Lunes 3 de mayo, 5:00 am: Antes de ir a trabajar, papá escucha la BBC por onda corta: dos helicópteros británicos atacan otro buque argentino. Gloria, despertáte, los ingleses nos atacaron de nuevo —le dice a mamá—, esto es un desastre.

12:00 pm: Nicolás Kazanzew relata por ATC que el timón y la radio fueron averiados y los elementos de navegación destruidos; desde la costa, ve el rojo de los hierros incandescentes. El capitán y ocho soldados han muerto. Un médico y un enfermero a bordo se encargan de las primeras curaciones de los heridos. En el horizonte, a través de la noche opaca cubierta por una densa niebla, resplandecen lucecitas intermitentes. La esperanza de un próximo rescate se derrumba: no son bengalas, son misiles.

Tu padre vive la guerra como si tuviera un hijo peleando en las islas, decía mamá y apretaba las mandíbulas, un poco celosa, un poco angustiada. Es cierto: papá no duerme, no come, escucha la radio todo el tiempo que está en casa, sólo habla de la guerra, de la psicosis de un alcohólico que ideó esta cortina de humo para tapar ese otro horror que nadie quiere ver; habla del estrago de los chicos que van a morir; estrago, dice, esa palabra tan precisa y su mirada atónita ante la pantalla del televisor donde miles de argentinos arengan a Galtieri en la Plaza de Mayo: Ar-gen-ti-na, Ar-gen-ti-na; el que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés.

No se dan cuenta de que nos van a destruir, este hijo de puta mandó a adolescentes a morir a manos de la armada más poderosa del mundo, qué festejan estos idiotas. Digna hija de mi padre, comienzo a vivir la guerra como si tuviera un hermano mayor peleando en las islas. Le invento un nombre: Iñaki. Si mis padres hubiesen tenido un hijo se habría llamado así, Iñaki.

En las horas de Lengua y Geografía escribimos cartas a los soldados en el dorso de las tabletas de los chocolates Noel: la foto de la nena de flequillo y trenzas largas, nariz respingada y sonrisa traviesa, su vestido celeste y la taza de chocolate en las manos es símbolo de calor y familia, un lugar al que volver. En Actividades Prácticas, las más osadas se animan a tejer gorros y guantes; no es mi caso, apenas puedo con bufandas cortas y finitas, aunque de colores brillantes. Tejo y destejo, tejo y destejo, pero los bordes siempre quedan irregulares, hay agujeros en el centro de la trama y siempre me falta algún punto, alguna unión. Penélope, me dicen.

Mientras el médico y el enfermero del buque trasladan a los soldados bajo la cubierta para asistirlos, en casa suena el teléfono. Lunes. Cinco de la tarde. Hola, ¿está tu mamá? No, está trabajando, ¿quién habla? Soy el supervisor de tu papá, necesito hablar con tu mamá. Ella no está, soy la hija. ¿Y cuántos años tenés? Quince, puede hablar conmigo, si quiere. Bien, mirá, tu papá se desmayó, nada grave, no te preocupes, avisále que lo están llevando al sanatorio. ¿Pero está bien? Vos decíle que lo están trasladando en una ambulancia y que se va a quedar en el Sanatorio Norte, ¿te vas a acordar? Sanatorio Norte, repite para que anote. El negocio de mamá está a seis cuadras de casa. Corro hasta perder el aliento.

Sábado 8 de mayo, 2:00 pm: Pinky y Cacho Fontana conducen el primer teletón de la televisión argentina, maratón televisiva que dura 24 horas: 45 personas atienden en vivo teléfonos a los que llama la gente para donar sus pertenencias y participar de subastas de obras de arte, alhajas y autos. Recaudan más de u$s 1.5 millón, ciento cuarenta kilos de joyas, cientos de obras de arte, toneladas de tapados de piel, un Mercedes Benz, miles de kilos de alimentos no perecederos y hasta lingotes de oro. Nunca se vio tanto dinero en cámara. Diego Maradona dona un cheque por $10 millones. Figuras del espectáculo, médicos y empresarios hacen sus aportes, nadie quiere quedarse afuera de este gran espectáculo de la solidaridad: Susana Giménez, Ricardo Darín, Moria Casán, Sofovich, Olmedo y Porcel, Tato Bores, Favaloro, Amalita Fortabat, Monzón, Reuteman. Millones de televidentes se pegan a la pantalla durante horas que se hacen eternas como la guerra. Tampoco quieren perderse el momento en que una abuela done los aros de oro de su madre: es lo único que me queda de ella, le dice a Pinky.

En casi dos meses se recaudan u$s 54 millones. El destino: el Fondo Patriótico Argentino para las Malvinas. Nunca llega un centavo. Alimentos, abrigo, chocolates, cartas, dólares, todo desaparece. Los objetos donados se consideran inservibles. Cuesta más el traslado a las Islas que tirar todo a la basura.

Después de setenta y cuatro días de un otoño incierto y frío, 649 soldados argentinos y 255 soldados británicos no volvieron a su casa. Papá tampoco. El velo que protegía el mundo comenzaba a rasgarse.

la ciudad está en obra
Sobre el autor:

Acerca de Paula Aramburu

Nació en Rosario. Es psicóloga por la UNR, psicoanalista, especialista en Psicología Forense, magister en Ciencias Criminológico-Forense. Trabaja en las Juntas Especiales en Salud Mental del Ministerio de Salud de la provincia de Santa Fe hace demasiados años. Hizo talleres de poesía con Claudia Masin, Irene Gruss y Alicia Genovese y actualmente escribe narrativa en […]

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