Se dice que a los viejos solo les queda una cuerda por tocar. Y es, quizás, una cuerda desafinada, la que produce lo que Stefano llamó la “nota del lobo”. Pero esa única cuerda desafinada suena más amplia y profunda que el instrumento intacto de la juventud.

Estar en casa en el desencuentro. Lo único seguro es que ya no sabemos dónde estamos realmente. O más bien: sentimos que estamos en un punto, que somos ese punto, ese dónde, pero ya no sabemos ubicarlo en el espacio y en el tiempo. Todos los lugares que hemos habitado, todos los momentos que hemos vivido nos asedian, piden entrar, los miramos, los evocamos uno a uno, ¿desde dónde? Dónde está en todas partes y en ninguna parte. Llegar a ser íntimamente extraño a uno mismo, ya no más patria ni matria. Lo que tenemos –hábitos, ropa, recuerdos– son demasiado, ya no podemos tenerlos.

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¡Qué cerca está ahora lo inalcanzable!

Un cangrejo que sostiene una mariposa suspendida sobre sí con sus pinzas.

“El cielo cruje, porque no hay en él un centímetro que no esté ocupado por un ángel”. Mientras nos parece que todas nuestras facultades disminuyen y decaen, la imaginación crece desmesuradamente, ocupa todos los espacios posibles. Y ya no es algo distinto de la realidad, sino que la realidad se fragmenta en imágenes que la imaginación no hace más que recoger. Deseos tan plenamente imaginados que ya no pueden ser satisfechos.

Asombro de que la esperanza permanezca intacta, aunque sepa con certeza que no se cumplirá, que sólo lo inagotable es real.

Ahora casi sentimos que podemos escuchar los temas de la vida, como en una partitura musical. Encuentros decisivos, amistades, amores: son las frases y motivos que se enuncian y responden en el contrapunto secreto de la existencia, que no tiene pentagramas donde escribirlos. Y aun cuando parezcan estar situados en un pasado remoto, los temas de la vida son necesariamente inconclusos, como una melodía interrumpida o una fuga esperando ser continuada y reanudada. Intentamos escucharlos en la oscuridad. Nada más.

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Es como cuando miramos algo en el crepúsculo. No es tanto que la luz sea incierta, sino que sabemos que no podremos terminar de ver, porque hay menos luz. Así aparecen ahora las cosas y las personas: fijos para siempre en no poder terminar de verlas.

Sub quadam caducitatis specie. Y sólo esto es eterno.

Es el momento en el que nos parece que ya no podemos querer tener nada. Solo quiero despejarme, hacer espacio, pero también es demasiado tarde para eso.

Tardus significa lento. Pero hay una velocidad especial, de los que saben que de todos modos ya es tarde.

Praesto [por presto: “pronto” en italiano] significa “cerca, al alcance de la mano”. ¿“Tarde” es entonces lo que nuestras manos nunca podrán alcanzar?

Una forma de vida que mantiene una relación con una práctica poética, cualquiera que sea, está siempre en el estudio, siempre está en el estudio suyo.

(Suyo: pero ¿de qué modo le pertenece ese lugar, esa práctica? ¿No es cierto lo contrario, que está a merced de su estudio?)

En el desorden de hojas y libros abiertos o apilados unos sobre otros, en las posturas descompuestas de pinceles, colores y lienzos apoyados contra la pared, el estudio conserva los minutos de creación, registra las huellas del laborioso proceso que lleva desde al acto, de la mano que escribe a la hoja escrita, de la paleta al lienzo. El estudio es la imagen del poder: del poder de escribir para el escritor, del poder de pintar o esculpir para el pintor o escultor. Tratar de describir el estudio de uno significa entonces tratar de describir los modos y formas del poder de uno: una tarea imposible, al menos a primera vista.

¿Cómo tienes poder? No puedes tener un poder, solo puedes habitarlo.

Habito es un frecuentativo de habeo: habitar es un modo especial de tener, un tener tan intenso que ya no posee nada. A fuerza de tener algo, lo habitamos, nos hacemos suyos.

Los objetos de estudio se han mantenido igual y en las fotografías que los retratan años después en distintos lugares y ciudades parecen inalterables. El estudio es la forma de su vida, ¿cómo podría cambiar?

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Smara en sánscrito significa tanto amor como memoria. Amás a alguien porque lo recordás y, al revés, lo recordás porque te ama. Amando recordamos y recordando amamos y, al final, amamos la memoria, es decir, el amor mismo, y recordamos el amor, es decir, la memoria misma. Por eso amar significa no poder olvidar, sacar de tu mente un rostro, un gesto, una luz. Pero también significa que, en realidad, ya no podemos recordarlo, que el amor está más allá de la memoria, inmemorial, incesantemente presente.

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[Nicola] Chiaromonte, que había luchado en España contra los fascistas, fue de los pocos intelectuales italianos que reflexionó seriamente sobre la relación entre el hombre y el acontecimiento histórico, entre lo que cree y lo que le acontece. En 1971 se publicó su libro Credere e non credere, que cuestionaba el problema de la fe en la historia de nuestro tiempo. La frase que abre el ensayo “Il tempo della malfede” me impactó de manera particular y creo que no ha perdido nada de su verdad: “La nuestra no es una época de fe, pero tampoco de incredulidad. Es una era de mala fe, es decir, de creencias mantenidas a la fuerza, en oposición a otras y, sobre todo, en ausencia de otras genuinas”.

Una página de los cuadernos de Chiaromonte contiene una extraordinaria meditación sobre lo que queda de una vida. Para él, el problema esencial no es lo que tenemos o no hemos tenido, la verdadera pregunta es, más bien, “¿qué queda?” “¿Qué queda de la sucesión de días y años vividos como se pudo, y eso es según una necesidad cuya ley ni siquiera podemos descifrar ahora, pero al mismo tiempo que sucedió, es eso es casualidad?” La respuesta es que queda, si queda, “lo que se es, lo que se fue: el recuerdo de haber sido ‘hermoso’, diría Plotino, y la capacidad de mantenerlo vivo. Queda el amor, si se ha sentido, el entusiasmo por las acciones nobles, por las huellas de nobleza y de valor que se encuentran en el derroche de la vida. Queda, si queda, la capacidad de sostener que lo bueno es bueno, lo malo es malo y no se puede hacer de otra manera. Queda lo que fue, lo que merece continuar y durar, lo que es”.

La respuesta parece tan clara y sin reservas que pasan desapercibidas las palabras que concluyen la breve meditación: “Y de nosotros, de ese Ego del que nunca podemos arrancarnos ni renunciar a él, nada queda”. Y, sin embargo, creo que sólo estas últimas y calladas palabras dan sentido a la respuesta que las precede. El bien –aunque Chiaromonte insista en su “permanencia” y “duración”– no es una sustancia sin relación con nuestro testimonio de él, sino que sólo el que “nada queda de nosotros” garantiza que algo bueno permanece. El bien es de algún modo indiscernible de nuestra aniquilación en él, vive sólo del sello y del arabesco que marca nuestra desaparición. Por eso no podemos arrancarnos de nosotros mismos ni abjurar de nosotros mismos. ¿Quién es “yo”, quiénes son “nosotros”? Sólo este desvanecerse, este contener la respiración en algo superior, que, sin embargo, extrae vida e inspiración de nuestra respiración suspendida. Y nada más expresivo e inequívocamente singular que ese tácito desvanecimiento, nada más conmovedor que esa aventurada desaparición.

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Una leyenda medieval sobre Virgilio, a quien la tradición popular había transformado en mago, cuenta que, al darse cuenta de su vejez, recurrió a sus artes para rejuvenecer. Después de dar las instrucciones necesarias a un fiel sirviente, se hizo cortar en pedazos, salar y cocinar en una olla, recomendando que nadie mirara dentro de la olla antes de tiempo. Pero el sirviente –o, según otra versión, el emperador– abrió la olla demasiado pronto. “Luego”, dice la leyenda, “se vio a un niño completamente desnudo dar tres vueltas a la tina que contenía la carne de Virgilio, después de lo cual desapareció y no quedó nada del poeta”. A su manera, recordando esta leyenda de la Diapsalmata, Kierkegaard comenta con amargura: “Yo también he mirado demasiado pronto en la olla, la olla de la vida y el proceso histórico, y la consecuencia es que nunca seré más que un niño”.

Madurar es dejar que la vida te cocine, dejarte caer –como una fruta— sin mirar para dónde. Quedar infantes es querer abrir la olla, para ver de inmediato hasta lo que no se debe mirar. Pero, ¿cómo no sentir simpatía por esos personajes de cuento de hadas que abren la puerta prohibida sin pensarlo?

Nota Bene:
Los fragmentos de Autoritratto nello studio* fueron traducidos (con ayuda de Google Translate) del italiano original por PM de la edición de NottetempoEntre corchetes se leen aclaraciones del traductor.
* Autoritratto nello studio se tradujo al español (Autorretrato en el estudio) y fue publicado en Buenos Aires por la editorial Adriana Hidalgo.
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Sobre el autor:

Acerca de Giorgio Agamben

Nació en Roma en 1942, es un filósofo italiano de enorme influencia en el pensamiento político. Según la entrada que le dedica Wikipedia, en su obra, como en la de otros autores (Umberto Eco), confluyen estudios literarios, lingüísticos, estéticos y políticos, bajo la determinación filosófica de investigar la presente situación metafísica en occidente y su posible salida, en las circunstancias actuales de la historia y la cultura […]

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