Hay un pozo de petróleo en medio de la Patagonia y cuatro varones que viven en un tráiler. El frío, la velocidad del viento, la masculinidad encerrada entre cuatro paredes. Petróleo se llama la obra del grupo teatral Piel de Lava. El argumento se puede resumir en un par de líneas: la rutina de tres trabajadores de un yacimiento petrolífero se ve interrumpida por la llegada de un cuarto varón que les hará cuestionar aquello que daban por sentado. No sólo el sentido del trabajo, también las poses de sus masculinidades. Ahí las bromas se hacen pesadas, la complicidad se vuelve maldad, las corporalidades se muestran más fuertes que tiernas, la barba tupida es sinónimo de virilidad y el manotear el bulto, un gesto de potencia. Un macho alfa es el que dirige, dos lo festejan y un cuarto llega para darlo vuelta todo. Es el distinto, el que está obligado a ganarse el derecho de piso pero también quien está dispuesto a modificar las cosas con algo nuevo que trae entre sus ropas: un tapado de piel,  prenda icónica femenina. Para demostrar tal vez que hay masculinidades distintas y otros mundos posibles y saludables.

 

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Quienes habitan en los cuerpos de esos personajes son cuatro actrices mujeres (Valeria Correa, Pilar Gamboa, Laura Paredes y Elisa Carricajo). Representación que –tal como escribe Sasa Testa– podría definirse a partir de la categoría Drag King: una performance corporal capaz de poner en cuestión al patriarcado.

Es habitual que las mujeres y el universo femenino sean el tema a diseccionar desde la literatura, el ensayo, el teatro, el cine. Muy pocas veces ocurre que, con el mismo ojo quirúrgico, los varones sean observados en el modo de ser varón y en su ejercicio orgulloso de masculinidad hegemónica. Es ahí donde la obra Petróleo irrumpe de abajo hacia arriba. Desde el agujero negro de un yacimiento al que las mujeres difícilmente consiguen penetrar, pero acá ya están adentro.

La puesta que subió a escena en 2018 (año de los pañuelazos de los feminismos y disidencias y época en que el Colectivo de Actrices Argentinas se conformó en torno a las denuncias de abuso sexual) habla de la masculinidad que se erige como dominante, de las prácticas de poder pero sobre todo de los estereotipos que también actúan sobre los varones. De aquello que los define y al mismo tiempo los enjaula. De aquello que es necesario cambiar en las relaciones para que también cambie el mundo.

El de Sasa Testa (“La masculinidad, ese fósil: una mirada sobre Petróleo de Piel de Lava”) es uno de los trece textos que componen el libro La masculinidad incomodada, compilado por Luciano Fabbri (doctor en Ciencias Sociales de la UBA, licenciado en Ciencia Política de la UNR, coordinador del Área de Género y Sexualidades de la UNR y miembro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social) y editado por UNR y Homo Sapiens.

 

 

La compilación arroja algunas pistas que invitan a salir de los lugares comunes tanto en la teoría como en el activismo. Y el título dice mucho del sentido que buscaba darle Fabbri a la publicación: “Habla de masculinidad en singular como dispositivo de poder más que de masculinidades, en plural en tanto expresiones e identidades de género”.

“La elección tiene que ver con la propuesta no tan difundida de conceptualizarla como proyecto político extractivista. En tanto proyecto político, la masculinidad está incomodada y no sólo incómoda”, dice.

Es que esa piedra en el zapato no surge precisamente de los propios varones sino que está vinculada a un proceso de transformación impulsado por los movimientos feministas y de disidencias. “Es una incomodidad que nos viene de afuera y va a ser alojada en función de las diversas reacciones que nos provoquen”, señala el compilador que además es autor de uno de los textos.

El libro se divide en tres partes temáticas. Los seis textos del comienzo indagan en el desconcierto, las resistencias y las diferentes reacciones de los varones cis heterosexuales a la interpelación feminista. Discusión que se viene dando con mucha intensidad desde 2015 a partir del primer #NiUnaMenos y que se reedita todos los años respecto de la participación de los varones en las efemérides del movimiento feminista.

¿Pueden ellos ir a las marchas? ¿Cómo deben acompañar? ¿Y si van: donde tienen que ubicarse? Son preguntas que se repitieron una y otra vez en los #8M y los paros internacionales de mujeres.

El libro nace pensando en este desconcierto de los varones cisgénero, sobre todo heterosexuales, pero más que nada con la necesidad de anclarlo al escenario actual de masculinidades reaccionarias, el post machismo y la victimización por la pérdida de privilegios. Hay espacio dedicado al rol de los “feministos”, aquellos varones que se dicen aliades en lo público pero que en lo privado aún siguen dejando bastante que desear (como en los textos de Daniel Jones y Rafael Blanco o de Ignacio Veliz y Franco Castigani) o el lugar de aquellos que podrían definirse como los “Ernestos” (adonde apunta Emiliano Exposto en su crítica de la subjetivación militante de los varones cishétero de izquierdas en Argentina y el deseo de ese hombre nuevo –que a la luz de estos tiempos no es más que el mismo hombre heteronormativo y heroico de siempre– resumido en la utopía masculina revolucionaria de “seremos como el Che”). Y también abre una discusión vibrante acerca de la disputa de los géneros y las fronteras, cada vez más borrosas, que nos hacen ver más allá de la binariedad con materiales sobre masculinidades lésbicas y personas gestantes, entre otras disidencias.

Desde el #NiUnaMenos en Argentina al #MeToo en Estados Unidos, los feminismos pusieron en cuestión lo vincular: los pactos sexuales, las formas del amor, el erotismo. El protagonismo en América Latina y en el país de los feminismos revela tanto la delantera de mujeres y disidencias (como sujeto político, social, cultural) como que los varones se están quedando rezagados. Aunque intentan encontrar su lugar en la marea revuelta de este movimiento están desorientados y la masculinidad hegemónica está siendo interpelada.

El índice del libro se mueve entre la deconstrucción y la feminización de los varones, el acompañamiento silencioso, las ansias de protagonismo, la vergüenza del propio género, las masculinidades disidentes o anti patriarcales y la respuesta reactiva. Pero el planteo no se ciñe nunca a una identidad, mucho menos a un arquetipo masculino. La propuesta, en cambio, es “salir de la nominación para situar el eje de la discusión en las relaciones que se construyen a diario”.

“El trabajo que venimos realizando para aportar a un análisis de las diferentes reacciones de los varones a lo largo de nuestra vida nos dice que podemos transitar y saltar muy rápidamente de una modalidad de reacción a otras. En un mismo varón pueden coexistir reacciones defensivas o de mayor implicación en una agenda feminista y en otro momento verse fuertemente interpelados en una práctica de violencia.  Eso provoca una reacción defensiva y ofensiva. Lo que no hay que hacer de esas reacciones es identidades masculinas”, dice Fabbri.

Los cuatro textos de la segunda parte se apoyan en experiencias artísticas, militantes y políticas para reflexionar acerca de la disputa de los géneros. Entran en escena las subjetividades, las corporalidades reconocidas como masculinas, las militancias lésbicas, trans, maricas, no binaries y se deja de relieve un debate sobre qué cuerpos son reconocidos y cuáles no. Y es aquí donde aparece el de Sasa Testa acerca de lo performático de la masculinidad.

El último capítulo profundiza en el abordaje de una problemática urgente, no sólo por lo actual también por lo compleja; la del “backlash antifeminista y el postmachismo en tiempos de varones enojados”. Paradoja tal vez de este siglo, en tanto parecer ser que a mayor revolución feminista más vulnerabilidad de las mujeres y las disidencias. En este punto es un acierto la traducción del texto del sociólogo australiano Michael Flood porque desmantela esos discursos basados casi siempre en las estadísticas de muertes de varones (suicidio, homicidios, accidentes de tránsito, violencia urbana o institucional) para desmentir la existencia del patriarcado.

Es que la misma escalada del feminismo en la conversación pública, parece provocar consecuencias en los comportamientos masculinos. Uno de los más peligrosos: el avivamiento de masculinidades reaccionarias.

Aunque pareciera existir una mayor sensibilidad al reclamo por la igualdad, la vieja masculinidad, aunque cascoteada, no se debilita en su base. Más bien se fortalece en la idea de que renunciar a unos atributos o privilegios serviría para vigorizar los de otros.

Es por eso que la estrategia de estos movimientos reactivos suele presentar a los hombres, en el ámbito público y sobre todo en las redes sociales (el texto “La andrósfera” de Samir Petrocelli se basa en una investigación de tres años de contenidos de Internet y sitios web dirigidos a varones) como  víctimas del feminismo y sobre todo de las mujeres.

Fabbri no supo desde el principio que iban a ser tres secciones, pero sí tenía presente algunos de los debates que quería que estuvieran incluidos y que podrían referir a esos tres ejes temáticos. Y reconoce que el de la respuesta antifeminista era el que más lo preocupaba y ocupaba en el último tiempo.

“La agenda antifeminista ante los avances de las mujeres y las disidencias, la capacidad de lobby, las cuotas de poder, el financimiento internacional detrás de las organizaciones hace que nuestra política sea la de exponerlos”, dice Fabbri.

Sin embargo, el libro también cifra un mensaje en clave de micropolítica dirigido a los varones desorganizados y en solitario que muchas veces se ven seducidos por el mensaje de esos grupos conservadores.

“Los artículos tienden a pensar que a esos varones hay que hablarles pero no desde una mirada punitiva ni cancelatoria. Mucho menos desde el consumo irónico de memes que los humillen. Hay que hacer un gran esfuerzo para llegar a ellos y disputarles la interpretación que propone esa agenda más conservadora. Discutir las causas de la impotencia y los malestares que ellos sitúan en el feminismo y en el progresismo institucionalizados, como aquello que vendría a perjudicarlos”, explica.

Porque en todo caso son los mismos mandatos patriarcales (por cierto inalcanzables para cualquier varón) hacia las masculinidades los que generan tal frustración e impotencia. “Los mandatos de masculinidad y que los varones perseguimos para ser reconocidos como tales nos hacen enfermar y morir. Se trata en todo caso de conectar con las emociones que les impiden hoy distinguir entre una interpretación de la otra”, dice Fabbri.

La justicia social parece ser la línea invisible que une a toda la compilación. La redistribución de ingresos y riquezas pero también de géneros, la reconciliación hacia vínculos saludables, la construcción de una sociedad más igualitaria y sustentable pero ante todo justa. Cada texto deja entrever una esperanza o posibilidad de reinventar la noción de hombría.  Es incómodo pero no imposible. Como el varón empetrolado pero distinto de la obra de las Piel de Lava, aún se está a tiempo de desertar del propio género. Lo que no significa el fin de los hombres, más bien su renacimiento.

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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