La mayoría de mis amigos y colegas están hartos de que les hable de Rocky. Cuando lo hago su paciencia dura cada vez menos. “Basta, cortála”, me dicen. Los más jóvenes, algunos de ellos estudiantes de la Licenciatura en Historia en la Universidad Nacional de Rosario o becarios doctorales en el Conicet, directamente no me entienden. Me miran con extrañeza y con cierta condescendencia me dicen: “Ahh… es que nunca vimos esas pelis”. Entusiasmado les digo entonces: “¿No? Bueno… tienen que verlas”. Así como Los Simpson proveen a muchos de mi generación (estoy ya en la cuarta década) un lenguaje compartido y un repertorio de situaciones para interpretar la realidad cotidiana, en mi caso ese lugar suele ocuparlo la saga del boxeador de Filadelfia.

A lo largo de su carrera, dejando de lado el debate sobre su dudosa calidad actoral, Stallone ha tenido un buen olfato político y un gran sentido de la oportunidad. En Rocky y Rocky II, por ejemplo, lanzadas en 1976 y 1979, ofrece un potente retrato de la situación de las clases populares en unos Estados Unidos que ya palpitan la llegada de Ronald Reagan y el retroceso de las políticas sociales surgidas tras la segunda posguerra. De igual manera, en 1985, el lanzamiento de Rocky IV es casi “quirúrgico”. Su estreno se produce apenas unos meses después de la llegada al poder de Mijaíl Gorvachov en la URSS y el inicio de una serie de reformas económicas conocidas como Perestroika.

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La película fue un éxito comercial rotundo. Recaudó una cifra enorme: alrededor de 300 millones de dólares, y se convirtió en la entrega económicamente más exitosa de la saga. Además, hasta el 2009 fue la película de temática deportiva más taquillera de Hollywood.

En términos simbólicos, con la inesperada disolución de la Unión Soviética en 1991, el film adquirió un aura particular y su impacto en la cultura de masas se agigantó. Rocky IV se convirtió en una cantera inagotable de imágenes para ilustrar la caída del comunismo, como si la increíble derrota del boxeador soviético Iván Drago en la ficción hubiera anticipado la derrota económica y política de la URSS poco después. Su vigencia sigue siendo todavía muy fuerte.

Les cuento un secreto: en facebook soy parte de varios grupos de coleccionistas de figuras de Rocky, la mayoría de ellos integrados por estadounidenses. En estos días, en el medio de la guerra desatada en el este de Europa, circularon en el grupo imágenes del Stallone triunfante de Rocky IV, con la bandera de Estados Unidos en la espalda, y la frase: “Sólo él puede detener a los rusos”.

Rocky IV: Director’s Cut

Durante la pandemia, Stallone volvió sobre su proyecto varias veces anunciado de hacer un nuevo corte de Rocky IV. Aunque fan de la saga, reconozco que la película de 1985, más allá de su enorme éxito económico y su popularidad, no es de mis preferidas. Todo es demasiado apresurado y se abusa de montajes que parecen propios de un videoclip. En este instante me viene a la mente uno de ellos, en el que Rocky conduce por largos minutos (¡más de cuatro!) su Laborguini Jalpa recordando su relación con Apollo a través de una secuencia de imágenes tomadas de las anteriores entregas de la saga.

En su momento, la crítica demolió el filme. También Stallone, según sus propias declaraciones, no quedó del todo satisfecho con el corte final. Tras varios amagues, en plena pandemia, optó finalmente por sentarse y encarar a sus 75 años el proyecto de una nueva versión. El proceso quedó registrado en un documental que tituló The Making of Rocky vs. Drago que puede verse en YouTube. En él nos encontramos con un Stallone con barbijo entrando a diferentes salas de edición, debatiendo con sus asistentes de producción, contando anécdotas y explicando algunas de sus decisiones.

Abro un breve paréntesis: en este documental cuenta cómo debió ser hospitalizado luego de que Dolph Lundgren, el actor que interpreta a Drago, intentara noquearlo a pedido del propio Stallone con el propósito de darle más realismo a las escenas. Uno de los golpes que recibió fue tan fuerte que debieron llevarlo en avión desde Canadá a California, donde estuvo hospitalizado varios días en terapia intensiva. Cierro paréntesis.

El estreno de Rocky IV: Rocky vs. Drago llegó a finales del 2021 y, como su antecesora de 1985, lo hizo de nuevo en un momento bisagra, en medio del creciente enfrentamiento político y militar entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia. Como si Stallone hubiera estado aguardando el momento justo para volver al ruedo.

Una versión sorprendente

Si bien se trata de la misma película, los cambios entre una versión y la otra son significativos. Debo confesar que antes de verla no esperaba encontrar tantas modificaciones. Algunos retoques más bien cosméticos, tal vez algunos minutos agregados y no mucho más. Mis amigos me molestaban en tono burlón: “Seguro que es la misma película con dos minutos más, así puede seguir juntando guita”. Lo del dinero no lo discuto, pero la versión que vio la luz en noviembre del 2021 es sensiblemente diferente e incluye unos cuarenta minutos de escenas nuevas. ¡Muchísimo! El resultado es una película, en mi opinión, bastante mejor. Para empezar, elimina partes muy bizarras y totalmente irrelevantes como la del cumpleaños de Paulie (Burt Young), el cuñado de Rocky. Célebre entre los fans por el regalo que recibe: un robot con una sensual voz femenina que lo sigue a todas partes proveyéndole cerveza. Si la escena era ya de escaso valor artístico en su momento es difícil imaginarse lo mal que ha envejecido al día de hoy. Incluso para un fan como yo que, dicho sea de paso, tiene una figura del robot en su biblioteca.

En esta ocasión, Stallone optó por quitar toda la secuencia así como otros pasajes e incorporar, como adelantaba, mucho material inédito. El resultado es un filme de ritmo menos vertiginoso, algo más mesurado y en donde los personajes tienen más espesor y complejidad. Si bien hay diálogos que en términos de una perspectiva de género atrasan un milenio, Adrian (Talia Shire) asume un rol más activo que en 1985, donde quedaba totalmente desdibujada. Nos encontramos además con un Apollo (Carl Weathers) cuya muerte en el ring cobra otro sentido a la luz de su estado emocional. El filme construye a un Creed quebrado, a la deriva, que no logra aceptar su retiro y, en definitiva, la vejez y el silencio de la vida lejos del ring. Un Apollo que no soporta el olvido y está, hasta cierto punto, dispuesto a morir antes que dar por terminada su carrera. También Drago aparece retratado de manera menos lineal. Desde un comienzo se lo muestra más autónomo y a lo largo del filme va revelando, a diferencia de la versión de 1985, que no es un mero instrumento del Kremlin, sino un boxeador ambicioso que quiere ser reconocido en el mundo entero por sus dotes pugilísticas. Esta nueva mirada sobre Drago vuelve más comprensible su rebeldía hacia el final de la película, cuando ante las críticas de uno de los funcionarios soviéticos reacciona con furia arrojándolo contra el público y gritando que no pelea por nada ni para nadie, sino por él mismo. Hasta aquí lo referido al tratamiento de los personales y de la trama. ¿Qué pasa en el registro político e ideológico? ¿Qué dice el filme sobre la guerra fría? ¿Cambian las cosas respecto de la versión de 1985?

Alerta spoiler: los líderes rusos son malos, muy malos

En la versión de 1985, al final de la pelea, un Rocky agotado dirige un discurso al público ruso en el que habla de cambio y reconciliación. Hay varias cosas para resaltar de sus palabras. Por un lado, el tono pacifista: Rocky señala que es preferible una pelea en el ring antes que una guerra en la que millones de personas se verían afectadas. Por otro, el creciente triunfalismo de la era Reagan. “Todos pueden cambiar”, dice Rocky, pero, en los hechos, los que tienen que hacerlo son los rusos. Rocky dice literalmente: “I guess what I’m trying to say, is that if I can change, and you can change, everybody can change!” El sentido de la frase es claro. Rocky ha cambiado su opinión sobre el pueblo ruso para bien pero porque el pueblo ruso ha comenzado antes a apoyarlo y, desde las gradas, Gorvachov se pone de pie para aplaudirlo junto al resto del Politburó. En resumen: son los rusos los que cambian, tanto el público como los dirigentes comunistas que, encabezados por Gorvachov, parecen dispuestos a liderar un cambio en favor de los supuestos valores “democráticos” defendidos por Estados Unidos. Una guerra fría que los norteamericanos ganan sin necesidad de ninguna conflagración, por obra y gracia de la “conversión” del pueblo ruso y del Partido Comunista ante la proeza de Rocky.

En la versión del 2021 las cosas han cambiado bastante. Gorvachov ya no aplaude a Rocky sino que se levanta irritado y tras mirar con tono condenatorio al resto de los dirigentes del Partido Comunista abandona el palco visiblemente descontento. Lo siguen el resto de los funcionarios. Por otro lado, el fervor popular a favor del boxeador de Filadelfia es mucho más explícito. Se agregan varias escenas que muestran la devoción repentina y el afecto que los rusos sienten por Rocky.

Al mismo tiempo Drago, abatido, se queda en su rincón del ring. Mientras en la versión anterior, el triunfalismo norteamericano admitía la posibilidad de que los dirigentes rusos devinieran aliados, en la versión de 2021 esa puerta se ha cerrado. En un contexto de recrudecimiento del clima de guerra fría y de rusofobia, Stallone opta por demonizar sin atenuantes a los políticos rusos. En este sentido, el mensaje final del filme parece ser: nada bueno puede ya provenir de ellos. En contraste se subrayan las muestras de autonomía del pueblo ruso, incluidas las del mismo Drago, saludado por Rocky con cierto respeto al final de la pelea. Algo impensado en el corte de 1985.

Stallone lo hizo de nuevo

Con ese sentido de la oportunidad que lo ha caracterizado a lo largo de su carrera, Stallone lanza su nueva Rocky IV en el momento justo: cuando el crecimiento de las tensiones entre Rusia y Estados Unidos alcanzan su nivel más alto desde el final de la guerra fría. En este nuevo contexto, y en el marco de una política exterior norteamericana cada vez más agresiva en el este europeo, ya no hay lugar para miradas ambivalentes sobre la clase dirigente de la actual Federación Rusa. Stallone lo sabe y la nueva Rocky IV ya no deja abierta la puerta para la reconciliación con los dirigentes políticos rusos. El filme no va más allá pero, qué duda cabe, los tambores de guerra resuenan en él mucho más fuerte que en la versión de 1985.

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Sobre el autor:

Acerca de Diego Mauro

Nací en Rosario a finales de 1979. Soy amante del cine de ciencia ficción, aficionado al piano y fan de Rocky. También colecciono figuras de películas y siempre he sentido curiosidad por el idioma ruso. Intenté estudiarlo pero no me fue bien. Ahora trabajo como investigador en el Conicet y como docente y coordinador del […]

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