A veces para volver a enamorarse de algo basta con sacar a ese algo de su contexto natural: mover la mesa contra una ventana para volver a sentirse en casa; viajar con los compañeros de curso para verlos con sus trajes de nieve de nuevo extraños; detenerse una noche a escribir el propio nombre en una fachada. Pero a la ciudad no se la puede cambiar de lugar. Para volver a gustar de ella hay que mirarla desde lugares nuevos: podría ser suficiente con hacer un recital en una galería, subir a una terraza desde donde se puedan ver muchas otras terrazas o cruzarse a las islas para verla desde el otro lado borronearse como un sueño.

En los últimos años estos trucos para volver a gustar de la ciudad ya no funcionan. O funcionan pero su efecto no es duradero. Ahora siento que estoy adentro de uno de esos trucos: son las 4 de la tarde de un sábado supersoleado sin rastro de humo por la quema de las islas. Camino hacia la “Ranchada Poética”, una lectura abierta autoconvocada, una celebración de la poesía y la primavera organizada por Daiana Henderson y Cristhian Monti (editorxs de Neutrinos) y por Julia Enriquez (a cargo del sello Danke).

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Rosario parecía hecha para el afuera. Quizás con la pandemia estemos a las puertas de lo social post-urbano: una sustracción de los cuerpos del espacio público.

–Amigues, estamos en la Ranchada Poética. No es que le estemos dando inicio sino que ya venimos ranchando ad eternum, o sea desde siempre y para siempre —dice Julia, a modo de bienvenida—. Estamos celebrando la poesía y la primavera en nuestra querida ciudad que, como ya venimos charlando en otros encuentros, se está volviendo un poquito difícil querer vivir acá. Pero le vamos a seguir poniendo onda y nos vamos a seguir divirtiendo.

La montañita del Parque Independencia se convirtió en un anfiteatro natural. Sentados en la escalera por la que se accede a la casita de la cima o semiacostados en la pendiente de césped, poetas y editorxs de Rosario, Buenos Aires, Santa Fe y Paraná escuchan las reglas que Julia explica desde abajo: “un poema por persona, la cantidad de veces que quieran”. Se puede usar un cono de cartulina rosa llamado “versófono” o un pequeño megáfono casi de juguete para hacerle frente a los cantos de las cotorras y a las bicis de los vendedores de churros que como satélites musicales dan dos vueltas alrededor de la montañita y después se van.

Ahora pienso que, para volver a gustar de la lectura de poesía solo hay que sacarla de su contexto natural: las programaciones, los centros culturales, la noche, los bares. En las redes sociales leí una invitación al evento que decía: “Lectura abierta autoconvocada, sin curadores, sin poetas centrales. Pensemos nuevas formas de encontrarnos y escucharnos”. Y otra, más tarde: “En el Parque Independencia los museos están desfinanciados, además se pretende poner un McDonald’s, privatizar el espacio verde y público. ¿Esta es la ciudad cultural de la que tanto se habla?”

Ranchar es quedarse a vivir un tiempo en la casa de otra persona. Pero también, por extensión, mantener una opinión, actitud o decisión con empeño, más allá de los obstáculos o argumentos en contra. Encuentros como este se mantienen firmes en la convicción de hacer de Rosario una ciudad todavía habitable, acogedora, amiga.

De las lecturas a veces escucho lo que el viento me trae. Por ejemplo, ahora me llega una frase con la que una chica cierra su poema:

los procesos que atravieso

siempre me devuelven un fanzine.

A algunxs poetas no necesito escucharlos, porque escuchar lo que leen se superpondría con el poema que lentamente escriben ellos mismos, sin saberlo, en mi mente, como cuando un chico sentado en las escaleras se levanta, una pelota en una mano, la otra con el celular, se detiene en la base de la montañita y, lejos de hacer lo que todos esperábamos que hiciera, lanzar la pelota, la deja bajo su pie, detenida, usándola como otros llevan aros, anteojos o bicicletas, como un accesorio más, pero fácil para él de cargar, aunque fácil también de perder y por eso la pisa con el pie como alguien que se acomoda el pelo antes de salir en la foto, para empezar a leer a viva voz un fragmento de “Canto a mí mismo” de Walt Whitman tomando el celular como si fuera un libro con las dos manos.

A Daniel Durand sí se lo escucha: en parte porque lee un poema que se acelera y se intensifica, por lo tanto, en volumen, en parte también por cierto modo de cortar en seco aunque rítmicamente las palabras, como llegando con adrenalina a los silencios de los cortes de verso. De hecho, el poema se llama “Cuando empiezo a imaginar no puedo parar”:

No puedo encontrar el punto exacto de mis sueños

Donde quedarnos a vivir para siempre:

Primero una entidad interestelar me otorga

Un anillito mágico que se encarna en mi pulgar

Con el que puedo dominar y modificar a mi antojo

Un decallón de multiversos.

Apunta con el anillo para resolver los problemas domésticos primero, como destapar el inodoro o callar a la beba hasta, finalmente, convertido en un ser todopoderoso, crear para cada familia de la Tierra una galaxia. La misma imaginación desbordada, aunque en este caso decididamente futurista, se encuentra contenida dentro de los QR que la poeta limeña Wendy Yashira reparte impresos en folletos y stickers: el proyecto de poesía electrónica se llama Yperpoesía eres tú y su slogan subvierte la famosa frase atribuida a Fredric Jameson (“es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”) en “es más fácil imaginar el fin del capitalismo que el fin del mundo”.

Lejísimo del QR y de la lectura en celular, Gonzalo Vega, de Santo Tomé, editor del sello Corteza, lee una especie de papiro hecho de hojas A4 pegadas una después de otra que a medida que avanza con la lectura empieza a chocar el césped. En el poema un librito de una editorial independiente habla en primera persona contando su historia de vida: desde su nacimiento en una computadora del programa Conectar Igualdad y el paso por ferias donde había “mucho olor a chori, porrón y meada”, hasta su presente con una chica que lo lleva a pasear, lo presta y a veces lo trata como si no fuera consciente de su fragilidad material:

Al principio me dio miedo, porque

los otros libritos eran más chetos

y la piba parecía que no sabía

que somos frágiles. Una zarpada,

me doblaba las puntas de las hojas.

Un día escuché que lo hacía para marcar

lo que le gustaba. Soy un paranoico.

A veces me presta y salgo pa otro lado

eso me re cabe, soy super dado.

Es lindo que te lean

porque la lectura, y más aún la puesía,

es eso: compartir con amibitos.

En la feria de editoriales hay libros así de frágiles y no tanto: libros autopublicados pero también catálogos de editoriales de Santa Fe (Corteza), Paraná (Gigante), Buenos Aires (Slimbook) y Rosario (Danke y Neutrinos). De una breve plaqueta autoeditada lee Bernardo Orge un poema dedicado a un corredor que le muestra una casa para alquilar, un ser angélico dentro del inhumano universo inmobiliario. Los poemas de Bernardo tienen una musicalidad extraña, llena de rimas que se hacen esperar, o que llegan demasiado pronto, como si estuvieran no donde las esperaríamos sino en lugares apenas corridos, incómodos. Lo mismo sucede con los silencios. En la segunda ronda lee un poema que también le habla a una segunda persona, a una amiga excompañera de un trabajo al parecer relacionado con la cultura, pero no remunerado. En principio, la no remuneración es tratada con ironía para luego habilitar la imaginación de un mundo en el que gratis es sinónimo de libre, de feliz:

 

Vos me mirabas y me decías: sos un autoexplotado.

Yo te miraba y te decía: sos una autoexplotada.

Pero sabíamos que era mentira. No podíamos ser autoexplotados por la sencilla razón de que trabajábamos gratis.

¿Dónde terminaba una cosa y empezaba la otra?

~

 

En todo caso, decías, Dios también es un autoexplotado.

Y: Dios trabaja gratis.

Y: sí, por eso el cielo es un lugar encantador.

 

Yo estoy en la base de la montañita que después de este poema empiezo a ver distinta, como un monte Olimpo del que empiezan a bajar poetas levantando polvo, sacuden sus mantas, se golpean los muslos para dejar en el parque lo que es del parque, tierra, pastos, y se llevan a la vez todos los restos, latas de cerveza vacías, budineras con migas, bolsas. Ya es el atardecer. Me quedo pensando en las cosas sacadas de su lugar esperable para que nos gusten de nuevo, o para que nos gusten más. En las rimas corridas del poema de Bernardo que en una extraña disonancia me atraparon y en la subversión del poema de Becquer en el título del proyecto Yperpoesía eres tú. Una vez, en una entrevista, Mariano Blatt dijo que la poesía es estar apenas corrido del lenguaje. O puede ser, digo yo, encontrar un destello “agramatical” donde la realidad puede hacer la revuelta de la encerrona en que la deja nuestra propia mirada. Como para ver el revés de las cosas agarrándolas por sorpresa, como si no tuvieran tiempo de posar para nuestra foto mental.

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Sobre el autor:

Acerca de Anaclara Pugliese

Nació en 1989 en Arroyo Seco. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó La sombra de las nubes (Editorial Municipal de Rosario, 2017), Dos poemas (Ediciones Arroyo, 2019) y Dos arcoíris & un desierto (La Vieja Sapa Cartonera, Santiago de Chile, 2019). En 2015 participó en el Festival Internacional de Poesía de Rosario y en 2019 en el Encuentro Nacional de Poetas […]

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