UNO

“Repudiamos enérgicamente las declaraciones de….”. De ninguna manera. No es por ahí. Entiendo perfectamente a quienes tengan que hacerlo por su función o por urgencia –y no descarto redactar algo así alguna vez si la circunstancia lo requiere–, pero ese no es el lenguaje del diálogo. Por eso, aunque estoy en desacuerdo con casi todo lo que Martín Caparrós dijo en su columna semanal del programa Y ahora quién podrá ayudarnos, que conduce Ernesto Tenembaum por Radio con Vos –levantada por Diario con vos–, mi reacción no quiere encuadrarse en el la lógica del repudio, sino en la del diálogo. No porque tenga expectativas acerca de que a Caparrós o Tenembaum les interese conversar conmigo, sino porque estoy convencido de que el lenguaje del diálogo abre las discusiones, justamente, más allá de los interlocutores primarios.

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El newsletter se reinventó, entre otras cosas, como respuesta a la crisis del periodismo. "Son la oportunidad para recuperar cierto contrato de confianza con el lector", dice uno de sus autores.

DOS

Caparrós –de cuya pluma surgieron hace muchos años algunas joyas cuya lectura disfruté, como Ansay o Larga Distancia– es presentado por el conductor del programa como un columnista al que se le puede preguntar por cualquier cosa y “que tiene una mirada del mundo como pocos argentinos tienen porque ha viajado por todos lados”, asignando a las millas recorridas un efecto sobre las personas que, como se verá enseguida, no hay que dar por sentado. Conductor y columnista comparten una larga y entrañable amistad sin evitar disentir sobre muchos temas, algo que me impulsa a decir que los honra, pero como eso es normal entre casi todos los mortales, se me pasa. El columnista propuso a su amigo conductor abundar sobre unos dichos de Sarlo sobre Malvinas publicados hace tres días en Perfil, donde la autora de Viajes – De la Amazonia a Malvinas se explaya sobre la relación entre las islas, sus habitantes y la para ella indisputada soberanía británica sobre el archipiélago. Me voy a concentrar solo en la columna de Caparrós, que tiene ya demasiada tela para cortar.

TRES

Pasemos por alto la provocación inicial: “La verdad que pienso poco en las Malvinas […] pero no sé si eso es grave, si va en detrimento de mi supuesta argentinidad…”. Nada que decir. La argentinidad no puede construirse alrededor de un solo tópico, es una construcción colectiva y, por último, él mismo da por supuesta su propia construcción subjetiva. Está en todo su derecho.

Y que piensa poco en el tema, se nota. Ahora vamos a ver por qué.

Caparrós se sitúa arriba y por encima. Para él, las Malvinas son unas islas “que están allá abajo” y, cosa curiosa, tuvo que recordar “el hecho” de que “hay” unas islas “que en la Argentina se llaman Malvinas” porque desde su editorial le dijeron que un mapa que no las incluía no podía publicarse en su próximo libro. Su viajada visión del mundo no le impide ignorar olímpicamente la potencia de las metáforas arriba/abajo para Norte/Sur tanto como sus contenidos geopolíticos y geoculturales. Pero, en su vasta cultura, Caparrós se sorprende porque en su libro no puede publicarse un mapa que no se ajusta a la ley. Caramba. ¿Se piensa a sí mismo como alguien que puede estar por encima de las leyes? Es algo –a mi amigo el Dr. Agustín Casagrande, que estudia cuestiones constitucionales, le haría mucha gracia– arbitrario y caprichoso. Como si a las leyes en este país las hicieran cuatro personas y no los representantes del pueblo democráticamente elegidos. Como si las leyes de otros países en lo que concierne a las cartografías oficiales fueran tan diferentes. Como si la relación entre cartografía y estado se hubiera inventado durante la misma década en que Lanata dejó de analizar las redes del grupo Clarín y se convirtió en uno de sus arietes. Como si omitir el archipiélago en un mapa de “América entera” fuera un acto creativo o inocente. Además de todo lo que él supone que es, ¡es un error! El IGN acaba de salvar a Caparrós y a Random (su editorial) no solo de algo que es legalmente incorrecto sino de un error empírico, de una imbecilidad manifiesta. Pero mientras Caparrós se sorprende de la necesidad de incluir unos “puntitos” en el mapa, su inclusión se considera uno de los logros de la cartografía europea de comienzos del siglo XVI, que incluyó al archipiélago desde muy temprano, incluso cuando todavía nadie había puesto un pie en él.

Martín Caparrós se sorprende, también, de que “hay que pedir permiso”. No, Martín. El Estado no es la vecina a la que le pedís permiso para pasar al patio porque se te fue la pelota. El Estado es otra cosa. Enterate. Y no tenés que alegrarte de no “pedir permiso” para escribir artículos. La dictadura terminó hace rato.

CUATRO

Al distinguido columnista este episodio del mapita le “…volvió a recordar la locura argentina con las Malvinas… con perdón (sic)”. Esta “locura” consistiría en algo que no llegó a explicar porque fue interrumpido, pero deducimos que es una suerte de agite inconsciente para tapar cosas. Bueno, nada más parecido a lo que hacen varios de sus amigos en los medios con cualquier otra cosa. Algún refrán dice que el ladrón piensa que todos son de su condición. Algunas veces acertará, otras no.

Pero cuando su amigo el conductor le abrió el juego para que exponga argumentos a favor y en contra del sintagma las Malvinas son argentinas, respondió: “No… me da igual, me importa muy poco. Es que creo que debería importarnos muy poco a los argentinos. Es el penúltimo de los problemas argentinos las Malvinas y no se cuál sería el último. A quién coño le cambia nada que esas islas del Atlántico Sur sean inglesas o no lo sean. Relato”.

La respuesta –que desde luego los protagonistas todavía vivos de la guerra de 1982 y sus familiares no pueden sino tomar como un insulto– termina con una confesión de parte: relato. Lo que dice Caparrós es puro relato. Un relato a espaldas de la historia. Y no de la historia nacional y popular que él con toda seguridad detesta. Sino de la historia más global y más internacional que se pueda concebir. Me explico mejor.

Si su razonamiento fuera universalmente válido, los ingleses no tendrían ningún problema con que fueran argentinas. ¿Por qué no dice, con la misma liviandad, qué coño le cambia a los ingleses que las Malvinas sean británicas o argentinas? Bueno, en principio porque Caparrós es provocador, pero no idiota. Y sobre todo, porque esa pregunta se basa en una falacia: el archipiélago malvinense interesó a todas las potencias mundiales desde que fueron avistadas en el siglo XVI –por eso las incorporaban a los mapas, para después convertirlos en pruebas diplomáticas– y, desde 1740, cuando el Caribe se cerró por la Guerra del Asiento y el pasaje interoceánico por estrecho de Magallanes o Cabo de Hornos comenzó a convertirse en un circuito de alto tránsito, las Malvinas fueron disputadas ferozmente por los imperios borbónicos (Francia y España) y el británico –entre 1764 y 1774 sobre todo–. Se convirtieron en el punto de abastecimiento y mirador geopolítico ideal para esa llave de paso de la conectividad mundial. Por eso se hicieron trabajos de inteligencia en todas las cortes europeas para ver qué pasaba con ese territorio insular. Gran Bretaña, además, planificó su guarnición en la Gran Malvina (Puerto Egmont) a sabiendas de que era un territorio que debía disputar a Carlos III y en el parlamento inglés –fogoneado por el almirantazgo y por los dueños de las compañías comerciales– se fustigó durísimamente, por caso, a Samuel Johnson, un Caparrós británico de 1771 al que sus adversarios políticos llamaban el señor Pomposo, que intentaba convencer a su rey y a sus connacionales que aquellas islitas no valían nada. Por supuesto que lo desoyeron. Ah, algo que al columnista debiera parecerle curioso: Johnson debió publicar su panfleto primero anónimamente y, desde luego, fue traducido a mano al español casi enseguida, para su uso político. Encontré una copia de esa traducción, hasta ahora desconocida, en cajas del Archivo Histórico Nacional de Madrid, donde pasé muchas horas quieto, aprendiendo desde la lógica del archivo los avatares que siguieron algunos textos políticos sobre las islas. Es cansador, pero además de ser mi trabajo y estar encantado con él, permite reunir argumentos para hablar sobre el tema.

Ese es un poco el punto de partida de la raíz profunda del problema. Pero es un problema que no terminó. Que continuó en el tiempo. “El argumento argentino es que era parte del Imperio Español [se sorprende el columnista]” Y claro, la Argentina es posterior. Y Argentina lógicamente arrastra este reclamo porque es el estado nacional en el que residen los derechos soberanos sobre muchos de los territorios que integraban el virreinato del Río de la Plata. También sobre Malvinas. Aunque a Caparrós no le guste, no le importe o no quiera pensar en ello.

CINCO

Caparrós recuerda que “incluso hay un verbo en la Argentina, que se llama malvinizar. Probablemente es el verbo más argentino que existe, no hay lugar del mundo donde se diga eso, por supuesto, porque no se entendería.Claro. Sin embargo, el escritor-periodista-intelectual viajado otra vez omite cosas. No estoy seguro de que el verbo original sea malvinizar, pero sí estoy bastante seguro de que otro verbo, desmalvinizar, fue introducido durante el alfonsinismo por un asesor en temas históricos y culturales, el politólogo francés Alain Rouquié, muy escuchado por la intelligentzia del momento. La recomendación del “supuesto asesor de Alfonsín”, como lo llama Vicente Palermo en su libro Sal en las heridas, era desmalvinizar todo –consejo que Alfonsín no parece haber seguido a rajatabla, porque inicialmente mantuvo, con el canciller Caputo, actitudes tensas frente a Gran Bretaña que, siguiendo al mismo autor, impidieron por ejemplo multilateralizar la cuestión de la pesca –dando por sentado que a los británicos esto les hubiera interesado–.

El verbo que hace alucinar a Caparrós es probablemente reactivo a este otro, entonces, que de la mano de una indudablemente honesta intención de desmilitarizar la vida política en la Argentina de la transición democrática de 1984-1985, se llevó puesto el tratamiento de los veteranos de guerra –¿sabrá, Caparrós, que en todos los países serios que pasaron por una guerra, sus veteranos son un problema de estado?– y, de a poco, las cuestiones de Defensa nacional –otra cuestión importante en los “países serios”–, como si tales dimensiones fueran temas malditos. Cometieron por supuesto el error metonímico, atribuyendo al todo alguna característica de una de las partes.

SEIS

“Si por lo menos dijeran que es por el petróleo, no? Okey.”

La razón material lo justificiaría. Pero el columnista se queda en un mundo que empezó a derrumbarse en los años 1970 y que cambió definitivamente después de la crisis de 2008. Ni siquiera por ese lado “se puso a mirar” fuentes que convengan al tema. Malvinas, cuyo PBI fue de USD 330 millones en 2018, el segundo PBI per capita del mundo –71800 USD, solo por debajo de Suiza–, debe un 64% a la actividad pesquera. Qué cosa. Igual que en el siglo XVIII, el XIX y el XX. El problema Malvinas sí tiene un aspecto material muy importante para la economía argentina, porque no se agota en las piedras o una soberanía sobre el viento o el manto de neblina: involucra la cuestión de la plataforma submarina, las aguas continentales y los recursos ictícolas. Entre otros.

Esto no se resuelve con que “nos devuelvan las islas en 15 días”, como ironizó magníficamente Federico Lorenz en un libro que plantea muchas aristas interesantes de este problema, pero requiere de complejos dispositivos que, antes de hablar de la recuperación de la soberanía, nos obligaría a tratar un tema todavía más desagradable, cual es la invasión permanente y sostenida de los espacios marítimos que son indisputadamente argentinos.

Es que Malvinas tuvo su propia guerra fría. Después de 1982 la inversión británica en el archipiélago aumentó exponencialmente y se convirtió no solamente en una mega unidad de negocios, sino también en una base militar que creció descomunalmente –militar es, numéricamente, la principal población de las islas, por la que Caparrós se pregunta– y que probablemente no tenga ninguna expresión que pueda contrarrestarla (de eso se trata una guerra fría) desde el continente donde sí se aloja un bien probablemente más preciado que el petróleo para toda la humanidad: la mayor reserva de agua dulce del planeta está en los andes patagónicos.

SIETE

“—Me fijé qué superficie tienen las Malvinas […] Es casi exactamente el millón de hectáreas que tiene Benetton en la Patagonia…

“—Guau

“No jodamos… […] El orgullo nacional no es las Malvinas, el orgullo nacional es darle de comer a todo el mundo, con perdón.”

A esta altura de la entrevista (min. 6:20), Tenembaum necesita aclarar que es de la generación Malvinas, y que “de pedo” no fue a la guerra. Porque le tocaba marina pero no le dieron el apto médico. Hace lo que puede. Pero acá hay algo para coincidir fuerte con Caparrós: el orgullo nacional es que no haya hambre (no creo que él piense en eso de “dar de comer”, porque implicaría un estado paternalista, comedores, subsidios, me parece que no va con el ethos Caparrós, para mí se le escapó) y además, Benetton. Ahí lo sigo fuerte… hasta que lo plantea como una dicotomía. No Caparrós: esto no es Braden o Perón. No es Benneton o Malvinas. No es Dictadura o Democracia. Malvinas es un problema. Benetton –para mencionar genéricamente la enorme cantidad de tierras en manos de extranjeros– es otro.

Según el portal Chequeado.com, en la Argentina hay 12,5 millones de hectáreas en manos de propietarios extranjeros. 622 veces la superficie de CABA. Y 2 millones de esas hectáreas están en propiedad de empresas fantasma, radicadas en paraísos fiscales. Otro problema, gravísimo. Caparrós se sorprenderá, pero para esto también hay leyes –como la 26737, sancionada en 2011 para detener el proceso de extranjerización de la propiedad de la tierra– que no prohíbe, pero fija topes. Por nacionalidad, por país, por provincia, etc. Los conflictos con Benetton, Lewis y otros magnates –también los hay nacionales, como Gabriel Batistuta o Ramón Puerta– no se limitan en todo caso a una cuestión estatal. Hay comunidades, como la nación mapuche, que tienen reclamos para hacer tanto a los extranjeros como al estado argentino. Es un buen tema para preocuparse, involucra a mucha gente y muchas sensibilidades, también mucha historia. Pero hay algo sobre lo cual no puedo dejar de sorprenderme: el columnista percibe el “espacio” del territorio nacional como si se tratara de un espacio vacío, como un conquistador del siglo XVI… Caparrós: los desiertos políticos se construyen, y solo para accionar sobre ellos. Usted tendría que saberlo.

OCHO

“Después está la discusión sobre si Malvinas es un hecho colonial o no” intenta reflexionar Tenembaum. Podríamos responderle con una mezcla de Caparrós con Kornblitt: ––No. No, Ernesto, no está en discusión. Metete en la página de Naciones Unidas y vas a ver que un organismo internacional ya estableció que se trata de un territorio no autónomo cuya soberanía está disputada. Ese es el ámbito de la discusión y esos son sus términos.

La cosa derrapa y termina como empezó, por la negativa.

“No. Yo no pienso eso. Yo pienso que no habría que pensar en las Malvinas. Que habría que pasar de las Malvinas.”

No. No. No. Cada intervención de Martín Caparrós comienza por un “no”. Ese latiguillo que no tendría que decir nada, dice mucho. Es honesto. Al inicio de la nota, cuando Tenembaum abre –a lo Luisa Delfino– “Te escucho”, él le responde: –“No… no me escuches, no me escuches.”, como si supiera que de esto –que él mismo había propuesto– no iba a salir nada bueno.

Para Tenembaum fue incómodo. Toda la nota lo fue. Fingía ignorar por dónde iría su amigo con el tema, pero lo sabía perfectamente. “Esto va a ser para kilombo”, dijo. Pero el conductor enfrentó el conflicto que le producía la nota con su amigo y la hizo. Se ofreció a través del lenguaje del diálogo, no de la consigna vacía. Bien por él porque, abriendo el micrófono a una opinión que no comparte del todo, hace cosas para que podamos gestionar la diferencia, para que podamos hacer una puesta en común sobre este problema que a Caparrós le parece tan insignificante pero a millones de sus connacionales nos parece importante, profundo, significativo, por supuesto que también incómodo y difícil de resolver. Pero en absoluto insignificante.

BONUS TRACK

Una perla sobre la oralidad. Al final de la nota, Tenembaum dijo a su columnista que pensaba de la misma manera que él. Pero piensa lo contrario. Su cierre fue genial: “…la columna cipaya y vendepatria de Caparrós termina en este momento.” Quiso poner un tono irónico, pero la ironía no se escucha. Un tal Sigmund Freud, en 1905, escribió un textito sobre los chistes y el inconsciente que está de película.

Gracias por la nota. Pero Caparrós, incluso para ser cipayo hay que estudiar. Con viajar no alcanza.

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Sobre el autor:

Acerca de Darío G. Barriera

Nací en Maciel en 1966. Soy hincha de Racing y, desde hace un año, abuelo: dos sentimientos inexplicables. De vez en cuando todavía toco el piano. Investigo y enseño historia: esas actividades son mi trabajo, pero también mi pasión. Me permiten esa combinación la Universidad Nacional de Rosario –donde soy profesor titular de Historia de […]

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