Traté de quedarme quieto, pero todas las cosas se movían y el Ojo era también las cosas que me rodeaban. Llegó un momento en que dudé si el Ojo no era yo, si el ojo no era mi parte más externa que me incluía en su campo visual”.

En una nota al pie, Symns aclara que este monólogo fue parte de una extensa nota sobre la locura junto a testimonios de psicóticos reales, y fue realizado “con la colaboración de Vera Land como testigo y un grabador. La presencia del testigo era imprescindible, porque cualquier gesto o cambio de expresión en el rostro de Vera alteraba los caminos de mi relato. Zambullirse en las cadenas asociativas a la búsqueda de un imposible secreto que el lenguaje oculta expone al extravío más riesgoso: el buscador es devorado por lo buscado”.

 

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Antes de morir, en la última entrevista que dio, cuando la gente de la revista Orsai preparó la reedición de El Señor de los venenos, Symns develó su truco, el que toda la vida ocultó mostrándolo. Tal como la carta robada del cuento de Edgar Alan Poe, que la escondieron dejándola a la vista de todos, arriba de la mesa. Symns mostró el mejor de los trucos en el momento en que pude contestarse algo que lo venía obsesionando. ¿Quién soy? ¿Quién fui?

—Tuve una vida interesante… ¿Para qué? ¿Comparada con la de quién? Ese es el tema. ¿Qué fue lo interesante? Y lo interesante fue escribir, creo. Lo más interesante fue descubrir el oficio de escribir. Yo era un vago, un tipo que no sabía hacer nada, no sabía nada. Iba a los bares… era un borracho, ¿no? Y drogadicto. Y me preguntaban qué hacía y no tenía la más puta idea de qué soy. Eso era lo que me pasaba hasta que empecé a escribir. Y en escribir encontré un camino para ser. Eso es lo más raro. Yo no sabía escribir, no sé escribir novelas de personajes ajenos a mí. Todo lo que escribo tiene que ver con gente que conozco o conmigo. Pero distorsionado… Hay escritores que yo leía y que me convirtieron raídamente en escritor. Ellos me nombraron porque al leerlos me llevaban a un mundo de fantasía y realidad que era maravilloso, más interesante que la vida cotidiana.

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Sobre el autor:

Acerca de Santiago Beretta

Nació en Rosario en 1989. Es periodista y escritor. Desde 2010 dirige y edita la revista Apología, con veintidós números editados y cuya propuesta es contar la vida cotidiana de Rosario a partir de crónicas, aguafuertes, relatos y entrevistas. Participó con notas de actualidad, crónicas, relatos y entrevistas en La Capital, El Ciudadano, Rosario Express, De […]

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