“Aprender a pensar es aprender a relacionarnos con lo que no sabemos.”
Chimamanda Ngozi Adichie

Domingo casi lunes. F5 para actualizar los resultados. Abrimos otra cerveza, prendemos otro cigarrillo. Subimos el volumen de la radio, lo bajamos, ponemos la tele, cambiamos de canal, vamos a Twitter, hablamos en todos los grupos de WhatsApp. De reírnos pasamos a llorar y de ahí largamos un grito. Como de gol, pero de gol en contra. Se siente un abismo. Que alguien haga algo.

Los resultados de las PASO pusieron en el centro de la escena la necesidad de que se “tomen medidas concretas”. Un pedido desoído por dos gestiones presidenciales de forma consecutiva (Mauricio Macri/Alberto Fernández). ¿Acciones para qué? ¿Medidas para qué? Para tener una vida más vivible, si hay un consenso es ése. El asunto es cómo, quién y qué.  Todo eso que se define en una democracia con elecciones, partidos, representantes. Pero sabemos que esto no explica totalmente los resultados del 13 de agosto, porque el candidato más votado no puede dar cuenta de ningún programa de acción en concreto. Solamente tiene entre manos promesas. Promesas y discurso. Y no es poco. 

Te puede interesar:

Intrigas palaciegas

La serie de Benjamín Ávila basada en el libro de Miguel Bonasso, es mala, pero agita la intriga por ese fantasma de la revuelta que ordenó la política argentina durante 20 años.

El derecho a la ilusión

Pienso en el inicio de la facultad –como dice Ceci De Michele–, en el porrón de vidrio, las asambleas y el trueque. Me acuerdo que un día nos dimos de la mano y dijimos que haríamos nuestras primeras vacaciones juntas. Nos hicimos una promesa. Gracias a este recuerdo pienso en la potencia del discurso, de la promesa, y sin dudas, de la acción. ¿Podemos separar una cosa de otra? 

Néstor Kirchner asumió con el 21% de los votos (nunca nos cansamos de repetirlo en tono de épica). Después del que se vayan todos, después de que el peronismo nos abandonó, después del 19 y del 20. Una generación sin experiencia política decidía tímidamente darle un voto de confianza. Poco después la cosa fue tomando forma. El acto del 25 de mayo del 2003, el discurso en la Ex Esma. Los desencantados se iban ablandando. La arenga hacía galopar los corazones. Y las medidas concretas también. Obvio. Pero lo que más me acuerdo de ese tiempo es la experiencia de formar parte de algo más grande.  

Aunque estemos más o menos sorprendidos por los resultados de estas primarias, creo que a esta altura podemos poner en duda la idea de que Milei canaliza el descontento solamente. Y, en cambio, estamos en condiciones de preguntarnos si Milei está canalizando, además, las ganas de ilusionarse, de emocionarse de muchas y muchos. Sí, nos preocupa. Sí, nos asusta, pero el derecho a la ilusión no tiene dueño. El derecho a ser reconocidos como sujetos políticos tampoco. 

Todo esto es incómodo, la alteridad lo es, el otro nos incomoda. Me incomoda. Ahora sí estamos hablando de democracia, aunque al mismo tiempo crea que esté en peligro. La posibilidad de que exista es al mismo tiempo su condición de fragilidad. Con ese riesgo a cuestas se sostiene una democracia. Ningún sistema puede estar enteramente protegido, dice Ernesto Laclau. Y acá estamos. 

Liderazgo y discurso

La política sigue siendo el campo de las emociones y quienes logran movilizar esas emociones triunfan. El asunto es si se trata de líderes con atributos más o menos democráticos. Para Laclau, los populismos son sistemas capaces de interpelar las demandas populares, pero sabemos que así como en el 2003 los populismos daban un giro a la izquierda, hoy dan un giro a la derecha. 

Así, el discurso se presenta como pasional, emocional, en plena efervescencia, aunque con claros atributos fascistas y encarnando una cultura masculinista y jerárquica. La política en su expresión libertaria se encargó de construir un horizonte utópico, algo que le veníamos pidiendo a las fuerzas progresistas. 

Por eso el triunfo en las PASO no se explica solo por el factor económico o solo por un desencanto con los partidos ni sólo por una cuestión de clase y así podemos seguir. Son varios factores, porque en un discurso populista son justamente muchos los factores y los imaginarios que inciden, incluso –y sobre todo– las contingencias.

En la política importan tanto los programas como la capacidad de despertar emociones comunes. Podemos sumar en Argentina, la experiencia de un gobierno saliente con débil autoridad presidencial. Entonces el combo parece ser propicio para la emergencia de nuevos liderazgos, en especial si logran traducir algunas de las demandas sociales y formularlas en tono de promesa. Como para empezar a hablar. 

Representación y reconocimiento: queremos las dos cosas

Aunque entiendo todo eso que se moviliza cuando un discurso nos contempla, nos ilusiona o dice algo que también pensamos, no puedo dejar de decir que hay que discutir con las y los votantes de Milei. De momento, siento que no estamos queriendo hacer eso. En cambio hacemos un esfuerzo de autocrítica –a destiempo– que nos libere de los pecados. Pareciera que, además, se armó una entelequia alrededor de ese votante. Un sujeto al que no podemos cuestionar porque ha sufrido demasiado, o de lo contrario, porque es demasiado facho. Esa postura me preocupa, porque termina además por borrar al otro. 

Ese otro, por el contrario, pide ser reconocido. ¿Quién no? Pero además tiene demandas concretas ligadas a la distribución de la riqueza y al funcionamiento del Estado. No sé qué Estado quieren –entendemos que uno mínimo– pero sin dudas uno que funcione.  

Nancy Fraser justamente hace referencia al principio de reconocimiento y el principio de distribución y a la falsa relación antitética entre uno y otro. No son intereses/derechos contrarios. Distribución y reconocimiento piden las grandes mayorías hoy en nuestro país. La democracia, aunque en peligro de extinción, ha madurado. La pregunta es si las dirigencias políticas con espíritu democratico estarán a la altura de estas circunstancias históricas. 

Podemos hablar largas horas de los dilemas que estos tiempos reactualizan. Libertad vs. Igualdad, Estado presente o Estado mínimo, educación pública o educación privada y demás. Pero antes de eso, necesitamos enamorarnos. Y como en toda historia de amor, el asunto es ser correspondidos. De lo contrario no hay conversación posible. ¿Cómo salimos de esta encerrona? Tirarnos a llorar y ver series malas no es una opción. 

La libertad es otra cosa

Pienso en caminos posibles. ¿Cómo sostener una democracia? Más allá de sus procedimientos más elementales, existencia de partidos, elecciones, voto universal. ¿Cómo sostenemos la idea de democracia para que siga teniendo sentido vivir juntas y juntos?

Sabemos que el fascismo existe en todas las sociedades y cuando encuentra eco crece. Organización no le falta. Entonces estemos atentas y atentos. Sobre todo dispuestas y dispuestas a conversar. El otro es adversario, no enemigo, ya lo dijo Chantal Mouffe. Son tiempos para dialogar, para escuchar. Para las y los militantes orgánicos, amigas y amigos queridos, me atrevo a decir: salgan de sus propios discursos, si hay una evidencia es que la política en su expresión partidaria se alejó de la vida cotidiana, dejó de enamorar. 

Quienes creemos en un Estado democrático apelemos sobre todo y más que nunca a la solidaridad, al encuentro, no solo con el propio, con el parecido. Busquemos abrir nuestro universo afectivo y con él nuestro universo político. Sí, queremos libertad. Pero la queremos para todas y todos, porque no puede ser entendida sino como una empresa colectiva. 

Boleto Educativo Gratuito
Sobre el autor:

Acerca de Florencia Bottazzi

Es politóloga por la UNR y Magíster en Derechos Humanos y Democracia en América Latina y El Caribe por la UNSAM. Docente, investiga y trabaja en temas de infancias, juventudes, género y derechos humanos. Es co-fundadora de Quepa Laboratorio Social, espacio autogestivo de investigación y aprendizaje colaborativo e integrante de la red de politólogas #NoSinMujeres

Ver más