Una patada. Una sola patada. Eso fue todo lo que necesité. Hacía un montón de años que no subía, desde aquella vez en que papá me hizo entrar. Hacía una semana había cumplido treinta años y el hombre de la casa tenía que ser yo. Entré y me sorprendió lo chiquita que era. Yo la recordaba enorme, como esas puertas que protegen las bóvedas
de los bancos pero no, estaba oxidada y necesitaba una sola patada para abrirse de par en par.

—Apurate Tino que se inunda todo— gritó mamá desde la cocina.

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Yo estaba parado en el altillo. El olor a huevo era narcotizante. Como si papá hubiese regado cada rincón para asegurarse de que jamás yo entrase ahí. Estaba lleno de posters de minas en pelotas. Por todas partes culos, tetas y más culos. Culos en moto, en el campo, a caballo. Tetas en un mostrador, en una pileta o sostenidas como un bebé.

Las paredes y el piso de porlan estaban todas manchadas. Más chicas o más grandes las manchas estaban ahí, como un recuerdo de todos los días y todas las noches que papá pasaba encerrado. Al fondo estaba la ventana que daba a la calle y frente a ella, una silla.

Me acerqué y pude ver a Marita, la vecina de enfrente. Marita se pasaba todas las mañanas sentada en la puerta de su casa tomando cerveza y fumando. Arrancaba temprano y terminaba tarde. Al lado suyo, casi como un soldado,
estaba Danielito, su hijo.

— ¿Y tú marido? — le pregunté una vez.

— Murió en un accidente — contestó.

Era mentira, todo el barrio “La lomita” sabía realmente que el marido de Marita se había escapado cuando nació Danielito. Danielito era retrasado pero era bueno y se pasaba todo el día corriendo de una esquina a la otra en una moto imaginaria. Ella lo seguía con la vista mientras se bajaba las botellas de cerveza y los atados de cigarrillos.

Encontré la caja de herramientas y la agarré. Bajé y fui a la cocina. Mamá lloraba y sus lágrimas se mezclaban con el agua que salía a chorros de la canilla. Agarré la llave inglesa, esa que se hace más grande y más chica con la ruedita, y fui directo a tratar de arreglar la canilla. La traté de ajustar, le pegué pero nada. El agua seguía saliendo y
mamá seguía llorando.

— ¡Nos vamos a morir! ¡Nos vamos a morir! — gritaba.

Me imaginé que el agua llegaba al televisor y quedábamos ahí fritos los dos en la cocina.
Papá llegaba, nos veía ahí tirados y puteaba porque el televisor se había quemado, porque había entrado al altillo y porque estábamos muertos. En esa época yo pensaba mucho en nuestra muerte. La mía y la de mamá. Siempre nos moríamos juntos en la cocina a la hora de la novela.

— No te hagas problema, mami. Yo lo arreglo.

Miré bien fijo la pared. Algo tenía que servir para parar esa inundación. Abrí la alacena que estaba debajo de la bacha. Papá siempre se metía ahí cuando había algún problema.

Metí la cabeza y no vi nada, estaba todo muy oscuro y tenía un olor muy parecido al del cuartito.
Cerré los ojos, tomé aire y me llené los pulmones de ese olor pegajoso. Cuando los abrí apareció, como si nunca hubiese estado ahí, una especie de pomo sin canilla. Estiré la mano y lo giré. Muy lento lo giré. Disfrutaba de cada movimiento y sentía que con cada vuelta algo importante estaba pasando.

El agua dejó de correr, mamá dejó de llorar y todo fue silencio. Salí de debajo de la bacha, todo manchado y ahí estaba, con una sonrisa de esas que solamente ella podía tener.
Esas que iluminaban todo. Me abrazó con fuerza. Ella nunca me abrazaba, siempre me acariciaba la cabeza y me daba besos en el cachete pero nunca me abrazaba como esa vez. Sentí como su pecho se apretaba contra el mío, como su estómago se apretaba contra el mío, como su pelvis se apretaba contra la mía y el pito se me paró.

— Gracias, Tino — me dijo.

No quería que se termine nunca así que hice un poco de fuerza para no soltarla. Le olí el cuello. Tenía ese olor a puloil y shampoo barato que era único en ella. Se me metió en los ojos y me hizo llorar. En el televisor el muchacho de la novela cabalgaba por el campo en su caballo. Era ese que siempre aparecía en el establo, cuando lo peinaba y pensaba en ella. Ella nunca lo peinaba, las mujeres no peinan caballos.

Le tomé la cara a mamá con las dos manos y la miré a los ojos. Ella tenía sus brazos alrededor de mi cuello. Le sonreí y le dije:

—Andá y ponete linda. Hoy salís con tu hijo.

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Sobre el autor:

Acerca de Federico Aicardi

Nació en Rosario. Es Licenciado en Comunicación Social por la UNR. Publicó sus primeros cuentos en la revista Apología, El corán y el termotanque y Rosario 12. Escribió dos obras de teatro: Tiempo muerto y Erotomaníaca. También finalizó su primer guión cinematográfico llamado Hambre (al final todo se llena). Sumado a esto realizó la adaptación y producción integral del pasaje […]

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