Las madres fueron las primeras en alzar la voz en demanda de verdad y justicia y después siguieron las abuelas, los hijos y los nietos. Los hermanos, en cambio, parecen relegados y menos visibles en la escena pública aunque participen en movilizaciones y levanten pancartas con las fotos de sus familiares. Nunca llegarás a viejo, el libro de Susana Rosano, hace presente esa voz poco escuchada en las memorias de la última dictadura y en su incesante reelaboración de la experiencia personal produce otro punto de vista: la mirada de la hermana, un acercamiento al pasado abierto al porvenir.

Alfredo Rosano, el hermano de Susana, nació en Rosario el 15 de noviembre de 1956. Militante de la Unión de Estudiantes Secundarios, fue secuestrado por la policía y asesinado a balazos en un camino rural cerca de Santa Teresa, donde un trabajador rural halló su cuerpo en la mañana del 16 de septiembre de 1976; en abril de 1977 el juez Patricio Lara notificó a la familia que había sido enterrado como NN. La mirada de la hermana se propone desarmar los lugares comunes de la militancia para comprender la historia personal y generacional “y ofrecer desde allí la posibilidad de un conocimiento nuevo”.

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“Las dificultades de los hermanos de dar o no testimonio –escribe Susana Rosano en su libro– se pueden haber producido debido a diversos factores: por culpa, por inhibición, por temor (a que se le vuelva en contra, por ejemplo), por incapacidad de encontrar las palabras adecuadas, o por no estar seguros de que su relato tenga sentido para sí o para el que lo va a escuchar. Pero también, y asociado a esto, puede ocurrir que no haya habido en Argentina un marco cultural y social apropiado que le haga sentir a los hermanos que su testimonio es significativo”.

Nunca llegarás a viejo puede ser leído como ejemplo de esas dificultades. El libro publicado por Beatriz Viterbo tiene tres partes: “La historia, el relato, la herida”, sobre los hechos, el impacto en la familia y en la vida personal y el trabajo del duelo; “La voz de los hermanos”, donde la lectura de libros escritos por otros hermanos –en particular El tren de la victoria, de Cristina Zucker– se despliega sobre las dudas y las preguntas del propio caso y “Papeles sueltos”, textos dispersos. “Me llevó casi cincuenta años hacer de mi experiencia personal pulsión de escritura”, afirma Rosano. Sin embargo, en todo ese tiempo nunca dejó de contar la historia en entrevistas, conversaciones personales, declaraciones judiciales y escritos ocasionales, “tal vez como el único antídoto desesperado que encontré” contra el dolor.

 

 

Lo imborrable

Alfredo Rosano pasó en la clandestinidad los últimos meses de su vida. Después que el jefe de policía de Rosario Agustín Feced encabezara el allanamiento de su casa, el 20 de junio de 1976, vivió en pensiones y se encontró ocasionalmente con sus padres y su hermana en bares de la zona sur. No hay testigos del momento de su captura, ni de su paso por centros clandestinos; no se sabe dónde lo detuvieron ni por qué lo llevaron al lugar donde apareció, a 60 kilómetros de la ciudad.

Los vacíos de la historia profundizan la tragedia. Alfredo Rosano fue enterrado junto a otro hombre en una fosa común del cementerio de Santa Teresa; este hombre nunca fue identificado. La burocracia funciona sin fisuras para sostener el terrorismo de Estado: “¿Por qué, si encontraron su cadáver ese día, recién nos avisaron seis meses después? –se pregunta Susana Rosano– Nunca voy a saberlo (…) Nunca voy a saber por qué si la Justicia había dado la orden de enterrarlo como NN, siete meses después lo exhuman, lo identifican y nos avisan”.

La memoria tampoco está exenta de blancos. Expulsado del Colegio San José después de escribir Perón vuelve en el pizarrón de su curso, Alfredo Rosarino continuó el secundario en un colegio agrotécnico de San Jerónimo; le gustaba el campo y pensaba estudiar Ciencias Agrarias, aunque por exigencias de la militancia se proletarizó como albañil; en tercer o cuarto año, después de aprobar las materias que se había llevado a marzo, los padres le regalaron un caballo. “La historia de ese caballo es para mí muy fuerte, tan próxima como lejana –escribe Susana Rosano–. Y hoy en día no tengo a quién preguntarle para que me ayude a poner en foco la nebulosa de mi memoria”.

Las preguntas “que ya nunca podrán ser contestadas” recorren Nunca llegarás a viejo y se extienden desde los últimos días de Alfredo Rosano hasta “los recovecos de la historia familiar” y la vida de los padres, Carlos Rosano y Susana Aurora Beltrami, él psiquiatra y ella docente. La incertidumbre es insalvable, pero parece más fuerte “la presencia de la ausencia”, las marcas, los modos en que Alfredo Rosano es parte del presente no solo como un recuerdo sino como una figura que retorna en sueños, en diálogos, convocada inesperadamente por jóvenes o por quienes lo conocieron (“Enrique, nuestro carpintero, además y sobre todo, es uno de los pocos amigos de mi hermano que frecuento”). Su última imagen con vida, “su figura inmóvil en la parada del 54 en Uriburu y San Martín”, después de una cita en un bar, restalla cada vez en la memoria: “Yo lo miraba desde arriba, con su pulóver bordó y su tristeza a cuestas”.

La mirada de la hermana proviene de ese encuentro, recoge la del hermano “observando cómo el colectivo que yo me había tomado se alejaba” y se construye desde entonces a través de la reflexión, la literatura y un archivo personal compuesto por pocos pero valiosos objetos: los dos poemas que Alfredo Rosano le escribió a una chica en un cuaderno de tapa azul; fotos y diapositivas familiares que atesoran visitas al parque Independencia, paseos por las sierras de Córdoba, situaciones de la vida escolar; la hermosa carta que la docente Elda Paván le escribió al padre después que él desahogara su angustia en el consultorio.

En la madrugada del 20 de junio de 1976 Agustín Feced “y siete u ocho represores más vestidos de civil y con grandes Itakas al hombro” irrumpieron en la casa de España 355, donde vivía la familia Rosano. Entre los policías estaba otro personaje siniestro, Raúl Haroldo Guzmán Alfaro, jefe del Servicio de Informaciones entre 1976 y 1977. Buscaban a Alfredo Rosano, que unas horas antes había pasado para llevarse algo de ropa y avisarle a Susana que no volvería porque había sido detenido un compañero de la UES.

Feced, comandante de Gendarmería, había sido jefe de policía de Rosario entre 1971 y 1973 y fue repuesto en el cargo el 9 de abril de 1976. “A los extremistas les digo que a partir de este momento tienen 12 horas para abandonar la ciudad. De lo contrario nosotros los acompañaremos hasta el cementerio”, proclamó entonces en las escalinatas de la antigua Jefatura de Policía, frente a la Plaza San Martín. Estos planes recrudecieron a partir del 12 de septiembre de 1976, cuando diez policías y un fotógrafo murieron en un atentado de Montoneros mediante la explosión de una bomba colocada en un auto abandonado en Rawson y Junín.

 

 

Fulgores de la memoria

Los policías decidieron llevarse a Susana Rosano como rehén hasta que la familia revelara dónde estaba Alfredo. Las palabras, las imágenes, los sonidos de esa noche son imborrables: “los hermanos de los subversivos también son subversivos”, proferido por Feced; armas apiladas en un cuarto del Servicio de Informaciones; un televisor que transmitía los pormenores de la visita de Jorge Rafael Videla a Rosario en el Día de la Bandera; “los gritos espantosos y los golpes que llegaban desde otras habitaciones”.

La memoria también surge de manera inesperada. A fines de 2022, Susana Rosano participa en una recorrida por El Pozo, el centro clandestino donde estuve presa y sobrevienen los recuerdos de alguien que le tocó una mano y le dio aliento mientras ella lloraba y de las compañeras de cautiverio un poco mayores que “me iban ofreciendo estrategias de supervivencia que me permitían enfrentar el día a día de ese lugar espantoso”.

Susana Rosano estuvo tres semanas detenida en el centro clandestino. Guzmán Alfaro la despidió pronunciando la sentencia de muerte: “A tu hermano te lo devolvemos en un seis manijas”. El asesinato de Alfredo Rosano fue precedido por el de Julio César Rossi y por el secuestro y desaparición de Ricardo Amarilla, militantes de la UES sorprendidos por un grupo de tareas el 7 de septiembre cuando hacían una pintada en Corrientes y La Paz.

La tragedia de Alfredo alcanzó también a la familia. Susana Beltrami, la madre, falleció por un aneurisma el 25 de noviembre de 1976, a los 48 años; ese mismo día, cuando el padre y Susana volvían del cementerio, la policía hizo otro allanamiento de la casa. El padre no se repuso de las pérdidas mientras “la familia, los amigos, todos parecieron desaparecer con mi hermano”. El 16 de septiembre de 1977, primer aniversario del crimen, Feced citó a Susana Rosano en la Jefatura de Policía, le mostró un álbum de fotos de cadáveres, entre ellos el de Alfredo, y la amenazó: “Cuidate, no vas a tener otra oportunidad de salir viva de esto”.

A pesar del miedo, “a los 17 años se me convirtió en una segunda piel el deseo de vivir”. Susana Rosano estudiaba Letras, se recibió, trabajó en periodismo y en la Universidad, hizo una trayectoria académica, publicó libros y fue lectora desde la infancia con bibliotecas familiares bien provistas. Este es el insumo de la mirada, como afirma en distintos pasajes de Nunca llegarás a viejo: “Para mí la lectura operó muchas veces como una forma de fuga de una realidad cotidiana que se me hacía cada día más áspera”; “transitar de libro en libro me ha permitido (…) encontrar algunas respuestas y abrir nuevas preguntas sobre esta experiencia de vida que me tocó vivir”; “leer sobre algunos hermanos me ha impulsado, creo, a preguntarme qué hacer con el fantasma de Alfredo, a seguir habitando de otro modo esta tremenda herida”.

Entre esas preguntas se encuentran el tema de la traición y el debate producido en la causa Feced alrededor de ex detenidos tachados de colaboradores de la represión. “Al señalar con el dedo, al culpabilizar al otro, uno busca, con harta frecuencia, ocultar y liberar las propias responsabilidades, y sus fantasmas”, escribe Rosano.

La mirada de la hermana comienza por encontrar la del hermano: “Su mirada azul y melancólica todavía me acompaña”. Y desde allí vuelve a contar. “Me acerco y me distancio de esa historia, de ese tajo, cambio el relato, lo fragmento, lo doy vueltas; ilumino algunas zonas para oscurecer otras”, escribe Susana Rosano. El hermano no llegará a viejo, pero esa condición también habla de su presencia.

 

 

Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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