Escribe Vivian Lofiego en la introducción de la reciente edición de Serapis:

“Algunos supieron de ella cuando estaba muerta y enterrada, sobre todo enterrada. El cementerio de Plainpalais, el cementerio de los reyes ubicado en el centro de Ginebra no muy lejos del Ródano, es tierra de muertos ilustres. No se cavan tumbas sin nombre cuando las lápidas colonizadoras se llaman Piaget, Musil, Jean Calvino, Ludwing Quidde, Sir Humphry Davy o Borges; no, no se cavan, sin embargo, Grisélidis Réal, “escritora, pintora y prostituta” (banderas en el sepulcro decorado con caracoles y flores) es desde hace algunos años tierra junto a ellos. Una infamia tanto para los calvinistas como para quienes dicen que ni él ni muchos otros vecinos merecen estar cerca de la inigualable Grisélidis. Su biografía parece un cóctel de vidas ajenas pero el resultado final es un trago único. Una infancia en Alejandría junto a sus padres –profesores suizos en la ciudad de la memoria de los siglos– y una adolescencia en Zurich estudiando Artes Decorativas dictaron el preámbulo de una vida narrada desde el imperio del vértigo que comienza con una propuesta inesperada y sigue con maridos, cuatro hijos, clientes transmutados en amantes y abortos que sus biógrafos se encargaron de contabilizar. Que durante la guerra y en tierra germana un alemán le ofreciera dinero para tener sexo en el asiento de atrás de su auto mientras ella caminaba sin rumbo alcanza para contar el primer capítulo de sus años de prostíbulo y es la pista de aterrizaje perfecta para que glamorosa, con sombrero de piel y ojos siempre delineados baje de la cama –o del auto– como quien baja las escaleras de un jet de lujo. Alemania, Babel de soldados durante la guerra, fue el campo ideal para que la políglota Grisélidis ganara fama entre las tropas británicas y norteamericanas. Casi se casa con uno de sus clientes, un amante negro al que le dedicó su primer libro, Le Noir est un couleur (1974). Celebrado por “la frialdad realista con la que describe la sombría vida de la calle”, el libro fue reeditado y traducido mientras su autora perfeccionaba su trabajo haciendo cursos prácticos de sometimiento sexual. “Aunque la esclavitud no era lo mío, quise aprender, porque hay que ser capaz de ponerse en la piel de cualquier tipo de sadomasoquista.” Unos meses en prisión por drogas alcanzaron para que conociera los problemas cotidianos de las prostitutas y decidiera trabajar en la reivindicación de sus derechos laborales. Herencia de madre y padre maestros hicieron que la alumna aplicada tomara otro curso, esta vez de psiquiatría analítica, dirigido a la experimentación orgásmica, un curso que marcó el estilo con el que escribió su diario de clientes: “Roger, calvo, una cabra vieja, mantiene su ropa interior el mayor tiempo posible, juguetón, Groper, precoz, 80 francos”. Con disección clínica hizo del diario íntimo un análisis sociológico de sadismo y erotomanía y lo convirtió en un nuevo libro, Carnet de bal d’une courtisane (1984). La escritora prostituta cerraba calles a modo de protesta cuando defendía sus derechos y los de sus compañeras atacadas por la policía, por los rufianes y los proxenetas. La “puta revolucionaria” colaboró en la fundación de Aspasie (una de las primeras asociaciones destinadas a ayudar a las prostitutas maltratadas) y en la de un Centro Internacional de Documentación sobre la Prostitución en Ginebra (base de datos para sociólogos e investigadores). Los que supieron de Grisélidis antes del foso rebelde conocieron sus obras de teatro, sus pinturas, sus cartas y sus otros libros, sus poemas, su cara bien maquillada dando cátedra en documentales fumando delante de una biblioteca propia en la que se destacaba el Jean Genet de Las criadas y su voz repitiendo que la prostitución es “arte, humanismo y ciencia”, mientras sonreía para la cámara y abrazaba a sus chihuahuas. El día de su muerte la zona roja ginebrina cerró por duelo”.

 

Muerte del pájaro de los dolores

Para José Herrera Petere, en un respetuoso homenaje

Arcángel negro en las puertas de mi corazón

La luna bebe la sangre de las estrellas apagadas

Tu mirada es un río de cristal

Tu voz es una armadura de órgano

Romperé la copa del vino maldito

Entre nuestras manos maravilladas

Ahogaré mis fantasías

Quemaré tu Dragón de Coral

Su queja brotará como un son de guitarra

De las arenas del silencio

Golpearé al pájaro de tus dolores

Que resuene como un arpa el mar

Donde agonizas

Le arrancaré sus escamas de cristal

Su voz de plata sus ojos de piedra

Encenderé su vientre y sus alas de estopa

En el sol de mi alegría.

Ginebra, 7 de marzo 1958

***

 

La puta

                                                                                                                                                                                                                    Para Bill

Estoy bajo el poder de un monstruo

Con un corazón duro de granito

Por la noche me envía sola

A bailar en las discotecas

Envuelta en la luz roja

Me siento a beber whisky

Rodeada de imbéciles

Y hago de puta para alimentar a mis hijos

Allí

Se mata la danza

Se mata el amor

Se mata la música

A golpes de estruendo

Mi corazón es un desierto

Enorme con gusto a muerte

Mi rostro una máscara

Una jaula para leones

Dientes de acero listos para morder

Una sonrisa de hierro

Charcos de veneno negro

Bajo unos párpados de yeso

Donde tiembla como reflejo de otro mundo

Un diamante hecho añicos

Me quedo toda la noche envuelta en humo

Sin hablar sin reír

Sin un solo gesto

Espero hasta el amanecer a que muera

En mi pelo esta rosa robada

Única carne viva

Que el verano añora.

Múnich, verano 1961.

 

***

 

 

Más allá de las lágrimas

                                                                      A Mme. B

 Siempre me mantengo firme

Sobre una alta montaña

Más allá de las lágrimas

Y de bosques enteros

Con sus pájaros y sus cantos ahogados

Han desaparecido

Y nunca más

Cantarán ni florecerán

Y yo con mi cara

Con mis ojos y mis dientes

Con mis manos heridas

Como ciervas cansadas que huyen

Nosotras también nos convertimos en piedra

Dentro de estos altos muros

 

En la frontera de las lágrimas

Y yo y tú y yo

En la casa de las mil celdas

Nadie nos ha rescatado

De este peso aplastante

De lágrimas no derramadas

Y ustedes con sus caras falsas

Con sus cantos sus sonrisas falsas

Con sus manos de hierro

Y sus voces atronadoras

Nos quieren obligar a llorar

Nos quieren obligar a callarnos

Pero nosotras nos mantenemos firmes

Sobre una alta montaña

Más allá de las lágrimas

Y saludamos con sonrisas cansadas

A la primavera detrás de los barrotes

A los pájaros vivos

A quien nadie puede prohibir

Su canto liberador.

Múnich, 23 de mayo 1963.

 

Sobre el autor:

Acerca de Grisélidis Réal

Nació en Lausana en 1929 en una familia de intelectuales. Pasó su infancia en Egipto, donde su padre dirigía la Escuela Suiza de Alejandría, y en Atenas. Su padre murió, volvieron a Lausana en permanente conflicto con su madre autoritaria, y se matriculó en la Escuela de Artes Decorativas de Zúrich, donde se diplomó en […]

Ver más