El camarógrafo saca el encendedor mini bic del bolsillo de las monedas, prende el cigarrillo y lo vuelve a guardar, pero deja el dedo en el bolsillo. Está apurado y camina rápido por la vereda sur de calle San Luis, esquivando los puestos de gorras truchas de béisbol, de medias efímeras y calzones, con el dedo en el bolsillo de las monedas, como solían usarlo los banqueros por Wall Street sosteniendo el reloj de cadena, pero ahora resguardando con celo, no el encendedor, sino otra cosa: una tarjeta de memoria SD, la copia que hizo a escondidas del crudo de la película en la que está trabajando.

Una copia, como los relojes dorados de plástico que lo miran desde abajo, mientras él avanza.
Play.

Te puede interesar:

Una fuga obstinada y cotidiana

En los cuentos del nuevo libro de Federico Ferroggiaro los personajes encuentran en la intimidad y la familiaridad el punto en el que ya no se reconocen.

La actriz se saca el deshabillé y lo deja caer por detrás del sofá. El encuadre es abierto y se ven: un sofá blanco, la ventana con cortinas blancas, el piso de cerámicos blancos. Ella está vestida con ropa interior negra. El pelo también es negro, oscurísimo. Los ojos son verdes, pero en este valor de plano no alcanzan a verse bien: parecen negros. La piel de la actriz está bronceada.

En el encuadre predomina el blanco, y está ligeramente sobreexpuesto: irradia una luminosidad que vela por sobre los demás objetos. El plano se corrige, se hace más cerrado, cuando la actriz se sienta en el sofá y sonríe, aunque hay algo oscuro en su mirada, como una sombra de cansancio.
Pausa.

El local que alquila el camarógrafo en el subsuelo de la galería semiabandonada es una habitación de dos por tres con un aire acondicionado que no enfría y sólo sirve como ventilador. A él no le interesa repararlo, el verano no llega hasta el subsuelo.

El camarógrafo mueve el cursor sobre la línea de tiempo en el programa de edición. Vuelve unos segundos
hacia atrás y pone play. La actriz sonríe y da vueltas un chicle con la lengua, apretándolo contra los dientes. Lo
pellizca con los dedos, lo estira y lo contrae. Es el movimiento casual, inconsciente, que haría cualquier chica.

Juega con el chicle, unos segundos. Después se incorpora y lo mete en un vasito descartable que está en la mesa
ratona. Vuelve a sentarse. Mira hacia la ventana y queda unos segundos seria, pensativa. El sol entra tamizado por
la cortina: la luz es uniforme pero difusa.

Vuelve el cursor hacia atrás, al instante donde saca el chicle. Corta. Adelanta hasta que ella estira la mano
hacia la boca para manosear el chicle, antes de dejarlo. Corta otra vez. Aísla el fragmento en la línea de tiempo.
Lo renombra:

Jessica corpiño negro chicle fetiche

Tiene que averiguar si el chicle es fetiche o ingresa en la categoría de alimento.
Entra el actor. Se saludan con un beso. El camarógrafo adelanta moviendo el cursor con el mouse. Aparece
una asistente, de producción y dirección, el equipo de rodaje es reducido, y se ubica entre los actores y la cámara.
Levanta, hacia la cámara, una claqueta que dice Eddy vagina Jessica felatio toma 1.
Eddy se baja el pantalón, no lleva calzoncillos, y se frota la verga con un líquido.
El camarógrafo pone pausa y queda en suspenso. Levanta la vista y recorre, una por una, las imágenes de
Marilyn Monroe que forman el collage que adorna la pared, detrás del monitor. Se queda unos segundos, como
otras veces, con los ojos clavados en la mirada de Marilyn del póster ilustrado de la revista CIMOC del ‘87. Ella
tiene un ojo cubierto con un mechón de pelo rubio. Con el otro ojo no mira al posible espectador, sino a algo o
alguien que está detrás. Él gira la cabeza. Detrás suyo, la vidriera que da al paseo del subsuelo de la galería no
tiene cortinas, pero está pintada de rojo, desde el piso hasta el techo, con sintético brillante, y no deja ver nada
a través el vidrio, salvo por algunos rayones que han descascarado la pintura. Tampoco es que pase mucha gente
por el subsuelo de la galería, pero ahí están los huecos, para los mirones.

Adelanta con el cursor del mouse. Los ve actuar a un ritmo vertiginoso, hasta que el cursor llega al borde de la
pantalla.

Los actores quedan congelados en una pose incómoda: Jessica doblada sobre sí misma, las piernas pasando
los hombros de Eddy; Eddy ya casi sin fuerza, con la verga blanda errando la metida. Una mueca de sonrisa aparece en un costado de la cara del camarógrafo; y un brillo en los ojos, efímero.

Mueve el cursor varios segundos atrás y, en reversa, la verga saliendo ahora entra. Hace unos movimientos rápidos con el mouse, yendo y viniendo, y la verga, cuando todavía estaba dura, entra y sale, un centímetro, en loop.

Se regocija como un titiritero y, casi sin darse cuenta, la mano que no controla el mouse baja del escritorio y se
apoya en su muslo, con el dedo gordo muy cerca de su bulto. Pero enseguida, como en un acto reflejo, la mano
sale disparada hacia arriba y vuelve al borde del teclado.

Va a tener que mejorar esto, el editor. Él no: él es el camarógrafo, ha filmado, y en el momento de bajarlo a la
computadora ha robado una copia del crudo de esta película. Viene haciendo esto desde hace algunas películas.

Aprovecha el ahorro de producción, de que no hayan contratado a un media manager, y confíen precisamente en él.
Desliza la pantalla de la línea de tiempo y el cursor queda a la izquierda. A la derecha sigue habiendo más material para cortar: el programa de edición de video lo muestra como una franja horizontal de fotogramas, imitando los
rollos de película en la moviola, una antigüedad que a él lo fascina.

Adelanta con el cursor y los movimientos del sexo vuelven a pasar al doble de velocidad. Ella agarra la verga,
que se puso blanda y, haciendo un anillo con los dedos y apretando fuerte en la parte pegada a las bolas, hace que
se hinche y se ponga dura, y lo logra: la cabeza se pone roja. Maniobra y se la mete. Ella sabe, y hace todo rápido
y práctico. El editor agradecerá lo breve del fragmento que deberá sacar, para tapar esa parte, cuando corte el plano
cerrado de las tetas, o de la boca de ella gimiendo, y lo inserte encima de este fragmento. Pero es precisamente este
fragmento, que ya sabe que el editor desechará, el que el camarógrafo corta y aísla.

Lo renombra:
Jessi aprieta cabeza chota sangre

Por las dudas, hay quienes buscan estas cosas también. Pone play a velocidad normal cuando ve que han
terminado de hacer que cogen. Se escucha Corte pero el camarógrafo no ha cortado. Jessica se está limpiando la
cara y las tetas con una toalla mojada, porque Eddy acabó como pudo, no directo a la boca, y manchó todo. Ella se
recuesta en el sofá y la asistente le alcanza un vaso de fernet con coca. Jessica toma un trago.

Corta y aísla el segmento:
Jessi toma garganta se mueve

La asistente le alcanza el deshabillé y ella se viste. El camarógrafo entra en cuadro y se sienta frente a Jessica, en la mesa ratona blanca que también es parte del decorado, pero enseguida sale de cuadro: sólo se ven sus
rodillas. El camarógrafo se ve a sí mismo inclinarse y entrar un poco en cuadro, sacar un paquete de cigarrillos del
bolsillo, golpear el fondo contra la otra mano para que los cigarrillos salgan solos por la abertura, y extender el paquete, con los cigarrillos asomándose, hacia Jessica. Ella agarra uno, él, otro; después ofrece a los que están fuera
de cuadro. Fuman y hablan, él escucha, no habla con nadie. La cámara sigue apuntando a Jessica.

Mientras ella fuma, el camarógrafo corta y separa, y renombra el clip:
Jessi fuma suelta humo nariz lengua labio porque ve que se relame una gota de fernet con la lengua, mientras
suelta el humo por la nariz.
Van a tener que repetir porque la acabada quedó mal, faltó fuerza, y en todo caso tenía que chorrear por la
comisura de los labios, no hasta las tetas. Si era en las tetas, la cámara encuadraba las tetas, y el actor se acababa
en las tetas.

–En esta película hay guión, viejo –retumban los parlantes en el local del subsuelo. El camarógrafo, en
cambio, le susurra al monitor de la computadora: no hay guión, no hay una mierda, sólo soy yo, ahora, el que dice
qué cosa sirve y qué no.

Se para, saca unas monedas del bolsillito del pantalón, donde hasta hace un rato guardaba con celo la tarjeta
de memoria SD, y sube a la galería. Llama, habla un rato y cuelga el teléfono. Llama
desde la cabina pública que está en la planta baja de la galería, porque en el teléfono de su local sólo puede recibir llamadas. Paga, la cajera agradece el cambio en monedas, y sale. Prende un cigarrillo y baja las escaleras de
mármol opaco, amarronado. Se queda un rato mirando la vidriera de un local en alquiler donde vendían discos de
música metálica. El local está vacío, pero en la vidriera quedaron pegadas unas calcos de publicidades de bandas
heavy metal, además de otras calcos con calaveras, motos en llamas, guitarras hechas con huesos. El camarógrafo
las observa una por una, aunque la vista parece enfocar más allá, hacia el fondo oscuro del local en alquiler. De
pronto, una sombra se mueve en la oscuridad. Se queda quieto, sobresaltado. Se acerca el cigarrillo a la boca y se
da cuenta de que la sombra es su brazo, moviéndose, y que lo que parecían unos ojos endemoniados era la brasa
del cigarrillo. Sin terminarlo, lo aplasta contra el piso.  Entra a su local. Jessica está con el cigarrillo casi consumido en una mano y el vaso de fernet en la otra.

Los segmentos de video se van apilando:
Jessi pitada smoking fetish
Jessi fernet
Jessi fuma suelta humo nariz nose smoke
¿Cuánto podrá pedir por todo esto? Es casi una película de media hora. Su película. Hecha de desechos, silencios. Nunca actuada.
Su película.
Suena el teléfono negro, de baquelita, a campanilla y con disco de marcar, que el camarógrafo ha elegido porque le parece una reliquia que debería, sola y por sí misma, perseverar en el tiempo, como Fellini, Antonioni, Bergman, Chaplin, Buñuel, Robe-Grillet, Trufaut, Fabio, Cassavettes… y la lista sigue en una carpeta amarillenta
en un videoclub que cerró en 1999.

Suena cuatro veces y atiende. Tiene algo. Tiene, sí.
No sabe, no. Necesita saber más. De qué hablan cuando hablan del fetiche, los tipos de fetiche, qué objetos buscan más. Ni en pedo le da todo. Que le cuente primero qué andan buscando y él verá qué tiene para darles, y el precio.
Corta.

La cámara sigue grabando. Jessica se recuesta en el sofá. La asistente le alcanza el vaso pero ella da un
sorbo y vuelve a desplomar la cabeza en el apoyabrazos. Cansada, con la sombra bajo los ojos, sola en el set, recostada en el sofá blanco, desnuda, bronceada, fumando un cigarrillo.

Jessi desnuda fuma recuerda backstage
Gira la cabeza, después todo el cuerpo, hacia la vidriera pintada de rojo. Por los huecos en la pintura se ve
el aire negro del subsuelo de la galería.
Se para, carga papel fotográfi co en la impresora e imprime unas miniaturas que se pensaban perdidas pero
que empezaron, misteriosamente, a circular por internet: las primeras fotos de estudio que hizo Marilyn Monroe,
semidesnuda, cuando todavía era una desconocida. Las recorta muy despacio, con una tijerita plegable que perdió el fi lo, forzando el ángulo para que el metal actúe. Las fotos tienen baja resolución, por eso las imprime como
miniaturas. Deja un centímetro de borde blanco en los cuatro lados. Y las pega, una por una, del lado de adentro
de la vidriera. Tapando los rayones de la pintura, cerrando los ojos abiertos de los mirones.

Avanza otra escena. Otra vez queda sola en el set. En deshabillé, sentada en el sofá blanco, con las piernas
cruzadas y los talones apoyados sobre la mesa ratona blanca. En un momento el camarógrafo pasa detrás de
ella, por atrás del sofá, y la mira, al pasar, desde arriba: ella está mirando el teléfono celular, que sostiene con
las manos apoyadas sobre las tetas. El camarógrafo se ve a sí mismo esforzarse en mirar la pantalla del teléfono.
Sólo alcanza a ver: mensaje de Verónica. Pero pasa, manoteando el paquete de cigarrillos en el bolsillo, y sale
de cuadro. Ella está desnuda debajo del deshabillé y su cuerpo, del ombligo hacia abajo, ha quedado al descubierto cuando ella se recostó y levantó las piernas para apoyarlas sobre la mesa ratona. Escribe algo en el celular y se queda mirando la pantalla. Espera. Vuelve a escribir. Vuelve a esperar. Se inclina y se acomoda sobre el almohadón del sofá. El deshabillé se desliza. Y a la vez que levanta el culo, en ese movimiento que busca la comodidad, abre las piernas, y la raya que la cruza por debajo, desde el pubis afeitado hasta el huesito dulce, queda totalmente al descubierto.

Las piernas bronceadas, abiertas sobre la mesa ratona, la raya vertical mirando a cámara.
Y como la cámara está baja, las piernas y el torso componen una curva, una perspectiva, una fuga visual:
los dedos cerca del borde inferior del cuadro; el pubis liso y afeitado, un triángulo de piel más clara, la única parte
del cuerpo que no ha recibido sol, con el largo pliegue oscuro, la sonrisa vertical, que contrasta, bien en el centro
del cuadro; y luego el vientre y las tetas tapadas con el deshabillé, y el celular iluminándole los ojos, arriba y a la
izquierda del plano.

Pausa. Le dio un poco de hambre. Sale a comprarse un fantoche y una coca.

mamografia
Sobre el autor:

Acerca de Akiko Fimm

Escritora, traductora

Nació en Reykholt, Islandia, el 29 de febrero de 1972. De madre japonesa y padre islandés, aprendió desde su niñez diversos idiomas. Más tarde cursó talleres de escritura creativa y escribió letras de canciones para bandas punk. A los 22 años, luego de una brillante y meteórica carrera en la Facultad de Lenguas, obtuvo un […]

Ver más