Kekena Corvalán*, es curadora, profesora de arte latinoamericano y teoría cultural, investigadora y escritora feminista. Es una activista de la lucha por visibilizar a las artistas mujeres. En el año 2009 comenzó dando talleres en el Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA) y en 2011 en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). En 2018 rescató de sótanos y rincones las obras de artistas mujeres que estaban invisibilizadas en la colección del Museo de Bellas Artes de Neuquén. En 2020 fue una de las curadoras de la muestra feminista mas grande de la Argentina Políticas del deseo: Para todes, tode, que tuvo lugar en el Centro Cultural Kirchner (CCK) en marzo de 2020 bajo la consigna “Nosotras movemos el mundo”, donde se presentaron 250 obras de artistas de todo el país. La muestra colectiva expandió el concepto de feminismo dándole lugar a artistas del colectivo LGTBI. Es autora de Curaduría Afectiva (Editorial Cariño) y Curaduría del Fin del Mundo (Elmismomar) dos producciones que dan cuenta de la práctica curatorial que propone pero que a su vez sirven de mapa de experiencias.

 

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–¿Qué es la curaduría afectiva? ¿Es la forma de pensar a contrapelo del canon tradicional o es la creación de algo completamente diferente?

–La curaduría afectiva no es tanto pensar a contrapelo del canon, porque el canon de por sí es muy disciplinador y nos costó mucho pensar que el canon es no solo una construcción cultural sino fundamentalmente un dispositivo político que decide qué cuerpos entran o no entran a la historia del arte. Por eso la curaduría afectiva tiene que ver con el trabajo de campo. Me defino como curadora, investigadora de campo, alguien que crea archivos, que hace cartografía, mapas. Una curadora que trabaja con la política del deseo. La curaduría afectiva es esa energía específica que insurge territorizalizando deseos y que logra imponer o hacer emerger otras enunciaciones posibles. Lo que hago es disputar la enunciación. Por ese lado, la curaduría afectiva pensada de manera colectiva, situada, con autoridades discutidas, que abandona el lugar de poder, que se saca la gorra. Soy curadora de gorrita, a veces parezco un pibe chorro, con borcegos embarrados. Comparto con otres al entrar a los talleres, perder distancia y mezclarlo todo. Con compartir me refiero a que con les artistas que laburo duermo la siesta, me meto en el río, les busco les chiques en el colegio. Con esa misma afectividad y corporalidad me meto en las reservas de los museos y hago exposiciones.

–¿En qué sentido la curaduría afectiva tiene más que ver con las mujeres y las disidencias que con los varones?

Puede ser que tenga más que ver con los cuerpos feminizados y racializados, porque con el género solo no alcanza. También hay que dar cuenta de todas esas múltiples opresiones para emanciparnos. Tiene que ver con un gesto de abandonar el poder y de abandonar la certeza. De ir a un lugar más poroso, más embarrado, más pegajoso. Entre nosotres más festivo, más desfachatado, desmarcado, descentrado, descompensado.

–Post Ni Una Menos y Nosotras Proponemos las exposiciones colectivas son cada vez más. También son más los proyectos artísticos y culturales colectivos que individuales. ¿Qué pasa con aquella imagen vieja imagen del artista creando en soledad?

La imagen del artista en soledad ya no existe más. La curaduría afectiva tiene que ver con recuperar lo colectivo que no es lo mismo que lo grupal. Porque en lo grupal en general hay coincidencias de intereses y en la curaduría afectiva –pensada como colectivizante– no hay tanto comunidad de intereses, es decir, intereses comunes por los que todos luchamos –como ser entrar al museo a hacer una muestra de artistas mujeres– sino que se apoya en fuertes debates y no trabaja tanto por comunidad de intereses individuales sino por consensos colectivos. Charlamos sobre un tema y nos podemos de acuerdo para lograr el consenso y vamos por ese tema. Un poco como la metodología feminista que se puso en marcha para el debate del aborto, somos de distintos partidos, de distintas orgas, tenemos distintas miradas pero consensuamos que había que lograr el derecho al aborto a partir del laburo de determinadas compañeras a las que también consensuamos para poder sostenerlas en esa lucha como nuestras referentas. Nuestras referencias y nuestras genealogías, aunque parezca una paradoja, son horizontales. Porque genealogía presupone una verticalidad, una línea de tiempo, pero como también sabemos que toda genealogía implica un poder y que el archivo es un lugar de poder canónico, nosotras producimos genealogías horizontales. Se trata de producir más parentesco que ancestralidades, algo que venimos discutiendo desde la curaduría afectiva.

–Te vemos recorrer desde el norte al sur del país en busca de experiencias. ¿Qué cosas comunes encontraste en regiones bien distintas y qué diferencias se destacan en las formas y los modos de producir o en los temas que se trabajan en cada región que mapeaste?

Desde el norte al sur, desde el este al oeste lo que encuentro en común es el querer sacudirnos los binarismos, el estar hartas, hartos, hartes de binarismos. Y las políticas del deseo. Las ganas de hacer sin esta cosa de Buenos Aires que drena, que chupa todo el tiempo el resto del país. Y ciertas escenas que tienden a reproducir eso que pasa en Buenos Aires como en Santa Fe, Rosario, Córdoba que en sus planteos hegemónicos de grandes curadores o de museos más como hegemonizados repiten las lógicas porteñas que impone un grupito que aparte está apoyado en lógicas de mercado. La otra gran discusión es la económica detrás de esto, de qué tipo de economías mueven estas lógicas de mercado, de economías individualista que se apoyan en el objeto, en todo ese elemento tradicional de la curaduría de relato, de guión, de piezas sagradas que ya sabemos quiénes la producen y quienes se benefician de este modelo de producción artística simbólica y económica.

–Si tuviésemos que pensar en un kit de supervivencia para la gestión cultural. ¿Cuál sería el tuyo?

Un elemento clave de mi kit es la afectación, dejarme afectar, es sentirme no tanto una etnógrafa que va a estudiar como mecenas de miradas, de saberes únicos y centrales sino el ir a embarrarme con el otre, el rozarme con el otre. Hablamos de curaduría afectiva no sólo porque nos querramos o porque busquemos consensuar, respetar y cuidar sino porque fundamentalmente nos transforma la curaduría. Este lugar de la afectación, del saber viajar mundos –como diría María Lugones–, del saber recorrernos. No hacemos más que saber gestionar otros mundos dentro del nuestro para mi es el kit de supervivencia. Por eso la  clave es escuchar, escuchar más de lo que hablamos, escuchar desde un lugar cuidadoso, amoroso, incluyente, abierto, indisciplinar. Mi kit tiene: afectación, escucha, ganas. Hay que tener muchas ganas de estar con otres y de compartir. Y tiene horizontalidad y economía del don.

 

*Kekena Corvalán participará del Encuentro de Editoriales Independientes y Universitarias Más libros y democracia. El jueves 8 de junio a las 14 en el salón de actos de la Facultad de Humanidades y Artes participará junto a Georgina Ricci y Analía Solomonoff  de Curaduría, gestión, educación, prácticas artísticas: no nos cansamos de estar juntxs. 

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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