Los planos que trazan la Rosario imaginada por el Plan Estratégico 1998 representan muchas veces en sus dibujos el agua de color celeste, en realidad turquesa. Parece una cosa menor, pero es que al final una recorre esta ciudad y entiende que la manía por resignar el color marrón que le es natural al río no es un accidente, es un proyecto estratégico lleno de vicios coloniales, y se replica sobre su propia ciudadanía, sobre su trazado, sus instituciones y su producción de imaginario.

Rosario, la ciudad que “mira” al río, o lo que es peor, la ciudad “con balcón” al río, como si de una amenity se tratara, ha sido, desde los años 90 para acá, un mantra tautológico de gestores con corbatas y buenos modales. Un logro espectacular e incuestionable bajo la evaluación de sus propios artífices, defendido de manera edulcorada pero amenazante: ¡Nadie podría animarse a cuestionar la creación de espacio público! Sin embargo, si analizamos el proyecto ribereño desde la construcción de su piedra basal, el Parque España (¡Ja!), hasta hoy, la continuidad de planes que miran –literal y figurativamente– desde arriba la ciudad que dibujan, puede demostrar cómo el proyecto de planificación urbana es trazado por la misma pluma que el proyecto de fabricación cultural. 

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Repitiendo maniáticamente fórmulas de ángulos rectos y desarraigos tiranos de plomo y topadora, relegando y postergando una ciudadanía propia en nombre del desarrollo porteño fílico y sintomático. Los últimos 30 años de Rosario han sido un proyecto de modernidad occidental involucionada, pretenciosa y obsecuente, desesperada por la atención de un interlocutor que ni la registra. En ese proceso puede hacerse una lectura muy prístina del desvencijamiento y perversión que ha experimentado tanto en su proyecto de ciudad como en el aparato político que lo motoriza. Una obsesión constante por desterrar los surcos serpentinos que la lucha por habitar de los barrios populares dibuja sobre sus propios territorios. Una necedad blanquista y correcta, una socialdemocracia extranjera, de dirigentes de dientes blancos, de museos subastadores, de artistas de bienales, de arquitecturas importadas; una armonización facial médicamente no respetada, que podrá mirar el río, pero su giro es a costa de darle la espalda a su pueblo. 

La coronación: esa condena de torres falocráticas con la que buscan perpetuar un modelo neoliberal incapaz de financiarse sin la guita del narcotráfico y las divisas de una producción agrícola evasora y angurrienta.

Vuelvo a la idea de mirar el río desde un balcón, y desde ahí, en la osadía de hacer trazabilidades abiertas. Busco entender cómo los gestores de tanto desperdicio de oportunidad imaginan e inventan una ciudad que no es la que insiste en aparecerse por sus bordes y estrías. Entibio la ira que me produce forzando creer que lo han hecho por ineptitud más que cinismo, pero muy a mi pesar, hay en su lógica un poco de las dos cosas, y una balanza que ya ha oscilado demasiadas veces como para ganarse el beneficio de la duda. 

El programa de antropización del paisaje hídrico, la construcción del borde costero, ese balcón que mira al río con prudencia y distancia, que lo pinta al óleo en un marco museístico, narra al ciudadano como degustador visual que necesita y hace uso de un bagaje para comprender la inmensidad y el goce con la mirada. Esta producción no es más que la materialización arquitectónica que extiende constructivamente el proyecto nacional escrito en letra de moldes en Facundo o civilización y barbarie. A fin de cuentas, la domesticación de la naturaleza salvaje se aplica tanto a un gaucho o a una india como a un río amazónico o a un humedal, a veces a ambas cosas con la misma operación. De hecho, donde hoy una línea de barandas y carteles de prohibido pescar delimitan el borde ficcional del Paraná, supo haber una historia de oficios, prácticas y afectos que habitaban el río desde el contacto y la inmediación. La ciudad colonizadora aísla la fundición del cuerpo en la inmensidad natural que las pinturas de Raúl Domínguez bien pueden representar. De esa mirada de artista no se rescata nada, en el proyecto de ciudad en desarrollo figura una alteridad carente e imposibilitada, como la de Antonio Berni que dibuja al niño pobre sin oportunidades, que lo único que ha hecho con el espacio que lo rodea es llenarlo de basura y sufrir de su propia incapacidad para habitar. Un territorio de Juanitos necesitados del héroe blanco que lo saque de allí, y lo saca solo para dejarlo más lejos. 

La vivencia del paisaje natural en estado de habitabilidad inmersiva, propia de lo originario y lo popular es (in)comprendida como salvaje y primitiva, monstruosa, erradicable. Se traza un proyecto que esteriliza la fórmula ecosistémica de un medio fértil para la cultura litoraleña, y acontece un fondo decorativo que facilita riberas de especulación inmobiliaria, que mercantilizan el espacio público y lo desidentifican de cualquier marronitud posible. Se funda así la necesidad de mostrarle a la ciudad un modo de existir contemplativo y visual, un agua contenida y accesoria, como la del Parque Independencia o la de los barrios cerrados. La única aparición que el proyecto de ciudad que mira el río no puede contener serán los bárbaros indisciplinados: los trapitos, las vendedoras ambulantes, los cartoneros. Problemas vivos, personas que ensucian, que no quieren trabajar, indignos, padres y madres de las criaturas que venden una lechucita de barro que “hoy no puedo, ya compré”. Figuraciones filtradas por capilaridad asfixiante a enunciar una potencia creativa, una herencia poderosa, una memoria resistente, pero invisible para el capital y los palacios, tamizada entre el vidrio y el acero que quieren gestionar para recibir un aplauso –o un chirlo– que nunca llega.

¿Qué oportunidades quedan para una ciudad que ha petrificado un borde de instrumentos expulsivos para cualquier pobre o negro? ¿Hay respuestas y esperanzas? ¿Hay batallas por dar? Por suerte muchas. Sin ir más lejos, son el Mangrullo y el Saladillo, hoy secos, rociados de venenos y culebras, laboratorios para recuperar y habilitar renegociaciones de la cultura y la naturaleza, capaces de potenciar la historia que vincula lo humano con lo exógeno desde una herencia situada. La cultura pesquera y navegante de esta ciudad resiste a sus demoliciones de buldócer y excavadoras. Es necesario responder con programas de usos mixtos, producciones que hibridan y contienen lo existente, experiencias superadoras que restituyen un nuevo punto de encuentro para descubrir la identidad propia donde antes escribió la ciencia como enfermo y salvaje. Es también el terreno de la Zona Franca de Bolivia todavía un lugar donde hay todo por hacer, aunque la actual gestión ya la ha bautizado con sus nuevos viejos carteles de “más balcones al río”; en ese territorio tiene que haber un proceso de resistencia y batalla contra cualquier otro proyecto que no garantice el derecho humano de acceso a una ciudad saludable y la garantía de terminar con la depredación de los recursos naturales. Solo podemos permitirnos un acceso directo al agua, una inmersión de posibilidad pública, lúdica, gozosa, risueña y plural; deportes hídricos de acceso libre y gratuito, balnearios y fuentes para meter las patas, un lugar donde ser salvaje reconstruye el origen y el centro de nuestras tradiciones, imagina un horizonte común. Así señalo tan solo tres ejemplos importantes para zurcir la cultura y la urbanidad desde una reinvención que afronte e interpele lo que una sucesión de profesionales incompetentes ha mirado con los ojos ciegos. Pero en ello entiendo tan solo el puntapié de una batalla que trascienda generaciones y ciclos vitales. Un borde donde en vez de balcones para alucinar un agua turquesa mediterránea construyamos puertas giratorias, piraguas indígenas, orillas indisciplinadas donde divaguen camalotes, flores y bagres, tintes barrosos que pinten tanto cemento de ese pigmento que sí es nuestro y algunos ansían que olvidemos: el color marrón.

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Sobre el autor:

Acerca de Joaquín Gómez Hernández

Nacido en 1990 en la Base Naval de Puerto Belgrano y criado en la isla de Tierra del Fuego, Joaquín Gómez Hernández es artista y se recibió de arquitecto en la Universidad Nacional de Rosario a los 25 años. Sus intereses artísticos construyen una forma de trabajo desarticulada, con variaciones de escala y lenguajes. Las […]

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