El original de este texto se publicó en The Atlantic (se puede leer en inglés el enlace). Trata sobre la serie Mare of Easttown (HBO), que terminó de emitirse el domingo 30 de mayo pasado y protagonizó Kate Winslett. La serie transcurre en un pequeño pueblo de Pensilvania, Estados Unidos, donde es fuerte la descendencia irlandesa y la iglesia católica.

ATENCIÓN: este artículo contiene spoilers y fue escrito para quienes terminaron de ver la serie.

Mare of Easttown es un nombre extraño para un programa de televisión prestigioso: es torpe, no describe nada, es homonímico. (“Entonces, ¿ella es la intendenta?”, podrían preguntarte cuando recomendás la serie y, en cierto modo, lo es). “Mare” es la abreviatura de “Marianne”, que es el nombre que corresponde con la desaliñada Kate Winslett, la detective del condado de Delaware que aspira su vaporizador con la misma naturalidad con la que saca el antiguo lápiz labial con migajas incrustadas de un cajón en el segundo episodio. Mare respira el tradicional cheesesteak de Filadelfia sin hacer una pausa para inhalar; transita con anteojeras los áticos malditos y embotella sus sentimientos como si fueran cerveza artesanal. Pero también tiene una misión que es una especie de maldición. Mare suena como mère, la palabra francesa para “madre”, y Easttown, como se describe en la miniserie de HBO de Brad Ingelsby, es un matriarcado fascinante. Los hombres de la serie pelean, engañan, roban, arrojan impetuosos botellas de leche por las ventanas, retroceden al ver sangre. Se deja a las mujeres, a las madres, hacer las cosas que importan.

Cheesesteak

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La ironía particularmente espantosa del final de Mare, que se emitió el último domingo, fue que su protagonista, una mujer que desvió el dolor de perder a su propio hijo tratando de salvar a otros, termina haciéndose cargo de los hijos de tantas madres. Está la afligida madre del breve compañero detective de Mare, Colin Zabel (interpretado por Evan Peters), que abofetea a Mare con tanta fuerza cuando ella le va a dar sus condolencias que todo lo que Mare puede hacer como respuesta es tocarse la mejilla en silencio. Está Carrie (Sosie Bacon), la madre del nieto de Mare, que renuncia a su batalla por la custodia después de una recaída en las drogas. Y, lo más angustiante de todo, está Lori (Julianne Nicholson), la mejor amiga de Mare, cuyo hijo adolescente, Ryan (Cameron Mann), finalmente se revela como el asesino de Erin McMenamin (Cailee Spaeny), su prima. Si Mare no hubiera resuelto el caso, le dice a su terapeuta ya en el final, Lori “todavía tendría a su familia”.

No estoy segura de que Mare of Easttown haya sido un espectáculo impecable. Sus esfuerzos durante siete semanas para desarrollar su intriga lanzando pistas falsas –¡Frank lo hizo! ¡No, el diácono! ¡No, Dylan! ¡Billy lo hizo! ¿O fue John?– dejó demasiados cabos sueltos para mi gusto. ¿Realmente Dylan arrastró a la pobre Jess de abajo de un auto y sacudiéndole una pistola en la cara por una simple fotografía? ¿No podríamos aprender más sobre Wayne Potts, el secuestrador y abusador en serie de mujeres jóvenes? ¿Fue realmente crucial escuchar tanto sobre la cirugía de oído del pobre bebé DJ? Y, sin embargo, lo que le faltó en elegancia a la trama lo compensó con la construcción del mundo, la actuación superlativa y la sensación de que a menudo el espectador era uno más dentro de las bromas. “Murdur Durdur“, la parodia de Saturday Night Live sobre una “detective canosa… con un acento muy específico” que regañaba a los policías por dejar sus panchos en el cadáver, era solo un poco más excesiva que la serie que satirizaba. Parte de la gran revelación del final de Mare se produce cuando un anciano se da cuenta de que faltan algunas cosas en su casa suburbana: un cortador de pizza, su taza “Iggles” y una pistola Colt.

Las series sobre mujeres detectives brillantes con vidas personales complicadas cuestan diez centavos la docena, y la mayoría de las veces terminan traficando con una figura agotada: que su profesionalismo requiere reducir, si no sacrificar por completo, las partes más estereotipadamente femeninas de sí mismas, como su empatía o sus instintos maternos. Lo que aprecié al final de Mare fue la forma en que modificó esa fórmula. Mare es una policía buena pero imperfecta, una madre y abuela buena pero imperfecta. No es una matona en un viaje de poder ni una adicta al trabajo que descuida a su propia descendencia para salvar a otros. Comete errores horribles y fatales. (“Si mi hijo no te hubiera seguido a esa casa, todavía estaría vivo”, le dice la madre de Colin). Su decisión de plantar heroína a la madre de su nieto para tratar de mantener la custodia es atroz, incluso cuando la serie ofrece detalles de cuán aterrorizada está Mare de perder a otro hijo.

Mare es, en muchos sentidos, una detective de ficción estereotipada: grosera, que bebe alcohol, una notable observadora. Pero también se guía por un impulso que es relativamente nuevo en las historias de crímenes, que es el imperativo maternal. El trabajo de investigación de Mare es inseparable de sus estrechas relaciones con la gente de su ciudad, que a su vez son imposibles de separar del estatus semimítico que tiene como heroína de básquetbol de la escuela secundaria y policía de confianza. Su autoridad es inconfundiblemente matriarcal y personal. Parte de la rabia de Mare en el primer episodio, cuando la madre de Katie Bailey da una conferencia de prensa sobre el fracaso de la policía de Easttown para encontrar a su hija desaparecida, se debe al propio sentimiento de derrota de Mare. Haber llorado a su hijo después de su suicidio la hace en particular perseverante para rescatar a otros. Su compasión hacia los adictos en su ciudad natal proviene de su conexión personal con muchos de ellos (Freddie, un sospechoso de robo en el primer episodio, es el hermano de uno de los amigos de Mare), pero también de su propia experiencia de tener un hijo con adicciones. Estamos muy acostumbrados a ver a los policías en la televisión actuar, golpear cabezas y cruzar la línea. Pero no estamos habituados a verlos maternalizar su trabajo de la forma en que lo hace Mare, para bien o para mal.

Sin embargo, lo que demostró el final es que los impulsos por cuidar y resolver el crimen pueden eventualmente colisionar. Los cuestionables sesgos personales que Mare mostró en los primeros episodios como mujer que arbitra la justicia en Easttown son desafiados en un caso en el que su deber para con la ciudad anula su deber para con su amiga. Según la conclusión del programa, ha aceptado que no puede permitirse determinar personalmente quién merece ser declarado culpable y quién no. Para hacer justicia a Erin, una niña asesinada, tiene que arrestar a un adolescente con el que está íntimamente relacionada. “Sólo eso”, le dice Lori en el coche, sollozando. “¿Por qué no pudiste dejarlo tranquilo?” Los espectadores pueden decidir por sí mismos si Mare hizo lo correcto. Lo que es indiscutible, sin embargo, es que hizo su trabajo, sabiendo muy bien lo que le costaría.

 

* Nota bene: se agregaron hipervínculos que no están en el original para contextualizar expresiones y referencias ajenas al público local. Traducción de Pablo Makovsky.

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Sobre el autor:

Acerca de Sophie Gilbert

Escritora. Escribe sobre Cultura en el centenario diario de Boston The Atlantic. Está en Twitter: @sophieGG.

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