Una vez me gritaron negra de mierda. Fue hace muchos años, era joven. Ahora pienso: ¿qué habrá visto esa vecina en mí que yo no reconocía? Vale aclarar que mi aspecto físico no suele levantar sospechas públicas. La policía no me pide documentos ni tampoco me persigue el de seguridad para ver si voy a robar. Me gustaría puntualizar que si bien la raza, biológicamente, no existe, si existen las categorizaciones raciales que clasifican y jerarquizan a las personas en una sociedad y en un tiempo determinado. La raza no existe pero si el racismo (y la racialización) con efectos concretos sobre las vidas y las experiencias cotidianas. Dicho esto, podría decir que no sufro de racismo sistemático y que cómodamente entro en esa gran y laxa bolsa de “blanco/a” que invisibiliza las ascendencias y los mestizajes. Una especie de “centrifugadora genética y cultural”, diría yo, donde no se revuelve todo por igual, sino que se destacan y jerarquizan ciertas ancestralidades, haciéndolas visibles y nombrables con orgullo, mientras que se hunden otras hacia el fondo y se las silencia. Esto, junto a lo que Alejandro Frigerio (2006) llamó “ceguera cromática”* constituyen el combo perfecto para sostener el mito de la Argentina blanca y europea.

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Así y todo, me gritaron negra. Pero no fue por ese episodio que me permití dudar de mi blanquitud. Sino porque Mirian Gómez, activista afroargentina, hace más de 15 años, me preguntó en el baño de un congreso si yo era “de la comunidad”. En ese momento tenía dreadlocks y le dije: “no, debe ser por las rastas”. “No”, me dijo, “tu nariz y tu boca son como muchas chicas de la comunidad”. Y agregó; “investigá, porque poco o nada se cuenta sobre nuestros antepasados afros e indígenas”. Resulta que mi tatarabuelo materno era el “hijo natural” de una lavandera -como se llamaba a los hijos no reconocidos por sus padres- nacido en Goya, Corrientes, en 1872. Fue poco lo que supe de él, pero encontré una foto. Una imagen que aparece como prueba de una operación, corazón fundante de la Nación: resaltar algunas ascendencias y esconder otras.

Pero bueno, paremos la pelota. “Ahora todo el mundo habla de racismo, y lo ven por todos lados”, “quieren importar una agenda extranjera”, “dejen de inventarse problemas”, son los comentarios más ubicados que se leen en las redes sociales desde la llamada “campaña Anti-Argentina”. El mundial fue la oportunidad para, nuevamente, hacer del país una excepcionalidad. Desde las elites locales y ciertas regiones centrales, desde hace mucho tiempo, se construye la imagen de Argentina como “el país más europeo de América Latina”. Ahora, en una nueva edición de las particularidades argentas, aparece la idea de “el país más racista del mundo”, sostenido particularmente desde las principales potencias mundiales.
Y la secuencia de razonamiento —si es que se puede llamar asi— seria la siguiente: como en el equipo de futbol no hay negros (entiendase visiblemente afrodescendientes), y son todos “blancos”, Argentina es un pais racista. De más está decir que hay una lectura de una realidad sureña con lentes del norte que: 1. niega el racismo estructural tal cual lo vivimos en Argentina, donde ser negro mezcla cuestiones étnico-raciales con asuntos de clase, territorio, políticos y estéticos; 2. sigue invisibilizando décadas de activismo y producción de conocimiento desde las poblaciones indígenas y afrodescendientes locales que vienen denunciando las formas en las que se vivencia el racismo por estas tierras, mucho antes de que se volviera tendencia en redes; 3. refuerza el sentido común de que, como en Argentina “no hay negros”, el país es blanco y europeo, alimentando el supremacismo blanco criollo como autoimagen naturalizada de un amplio sector de la sociedad; 4. le hace el juego a la derecha para desestimar lo étnico-racial como tema fundamental de la agenda pública, vaciando de contenido su tratamiento en las escuelas, los parlamentos y las políticas de Estado; 5. genera un repudio internacional que convierte a la Argentina en blanco —valga la redundancia— fácil de ataque, asimilando a toda una nación con las posturas sionistas y negacionistas de su gobierno de turno*; 6. prepara el terreno discursivo para el saqueo de tierras y recursos, al exacerbar los enfrentamientos regionales se deja el territorio nacional desprotegido del despojo capitalista y extractivista global.
Podría seguir enumerando, pero quisiera resaltar mi postura. Argentina es racista, y todos los argentinos y argentinas, somos más o menos racistas. No es una cuestión individual, sino estructural. Con esto quiero decir que, el no nombrar a los antepasados mestizos, afros e indígenas con orgullo tal como se mencionan a los europeos, no es un caso puntual de mi familia, sino una gramática necesaria para forjar esa idea de que “venimos de los barcos”. Los estudios genéticos son elocuentes: un alto porcentaje, que varía entre el 50 y el 70% de la población argentina, tiene ascendencia indígena y afrodescendiente, dependiendo de las regiones*. Sin embargo, ese porcentaje cae abruptamente cuando se pregunta, en los censos*, por la autopercepción, donde la enorme mayoría se reconoce “blanca”. Ahí está, en esa brecha, la centrifugadora funcionando a pleno. Y eso, pese a quien le pese, es racismo.
Yo no sufro de racismo, ya lo dije. No me paran por portación de rostro, no me siguen en los negocios, no tengo que dar explicaciones de mi existencia en este país. No vivenciarlo, no me excluye del problema. De igual modo, hace tiempo que no me defino como “blanca”, sino como mestiza, una categoría que nos cuesta a los argentinos y argentinas porque nos enseñaron que teníamos que entrar, para pertenecer a la Nación, en esa gran bolsa de la blanquitud. Escuchar las experiencias de las comunidades afro, indígenas y de los barrios populares es imprescindible para entender cómo se vive el racismo en carne propia. No pretendo hablar por elles, ni en su nombre. Pero pensar que el racismo es un tema que solo “les compete a elles” es, otra vez, negar su existencia. Expulsar el problema hacia otro cuerpo, otro barrio, otra genealogía, para no tener que mirar la propia, de forma crítica. Porque la responsabilidad de desarmar el mito de la Argentina blanca no puede estar depositada sólo en quienes la padecen. Es también de quienes, como yo, entramos con más o menos facilidad, en ese gran contenedor de la blanquitud, sin preguntarnos siquiera qué se esconde dentro.
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