En alguna de las entradas de su diario de 2019, Alberto Giordano celebra que Francisco Bitar se haya cortado la prominente cabellera con la que lo conocimos en Rosario en los festivales de poesía de fines de los 2000 en Rosario (el hipervínculo es impreciso porque la página del Festival eliminó la referencia a ediciones anteriores).

Sin embargo, ni bien leí el comentario, percibí que acaso no coincidía en esos motivos de alegría. El exceso cabelludo de Bitar que era vertical (su pelambre crecía hacia arriba, como la hipérbole de un jopo ya indistinguible), era también un residuo salvaje, una mácula de Sansón en esa literatura santafesina que siempre debe rendir cuentas y ajustarse a los cánones mosaicos de una genealogía bíblica. En fin, puede ser que lo que yo leía en ese jopo, en ese eje vertical de la literatura cercana, fuese un alejamiento de cierta escuela de taller literario, como si las habas mágicas que crecían en los pelos de Bitar nos hubieran enseñado al fin, allá arriba, el gigante desalmado de una literatura que no se inclinaba ante el artesano vanguardista, sino a una generación que todavía estaba leyéndose, traficando con las palabras con las que al fin iba a escupirnos sus verdades.

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En mayo de 2020, en Rea, publicamos la segunda Bitácora del virus, en la que Bitar entregó un sencillo y maravilloso poema sobre esos días de pandemia bajo el título “Covid-19 Nights”: “Ahora un paseo consiste en ir de una planta a la planta vecina, con las vueltas de la manguera como único dibujo del camino./ Ahora el dinero es un cupón./ Ahora el silencio, de tan puro, parece producido y montado a la imagen de nuestras/ noches de cuarentena./ Ahora entendemos que el terror no se mete por los ojos sino, antes que nada, por los oídos./ Ahora el sonido de agua que corre nos despierta./ Ahora las nubes dejaron de ser provisorias./ Ahora las nubes parecen televisadas./ Ahora, por los parlantes de la radio apagada, circula el aullido del viento./ Ahora los pájaros cantan de golpe, como si saltara una alarma./ Ahora, de tanto fumar, nunca fumamos cuando queremos./ Ahora nuestros hijos usan de espejo la tapa del microondas./ Ahora la casa nos agota./ Ahora una erección no necesita objeto.” Y seguía con enumeraciones como: “Ahora nuestros peinados se ven ridículos, lo mismo que la idea misma de un peinado./ Ahora un chiste nos pone pensativos./ Ahora la comida es más sabrosa que nunca pero va a parar toda a la misma bolsa.”

Este año la editorial 17 Grises sacó Un accidente controlado, el libro de ensayos de Bitar que había sido anticipado en el blog de Eterna Cadencia. “El ensayo es el género dandy por excelencia, porque crea la ilusión de vivir por encima de sus posibilidades, con gracia en el desorden: devuelve la impresión, a lo sumo, de un accidente controlado: fracasa, pero con estilo,” escribe Bitar y, antes, anota: “La pandemia nos pone en situación de escritura a la vez que suministra un punto de vista, la primera persona. Lo que estamos escribiendo entonces es la novela de nuestras vidas.”

Sí, sí, hay más cosas sobre las que Bitar advierte en el desarrollo de esos ensayos: las lecturas que sostiene el escritor y las que sostiene el especialista, las que olvida el escritor para escribir y las que siempre recuerda el especialista para sostenerse en sus especialidad.

También Bitar habla del “profesor Alberto Giordano” (son sus palabras para referirse al Giordano diarista) en sus ensayos y lo pondera como escritor en estos términos: “Quisiera dejar sentado aquí nuestro propio fracaso: fuimos tras la pista del personaje [Giordano como docente-personaje] y terminamos encontrando un escritor, y es que, al parecer, cuando se trata de un diario, el escritor emerge en el fracaso del personaje. Es porque no hay personaje que hay diario, o, dicho de otro modo: mientras el novelista escribe por interpósito personaje, el diarista lo hace desde su imposibilidad”.

Lo que acaso más fascina de Bitar en estos ensayos es verlo recorrer las posibilidades de su escritura o, lisa y llanamente, de su ficción, de su plan narrativo: una pareja, un auto, una casa, un sueldo y, en medio de eso, la vida. En el texto que tituló “Segundo movimiento. Ir de atrás”, dentro de Un accidente calculado, anota: “Una casa, dijo entonces mi amigo, ‘tiene mucho peso que aguantar’. Esa afirmación, me pareció, venía cargada de verdad, es decir: venía cargada de un misterio tal que con el tiempo yo no terminaría de aclararme. La escribo acá, no para explicármela, sino para saber de esa fascinación: para afirmarla en su misterio.”

Por eso, cuando le pregunté cómo analizaba en lo personal el año 2020 en el que fue pródigo en publicaciones, qué significó en relación a sus lecturas, su escritura; entendí que lo que en realidad le pedía era esa “afirmación de un misterio”: “El hecho de publicar es una consecuencia directa de haber escrito antes. Lo que yo no dejé de hacer en este tiempo es escribir. Estaría bueno publicar sin escribir. Esto, que es una digresión, es como una especie de sueño de los escritores, que el texto se haga solo sin necesidad de escribirlo. Durante este tiempo estuve escribiendo. De hecho apuré algunas cosas antes del nacimiento de Rosa, mi segunda hija. Terminé de escribir algunos libros. Rosa nació en abril, y terminé Un accidente controlado, que es el último libro que se publicó. Son ensayos posteriores a su nacimiento. Lo que me pasó a mí con este tiempo en pandemia, al principio, fue sentir el terror absoluto, que había arrasado con toda posibilidad de intelección, incluso con la de escribir. Entonces volví por la lectura. Me di cuenta de que no podía escribir donde no podía leer. Fue cuando pude volver a leer que al cabo pude seguir escribiendo. Al cabo de esa especie de arrasamiento de los primeros momentos de la pandemia (Ángeles [su esposa] estaba cursando el último mes del embarazo, y al principio eran consideradas grupo de riesgo así que no entendíamos nada) volví leyendo. Y la expresión de eso, de cómo la lectura incide en la escritura, de que son dos prácticas complementarias y que una se juega en la frontera de la otra es un poco la propuesta de ese libro, Un accidente controlado, donde una parte está dedicada a la lectura de los escritores y otra, al discurso universitario y mis desencuentros con ese discurso.”

La otra pregunta, la que quise conocer del Francisco Bitar más comprometido con la vida pública del escritor y su medio, también tuvo su vuelta:

—En los últimos años hubo un trabajo intenso en la UNL, en la provincia, en Santa Fe y Rosario, vinculado con las editoriales, los encuentros y ese campo que ronda la Academia aunque no es la academia, ¿te parece que este año de pandemia reconfigura de alguna manera todo eso? ¿Cómo? ¿Por qué?

—Creo que hay como un interés en la forma ensayo y voy investigando eso. Me da la impresión de que es un momento para el ensayo. El lector quiere entender pero no en el sentido de entender mejor el mundo, aunque eso puede venir por añadidura. El lector de ensayo quiere ver otra vez la escenificación del pensamiento o el cuento del pensamiento, es esa una de las tantas maneras que el escritor puede tomar al encarar el ensayo. El cuento del pensamiento, la escenificación del pensamiento, lo que hace el escritor cuando ensaya. Hay una especie de trasbordo entre una cosa y la otra. Escritores que empiezan a hacer ensayos y ensayistas que van hacia formas narrativas. Impulsos de los teóricos por pensar la crítica o la novela de sus lecturas, pensar su obra crítica como la novela de sus lecturas y esa novela al cabo habla de sus vidas, esa idea de (Ricardo) Piglia de que la crítica es una especie de autobiografía, esto mismo se está poniendo mucho en juego, (Alberto) Giordano lo está haciendo. El pensamiento se propone salir del discurso académico muy endogámico, atravesado por protocolos que no tienen nada que ver para ir hacia eso que nos afecta como literatura. Este año también di un curso sobre la tercera forma, una idea que Barthes propone en un ensayo que se llama “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, donde esta tercera forma es la que conjugaría la novela y el ensayo. Esto empieza a aparecer en mi obra con más claridad, aunque la tercera forma se mueve todo el tiempo como cada horizonte, se roza pero nunca se toca de frente.

Esa tercera forma, según se desprende de los ensayos de Bitar, no sería otra que la vida misma, sometida al artificio de la escritura, los encuentros que genera –descritos en Un accidente controlado en las visitas al poeta Daniel Durand y en el “Diario de diez días”– y el olvido.

Rosario, agosto de 2010. Fotografía de Daniel García Helder.
Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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