“Pienso que nos toca algo que da mucho trabajo y es muy cansador. Nos toca inventar el futuro próximo. Tenemos que inventar el futuro. Así como lo hizo Julio Verne, Philip Dick, toda esa gente. Y yo lo que les propongo es que inventemos un futuro que nos guste. Tratemos de inventar un futuro que no sea sólo del apocalipsis, de la proyección de la tecnología. Sepan que esto es urgente. Tienen que inventar el futuro ya. Si están haciendo música, inventen el futuro. Si están haciendo educación, inventen la educación. Si están haciendo cine, inventen el cine. Hay que inventar de cero”.
La que habla es Lucrecia Martel durante una conferencia magistral realizada el 5 de junio de 2025 en el MALBA. El fragmento se convierte rápidamente en un recorte que pasa a estar en todas las redes sociales. Se comparte, se recomienda, se megustea, se postea y repostea. Las palabras de la directora de La Ciénaga, La Niña Santa, La mujer sin cabeza, y Zama, entre otras, y de Nuestra Tierra, su reciente documental que llegará a los cines de Argentina en marzo de 2026, llaman a la reflexión pero también a la acción.
“Hay que inventarse una fe. Estamos en una época donde el desánimo lleva a la inacción. Y todas las circunstancias que nos rodean son malas para infinitas cosas, pero no para pensar, ni para tomar notas con cosas baratas como una birome y un papel”, dice Martel.
Meses más tarde, esa conferencia será la última del libro Un destino común que editará Caja Negra en noviembre de este año con una selección de intervenciones públicas y conversaciones de Martel y que presentará con una gran reunión alrededor de la lectura. Sí, en una coyuntura donde reina el sentido común, más de 1500 personas se juntarán a celebrar e insistir en el pensamiento crítico. El libro reúne diez conferencias y clases dictadas por la directora entre 2009 y 2025 en instituciones y festivales de Argentina, España y Uruguay, que fueron transcritas por primera vez para este volumen. El recorrido se divide en tres partes o secciones: en la primera, Martel habla sobre sonido, cine y narraciones, la segunda incluye intercambios con el cineasta y escritor argentino César González, con la realizadora española Carla Simón y con la periodista Leila Guerriero, en los que aparecen contrapuntos en torno a la creación artística y en la tercera y última, llamada “Sobre el futuro y la invención” invoca preguntas que conmueven, incomodan, pero sobre todo espabilan. Martel escapa a la solemnidad, no entrega certezas ni respuestas cerradas, en todo caso abre preguntas que invitan a conversar y seguir pensando: “¿No sienten una sensación de desasosiego muy grande últimamente? ¿A ustedes también les cuesta dormir? Y encima hay una sensación de saciedad inmediata que yo relaciono con la desazón”. Leo a Martel entre la autopista que va de Rosario a Buenos Aires, la releo sobre la ruta 11 camino al norte de Santa Fe y lo vuelvo a hacer cruzando el puente que lleva a Corrientes. Me remueve esa desazón que quizás sea lo que más caracteriza a esta era pero también me enciende una llama. Su lectura me inspira para pensar en un laboratorio que intenta imaginar el futuro cultural de Rosario. Ahí digo que este libro se ha convertido en casi una biblia para habitar los días, estos días, para conjurar ideas que nos saquen de la encerrona en la que todavía estamos, para cruzar este asombro que no cesa, para recalcular y atravesar los remolinos. Martel dice que si hubiera que escribir un folleto para que lean en otra galaxia sobre cuáles son los atractivos de la Tierra, pondría dos cosas: caminar y conversar. Desde que tengo el libro en mis manos imagino rondas de lectura y conversación en los parques, en las plazas, en las calles, en los espacios públicos como forma de recomponer lo comunitario y lo común. Entonces me escribe Cecilia Pelliza y dice que quiere escribir en REA sobre el libro. Le digo que sí, que lo estoy leyendo y le transmito mi entusiasmo con la edición de estas conversaciones. Me propone escribir a cuatro manos. “Una escritura común de un destino común”, lo llama ella. Definitivamente le digo que sí, pero advierto que será imposible. Estoy cerrando el año con decenas de pendientes, Cecilia se está por ir de vacaciones. Prometemos un vermuth al caer una tarde de estas. Por supuesto, nunca se cumple y no pasamos de este intercambio por mensajería a la presencialidad. Antes de subirse al avión que la llevará a una ciudad que me encanta me anuncia que recibió un correo de Lucrecia Martel que pensó que nunca llegaría. A nuestra charla por Whatsapp sobre las charlas transcriptas en el libro se suma una nueva capa: la conversación por escrito que mantienen mi colega y la directora a través de una serie de preguntas disparadoras. De estos cruces se hizo esta entrevista que se publica acá. Entre los tiempos que nunca son lineales, en los espacios flotantes de los vuelos, en esos no-lugares que son los aeropuertos, en el espacio hipertextual que abre la lectura. Al decir de Martel, haciendo de la conversación una práctica micropolítica de transformación. Conversar, hablar, como podamos, con los medios que tengamos a la mano.
Virginia Giacosa
–¿Cómo fue la creación del libro? ¿Dudaste? Entiendo que las últimas intervenciones que se incluyen sucedieron cuando el libro ya estaba en marcha. ¿Modificó en algo esto tu performatividad al decir? Me refiero a si pensaste distinto las presentaciones, si las armaste pensando en que serían el final del libro, etc.
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–La creación del libro fue una idea de Caja Negra, Malena Rey y Pablo Marín conversaron con Santiago Gallelli que es productor de REI cine junto a Benjamin Domenech y Matias Roveda, son los productores de Zama, Terminal Norte y Nuestra Tierra. Santiago insistió para que me juntara con Malena y Pablo a conversar. A Santiago le interesa el cruce del cine con los libros, de hecho él fue el impulsor del libro de Selva Almada sobre el rodaje de Zama, que es hermoso. La propuesta de Caja Negra era muy seria, habían buscado las charlas en las redes. Y estaban experimentando, creo, la idea de lo oral pasado a escritura. Me interesó mucho eso. Hace mucho que doy charlas, y ya he padecido toparme conmigo misma en Tik Tok. Y por supuesto va cambiando la conciencia de la situación de conversación porque sabés que no hay un pacto cerrado con la audiencia. Por eso trato de no fustigar a nadie cuando hablo, no me gusta castigar en los ejemplos. Es muy fácil que suceda. Yo creo en la transmisión oral. Con todas sus imprecisiones y agregados que implica. Si pudiera elegir, me gustaría que no haya más registro que la memoria.
–No sé si finalmente encontraste en qué crónica de la conquista está esto expresado lo de los indios insomnes pero en el libro Inés del alma mía, de Isabel Allende, que recupera las hazañas de Inés Suárez, la primera española en llegar a Chile, aparece una mención: “Dos días más tarde, la noche del 11 de septiembre de 1541, fecha que nunca he olvidado, las huestes de Michimalonko y sus aliados atacaron Santiago. Como siempre me ocurría cuando Pedro estaba ausente, no podía dormir. No hice el intento de acostarme, con frecuencia pasaba la noche en vela, y me quedé cosiendo hasta tarde, después de mandar al resto de la gente a la cama. Como yo, Felipe era insomne. A menudo encontraba al muchacho indígena en mis paseos nocturnos por las habitaciones de la casa; estaba en algún sitio inesperado, inmóvil y callado, con los ojos abiertos en la oscuridad. Había sido inútil asignarle un jergón o lugar fijo para dormir, se echaba en cualquier parte, sin siquiera una manta para taparse”. También Vinciane Despret en A la salud de los muertos refiere cómo antes de la llegada de la electricidad nuestros ancestros tenían una conexión distinta con la espiritualidad, la memoria y sus muertos. Y cómo en el Amazonas ecuatoriano, aún algunas tribus se acuestan con la caída del sol y se vuelven a levantar en la noche con la luz de la luna, a veces en varias ocasiones, a intercambiar sus sueños o seguir, entre sueño y vigilia, con algunas tareas.
–Muy interesantes estas citas, gracias. Cuando se habla de la conquista de nuestro continente, es difícil encarnar esos acontecimientos. La tortura, por ejemplo, es algo sobre lo que apenas podemos pensar. Cuando se habla de la tortura en los años de la dictadura, la mayoría de nosotros pasamos rápido por esas líneas, porque es insoportable. Cuando escucho alguien que reivindica la dictadura, creo que ha pasado mucho más rápido que yo por esos testimonios. Una sola vez, no hace mucho, hice el esfuerzo, haciendo uso de las técnicas de los ejercicios ignacianos, que son muy buenas, para pensar en la tortura. Fue aterrador. Los indios insomnes, quizás porque el insomnio es algo que todos conocemos bajo circunstancias de angustia, es más fácil de encarnar. Por eso creo que esta es una época donde vamos a entender mejor el pasado, qué clase de continente somos, qué clase de estados nación inventamos. Porque nuestro sistema de creencias en el progreso, en los dioses, en los derechos humanos, está haciéndose pedazos. Ver caer su civilización es una experiencia que no le ha tocado a todas la generaciones.
–¿Crees que hay lugar hoy en nuestro insomnio para intercambiar sueños, proyectar futuro, conversar sobre esa foto de futuro que sí nos incluya?
–Es un ejercicio que hay que hacer. Requiere de mucha voluntad, y de mucha confianza en formas de la felicidad que no hemos experimentado todavía. No sabemos cómo es pasearnos con nuestra felicidad fuera de los límites de nuestros barrios. Pasear nuestra felicidad sin miedo, es algo que requiere de transformaciones culturales muy profundas.

–Entiendo que tuviste una infancia de formación católica y una espiritualidad muy fuerte ligada al rezo y a Dios y que se vio interrumpida por el zumbido de un termotanque. ¿Qué lugar tiene la espiritualidad hoy y cuál quisieras que tenga en este destino común que esbozas?
–Lo religioso, el fervor religioso, no era de mi familia, sino de mi entorno social, de mi escuela. Mi padre es agnósitico, y mi mamá es devota de las devociones populares, que en general prescinden de la Iglesia y su burocracia celeste. Mi abuela, la que contaba cuentos, tampoco se sometía a la autoridad de la iglesia. Mi otra abuela acudía a dios como quien hace un trámite de dudoso resultado. Eso cimentó en mi una disposición al misticismo, muy anárquico, sin mediaciones entre una y Dios. Prescindía de las oraciones tradicionales. Se requiere de un sistema de conversación muy personal con la divinidad. Por supuesto reverencio el sonido de la oración comunitaria, los coros, el gospel. Esas experiencias me han convencido de que he visto a dios cada vez que una comunidad de creyentes ora, canta. Pero no hay garantías de que ese dios sea bueno, es importante saberlo. Porque ese fervor también sirve para la guerra. Lo que deseo es que nos aventuremos a experimentar una felicidad que no conocemos. Que no esté basada en la usurpación del espacio y el tiempo a los otros. Que no requiera de inventar humillaciones y desprecios como la raza. Que busque el consenso no para acordar en todo sino en lo que habilite el desarrollo de las personas. No hay nada más complejo sobre el planeta que un organismo, humano, animal, planta. Toda acción que comprometa a los organismos me parece anacrónica, estúpida. Creo que es necesario reconocer esto cuanto antes, porque vivimos reverenciando la tecnología como producto. Sin reverenciar la sofisticación de los organismo que la produce, y su fragilidad.
–No sé si tuviste oportunidad de ver los capítulos disponibles de Plur1bus de Vince Gilligan, pero me hicieron pensar mucho en algunas cuestiones que has comentado sobre tu versión del Eternauta. Una invasión, un código genético que se altera y de repente ya nadie mata, nadie come a otro ser vivo, no hay guerras. Una aldea en la que lo humano es prescindible, es lo que está mal. Son un cerebro único, un sólo organismo, cada individuo accede a todo el conocimiento y experiencia vital del otro. Por lo cual y aquí, si no la viste, puede que empiece la parte que te inquite… no se necesita el habla, no hay necesidad de comunicarse. La comunicación existe para hablar con otros y esta pluralidad de gente es una sola. De hecho con los únicos que hablan son con los que no están colonizados por este virus. Aquí la pregunta: ¿Puede haber común si no hay diferencia? ¿Existe una comunidad de iguales y en tal caso se debe llamar comunidad?
–No vi esa serie. Suena muy interesante. Es muy difícil para nosotros imaginar una comunidad con ausencia absoluta de individuos. Donde se prescinda de la idea de identidad propia, que ha sido un invento muy aplaudido durante siglos. Para eso existe el cine y los libros, para experimentar ideas imposibles. Esa es la importancia de la ciencia ficción, ser preformativa de mundos futuros. Por eso, insisto, la idea de homogeinizar la cultura como batalla para que unos pocos valores, eternos, verdaderos, regulen la historia de la humanidad es muy pobre. La cultura es una red de intercambios donde reelaboramos el pasado permanentemente, y predecimos futuros posibles, y así dejamos de ser un grupo de gente suelta para convertirnos en una comunidad. Ojalá pudieramos olvidarnos de las verdades eternas y comprendiéramos la necesidad de consensos que sólo pueden durar si la población está en buenas condiciones de salud y de pensamiento.
–David Toop en Resonancia siniestra escribe que todos nosotros (o tal vez, debería decir: aquellos de nosotros dotados con la facultad de escuchar) comenzamos como oyentes furtivos en la oscuridad, escuchando sonidos apagados del mundo exterior al que todavía no habíamos llegado. La escucha es el primero de nuestros sentidos que empieza a funcionar: la escucha domina la vida amniótica. Es de hecho el único sentido que está desde el inicio. En el inicio, somos apenas algo que oye y se mueve en la voluptuosidad de un cuerpo que no nos pertenece y del que sin embargo somos parte. Luego al nacer descubrimos la causa de eso que escuchamos y esa es la risa y la sorpresa del niño al aplaudir y generar sonido. Es como el primer descubrimiento. ¿Qué posibilidades ves en el sonido que lo hacen para vos tan fundamental en esta búsqueda de un destino común?
–El sonido en mi caso, fue una artimaña de fuga de un sistema de pensamiento visual. Pleno de categorías y valores en torno a la claridad, a la verdad, a lo que se descubre como verdadero, real. Intimamente relacionado con una idea lineal del tiempo, donde la causa y consecuencia se determina muy arbitrariamente y se olvida, se naturaliza su relación de causa y consecuencia. Trato de huir de eso, como puedo. No siempre lo logro. Así como nacemos entre sonidos, rápidamente aprendemos la codificación en lenguaje que es algo magnífico, pero muy pronto debilita lo que no tiene nombre, lo que no puede decirse con palabras. No logramos confiar en nuestro cuerpo que siente sin palabras. La invención del alma hizo su buen daño en este sentido.
–¿Cómo ves hoy el presente de este campo en Argentina? ¿Te seducen las historias que se están narrando? ¿Consumis streaming? Y una pregunta que puede sonar rara: ¿Escuchás a Tomás Rebord? Hay algunas cosas que dice que a veces me resuenan con cosas que decís vos.
–Estuve encerrada los últimos años haciendo esta película. Voy a tratar de ponerme al día de a poco. Recién pude organizar un curso de matemáticas en base a un libro que compré hace años y con asistencia de AI. Estoy muy atrasada en mis planes de formación. Sé quién es Tomás Rebord pero no lo he visto tanto como para entender lo que piensa, si para apreciar que le gusta conversar. Desearía que haya un streaming dedicado a inventar formas de renovación del sistema educativo argentino. Eso sí busco, y no encuentro por ningún lado.
–Estrenaste hace muy poco tu última película Nuestra tierra en distintos festivales. ¿Hay fecha para el estreno en Argentina? Y además de, imagino, en los próximos meses seguir con el circuito de este filme, ¿tenés algún otro proyecto en el tintero?
–Vamos a estrenar en marzo, a comienzos. Mientras tanto tratamos de maximizar el presupuesto que tenemos con nuevas ideas. Y eso lleva tiempo. Cuando Nuestra Tierra esté circulando creo que voy a poder pensar en otra cosa. Quiero hacer algo de ciencia ficción, o quizás de cine fantástico. Son dos géneros que cada vez es más difícil separar.
